Paloma caída (Élite plateada 2) Capítulo 28
53%

Capítulo 28

« L os corrompidos».

Una sensación nauseabunda se me desliza por la garganta.

—He visitado ese hospital —continúa Cross sin desviar los ojos de mi rostro—. Cuando estuviste allí, asumiste que todos los pacientes eran Modos.

—La mayoría estaban marcados —digo, rememorando la noche en el hospital.

Debía de haber al menos veinte personas en esa habitación y muchos tenían tatuajes en las dos muñecas, lo que indicaba que eran o habían sido esclavos de la Compañía—.

Y vi bastantes venas iluminadas con un brillo plateado.

Se encendían y apagaban, como si les fallaran las conexiones neuronales.

El tío Jim me dijo que eso es lo que ocurría en la mente de los Modos cuando se fragmentaban.

No eran capaces de aplicar los filtros adecuados, por lo que su mente se inundaba de forma constante de los pensamientos y proyecciones de otras personas.

Es una cantidad impactante de estímulos, suficientes para volver loco a cualquiera.

—Al menos la mitad de los individuos en ese distrito son Primarios —dice Cross con voz monótona.

Arqueo las cejas.

—No, es imposible.

—Hice que dos Modos distintos, antes leales a mi padre, lo verificaran al entrar en sus mentes. No sufrieron ninguna descarga eléctrica en la nuca. Son Primarios. Y Catherine lo ha corroborado cuando se lo he preguntado…

—¿Catherine? —lo interrumpo. Ha dicho el nombre como si debiera saber quién es.

—Catherine de Velde —me aclara—, la madre de Lyddie. Es la jefa de biotecnología.

La mención casual de Lyddie, la persona que me denunció por encubrimiento, solo consigue avivar mi ira.

He intentado por todos los medios entender la situación desde su perspectiva, considerarla una víctima de la propaganda que los Primarios como ella consumen desde niños.

Los instruyen para que nos odien. Pero ya no escondo la cabeza bajo el ala.

Lyddie sabía lo que estaba haciendo al venderme. Sabía que, sobre todo con la marca de sangre, me enviarían al pelotón de fusilamiento. Ya no encuentro razones para justificar sus acciones. Solo una puta maldad sin límites.

—Ha habido casos de corrupción en los distritos —prosigue Cross—. Los Primarios corrompidos llevan años proliferando como hongos por todo el Continente.

—No te creo.

—Catherine me describió los síntomas y coinciden con lo que le ocurrió a mi madre.

La corrupción no siempre se produce al instante.

Depende de lo mucho que se rebobine. Pero, al final, ese daño acaba pasando factura.

Momentos de confusión, desorientación, ira, todos se mezclan con instantes de claridad.

Al final, los pensamientos se vuelven incoherentes y en sus recuerdos hay enormes lagunas.

A veces, oyen voces, por lo que los diagnostican como esquizofrénicos, pero, en algún punto, su mente se queda totalmente en silencio y el sujeto se vuelve catatónico. Es lo que le ocurrió a mi madre.

—¿Y tu padre?

—Sea lo que sea lo que le hizo Adrienne, fue mucho más eficaz, y los resultados, inmediatos. Pasó de la confusión a la incoherencia y por último a la catatonia en menos de veinticuatro horas. Merrick Redden ya no existe. Solo queda su cuerpo.

—Perdóname, pero no me da ninguna pena —digo con amargura.

—No es lo que esperaba. A mí tampoco me la da.

Era un capullo despiadado y una mierda de padre.

Pero mi madre era inocente, igual que los demás Primarios.

—Cross tensa la mandíbula—. He encontrado hospitales en otros distritos, Wren.

Catherine me ha llevado a varios y me ha mostrado salas enteras llenas de niños.

Inspiro con brusquedad.

—No puede ser.

—Los he visto con mis propios ojos. Niños y adolescentes con la mente corrompida. Críos de cinco, seis o siete años, todos corrompidos.

—No —digo, despacio—. Es imposible. Hablé con Adrienne y me juró que no estaba corrompiendo a la gente a gran escala.

Es la única corruptora del Continente y, créeme, la Autoridad nunca aceptaría llevar a cabo una misión que incluyera experimentar con niños o civiles en general, sobre todo después de lo que ocurrió en la cordillera Valterra.

—Bueno, es evidente que se dio el visto bueno y que alguien lo está haciendo, sea o no Adrienne. —Cross se detiene y entorna los ojos. Es demasiado inteligente—. ¿Adrienne corrompió la mente de mi madre?

Titubeo, luchando contra la necesidad de desviar la mirada. No puedo ocultárselo.

—Sí —admito.

En su favor debo decir que no explota como sé que quiere hacerlo. Solo presiona los puños junto al costado y, aunque se le tensan todos los músculos de la cara, utiliza un tono calmado cuando vuelve a hablar:

—¿Lo sabías?

