Paloma caída (Élite plateada 2) Capítulo 30 #2
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Capítulo 30 #2

Xavier contempla a los recién llegados con una sonrisa irónica.

—¿Alguien se ofrece?

Henley lo mira durante un segundo. Luego, se encoge de hombros y dice:

—Claro, ¿por qué no? —Se quita la camiseta, quedándose tan solo con los pantalones negros de chándal.

Mako suelta una carcajada, encantado.

—Ah, no me lo pierdo ni loco.

Xavier me da una palmadita en el brazo.

—Si me perdonas, cariño.

—Que te jodan. —Pero estoy sonriendo cuando salgo del tapete y me dirijo a los bancos donde he dejado la botella de aluminio.

Abro el tapón para dar un largo trago mientras observo cómo Xavier y Henley empiezan a dar vueltas uno alrededor del otro. Los dos son altos y anchos, músculo puro.

Mako se deja caer a mi lado.

—Diez créditos a favor de Henley.

—En la Daga no usamos créditos —le recuerdo. Todo se puede consumir gratuitamente.

Saint se dirige a uno de los sacos de boxeo y empieza a vendarse las manos. Permanece en silencio, como siempre, pero observa a su amigo con interés mientras este se prepara para enfrentarse al presunto enemigo.

Xavier da el primer paso, un golpe rápido. Sus movimientos son calculados, limpios, mientras que los de Henley son más fluidos. Se muestra perezoso, como si no se lo estuviera tomando en serio, pero no tarda en asestarle a Xavier una serie de puñetazos que ponen a su contrincante a la defensiva.

Los músculos de ambos se mueven bajo la piel, rebosantes de poder. Están igualados, tanto en habilidad como en la cantidad de mierda que sale de sus bocas. Henley se echa hacia atrás y levanta los dos brazos, provocándolo de nuevo. Casi como si fuera un baile.

—¿Vas a lanzar algún gancho o te vas a quedar ahí como un mono? —pregunta Xavier con la voz teñida de diversión.

Henley se echa a reír.

—Ya querrías ser tan mono como yo.

Hace un amago antes de lanzarse contra Xavier con un puñetazo izquierdo que le lanza la cabeza hacia atrás.

—Capullo —farfulla Xavier sin aliento, pero es evidente que está reprimiendo una carcajada.

Parece que se están divirtiendo, por lo que, por supuesto, Evlynne elige ese momento exacto para entrar en el gimnasio. Lleva unas mallas negras ajustadas y un sujetador deportivo gris, con el vientre al descubierto, donde se le marcan unos abdominales que me provocan una chispa de envidia.

Titubea al darse cuenta de quién está peleando con quién.

—¿Estás de coña, Hen?

El combate se detiene cuando la cabeza dorada de Henley se gira en su dirección. Nadie pasa por alto la llamarada de ira en los ojos de la chica.

—No creas que es más de lo que es, Ev —dice.

Pasea los ojos de él a Mako y, después, a Saint, quien sigue aporreando el saco de boxeo, impávido ante la tensión creciente.

—Es un Primario. Y está en la sección Plata —gruñe, contemplando a todos, incrédula—. ¿Cómo se os puede olvidar?

—Dejó de estar en la sección Plata cuando desertó —le recuerdo, pero eso solo consigue enfadarla más.

—Que te follen, Darlington. No me hagas hablar sobre si este es o no vuestro sitio. —Su mirada fulminante vuelve a sus amigos—. ¿Por qué no os molesta que le den acceso libre a toda nuestra base a un Primario?

—¿Por qué no te relajas por una vez en tu puta vida? —replica Henley, sorprendiéndome—. No todo tiene que ver con Modos contra Primarios.

Evlynne lo contempla, boquiabierta.

—Sí, todo tiene que ver con eso. No hay nada más importante que garantizar nuestro lugar en este Continente. —Señala a Xavier con el dedo—. Él es la razón por la que se produjo la Purga de los Sangre Plateada.

—Oye, Elaine —dice Xavier—. Ni siquiera había nacido cuando ocurrió lo de la puta purga.

—Estoy hablando de personas como tú y lo sabes. —Luego, se dirige a Henley—: Pues vale, Hen. ¿Quieres participar en un combate con Primarios? ¿Colaborar con ellos? Adelante. Al final eres tú el que acabará jodido.

Tras eso, da media vuelta y se marcha del gimnasio.

La rabieta de Evlynne templa la diversión y el combate llega a su fin.

Xavier se seca el sudor que le brilla en el pecho con la camiseta.

Mako se une a Saint en los sacos de boxeo mientras Henley se pasea hasta unas estanterías colocadas contra la pared para coger una toalla.

Mientras se seca los pectorales, se dirige de nuevo a Xavier.

Inclina la cabeza hacia él, pero no me parece que pretenda desafiarlo.

—No te vas a ganar a Evlynne —dice.

Xavier suelta una risita.

—No es lo que intentaba.

—Odia a los Primarios —continúa Henley—. Es maja con los que viven en el valle, pero nadie es lo bastante ingenuo como para pensar que no antepondría la vida de un Modo a las suyas. Ev es una severenista hasta la médula.

Por alguna razón, no se me había pasado por la cabeza que pudiera haber defensores del severenismo en la Daga, pero supongo que es normal.

Esa filosofía no murió con el presidente Severn.

Estoy segura de que muchos Modos aún siguen defendiéndola, ya que creen que somos una raza superior y que, por lo tanto, merecemos un papel más importante en la sociedad.

