Capítulo 30 #3
—Siempre está metido en reuniones —se queja Karra, lo que vuelve aún más notable su ausencia en el desayuno y hace que me dé cuenta de que tiene razón; últimamente Gray no se deja ver demasiado.
—Me encantaría salir de la base —admito, crispando los dedos sobre la taza—. Me voy a volver loca.
—Creciste en un rancho, ¿no? —dice Luisa—. Me imagino que estabas acostumbrada a estar fuera a todas horas.
—Sí, pasábamos pocas horas en casa. Solo por la noche, para acostarnos. El resto del tiempo estábamos fuera con el rebaño, cabalgando, arreglando verjas o quitando el estiércol de los establos. —Suelto un suspiro—. Lo echo de menos.
Mako me mira, boquiabierto.
—Hostia puta, eras una vaquera de verdad.
Le dedico una sonrisa.
—¿Qué crees que hace la gente en un rancho?
—No lo sé, pero por alguna razón no se me había ocurrido que hicieras todo eso.
Los demás nos reímos, pero mi buen humor se atenúa cuando advierto que Evlynne me sigue observando. Sin animosidad. Me obligo a no crear una fina línea con los labios cuando digo:
—¿Qué pasa?
—Nada. Solo estaba pensando que, si tan loca te estás volviendo, hay lugares muy bonitos en la montaña a los que podrías echarles un vistazo. Existen muchas anomalías naturales que surgieron después de la Última Guerra.
—¿Como las cuevas de daguita?
Asiente.
—Y la albufera.
—Ah, la albufera es una maravilla —interviene Karra—. Deberías ir a verla, sin duda.
—¿Hay una albufera en la montaña? —No logro ocultar mi escepticismo. Quizá no fuera la mejor estudiante en la escuela secundaria, pero sé lo básico de geografía y no se suelen encontrar albuferas en el bosque.
—Sí, y Karra tiene razón… ¡Es increíble! —Evlynne hace una pausa antes de continuar, reticente—: Te puedo llevar si quieres.
Mi desconfianza está ahora mismo por las nubes. ¿Por qué de repente es maja conmigo?
—Podemos ir hoy, después de la comida —me propone.
—Sí, puede. —No quiero comprometerme.
Noto una presión en el subconsciente. Evlynne está tratando de establecer un vínculo. Nunca nos habíamos comunicado por telepatía, pero sé que es ella porque le brillan las venas. A regañadientes, se lo permito.
Ven a verme al hangar después si quieres ir.
La verdad es que no debería. Pero he estado muy aburrida estos últimos días y la curiosidad siempre ha sido uno de mis defectos. A pesar de lo que me dice la lógica, contacto con Evlynne después de comer.
Acepto tu oferta.
Genial. Estoy terminando con mis tareas .
Cierro el almacén con las armas en el campo de tiro y me dirijo al hangar principal, donde Evlynne me espera junto a uno de los helicópteros.
—¿Preparada?
—Sí, gracias por llevarme —contesto, rezando para no arrepentirme.
Diez minutos después, estamos en el aire, sobrevolando la montaña. Cuanto más ascendemos, más bonita es la panorámica. Los picos irregulares de la cordillera montañosa se extienden hasta donde alcanza la vista y el cielo es de un azul perfecto, despejado, sin una nube.
Nos ladeamos hacia la derecha, volando casi sobre el lateral durante un momento, y el estómago me da un vuelco. No estoy acostumbrada a estar tanto tiempo en el aire. Gray dice que no le gustaría estar en ninguna otra parte, pero yo me mareo cada vez que el avión da uno de sus bruscos giros.
Evlynne sonríe.
—Confía en mí, merece la pena cada vuelco del estómago.
La contemplo.
—¿De qué va esto?
—No va de nada. Ayer me porté fatal contigo y esta es mi manera de disculparme.
—Claro. —No puedo evitar sonar sarcástica.
—Sí.
—¿De repente te parece bien que Xavier esté en la Daga?
Niega.
—No, no me jodas. —Su perfil se torna severo y desaprobatorio cuando me dedica una mirada de soslayo—. No deberías haberlo traído. Es una amenaza para nuestra causa.
—Me salvó la vida —musito—. No hay forma de restarle importancia a eso. Y, si sirve de algo, de verdad creo que ya no es leal al Comando.
Suelta un bufido, lo que confirma que no la he convencido.
—No vamos a ponernos de acuerdo. Nunca confiaré en Ford.