—Lo descubrí cuando llegué a la base. Se lo eché en cara a Adrienne y dijo que la habían autorizado para corromper a objetivos estratégicos. No es un arma que usen a menudo.

—¿Por qué no me lo contaste?

—Supongo… Supongo que pensé que no serviría de nada hacerlo.

Echa la cabeza hacia atrás y la luna le impregna las hermosas facciones, enfatizando cada uno de sus rasgos perfectos: la nariz recta, la mandíbula fuerte y la curva de los labios. Cuando se gira hacia mí, en los vívidos ojos azules ya no hay rabia, sino resignación.

—No, no me lo contaste porque sabías lo que te diría, que necesitas alejarte cagando leches de esas personas, que no son de fiar.

—No tienes pruebas de que sea la Revolución la que está llevando a cabo esa supuesta corrupción —observo—. Podría ser un corruptor de los distritos que vaya por libre. O tal vez que uno de los tuyos esté experimentando con ellos. Tal vez tu hermano tenga a un corruptor entre su personal.

—Travis es muchas cosas, pero valora la vida de todos los Primarios.

—A menos que te esté engañando para que pienses algo así.

—No lo pillas —dice Cross, frustrándose cada vez más—. No defiendo ninguno de los bandos. Lo que está pasando en el Continente me huele mal. Tienes que irte antes de que sea demasiado tarde. Los dos debemos marcharnos.

—¿Quieres… huir? ¿Es lo que estás diciendo?

—Exacto. Desaparezcamos, Margarita. Escapémonos esta noche y dejemos atrás todo lo demás.

—¿Y qué pasa con tu madre?

—No puedo hacer nada por ella —dice con brusquedad—. Y sobre mis hermanos… Quizá pudiera salvarlos o quizá no, no lo sé, pero ahora mismo solo me interesa salvarte a ti.

Noto una oleada de emoción. Hace un mes, habría aceptado sin pensarlo. Si me lo hubiera pedido esa noche en la linde de las Tierras Oscuras, cuando me rompió el corazón al decirme que no iba a acompañarme, habría dicho que sí sin dudarlo.

«Sí».

La palabra me cosquillea en la lengua, pero se niega a abandonar mi boca. La indecisión me acosa. ¿Cómo voy a huir ahora y a abandonar a las personas de la Daga y el valle? Son importantes para mí.

Algunas, como Evlynne, aún no me han cogido cariño y quizá nunca lo harán, pero otras se han convertido en amigos míos, aliados.

No puedo abandonarlos. Por fin estoy encontrando mi sitio, un lugar entre ellos.

Y, aunque acabamos de rescatar a cuarenta y dos Modos, lo que es un éxito evidente, el Cañón Helado es solo una de las muchas instalaciones con esclavos del Continente. Hay demasiado trabajo por hacer.

—Cross… —Trago saliva con dificultad—. No voy a irme y dejar que tus hermanos maten a mi gente.

—Tu gente —repite.

—Sí —digo—. Y podría ser la tuya si lo desearas. Por favor, ven conmigo esta noche. Allí ya tienes a un aliado, a Xavier. —Ante esta mención, se me vuelve a constreñir la garganta—. ¿También vas a dejarlo atrás? Es tu mejor amigo.

—Podemos intentar contactar con él para que nos acompañe.

—¿Cómo? Le han puesto un localizador —contesto, frustrada—. Es un prisionero.

Cross suelta una carcajada, incrédulo.

—¿Y quieres que yo también lo sea? Wren, despierta, no puedo trabajar con la Revolución.

—Y yo no puedo ponerme una venda en los ojos y fingir que la Compañía no está experimentando con Modos, que tus hermanos no los están matando.

Sé que crees que Adrienne está corrompiendo mentes, pero te lo prometo, si vienes conmigo, podremos llegar al fondo del asunto.

Creo de verdad que nunca haría algo así.

—Lo está haciendo —replica.

La tristeza me atenaza el pecho, colándose por las pequeñas grietas que han comenzado a formarse en mi corazón con cada palabra que ha salido de sus labios. Porque no sé adónde va todo esto y estoy aterrada.

—¿De verdad te irías conmigo esta noche?

Ni siquiera lo duda.

—Sí.

—¿Y qué haríamos después? ¿Adónde propones que vayamos, Cross? ¿Nos uniríamos a un campamento de Fe?

—Da igual lo que hagamos, siempre y cuando estemos juntos. Tú y yo. Lobo y Margarita. —La voz se le torna ronca—. Te quiero. Te llevo queriendo toda mi vida.

Las lágrimas me arden en los ojos.

—Y yo a ti.

Acaba con la distancia entre ambos. Es mucho más alto que yo, por lo que tengo que echar la cabeza hacia atrás para mirarlo.

