Capítulo 27
L a tensión protagoniza el desayuno.
Saint y Gray apenas me dirigen la palabra e incluso Mako permanece en silencio, algo inaudito. Evlynne no ha vuelto a atacarme, pero es evidente que sigue afectada por la muerte de Neema. No la culpo; yo estaría igual.
Estoy sentada con Xavier y Tana, una combinación para nada ideal porque la última vez que mi amiga vio al teniente acababa de sufrir el ataque de Anson, un soldado de la Élite Plateada al que identifiqué como psicópata segundos después de conocerlo.
Tana siempre se niega a hablar de lo ocurrido, pero no he logrado borrar de mi mente el recuerdo de aquel día.
Xavier y Cross fueron quienes detuvieron a Tana tras conseguir el acuerdo que le permitió enfrentarse a trabajos forzados, en lugar de a la ejecución. Esta mañana, desde que ha descubierto quién era Xavier, mantiene la boca cerrada y la mirada baja mientras remueve la comida por el plato.
Hace unas horas, los líderes de la misión han informado a la Autoridad sobre los detalles del rescate de anoche. Al parecer, que el campo de fuerza estuviera activado cuando se suponía que no iba a ser así ha sido un asunto polémico; oigo cómo Gray y Saint hablan del tema en la mesa vecina.
—Es evidente que la información que nos dieron no era la adecuada, pero ¿crees que fue adrede —pregunta Saint con el ceño fruncido—, que alguien estaba intentando sabotear la operación?
—Los datos sobre la seguridad nos los dieron los prisioneros. No veo por qué intentarían sabotear su propia extracción.
Dado que es tan metomentodo como yo, Xavier interviene en la conversación:
—Relajaos, joder —dice—. La información era correcta, pero activaron el campo de fuerza porque el capitán de la sección Plata estaba en la zona.
Gray entorna los ojos mientras nos mira.
—El antiguo general no solía desperdiciar recursos —continúa Xavier con tono indiferente—.
Se necesita una cantidad desmesurada de energía para mantenerlos activos, por lo que, en la mayoría de los campos de trabajos forzados, están ahí para aparentar.
Sirven como elemento disuasorio. Pero si un jefazo está en la zona, sobre todo alguien con el apellido Redden, lo más seguro es que los enciendan.
—No colocaron a más guardias en el perímetro —comenta Gray, poco convencido con la explicación de Xavier.
—¿Por qué iban a hacer algo así? Las minas de sal son cruciales para ambos bandos. El Comando está seguro de que los Aberrantes no son lo bastante estúpidos como para acabar con una de las últimas reservas de sal del Continente.
—Llámame Aberrante una vez más y te rebano el pescuezo —le advierte Evlynne.
Gray estudia el rostro de Xavier.
—¿Por qué nunca nos has hablado de los protocolos de seguridad?
—Porque nadie me consultó para la misión.
Escondo una sonrisa tras la taza de café. A mi lado, Tana sigue removiendo los huevos con el tenedor.
—Nos habrías dado información falsa —lo acusa Evlynne.
—Supongo que nunca lo sabrás, ¿no, Elaine?
—Evlynne.
—Me da igual cómo te llames —replica Xavier antes de darle un bocado a la tostada.
Dirijo los ojos hacia Gray con una ceja arqueada que significa: «Ya te dije que Xavier sería de utilidad». Pero gira la cabeza, sin desprenderse de su frialdad. Me ha estado ignorando desde nuestra discusión.
—Pues vale —suelta Evlynne—. Si el campo de fuerza estaba activado para proteger a Redden, él es el responsable de la muerte de Neema, lo que significa que me encantaría matar a ese capullo.
Por encima de mi cadáver.
En la mesa frente a la nuestra, veo que a Teriq le brillan las venas. Cuadra los hombros antes de hablar.
—¡Callaos! —grita—. Están retransmitiendo un comunicado de la Compañía.
Me tenso. No ha habido ningún otro anuncio desde la declaración de guerra de Travis Redden tras el Aniversario de Plata.
El silencio invade el comedor cuando la pantalla holográfica cobra vida sobre la pared trasera.
Al instante, sé que algo no va bien. Casi todos los comunicados tienen lugar en el interior o el exterior del Capitol.
Este, sin embargo, se retransmite desde Plaza Sur.
Contemplo el lugar destinado a las ejecuciones y el corazón me da un vuelco en el pecho.
Nuestro nuevo general sube a la plataforma, seguido de varios soldados.
Reconozco a Deron Radek, el capitán en funciones de la sección Plata, pero no veo a Cross por ninguna parte.
A Radek lo sigue un oficial de su sección, con el uniforme azul marino y sus cuatro estrellas de coronel.
Roe aparece a continuación con un agente que no conozco y otra que conozco demasiado bien: Ivy Eversea, la exnovia de Cross.
Las facciones delicadas de la chica desprenden tensión, pero están desprovistas de expresión mientras permanece de pie al lado del hermano pequeño de Cross. Frunzo el ceño, preguntándome qué significa todo esto. Desde mi punto de vista, Ivy nunca fue demasiado fan de Roe.