—¿Y en mí? —No puedo evitar preguntárselo.
Evlynne lo piensa durante tanto tiempo que se vuelve incómodo.
—No lo sé —dice al final—. Pero le caes bien a Gray y confío en su juicio.
Está diciendo todo lo que deseo oír, pero no dejo de sentir que es una trampa.
No entiendo cuál es el objetivo de todo esto.
De momento no me ha lanzado desde el helicóptero.
Oh, mierda, quizá vaya a hacerlo. Tal vez asesinarme no le quite el sueño.
Me apoyo en el reposacabezas, esforzándome por deshacerme de la sensación de estar yendo directa al desastre.
—Vamos a descender allí.
Superamos otra colina y oteo la amplia explanada de rocas irregulares y valles verdes. No es la zona de aterrizaje lo que capta mi atención.
Suelto un grito ahogado.
—¿Qué cojones?
Evlynne me dedica una mirada, engreída.
—Te lo dije.
La albufera se encuentra a la sombra de acantilados rocosos que forman un semicírculo a su alrededor.
El agua brilla con tonos violáceos y casi parece cobrar vida cuando los colores cambian y ondulan bajo la brisa.
Es una imagen incongruente, totalmente antinatural, pero, a la vez, rodeada de naturaleza.
El reflejo del sol en el agua purpúrea le da un efecto aún más sobrenatural.
—¿Cómo es posible?
—Ni idea. Es un fenómeno natural. La hemos analizado y tiene la misma consistencia que el resto del agua fresca de la montaña.
Algunos científicos sugieren que se debe a los minerales, pero nunca se ha encontrado un nivel excesivo de nada en las pruebas que hemos hecho.
—Se encoge de hombros—. Supongo que es magia.
—No creo en la magia.
—Un milagro, entonces. Un milagro de la naturaleza.
—Tampoco creo en esas cosas. Debe de haber alguna razón científica.
Mi respuesta parece intrigarla.
—Entonces, ¿crees que nuestras habilidades tienen también una explicación?
—Claro que sí, son una mutación genética.
—Pero no se ha logrado encontrar el gen afectado —comenta, y no tengo ningún contraargumento.
Unos minutos después, descendemos con el helicóptero y aterrizamos sobre una zona llana de hierba. El paisaje me resulta extraño, ya que está vestido de verde, incluso a esta altura.
Permanezco en la cima un segundo. El risco está en silencio y el aire parece más ligero cuando me llena los pulmones.
Estudio los acantilados rocosos y los picos marrones, donde no hay nieve, aunque sí niebla a su alrededor.
Advierto que Evlynne ha cogido una mochila del helicóptero y se la ha colgado al hombro.
—¿Estamos muy lejos? —pregunto, escéptica.
—No mucho, pero siempre voy preparada. —Pasa a mi lado—. Por aquí.
Subimos por una cuesta escarpada y emergemos en la parte superior, donde nos recibe una imagen perfecta de la albufera.
De nuevo, me quedo anonadada al contemplar el agua violeta.
Es más púrpura en ciertas partes y de un suave lila en los puntos en los que inciden los rayos del sol.
Es el mismo sol que me calienta la cara mientras la observo.
Parece una escena de un cuento de la era pasada.
—Venga, vamos —dice—. El agua está a la temperatura de una sauna. Tienes que pasar una mano por ella.
Dudo porque al menos un sesenta por ciento de mi cuerpo sigue sin confiar en su bondad.
—Siempre lleno un vial para llevárselo a mi hijo —me explica—. Cree que es mágica. —Me hace un gesto para que vaya en cabeza—. Detrás de ti. No hay suficiente espacio para las dos eneste sendero.
No se equivoca. Apenas entro yo sola. Me queda poco para llegar al agua cuando advierto que solo oigo mis propias pisadas. Evlynne no está detrás de mí. Me giro y contemplo la senda vacía.
—¿Evlynne? —grito.
No responde. ¡Joder! Comienzo a correr, levantando guijarros mientras vuelvo a lo alto de la colina.
Entonces, oigo el zumbido de la hélice del helicóptero y alzo la mirada al cielo justo a tiempo para ver cómo Evlynne se aleja por el aire.
La hélice desprende nubes de polvo y hierba mientras asciende.
Me ha dejado sola entre las montañas.
—¡Evlynne! —le grito al cielo, temblando de rabia.
Esa zorra me ha dejado tirada. Me ha engañado.