Capítulo 32
L os Modos que fueron rescatados del Cañón Helado fueron llevados al valle, donde comparten casa entre ellos o con otros residentes ya asentados. Me sentí aliviada cuando descubrí que Tana se alojaría con Seth y Beatriz. Los dos se portaron muy bien conmigo.
Cuando, por la mañana, Luisa ha mencionado que iba a volar al valle, me he autoinvitado porque deseo ver a Tana. De ahí que ahora esté en el asiento del copiloto, admirando las vistas.
—Tus padres son encantadores —le digo a Luisa—. Cada vez que hablo con Tana, solo tiene cosas buenas que decir sobre ellos.
—Sí, no están nada mal. —No paso por alto el profundo cariño que encierran sus palabras.
—Me alegra que se quede con ellos. —Dudo—.
Tana ha pasado por mucho. No sé si se lo habrá contado a nadie del valle, pero sufrió una experiencia traumática antes de que la enviaran a la mina.
Aparte de eso, no me corresponde a mí decir nada al respecto, pero supongo que tus padres deberían estar al tanto por si alguna vez parece deprimida o se muestra retraída.
—Mis padres saben mucho sobre experiencias traumáticas —comenta Luisa, triste—. Sobrevivieron al bombardeo de la cordillera.
—Lo sé, me lo contó tu padre.
Estira la mano para ejercer una ligera presión en mi hombro.
—No necesitas preocuparte por Tana. Cuidarán de ella.
Veinte minutos después, Tana y yo dejamos a Luisa y a sus padres a solas en la cabaña para que se pongan al día mientras damos un paseo por el valle.
Esperaba encontrarla mejor, más saludable, pero está tan apagada como la última vez que nos vimos, con la piel seca y llena de manchas y los rizos negros recogidos en una coleta despeinada.
No dice mucho mientras paseamos, pero no trato de llenar el silencio. Tana y yo nunca hemos sido de esa clase de amigas que se acobardan ante la quietud.
Al acercarnos a la casa de la tía de Gray, vislumbro a Jenni sentada en el pequeño porche con una tableta en el regazo y el pelo rubio suelto sobre los hombros. Cuando nos ve, levanta la mano para saludarnos, incómoda, sensación que yo también siento cuando le devuelvo el saludo.
—¿Conoces a Jenni? —pregunta Tana.
—En realidad, no. Nos vimos una vez durante cinco minutos. Es la tía de Gray. —Espero hasta estar segura de que no nos puede oír para añadir—: Entre los dos hay mucha tensión. Creo que no se llevan bien.
Tana se encoge de hombros.
—Pues ella habla de él a todas horas.
La contemplo, sorprendida.
—¿La conoces?
—No mucho, pero alguna vez nos hemos juntado en el cuadrado. No deja de alardear de lo buen piloto que es y lo orgullosa que está de él.
Alcanzamos el prado, donde nos detenemos para saludar a los caballos.
—¿Has montado alguno? —le pregunto.
—Sí, varias veces. Suelo ir con Bea. Es muy buena jinete.
Paseo la mirada por la exuberante hierba verde y los fardos de heno que salpican el prado.
—Cuando te rescatamos de la mina —digo, manteniendo la mirada fija al frente—, tenías razón, recibí ayuda.
—Fue él, ¿verdad?, el capitán de la sección Plata.
Me giro hacia ella, pero permanece impasible, con una expresión ilegible.
—Sí —admito—. Cross.
Asiente, despacio.
—Vi la forma en la que lo mirabas cuando apareciste esa noche en la posada, la manera en la que hablabais. —Un brillo oscuro y lleno de resentimiento le cruza la mirada—. ¿Cómo has podido empezar algo con uno de ellos?
Se me contrae el corazón.
—Ocurrió… sin más. Pero ya se ha acabado.
—¿Sí?
Su frialdad me escuece.
—Se acabó hace meses. No puedo vivir en su mundo ni él en el mío. —Me trago el nudo de la garganta—. Tuvimos que dejarlo.
—Sí —dice Tana, y parte del hielo se derrite—. Hicisteis bien.
Desvío la mirada y vuelvo a centrarla en el prado, observando cómo una de las yeguas inclina la grácil cabeza para masticar un largo tallo de hierba.
—Echo de menos a Kelley —comento, refiriéndome a mi caballo en Z.
—Era muy buen animal —concuerda Tana, quitándose la coleta del hombro. Al hacerlo, se le levanta la manga de la sudadera, revelando su muñeca.
—Los tatuajes —suelto.
—¿Eh? Ah, sí. —Se sube la otra manga para mostrarme las dos muñecas—. Brion, el sanador que tienen aquí, en el valle, me los ha borrado. —El sarcasmo le inunda la voz—. Se ha deshecho de todas las pruebas de que alguna vez fui esclava de la Compañía.
—De… De verdad pensaba que lo correcto era convencer a Cross de que os enviara a Griff y a ti al campo de trabajos forzados. Si no, la sentencia que os esperaba era la muerte, Tana.
Se encoge de hombros.
—Te agradezco que evitaras que mi padre se enfrentara al pelotón de fusilamiento.
Hago una pausa.
—¿Solo tu padre?
—¿Qué quieres que te diga? ¿Que deberías haber dejado que me mataran? Porque… sí, deberías haberlo hecho.
—No te pongas así.
Se aparta de mí, encaminándose de nuevo por el sendero. Me apresuro tras ella, pero acelera el paso hasta que las dos estamos corriendo.
—Para, Tana, por favor, para.
Se detiene y, reticente, se gira hacia mí.
