Paloma caída (Élite plateada 2) Capítulo 30
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Capítulo 30

S e supone que el tiempo sana todas las heridas.

Bueno, pues el tiempo puede irse a la mierda porque no me está haciendo ningún favor.

Cada mañana me despierto deseando que la agonía se haya aplacado ligeramente, pero no tardo en descubrir que no ha sido así.

Cuando pienso en él, me siento como si me clavaran un pedazo irregular de cristal en una herida, abriéndola y dejando que supure todas estas emociones dolorosas.

El tiempo no sana una puta mierda. Solo es una mentira reconfortante.

Llevo dos meses sin hablar con Cross. Tras nuestro encuentro en la cantera, ha bloqueado todos los canales de comunicación. Durante las pocas noches en las que sucumbo ante la debilidad y trato de contactar con él, nunca me acepta. Me ha cerrado su mente a cal y canto.

¿Adónde habrá ido? ¿Se habrá subido a un avión para tratar de encontrar Carora? ¿Habrá robado un barco y habrá partido rumbo a Tierra Fe?

Me asusta no saber dónde está o si se encuentra a salvo, pero al menos sé que está vivo. Su firma energética aún flota por mi mente, acosándome. Haciéndome daño.

He intentado mantenerme ocupada, distraerme, esperando a que el tiempo reparara el golpe de haber perdido a Cross.

Ahora soy la instructora no oficial de las armas de largo alcance de la base.

No es el trabajo de mi vida, puesto que preferiría participar en operaciones, pero la mayoría de los líderes de misión ya se negaban a trabajar conmigo antes del rescate de esclavos, y ahora, tras la muerte de Neema, tienen aún más motivos.

Gray y Saint hace tiempo que no solicitan mi participación.

Sé que están planeando algo. «Poniendo la maquinaria en movimiento», como me dijo Kallister la última vez que le pregunté sobre el tema. Estaría genial saber de qué maquinaria se trata, pero mis permisos están casi al mismo nivel que los de Xavier. Lo que significa que son inexistentes.

Xavier y yo nos mantenemos ocupados, disparando en el campo de tiro o paseando por la montaña.

Estoy empezando a disfrutar mucho del bosque.

Notar cómo crujen las agujas de pino y la maleza del suelo vegetal bajo mis botas y oír el sonido del viento al mecer los árboles me resulta terapéutico.

No me importa siquiera el parloteo excesivo de Xavier ni sus quejas infinitas sobre cómo la falta de emoción le está quitando poco a poco las ganas de vivir.

Estoy segura de que, en secreto, se está arrepintiendo de haberle prometido a Cross que cuidaría de mí, pero no puedo negar que agradezco su compañía. He intentado reconectar con Tana, pero sigue manteniendo las distancias.

No ayuda que dicha distancia sea también física, ya que ahora vive en el valle.

Se les ha pedido a los Modos del campo de trabajos forzados que quieran ayudar en la base que se queden allí durante un tiempo y que se sometan a reconocimientos de salud mental antes de que la Autoridad les dé el visto bueno para trabajar como agentes.

Gray me ha contado que los esclavos liberados a menudo suelen estar demasiado enfadados o ser impredecibles.

No sé si Tana pretende trabajar para la red, como lo hacía antes junto a su padre. Asumo que sí, pero apenas me ha hablado desde que llegó; y ni de lejos me ha contado sus planes. Aunque entiendo sus reticencias, desearía recuperar la relación que teníamos antes.

Hoy está lloviendo, así que me paso la mañana en el Templo practicando con Hawkins, quien se muestra tan agradable como siempre.

Estamos sentados con las piernas cruzadas en uno de los rincones apartados y la daguita azul nos impregna las facciones de un brillo inquietante. Yo tengo las manos apoyadas sobre las rodillas, boca arriba, porque he descubierto que esta es la mejor manera de evitar que las apriete en un puño.

Hawkins me ha permitido que intente incitarlo, dado que Gray está demasiado ocupado últimamente como para ayudarme con la formación.

—No estás centrada.

Su voz me devuelve al presente con un sobresalto. Tiene razón. Estoy dejando que mi mente divague.

—Lo siento.

Lo intento de nuevo, concentrándome en canalizar el polvo dorado que baila tras mis ojos; ahora ya me resulta fácil aprovecharlo. Puedo acumularlo y dejar que fluya por mi cuerpo sin demasiado esfuerzo, pero, como siempre, la incitación me causa problemas.

—Coge el cuchillo —le digo a Hawkins. Insistió en que dijera la orden en alto. Creo que tiene miedo de que, si la digo en silencio, la cambie sin contar con él y le incite a hacer algo que no hayamos acordado.

Pasan varios minutos sin éxito.

—No entiendo por qué se me da tan mal —musito con la voz impregnada de frustración—. Ahora puedo aprovechar el oro sin problemas. Pero, a menos que sea una situación de emergencia, no logro incitar.

—Como cuando salvaste a Declan.

—Creo que lo salvé —lo corrijo, porque sigo sin estar segura de si lo incité para que saltara de la moto antes de que colisionara con el campo de fuerza o fue su propio instinto de supervivencia el que influyó en la decisión—. Pero quizá no fue así.

La expresión de Hawkins refleja una diversión brutal, como si estuviera viendo a un niño intentar levantar algo pesado.

