Paloma caída (Élite plateada 2) Capítulo 31 #2
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Capítulo 31 #2

Con un par de zancadas cautelosas más, se coloca delante de mí.

Volvemos a mirarnos y parece que la montaña entera se queda en silencio, como si todas las criaturas y plantas contuvieran el aliento mientras el lobo decide si prefiere matarme o saludarme.

Olfatea el aire cerca de mi mano antes de soltar un suave gemido y juraría que mueve ligeramente el rabo.

Se acerca unos centímetros más para olerme la mano antes de retroceder. Es suficiente.

—¿Ves? No soy tan mala. —Me quito el polvo de las rodillas y me pongo en pie—. Muy bien. Tengo que irme, amiguito. Si no, me quedaré atrapada en esta montaña durante el resto de la noche.

Espero que el lobo se apresure a esconderse entre los arbustos, pero me sorprende notar que, cuando me pongo a andar vuelve a seguirme. Se acerca más de lo que haría cualquier otro animal salvaje, tanto que a punto está de rozarme el tobillo con el pelaje.

—Oye, siento mucho lo de tu madre —le digo—. No fue nada personal. Estaba intentando matar a una humana.

Sigue caminando a mi lado y, en cierto sentido, su compañía me resulta reconfortante. Si algo más grande y aterrador surgiera de los árboles y tratara de arrancarme la garganta, este pequeño ser no me defendería lo más mínimo, pero al menos no moriría sola.

—Me recuerdas a la vieja perra pastora de Jim. Se llamaba Princesa. Siempre iba detrás de él, fuera adonde fuese.

El lobo inclina la cabeza, observándome. Juraría que entiende todas y cada una de mis palabras.

—Ah, no te gustaría saber lo que ocurrió con ella —continúo, sombría—. Créeme.

Tuerce una de las orejas.

—Muy bien, tú lo has querido. Se la cargó un coyote blanco. Fue un día triste. —Supero una raíz retorcida de árbol—. Debería llamarte igual que ella. ¿Qué te parece Príncipe? ¿Te gusta?

Me quedo boquiabierta cuando deja escapar un pequeño ladrido.

—Ay, madre, me entiendes, ¿verdad?

No deja de mover el rabo. Ojalá el tío Jim estuviera aquí. Siempre dijo que yo tenía facilidad para tratar a los animales, como él. Creo que le gustaban más que las personas. Mi buen humor no dura mucho, dado que apenas veo lo que hay a tres metros de distancia.

—Estamos quedándonos sin luz —comento, mordiéndome el labio.

Me detengo para comprobar el mapa. Aún faltan unas horas para llegar a la Daga. Mierda.

El lobo trota a mi lado cuando acelero el paso, pero, una hora después, ya no hay nada de luz.

Enciendo la linterna del intercomunicador, pero solo es lo bastante potente como para emitir un tenue brillo.

Si sigo caminando en la oscuridad, tropezaré y me torceré el tobillo.

O me caeré y me reventaré la cabeza contra una roca.

No puedo abrirme paso por la montaña a ciegas.

Diez minutos más, decido que caminaré diez minutos más y daré el día por terminado.

De repente, se me engancha el pie en una raíz escondida bajo la maleza y salgo volando.

Estoy a punto de recuperar el equilibrio cuando tropiezo con otra y ruedo colina abajo.

Me preparo para aterrizar sobre las manos, que se me llenan de rasguños por la aspereza de las rocas antes de destrozarme también las rodilleras de los vaqueros.

Suelto un grito de frustración cuando las manos se me llenan de sangre; tengo la piel desgarrada por la caída. También tengo las rodillas ensangrentadas. Me pongo en pie con el corazón acelerado. Jadeando, miro a Príncipe, quien me contempla con desaprobación.

—Sí —le gruño—. Me he caído. No me jodas, Príncipe, la gente se cae.