—¿Qué?
Me muerdo el interior de la mejilla, insegura sobre cómo proceder.
—No quieres morir, ¿verdad?
—No lo pillas. Ya estoy muerta. —Niega con la cabeza y se toca el pecho izquierdo, justo encima del corazón—. Estoy muerta por dentro, Wren. No siento nada. Ni una puta emoción. No he sentido nada desde aquella noche.
Quiero indagar, pero me da miedo preguntar y oír su respuesta. Sin embargo, Tana y yo nos conocemos desde que éramos niñas. Puede leerme la mente sin necesidad siquiera de usar sus poderes.
—Sí —me dice. Apagada. Insensible—. La respuesta es sí.
La bilis me arde en la garganta. Ojalá Anson siguiera vivo para poder pegarle un tiro entre los ojos.
—¿Sabes lo mucho que se rio cuando descubrió que nunca había estado con un hombre? —continúa, y su voz adopta un tono distante—. Le pareció divertido. Se alegró de ser el primero.
Estiro la mano hacia ella, pero se deshace de mí como si le quemara.
—Tana… —No logro decir nada más. Siento que la tráquea se me ha llenado de piedras. Trago saliva para tratar de recuperar la voz—. Sé que te hizo daño, pero estoy aquí. Habla conmigo, por favor.
—No hay nada de lo que hablar. No soy la persona a la que conocías. Ni de lejos.
—No tienes que ser quien eras —susurro—. Solo tú, la que sigue viva, la que siempre puede contar conmigo.
Suelta una áspera carcajada.
—No sé si quiero ser esta yo. Odio saber lo débil que soy.
—No eres débil.
—Solía pensar que no. Entonces, esa noche… fui demasiado débil para enfrentarme a él.
—Lo mataste —le recuerdo.
—No lo bastante rápido —musita—. Tuve que esperar a que se distrajera, a que…
Me da un vuelco el estómago.
—Lo siento mucho.
—Ya no sé… cómo sentir algo.
Su expresión está impregnada de pena, de agotamiento, de dolor. Me da la impresión de que estoy viendo cómo mi mejor amiga se ahoga. La están arrastrando bajo el agua y yo estoy aquí, de pie, en la orilla, incapaz de ayudarla.
—Sé que no puedo arreglarlo —digo—, pero te prometo que no voy a ir a ninguna parte. Nos conocemos desde que teníamos ocho años. Eres mi mejor amiga en este mundo, en este maldito Continente de mierda. Puedes rendirte si quieres, pero yo no lo haré.
Le tiembla el labio inferior y veo la humedad que se le aferra a las pestañas.
—¿Y si estoy demasiado rota para poder repararme?
—No es verdad. Quizá tengas algunas grietas, pero no estás rota. Sigues de una pieza. Le pegaste un tiro en la cabeza a ese psicópata. Eres una guerrera, Tana.
Vuelve a centrar los ojos en los míos y una tenue sonrisa le cosquillea las comisuras de la boca.
—Es así —le digo—. Puedes sonreír porque es verdad. Eres mucho más fuerte de lo que crees y nunca me voy a rendir contigo. Jamás.
Tras la cena, me paso por el apartamento de Kallister para leer más documentos del archivo de mi madre.
Dejé de acudir cuando Cross y yo cortamos porque me resultaba demasiado difícil concentrarme con el corazón destrozado, pero, aunque mi corazón está lejos de estar curado, estos días estoy obligándome a…
seguir con mi vida. La charla con Tana, aunque haya dolido, me ha rejuvenecido.
Estoy decidida a seguir mi propio consejo.
Quizá ya no cuente con Cross, pero tampoco estoy rota.
Me encuentro en la Daga por una razón y es hora de recordarla.
Aun así, comienzo con calma. El archivo contiene el expediente académico de mi madre, incluidas las notas, los ensayos personales y un trabajo entero de Historia sobre los Continentes Perdidos. Los ojeo, en lugar de adentrarme en el material más jugoso.
—Dijiste que fuiste a clase con mi madre, ¿no? —le pregunto a Kallister.
Nos hemos sentado juntos en la sala de estar, así que él está a mi lado leyendo un libro en la tableta.
—Así es, sí.
—¿Cómo era en clase?
Se reclina en el asiento mientras lo piensa.
—Terca. Con opiniones muy firmes. Le gustaba debatir sobre cualquier tema.
—¿Sí?
—Ay, sí. Marina se volvía apasionada cuando creía en algo. En retrospectiva, tiene sentido que acabara trabajando para la Compañía.
—¿Por qué?
—Era muy crítica con el presidente Severn.
—¿Alguna vez conociste a su padre, a mi abuelo? Según su biografía, sirvió a Severn.
—No, a decir verdad, mi hermano tenía más relación con Marina y Jake que yo. Me pasaba todo el tiempo libre con mi novia.
Ante la mención de mi padre, me entran una serie de dudas. El archivo de Serrano no contiene demasiada información sobre Jake Hess, pero lo que han incluido no deja de inundarme la mente de preguntas.
—Los registros militares de Jake incluían una sección sobre su historia marital —comento al final—. Decía algo sobre una primera esposa.
Kallister asiente.
—Cecilia. Y, antes de que preguntes, no tengo ni idea de dónde está o qué le ocurrió.
—¿Cómo es posible? Vivimos en un estado vigilado. Nadie puede… desaparecer sin más.
—Pues Cecilia Carpenter lo hizo. —Suelta una suave carcajada—. Era otra mujer con fuertes opiniones. Parece que tu padre tenía un tipo muy definido.
—¿La conociste?