—El problema es que lo fuerzas. Tratas de usar el oro como si fuera un mazo, pero es un proceso más delicado, como guiar una corriente. Necesitas ser sutil, no forzarlo.

Aprieto los dientes.

—Lo estoy intentando. No es culpa mía que se me dé como el culo.

—Es cien por cien culpa tuya. —No dice las palabras con un tono despreocupado, a modo de broma, sino con brusquedad y rudeza. Así es Hawkins—. Prueba otra vez.

Tras centrarme, aprovecho el oro de nuevo, acumulando esas diminutas hebras de energía hasta que siento que me consumen.

—Coge el cuchillo.

«Con delicadeza», me recuerdo.

—Coge el cuchillo.

«Guía la corriente, no la fuerces».

—Coge el cuchillo. —Lanzo con suavidad la orden hacia la mente de Hawkins.

Se le crispa la mano. Hostia puta, está funcionando.

—Coge el cuchillo.

Una nueva sacudida. Se le contraen los dedos ligeramente.

—Con tanta delicadeza, no —gruñe Hawkins—. Te he pedido que lo digas de manera sutil, no débil. Deja a un lado la puta debilidad.

Me trago el resentimiento. Joder, es un capullo.

—Coge el cuchillo —le ordeno con más aspereza en esta ocasión.

La mano de Hawkins se agita. Me empiezan a palpitar las sienes por el esfuerzo mental, pero no dejo que me desaliente porque eso significa que está funcionando. Estoy superando sus defensas, a punto de quitarle la voluntad.

—Coge el cuchillo.

Se le mueve la mano, apenas un centímetro, por el suelo antes de detenerse de forma abrupta. La cabeza me palpita con más fuerza.

—Estás forzándolo otra vez, Darlington —dice, amonestándome—. Encuentra el equilibrio. No lo domines, impúlsalo.

Dejo escapar un suspiro de frustración y corto la conexión.

—Se acabó. No puedo hacerlo.

—Sí, puedes. Si incitaste a Declan, puedes incitarme a mí.

—No entiendo qué hago mal. La orden penetra en tu mente, pero ¿por qué pierdo el control tan rápido?

Hawkins pone los ojos en blanco.

—¿Qué? —pregunto, a la defensiva.

—La incitación no tiene que ver con la orden, sino con mantener una conexión. Ahora mismo, envías la señal y esperas que responda. Necesitas aprender a mantener la vía abierta, a moverte por la corriente. No me incites y ya, sigue el camino de la orden.

—Vale. —Dejo escapar todo el aire con los ojos cerrados—. Volvamos a intentarlo.

Tras aprovechar el oro, trato de hacer lo que me ha recomendado.

Permito que esa orden, «coge el cuchillo», se convierta en un riachuelo al que guío en lugar de enviarla sin más.

Tras repetir las palabras, abro los ojos justo a tiempo para ver cómo Hawkins cierra los dedos en torno al mango de marfil.

La emoción me chisporrotea en el estómago.

—Cógelo.

Con lentitud, levanta el cuchillo. Esta vez, no sacude la mano ni la retuerce. Sus movimientos son deliberados y su mano es como una marioneta de cuyos hilos invisibles estuviera tirando para que se mantenga en el aire.

—No dejes que lo suelte —me musita, y veo el esfuerzo en su rostro. Su propia mente está intentando resistirse.

—Sigue sujetándolo.

El cuchillo continúa suspendido en el aire, al mismo tiempo que la conexión entre nuestras mentes sigue palpitando. El polvo dorado se arremolina ante mis ojos mientras me esfuerzo por mantener la corriente con vida.

—Sigue sujetándolo —repito cuando empieza a bajar la mano.

Pero es demasiado tarde; he perdido el control sobre su mente y oigo que el cuchillo repiquetea en el suelo después de que se le haya escapado de entre los dedos.

—Bien hecho —me dice Hawkins, y casi resulta patético lo mucho que significa para mí ese halago tan frío.

Como la lluvia no cesa, Xavier y yo reemplazamos nuestro paseo habitual por el gimnasio, otra actividad que he añadido a mi nueva rutina. Darle una paliza a lo que se ponga por delante me permite desprenderme de la frustración de no poder hablar con Cross.

Mis zapatillas de entrenamiento chirrían sobre el suelo del polideportivo cuando me lanzo contra Xavier, quien me esquiva con una sonrisa arrogante y aburrida.

Lleva una hora superándome sobre el tapete, demostrando por qué Cross lo eligió para entrenar a los reclutas de la sección Plata. Xavier sí que sabe luchar.

Sonríe cuando elude mi gancho, alejándose con un par de brincos.

—No recuerdo que fueras tan lenta en el programa. ¿Qué problema hay, Darlington? ¿Se te han olvidado los movimientos?

Me seco el sudor que me recorre la frente y ataco de nuevo, dirigiéndome a su torso, pero da un paso al lado y me coge de la muñeca, provocándome el dolor suficiente como para que escupa una maldición. Logro liberarme.

—Cuidado —se burla—. Te vas a desgarrar el músculo.

—¿Por qué no te enfrentas a alguien de tu tamaño? —pregunta otra voz, arrastrando las palabras.

Dejamos de luchar para centrar los ojos en el otro extremo del gimnasio, donde han aparecido Henley, Saint y Mako.