Capítulo 31
–¡ E vlynne!
Grito su nombre de nuevo, pero el motor acalla mi voz. Cuando opto por la telepatía, casi me sorprende que acepte mi petición.
¿Qué cojones? Vuelve , le grito.
Perdona, me han llamado de la base.
Vuelve aquí, pedazo de zorra.
No hace falta que te pongas así , se burla.
¿De qué va esto? ¿Es la venganza porque tus amigos nos hayan cogido cariño a Xavier y a mí? Es una actitud muy infantil.
No te preocupes, la ruta hasta la base no está mal. Lo más probable es que puedas hacerla en medio día y hayas vuelto antes de que caiga la noche. Ah, y te he dejado un pequeño regalo que te ayudará durante el trayecto. De nada.
Su felicidad me da arcadas. Quiero rebanarle el pescuezo con las manos.
Vuelve. Ya . Estoy enfadada, tanto que apenas logro escupir las palabras.
A lo lejos, el helicóptero se hace cada vez más pequeño y, por un segundo, me gustaría tener el fusil para tratar derribarlo del puto cielo… No, advierto, no puedo dispararle, pero sí tengo otra solución.
En un intento mental desesperado, aprovecho el oro todo lo rápido que puedo.
Ahora me resulta natural. El problema es el siguiente paso, sobre todo en este momento, con todas las emociones a flor de piel, abrasándome la sangre como el combustible de un avión.
No estoy guiando la corriente, solo estoy usándola como si fuera un mazo, algo sobre lo que me advirtió Hawkins.
—Da media vuelta —ordeno entre dientes, pero, justo cuando me estoy colando en la mente de Evlynne, la correa que intento crear entre nosotras se rompe como una goma.
Me siento frustrada mientras observo cómo la nave desaparece de mi vista, fundiéndose con las nubes. Hawkins dijo que es imposible incitar de forma remota y no puedo reestablecer el vínculo a no ser que compartamos el mismo espacio. Es demasiado tarde. Evlynne se ha ido con el helicóptero.
Con el corazón acelerado, camino hasta la zona de aterrizaje. Ha mencionado un regalo y lo que encuentro sobre la hierba es la mochila, que cojo para comprobar si contiene suministros o solo un puñado de rocas. Viniendo de esa gilipollas, no me extrañaría.
Una rápida inspección revela alimentos deshidratados, una cantimplora, una pistola y una radio. También tengo el intercomunicador y la telepatía, pero no consigo convencerme de contactar con nadie para contarle lo ocurrido.
Por el momento, me guardo el aparato en el bolsillo y dejo la radio en la mochila mientras evito vincularme con nadie. No quiero admitir que Evlynne me la ha jugado. Sería demasiado humillante. Con suerte, llegaré a la base antes de que alguien se dé cuenta de mi ausencia.
Maldita sea, debería haber confiado en mi instinto.
Ahora me he quedado tirada en una estúpida montaña y quién sabe cuánto tardaré en volver.
Al menos, el resto del día. Por suerte, tengo un buen sentido de la orientación y mi intercomunicador cuenta con un sistema de navegación que me indica hacia dónde ir.
Evlynne no estaba intentando matarme, solo arruinarme el día, al parecer, pero sé por experiencia lo peligrosa que puede ser la vida salvaje.
La ira en mi interior es afilada e implacable.
Ni siquiera me molesto en intentar reprimirla.
Da vigor a cada uno de mis pasos mientras comienzo el descenso de la colina.
Me reajusto la mochila, pasando el brazo por la segunda correa para colocármela a la espalda, y bajo fatigosamente el empinado risco, con cuidado de no apresurarme.
Un paso en falso y rodaría montaña abajo.
Permanezco centrada, obligándome a seguir. Un pie tras otro. Una y otra vez. Me imagino la muerte macabra de Evlynne para entretenerme. Las horas pasan. ¡Horas!
Me doy cuenta tarde de que mi ritmo es demasiado lento y cauteloso.
Voy con mucho retraso cuando compruebo en el intercomunicador dónde estoy.
No ayuda que el camino en el que me encuentro no sea llano, sino precario y rocoso.
Me resbalo en varias ocasiones, pero consigo recuperar el equilibrio agarrándome a cualquier rama torcida que encuentro.
Entonces, el camino se convierte, de forma inesperada, en una cuesta que debo ascender, en lugar de descender.
Me detengo y compruebo de nuevo la pantalla para asegurarme de no haberme confundido.
Pero no, este paisaje es tan cabrón como Evlynne.
Decide subir durante medio kilómetro antes de descender colina abajo sin razón aparente.
Atravieso una senda zigzagueante a través del denso follaje.
Al girar otra curva, algo capta mi atención bajo la tenue luz del atardecer.
Al principio, creo que son los pétalos rojos de las flores de la cazuta hasta que advierto que la planta tiene las raíces al descubierto.
Las de la cazuta son marrones y la que se retuerce y surge del suelo, roja oscura, contrastando con el barro de color claro.
Hostia puta. ¿Es raíz de corazón?
Me agacho para examinarla y paso los dedos por la suave rugosidad.