Se inclina sobre mí y apoya la frente en la mía.

El corazón me palpita con fuerza. No estaba preparada para algo así, para este amor que me hace sentir invencible y frágil a la vez.

—Entonces, olvídate de todo —me suplica, y su aliento cálido me acaricia la punta de la nariz.

—No tenemos ningún plan, Cross. Ni siquiera sabes adónde iríamos, cómo viviríamos.

—Da igual.

Le sostengo la mirada.

—¿Y si están corrompiendo de verdad la mente de esas personas, de esos niños? ¿De verdad quieres alejarte de todo esto y dejar que siga ocurriendo?

—Sí. Quizá el Continente sea una causa perdida. Tal vez no se pueda salvar a toda esa gente. —Me acaricia la mejilla con el pulgar—. Di que sí y nos iremos. Empezaremos de nuevo. Encontraremos algún lugar solo para nosotros dos.

Me muerdo el labio inferior para mantener a raya las lágrimas. Nos separa menos de medio metro, pero la distancia entre nosotros se me clava en el corazón. Es amplia. Insondable.

—No puedo —susurro.

Se le tensa la mandíbula y el dolor le oscurece los ojos azules.

—Acordé luchar en esta guerra. Necesito hacerlo. Tu hermano ha matado a dieciséis Modos esta mañana. Mis propios padres mataron a cientos de ellos…

—¿De eso se trata? —me interrumpe—. ¿Crees que al comprometerte con la Revolución estás expiando sus pecados, que es una manera de compensar el daño que causaron tus padres? Porque no eres responsable de nada de eso.

—Quizá no, pero, si puedo contrarrestar aunque sea una mínima parte de su traición ayudando a derrocar el régimen Primario, lo haré. No voy a abandonar a mi gente.

Cross aprieta entre los dedos el borde de la chaqueta negra como si tratara de contenerse. Los nudillos se le tornan blancos y tensa los hombros como si se estuviera preparando para recibir un golpe.

—Entonces, ¿prefieres abandonarme por ellos?

—No es lo que he dicho…

—Muy bien. Vete.

Se me corta la respiración de forma brusca y dolorosa y noto cómo se me debilitan las rodillas. Me mezo hacia delante y estiro las manos por instinto, pero me detengo antes de tocarlo. Sé que, si lo hago, me echaré a llorar.

—¿Qué? ¿Lo nuestro se ha acabado? —pregunto con voz ahogada y temblorosa.

Desvía la mirada con la mandíbula tensa y se pasa una mano por el rostro. Que esté dudando me clava un puñal en el corazón.

—No lo sé.

—No lo sabes —repito, y las esquirlas de sus palabras me arañan la garganta.

Siento que el suelo se abre bajo mis pies y que desciendo en caída libre. El silencio, asfixiante, se alarga entre nosotros. El amor que siento por él es irrevocable y desesperado y me está diciendo que no sabe si nuestra relación se ha acabado.

—Lo he intentado —dice con la tensión latente en sus facciones mientras niega despacio con la cabeza, como si ese sencillo gesto lo agotara—.

Pensaba que podía arreglar el sistema desde dentro.

Derribarlo pieza a pieza, proteger a todos los Modos posibles.

Pero lo único que he conseguido es ver cómo destrozan a un montón de personas.

El dolor me contrae el corazón y no logro seguir conteniendo las lágrimas, que escapan, recorriéndome las mejillas. Cross se mira las manos como si no las reconociera.

—Estoy cansado, muy muy cansado, de fingir que podemos salvar este puto mundo. Joder, si permanezco aquí un segundo más, voy a perder lo poco que queda de mí.

—Por favor —le imploro—. Dales una oportunidad.

—Ese no es mi sitio —responde—. Y nunca lo será.

Apenas lo veo a través de la cortina de lágrimas, pero percibo su dolor, su agotamiento.

—Wren… —Le tiembla la voz—. Ven conmigo —me suplica—. Por favor.

La última vez que nos encontramos en esta situación, era yo la que rogaba, la que le pedía que me acompañara. Y él me dio la espalda y me dejó sola.

—No puedo.

Un sollozo se me bloquea en la garganta. De repente, como si el cielo sintiera mi agonía, empieza a llover. No chispea; es un auténtico chubasco que se derrama sobre nosotros a un ritmo constante, que me empapa el pelo y vuelve resbaladizas las rocas bajo nuestros pies.

Su expresión me asusta. Algo se ha… roto dentro de él. Mientras la humedad se aferra a los planos cincelados de su rostro y se le desliza por la garganta, por fin desvía la mirada.

—Entonces, supongo que se ha acabado —musita.

—Sí —susurro, con el corazón convertido en un puñado de fragmentos rotos—. Supongo que sí.