Un segundo después, se dirige hacia mí y me presiona el hocico contra el dorso de la mano. No sé si me está animando a seguir adelante o quedarme quieta, pero continuar no es una opción.

—Lo siento, compi. Creo que es hora de dar el día por terminado.

Odio aceptar la derrota. Lo odio. Pero, tras horas rechazando a Adrienne, al final soy yo quien contacta con ella.

¿Dónde estás? , me riñe. Ford está amenazando con prender fuego a la Daga porque cree que te hemos hecho algo malo. Y Gray está a punto de enviar a un equipo de búsqueda.

Eh… He decidido acampar esta noche .

Es una mentira endeble, pero es mejor que admitir que Evlynne me ha abandonado en la montaña. No me dejaría en muy buen lugar y quiero demostrar mi valor ante Adrienne y los demás.

¿Qué quieres decir con acampar?

Necesitaba despejarme, así que decidí hacer una ruta, pero se ha hecho de noche demasiado rápido. No quiero arriesgarme a volver cuando no veo ni mis propios pies. Supongo que tendré que acampar y volver a primera hora de la mañana.

Vas a pasarte la noche en la montaña. Tú sola . Adrienne parece atónita.

No me pasará nada. En el rancho acampaba casi todas las noches. Además, voy armada.

La desconfianza se cuela en su tono.

¿Qué ha pasado en la albufera? Evlynne nos ha dicho que te llevó a primera hora de la tarde, pero que no ha vuelto a verte desde que regresasteis.

Nada. Decidí dar un paseo tras volver a la Daga. Finjo despreocupación. Tengo cerillas, comida y agua. Sabré arreglármelas. Podéis olvidaros del equipo de búsqueda y decirle a Xavier que lo veo por la mañana.

No le doy opción a protestar. Interrumpo el vínculo y me dirijo a mi nuevo amigo.

—Muy bien, Príncipe. Necesitamos encontrar refugio si vamos a dormir aquí fuera. Y juro por lo que más quieras que si uno de tus amigos trata de asesinarme durante la noche y no me despiertas para alertarme, te despellejaré vivo y me pondré tu piel como sombrero.

Me fulmina con la mirada. O eso creo. Quizá solo sea su cara.

Encuentro un matorral apartado que me protege desde atrás para no tener que preocuparme de que alguna criatura aparezca a mis espaldas.

Abro la mochila, pero no hay ningún kit de primeros auxilios.

Supongo que Evlynne no anticipó que fuera a hacerme un rasguño en las manos y las rodillas como una puta cría.

Vierto un poco de agua de la cantimplora sobre las heridas para limpiarlas, pero poco más puedo hacer.

Saco una pequeña caja que contiene todo lo necesario para hacer un fuego: cerillas, un mechero e incluso un poco de fajina. Solo necesito juntar algunos troncos. Con suerte, el fuego mantendrá alejados a todos los depredadores curiosos y seguiré con vida cuando despunte el alba.

Diez minutos después, he encendido una hoguera y estoy comiéndome las tiras de cerdo deshidratadas mientras le doy sorbos a la cantimplora. Le lanzó al aullador el resto de la carne, y este la engulle. Solo abandono mi diminuto refugio para hacer pis en unos arbustos cercanos.

Echo la cabeza hacia atrás para observar el cielo repleto de estrellas y me recorre una punzada de dolor.

Me pregunto dónde estará Cross ahora mismo.

¿Habrá desertado del Comando como dijo que haría la noche en la cantera?

¿O volvió, con el corazón roto, sintiéndose tan entumecido como yo al saber que no había un futuro para nosotros?

La tentación de contactar es demasiado fuerte. Al principio, me resisto, pero al final me dejo llevar por la debilidad.

Abro una vía y sigo la firma energética de Cross. Ejerzo una suave presión, invitándolo a hablar. Espero. Y espero.

Las lágrimas me arden en los ojos.

—Capullo —musito entre dientes.

Príncipe inclina la cabeza como si dijera: «¿Quién?».