Al instante, percibo ese peculiar olor empalagoso exclusivo de la raíz de corazón y un recuerdo me cruza la mente.
Estoy en nuestra pequeña cabaña en las Tierras Oscuras, observando cómo el tío Jim clasifica distintas plantas y raíces que ha desenterrado durante su paseo diario por la oscuridad.
—¡Qué bonita! —exclamo, cogiendo un pedazo de raíz del color de la sangre—. Y huele a caramelo.
—Cuidado con esa, pajarito. —Incluso ahora, casi puedo oír su voz áspera, lo que me aguijonea el pecho—. Es raíz de corazón.
—¿Qué hace? —pregunto, curiosa.
—En este estado, nada. Pero, si la ingieres, la situación no será agradable. —Me dedica una mirada severa—. Te detendrá el corazón.
Suelto un grito ahogado.
—¿Y moriré?
—Y morirás.
Y ahora está aquí, creciendo en mitad de la nada, cruzándose en mi camino.
Me vibra el intercomunicador en el bolsillo, alejándome la atención de la raíz. Es un mensaje de Gray.
«¿Dónde demonios estás, vaquera?». Lo ignoro y sigo andando. Solo unos minutos después, noto cómo alguien trata de vincularse conmigo. Es la energía de Adrienne. La ignoro también, tambaleándome sobre matorrales y arbustos.
El sol baja cada vez más por el cielo y pronto empiezo a ver las sombras que se forman por el paisaje.
Me duele todo. En especial, los pies. Y las piernas debido a las cuestas interminables.
Pero necesito llegar antes del crepúsculo.
Lo último que deseo es pasarme la noche en esta montaña de mierda.
Por fin, el camino se vuelve llano, algo que mi cuerpo magullado agradece.
Ninguna cuesta ni colina. Todo llano. Estoy empezando a relajarme cuando oigo un crujido a mis espaldas.
Es leve, fácil de confundir con el roce de las hojas al mecerse bajo la brisa.
Sin embargo, estoy segura de que se detiene cada vez que paro.
Decido comprobar mi teoría, acelerando el paso.
Ris, ris.
Dejo de caminar.
Silencio.
Reanudo la marcha.
Ris, ris.
Me detengo. Silencio. Maravilloso. Algo me está persiguiendo.
Aquí la maleza es densa y no veo nada, pero sea lo que sea lo que me está rastreando, está haciendo mucho ruido. O es un depredador abismal o está tan seguro de que me va a comer viva que no intenta siquiera ser sutil.
Ris, ris.
Se me eriza el vello de la nuca y me cosquillea la columna vertebral. Soy muy consciente de todo lo que me rodea. De todos los sonidos, rocas y hojas. Debe de ser el remanente del instinto primitivo de nuestra época como tribu, cuando nosotros mismos éramos presas.
Avanzo varios pasos más antes de llevarme la mano al cuchillo de la cadera. Prefiero el fusil, pero tendré que apañármelas con el cuchillo. También tengo la pistola, pero no quiero detenerme y abrir la mochila. Me preocupa que mi perseguidor ataque cuando estoy distraída.
Estudio la zona, pero solo veo árboles, hojas y rocas. Me estremezco al pensar que pueda ser un oso con cuernos.
Pero no, un oso haría mucho más ruido. El que vivía en las Tierras Oscuras cuando era pequeña montaba tanto escándalo como una manada de elefantes cada vez que cargaba por el bosque.
Oigo de nuevo el crujido y me giro en busca de alguna señal de movimiento. Nada.
Ahora todo está aún más oscuro, ya que el sol apenas se filtra entre los árboles. Entonces, veo algo que se mueve entre los arbustos. Sea lo que sea, no es sigiloso. Se oye un suave gruñido, el roce de garras contra la piedra. Entonces, atraviesa el matorral.
Es un aullador. Me quedo paralizada cuando mis ojos se encuentran con los del lobo. Esperaba la mirada fría de un depredador, pero en la suya veo una mezcla de cautela e interés. No obstante, sigue gruñendo, avanzando con lentitud.
Lo reconozco de inmediato. Al menos, eso creo. Podría haber otros aulladores jóvenes deambulando por la montaña, pero este se parece mucho al que abandonamos tras matar a su madre, de pelaje blanco puro a excepción de la mancha roja del ojo. No creo que haya dos con la misma marca.
—Hola —digo, prudente.
Levanta las orejas y baja el rabo. Ahora su expresión desprende más miedo que curiosidad.
—No voy a hacerte daño, lo prometo.
Me arrodillo para moverme con lentitud, de forma deliberada.
—Ven a saludar —lo animo. Cualquiera pensaría que estoy loca, pero se me dan bien los animales. Siento cuándo son una amenaza, y este no lo es. Está demasiado asustado.
Tiendo la mano con los ojos fijos en los suyos. La curiosidad vuelve a hacer su aparición mientras observa mis dedos estirados.
—Vamos, olfatéame.
Cada vez que hablo, alza las orejas. Gruñe de nuevo, pero esta vez no parece convencido. Se remueve sobre las patas y reprimo una sonrisa cuando, por fin, da un paso titubeante en mi dirección.
—Ya está.