—Estoy segura de que no es la única —dice Xavier, dando voz a mis pensamientos. Pone los ojos en blanco—. ¿Vas a fingir que tú no lo harías?

La voz de Henley se desprende de su tono desenfadado cuando le dedica un momento de sinceridad poco habitual.

—No, mis padres eran Primarios. Créeme, ninguno de los dos es inferior a mí. No se merecen que los traten como inferiores por no tener poderes psíquicos. Es absurdo.

Xavier atenúa parte de su bravuconería.

—Ah, muy bien.

—Nuestro problema no es que seas un Primario, sino que serviste al general Redden. Eras leal al Comando. No se suele dejar de ser leal a algo de la noche a la mañana.

—Él sí —intervengo, señalando a Xavier con el pulgar—. Porque solo es leal a sí mismo.

Mi amigo esboza una sonrisa.

—Tiene razón. Soy un orgulloso miembro del equipo «Seguir con vida». —Hace una pausa—. Aunque supongo que ahora mismo me gustaría que Darlington siguiera con vida también.

Le dedico una sonrisa radiante.

—Oh, qué mono.

—Bueno —dice Henley, encogiéndose de hombros—. Gracias por la sesión de entrenamiento, teniente.

Cuando se une a sus amigos al otro lado del gimnasio, entrelazo el brazo con el de Xavier y me pongo de puntillas para susurrarle al oído:

—Ay, madre mía, casi haces un amigo.

—Eres lo peor —gruñe, deshaciéndose de mí.

A la mañana siguiente nos recibe el sol, pero no parece ser la cura para el hastío que inunda la Daga.

No ha habido grandes acontecimientos desde la extracción en la mina de sal.

Ninguna misión. Ningún comunicado. Ningún plan espectacular.

Parece que ambos bandos se han retirado para recapacitar e idear una estrategia.

Los Modos de la montaña están cansados de estar encerrados. Sobre todo yo. Me siento tan inquieta que tengo ganas de arrancarme la piel a tiras.

—Odio el sosiego —anuncia Karra en el desayuno, dando voz a los pensamientos de todos.

—Sssosssiego —repite Mako, enunciando el término de forma exagerada—. Que palabra tan graciosa. Sosiego.

Todos lo miramos.

—¿Qué? —Encoge los enormes hombros—. Es una palabra graciosa. Sosiego.

Henley se reclina en la silla.

—A mí no me importan los momentos de inactividad.

—Normal, te los pasas saltando de cama en cama —lo acusa Karra.

—Claro, porque Gray y tú no folláis cada vez que tenéis una oportunidad.

—Ojalá —musita entre dientes.

No creo que nadie la haya oído, pero está sentada a mi lado, así que yo sí. ¿Problemas en el paraíso? Nunca cotilleo sobre la vida amorosa de Gray, pero no parecía que les fuera mal. Hubo otra fiesta en la cueva hace unos días y mantuvo la lengua en la boca de su novia en todo momento.

Advierto un fogonazo rosa en la periferia de mi visión. Un segundo después, Raven Persimmons pasa junto a nosotros con la bandeja en las manos.

—Raven, espera —dice Mako.

Sus delicados hombros se tornan rígidos cuando se gira con lentitud hacia nuestra mesa.

—¿Qué?

—Creo que es hora de enterrar el hacha de guerra, ¿no?

Su tono tranquilo dibuja un brillo de desconfianza en los ojos de la chica.

—¿De verdad?

—De verdad.

—¿Dónde está la trampa?

El chico se rodea el amplio pecho con sus enormes brazos.

—Soy un firme defensor de que todas las amistades empiecen con una pizca de sinceridad. Por eso, si fuiste tú quien me robó el chocolate dorado…

—¡Aaaj! —Con un chillido agudo de frustración, Raven se aleja con largas zancadas mientras el pelo rosa se balancea a sus espaldas.

—Tienes que olvidarte del tema, hermano —comenta Henley.

—Nunca —promete Mako.

Luisa y Evlynne se unen a nuestra mesa, dejando las bandejas con el desayuno.

La segunda centra los ojos en mí, pero, por una vez, no desprenden hostilidad.

Quizá sea porque Xavier no se ha sentado con nosotros esta mañana, sino con Poppy, con quien está jugando a un nuevo juego de cartas que la chica le enseñó anoche.

No veo a Fiona por ninguna parte, y sé que no está en el comedor porque no está arrastrando a la adolescente lejos del terrible teniente, con las consecuentes patadas y gritos de Poppy.

—¿Sabéis lo que deberíamos hacer? —sugiere Karra, pasándose una mano por el largo pelo negro—. Escabullirnos de la base e ir a Fin de la Tierra.

Arqueo una ceja.

—¿Se puede hacer algo así?

Fin de la Tierra es una pequeña isla al suroeste, no lejos del distrito V. La mayoría de los ciudadanos ahorran créditos de lujo durante años y usan sus pases libres para ir allí. Nunca he estado, pero he oído que es un paraíso tropical.

—Lo es si logramos convencer a uno de nuestros pilotos para que nos lleve… —Karra mira a Evlynne, aleteando las pestañas.

—Ni hablar —contesta la otra chica.

—¿Hen? —suplica Karra.

Henley sonríe.

—No, no voy a arriesgarme a sufrir la ira de Adrienne.

—Solo quedas tú, Lu… —Mueve las cejas de forma sugerente.

—Tu novio es piloto —replica Luisa con un bufido—. Ve a molestar a Gray.