Una multitud comienza a formarse en el patio polvoriento para escuchar las palabras de su general. No obstante, no se dirige a los civiles, sino a la cámara.
—Anoche —dice sin preámbulos—, un grupo de rebeldes Aberrantes se infiltraron en la mina del Cañón Helado y llevaron a cabo un ataque devastador durante el cual se extrajeron de las instalaciones de manera ilegal a cuarenta y dos Sangre Plateada.
Que nadie olvide que todos los prisioneros, Aberrantes o Primarios, estaban allí para cumplir la sentencia del tribunal por la que debían servir en los campos de trabajos forzados.
Por lo tanto, todos los prisioneros son propiedad de la Compañía.
—Ah, vete a la mierda —oigo que dice alguien. La rabia recorre el comedor.
La ausencia de Cross sigue doliéndome. Es como un cartel de luces de neón en el distrito de ocio de Santuario. ¿Dónde estará? Sé que ya no lidera la Élite, pero tampoco lo han despojado de su título, así que debería encontrarse ahí.
La preocupación me revuelve el estómago. Dijo que Travis lo culparía por la extracción de anoche. ¿Y si su hermano ha vuelto a meterlo en una celda? La inquietud se intensifica cuando trato de conectarme con él y me recibe el silencio.
Me descubro estirando la mano hacia la de Tana, quien me sorprende apretándome ligeramente los dedos.
—Como resultado de este ataque despiadado, dieciséis Primarios han perdido la vida, dieciséis almas valientes que servían en la sección Cobre para proteger al Continente de aquellos que quieren destruirlo.
Mi padre, antes de que el enemigo le corrompiera la mente, siempre decía que la gravedad del crimen determina la severidad del castigo.
—Travis hace una pausa dramática—. Anoche se perdieron dieciséis vidas.
—Otra pausa—. Por eso, esta mañana acabaremos con dieciséis más.
El horror se posa sobre mis hombros. Travis da un paso atrás para colocarse junto a los oficiales y, desesperada, vuelvo a intentar contactar con Cross. Esta vez, contesta.
¿Qué diablos está pasando? , pregunto. ¿Te encuentras bien? ¿Estás viendo el comunicado?
Su respuesta áspera confirma mis miedos.
Me han detenido .
Joder. Bueno, tu hermano está haciendo una retransmisión en directo. Está a punto de ejecutar a dieciséis civiles inocentes, Cross. ¿Cómo lo detenemos?
Entre dientes, escupe dos palabras que me hielan la sangre:
No podemos .
Percibo movimiento en la pantalla holográfica.
Desvío la atención para centrarla en ella justo cuando aparece.
El pelotón de fusilamiento. El odio me arde en la garganta mientras los soldados uniformados se alinean en la plataforma y los fusiles brillan bajo la luz matutina.
Hace meses, me encontraba entre esa multitud, observando cómo esos mismos soldados asesinaban al tío Jim.
Ahora veo cómo se preparan para volver a hacerlo.
La puerta negra doble tras la plataforma se desliza para abrirse y se intuye tras ella el túnel que conecta la plaza con la base del Comando.
Presiono la mano de Tana con más fuerza cuando dos soldados armados guían a un grupo de personas a través de la boca del túnel.
Hombres y mujeres con ropa de calle y las manos esposadas a la espalda.
Tienen el rostro demacrado y pálido, pero en sus ojos se atisba severidad. Resentimiento. Se me constriñe la garganta cuando los soldados empujan a los prisioneros Modos y algunos avanzan a trompicones.
Arrastran al primero a la plataforma de madera.
Es joven, de veintitantos años. Mantiene los hombros rectos y la barbilla en alto mientras contempla, no al pelotón de fusilamiento, sino a Travis y a los demás oficiales, como si los retara a doblegarlo.
Es un gesto inútil. La Compañía sabe que no puede someterlo, mental y emocionalmente hablando.
Por eso está ahí, para, en su lugar, destrozarle el cuerpo.
El coronel da un paso al frente, con la mirada desprovista de emoción y la boca convertida en una fina línea. Se dirige al pelotón de fusilamiento y ordena con tono aburrido:
—Fusiles en alto.
Se levantan los cañones de los ocho fusiles.
—Disparad —grita el coronel.
El ruido de las armas retumba en la plaza y una lluvia de balas alcanza al prisionero, seguido de un silencio horrible y ensordecedor.
Mientras el cuerpo del joven cae al suelo, gritos de conmoción y siseos furiosos estallan a mi alrededor.
Estoy demasiado entumecida como para emitir sonido alguno.
Inhalo con brusquedad, pero el oxígeno se niega a hincharme los pulmones.
La respiración se me vuelve superficial cuando me sobrepasa una fría oleada de terror.
Esto no es la guerra. Es… un asesinato tras otro.
Tiemblo cuando guían al siguiente prisionero hacia la plataforma.
—Disparad —anuncia la voz del coronel.
Otra ronda de disparos, otro cuerpo al suelo.
—Disparad.
Empujan al siguiente prisionero hacia delante.
—Disparad.
Nueva ronda de disparos, nuevo cadáver.