Capítulo 26 #3
Espero que el interrogatorio se haya acabado cuando subo hasta la planta de Personal en el ascensor y me dirijo a mi apartamento, pero Gray, con el rostro convertido en piedra, me pisa los talones.
Al llegar a mi puerta, no deja que me escanee el pulgar.
Hace un gesto con la cabeza hacia la suya y, reticente, lo sigo.
—¿Cómo abriste la celda?
Pestañeo, sorprendida. No creía que fuera a insistir sobre ese tema.
—Ya os lo he dicho. Tuve suerte. —La excusa me parece mucho más pobre cuando la digo por segunda vez.
—No soy gilipollas, Darlington. Yo también me formé para la sección Plata y serví en la Élite. Esos códigos no se repiten nunca. Hay uno nuevo cada semana. Por estadística, es imposible que dieras con el código en cuestión de minutos, así que deja de reírte de mí.
Titubeo mientras la culpa me carcome las entrañas.
—¿Por qué no se lo has dicho a los demás?
—Porque no voy a acusarte de conspiración a menos…
—¿Conspiración? —exclamo—. ¿Qué crees que ha pasado esta noche, Grayson?
—No lo sé. Dímelo tú. Porque, desde mi punto de vista, me da la impresión de que has conspirado con ciertas personas que trataban de desbaratar nuestros planes.
—No me jodas…
—Estaba ahí, ¿verdad?
Me hago la tonta.
—¿Quién?
Los ojos verdes de Gray se tornan incandescentes.
—Sabes perfectamente de quién estoy hablando, Wren. El capitán Cross Redden.
Pocas veces me llama así y no sé por qué, pero no me suena bien. Me parece impersonal.
—Ya sabías que Cross estaba en el Cañón Helado —le recuerdo, esperando que así zanje el tema.
—Me refería a que estaba en la prisión, y lo sabes. Déjate de jueguecitos. —Niega con la cabeza, enfadado—. ¿Por qué te ha ayudado? Volé contigo hasta Santuario porque dijiste que teníais asuntos por resolver. Supuse que habías puesto punto final a lo que fuera que os traíais entre manos, joder.
—Vale. Mira, si me ayudó, y no estoy diciendo que así haya sido, ¿no podemos aceptar la victoria y ya? No todos tienen por qué ser nuestros enemigos. Hemos rescatado a los cuarenta y dos Modos de las instalaciones. ¿Y si nos conformamos con eso?
—¿Estás de puta coña? Es el hijo del antiguo general y el hermano del actual. Cross Redden es el enemigo.
—Sabes que nada es tan sencillo.
Gray se acerca a mí con una mirada intensa, inquebrantable, que fija en la mía. Trago saliva al notar la tensión creciente entre los dos.
—No dejas de disculparlo, aunque no se lo merezca. Sí que es sencillo. No luchó por ti cuando debía.
Se me corta la respiración.
—No… No sabes de lo que estás hablando.
—¿Dónde estaba cuando te sentenciaron a muerte? Su amigo te ayudó, sí, pero ¿dónde demonios estaba él?
No respondo porque no puedo.
No puedo revelar que Cross es un Modo.
No puedo revelar que le pidió a Xavier que me protegiera.
No puedo revelar que se quedó atrás para cuidar de su madre.
—Tenía sus razones. —A mi voz le falta convicción y lo odio.
Gray aprieta aún más la mandíbula y se estremece con una frustración que no logra ocultar. Da otro paso al frente.
—Estás aquí, luchando por un hombre al que no le importas lo suficiente como para devolverte el favor.
Lo contemplo, desafiante.
—Déjalo.
—¿Que deje qué? ¿De decir la verdad?
Acaba con la distancia entre nosotros. Antes de que pueda pestañear, me presiona contra la pared, que golpeo con los hombros de forma brusca.
De repente, me coge con fuerza de la barbilla.
Su aliento cálido me cosquillea la mejilla.
Está lo bastante cerca como para que note el calor que irradia su cuerpo e inhale su aroma a cítricos.
—Te mereces algo mejor —me dice al oído, y me sorprende sentir un ligero cosquilleo entre las piernas. Estoy descubriendo que me gustan los hombres así, autoritarios y dominantes. Fuertes. Que se atrevan a desafiarme.
Pero reconocer que Grayson Blake me está resultando atractivo ahora mismo no significa que vaya a actuar en consonancia. Mi cuerpo y mi corazón le pertenecen a otra persona. Aun así, algo puro y sin filtros sigue chisporroteando entre nosotros mientras nos sostenemos la mirada.
—Gray —le advierto—, deja de soltar mierda sobre temas de los que no sabes nada. Y, por si se te ha olvidado, tienes novia. —Le doy un empujón en el pecho y me escabullo—. Quizá deberías concentrarte en tu relación y dejar de juzgar mi vida amorosa.
—Vuelve a tu habitación —musita.
Lo contemplo, incrédula.
—No entiendo por qué estás tan enfadado conmigo. Estoy de tu parte. He venido a la Daga. No estoy trabajando para el Comando…
—He dicho que vuelvas a tu cuarto.
Nos seguimos desafiando con la mirada. No quiero obedecer y marcharme porque supondría dejarle ganar, pero tampoco quiero continuar aquí, recibiendo una reprimenda en mitad de la noche. Soy la primera en romper el contacto visual. En rendirme.
Me alejo, pero no antes de dedicarle unas frías palabras de despedida.
—Puedes darme todas las lecciones que te dé la puta gana, Gray, pero no me arrepiento de haber salvado a Tana esta noche y volvería a hacerlo una y otra vez, a cualquier precio.
Le dedico una última mirada, firme y severa, antes de salir por la puerta y cerrarla con fuerza a mis espaldas.