—Mi otro Lobo —respondo—. Rompimos porque no quería huir con él y ahora no quiere hablar conmigo.

Príncipe sigue mirándome.

—Vale, tienes razón. Quizá le resulte demasiado doloroso volver a contactar. Joder, tienes razón, ¿vale? Ahora, vete a dormir.

No sé siquiera con quién estoy enfadada. Con un suspiro, me aovillo en nuestro rincón, convirtiéndome en un capullo. Me sorprende cuando Príncipe se arrastra cerca de mí antes de enroscarse a mi lado, presionado contra mi costado.

Me mantiene caliente toda la noche, lo que es de agradecer porque el fuego se apaga en cuanto comienzo a adormilarme. Por sorprendente que parezca, duermo como un tronco.

Me levanto con la luz cosquilleándome los párpados. El aullador se remueve a mi lado, aproximándose aún más, como si fuéramos viejos amigos. Cuando me muevo, levanta la cabeza y descubro su inquietante mirada amarilla fija en mí.

—Buenos días —musito, frotándome la cara para alejar el sueño.

Ante el sonido de mi voz, mueve las orejas. Luego, se levanta y se echa hacia delante para estirar las patas traseras. Es adorable y me provoca una sonrisa.

Yo también me levanto y recojo las cosas.

—Bueno, lo hemos logrado.

Como respuesta, Príncipe se dirige a un arbusto y hace pis.

—Genial —le digo—. Muy elegante.

Estiro las extremidades, que noto rígidas, antes de colgarme la mochila a la espalda, meterme el cuchillo en la cadera y empezar a andar. Dos horas más tarde, irrumpo en un claro que reconozco. Ya casi hemos llegado.

El joven lobo me sigue hasta el borde del camino, donde se detiene de repente.

Lo observo con el ceño fruncido. Por un momento, creo que está notando la presencia de un depredador, pero entonces lo veo olfatear el aire y entiendo que debe estar percibiendo el olor a humano.

Estamos demasiado cerca de la Daga y deja de ser mi pequeño compañero de aventuras cuando empieza a retroceder.

Asiento, compasiva.

—No te preocupes, lo pillo. Tienes que irte. Gracias por acompañarme.

Me contempla durante un segundo antes de dar media vuelta y colarse por un arbusto.

Cuando llego a la cámara de aire, cuadro los hombros como si me preparara para una batalla.

Estoy cubierta de barro, con los vaqueros destrozados por la caída y tengo cortes en las manos, pero no regreso de inmediato a mi apartamento.

En lugar de eso, me dirijo al comedor. Es demasiado pronto para que esté despierta la mayoría de la Daga, pero los pilotos siempre se levantan al amanecer para practicar las maniobras, por lo que sé que Evlynne estará ahí.

Ignorando los músculos doloridos, irrumpo en la sala como si acabara de volver de un retiro en Fin de la Tierra. Escondo mi ira y esbozo una sonrisa inocente cuando me acerco a su mesa.

Gray, Evlynne, Luisa y Henley giran la cabeza en mi dirección, sorprendidos.

—Buenos días, chicos —canturreo, lo que hace que Gray frunza el ceño porque no suelo canturrear.

—¿Una noche dura? —pregunta Evlynne, quien me observa por encima del borde de su taza de café.

—Ah, al contrario, era justo lo que necesitaba. A veces es agradable estar a solas con tus pensamientos.

Me quito la mochila y la dejo sin demasiadas ceremonias sobre su bandeja de desayuno. Agita la mesa entera, haciendo que el café se derrame por toda la superficie. Luisa no tarda en secarlo para que no le manche el regazo.

—Gracias por prestarme la mochila —le digo a Evlynne—. Me ha venido genial.

Gray curva las comisuras de la boca.

—Bueno —digo con una enorme sonrisa falsa—, voy a por un café y a darme una ducha. Disfrutad del resto del desayuno.