Paloma caída (Élite plateada 2) Capítulo 29
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Capítulo 29

N o digo ni una palabra durante el vuelo de vuelta.

Todo parece inútil, vano. Sentada en la cabina de mando, contemplo el abismo.

De vez en cuando, me seco una lágrima que consigue liberarse.

Gray no hace ningún comentario al respecto, al menos no hasta que llegamos a la Daga.

Antes de que pueda escabullirme por la cámara de descompresión, me coge del brazo para detenerme.

—¿Te encuentras bien?

Abro la boca, pero no logro emitir ningún sonido. Tengo un nudo demasiado grande en la garganta.

—No —grazno antes de estallar en lágrimas.

Es humillante. No me gusta llorar delante de los demás. El tío Jim nunca lo dijo en voz alta, pero sé que consideraba las lágrimas una señal de debilidad, y supongo que nunca quise que me viera así de frágil.

Pero no consigo reprimir estas lágrimas.

El dique de las emociones se ha roto, liberando la corriente de sollozos que me convulsionan el cuerpo.

Me da la impresión de que me han arrebatado una parte esencial de mi ser.

Justo por esto llevaba toda mi vida sin entrar en una relación.

Nunca me había permitido querer ni que me quisieran.

El amor conlleva vulnerabilidad, desesperación y la terrible conciencia de su quebradizo carácter.

Gray tira de mí para darme un fuerte abrazo.

Me recuerda a la mañana en la que maté a Bryce, una de las reclutas del programa.

En ese momento hizo lo mismo: estrecharme entre sus brazos, decirme que todo iba a salir bien.

E, igual que en esa ocasión, mis lágrimas cesan poco a poco y mis hombros, al final, dejan de temblar.

Como sustituta de la agonía, una sensación de entumecimiento se apodera de mi cuerpo.

—¿Lo vuestro se ha acabado? —pregunta, estudiándome.

Cojo aire, temblorosa, y asiento con brusquedad. Me retira de la mejilla húmeda un mechón de pelo que se me ha soltado de la coleta y me lo coloca tras la oreja.

—Sé cuánto debe dolerte ahora mismo, pero es lo mejor.

No, no es lo mejor, ni de lejos. No hace tanto que he encontrado a Cross, a Lobo, ¿y ahora se supone que debo aceptar nuestra separación?

Aun así, ¿cuál es la alternativa? Estamos en un puto callejón sin salida.

He tomado una decisión que pienso defender con firmeza y, si no quiere acompañarme…

, bueno, como dijo él mismo, supongo que lo nuestro se ha acabado.

—Es tarde —musito cuando salimos de la cámara de descompresión—. Necesito descansar.

En lugar de dirigirme de inmediato a mi apartamento, paso primero por la cocina y abro el economato.

En la base no hay nada que cueste créditos, pero eso no significa que sea gratis para cualquiera.

Rebusco entre los lujos diarios asignados y saco una pequeña botella de licor del valle.

Con los dedos crispados, me la llevo a mi habitación.

Xavier está dormido, así que no enciendo la luz. Me dejo caer en la cama y abro la botella. El fuego me arde en la garganta cuando le doy un sorbo al alcohol.

Como soldado experto que es, Xavier recobra la consciencia y se incorpora en la cama.

—¿Qué pasa?

—Lo mío con Cross se ha terminado —digo con voz apagada.

Se frota los ojos para desprenderse del sueño y me estudia en la penumbra. Aunque parece estar un poco adormilado, su voz no desprende dudas:

—No, Cross te quiere.

—El amor no tiene nada que ver con que estemos o no juntos. —Le doy otro trago a la botella—. Me ha pedido que huyamos. —Otro trago—. Y le he dicho que no.

—¿Por qué coño has hecho algo así?

—Porque nos estamos preparando para la guerra y a veces debemos anteponer las responsabilidades a las emociones.

—¿Te vas a rendir sin más? —pregunta, acusatorio.

—No me toques los ovarios, Xavier. No me estoy rindiendo, estoy decidiendo dedicar mi vida a algo más importante que mi relación con Cross. Lo fácil sería huir con él. Pero no puedo abandonar a todas estas personas.

Me tiembla la mano con tanta fuerza que estoy a punto de derramar la bebida. Me seco con brusquedad el licor del valle que me corre por la barbilla.

Xavier coge el intercomunicador que he dejado en la mesa para ver la hora.

—Son casi las dos de la mañana. ¿Seguro que quieres emborracharte ahora?

—¿Desde cuándo te importa que alguien quiera ponerse hasta el culo?

—Es verdad, me da igual.

Se inclina hacia mí y estira la mano. Le tiendo la botella, a la que le da un buen sorbo.

—¿Cuál es la finalidad de la borrachera? —pregunta—. ¿Dormir mejor o estar fuera de combate un par de días?

—¿Qué tal un mes?