Capítulo 26
– E quipo señuelo, tenéis que marcharos. Vuestro transporte está a punto de llegar.
Oigo a Saint en mi oído, pero no puedo centrarme en lo que está diciendo. Detengo la moto de forma abrupta, con lo que me gano una maldición de Declan, enfadado.
—¿Qué cojones haces? Conduce —me ordena.
Respiro hondo, temblorosa. Noto las manos débiles, trémulas sobre el manillar. Con una exhalación brusca, ignoro a Declan y me dirijo a Saint.
—No me voy a marchar sin Tana —le digo a nuestro líder de misión—. Voy a por ella.
—No. Avanza hasta la zona de recogida.
—No voy a marcharme sin ella.
—Darlington, ve hasta la zona de recogida.
—No —contesto, terca, aunque incluso yo veo cómo las oportunidades de que me asignen una nueva misión desaparecen ante mis ojos—. No voy a dejar atrás a Tana. Van a matarla. Sobre todo, después de esta noche. Pensarán que ayudó a la Revolución con el rescate. Joder, la van a matar.
—Wren. —Esta vez es Gray—. El segundo pájaro sale en cinco minutos. No hay tiempo.
—No estoy pidiéndole a nadie que me espere —digo.
Ya me estoy bajando de la moto, ante lo que Declan deja escapar una protesta ahogada—.
Si queréis dejar atrás a uno de los nuestros, es cosa vuestra.
Pero yo no voy a condenarla a muerte. Si consigo sacarla de aquí, encontraremos un lugar seguro.
Luisa, Declan se está dirigiendo a la zona de recogida él solo. No tardará en llegar.
El silencio inunda el canal. Me sorprende que la siguiente persona en hablar sea Luisa.
—Gray, si Wren logra liberar a la prisionera, daré la vuelta para recogerlas. —Luego, añade de forma apresurada—: Si lo autorizan los líderes de misión.
Su oferta me llena de gratitud.
—Gracias, Lu.
—Diez minutos —prosigue con brusquedad—. No puedo darte más tiempo. Te enviaré las coordenadas del punto secundario de recogida al intercomunicador de muñeca. ¿Saint?
—Diez minutos —responde el aludido, molesto, tras una breve pausa—. Ni uno más. Si no estás en el lugar acordado para entonces, Luisa se irá sin ti.
—Preparaos —digo antes de cortar la comunicación. Miro a Declan, cuyo rostro se está tornando cada vez más pálido—. Ve al punto de recogida primario.
Niega con la cabeza.
—Necesitas un apoyo.
—No te encuentras lo bastante bien como para apoyar a nadie. Y no voy a permitir que arriesgues tu vida en una misión secundaria a la que no te habías apuntado. Vete.
—No, sube a la moto —me ordena Declan con voz ahogada.
—¡No estás en condiciones de hacer nada de esto! —Lo cojo de la muñeca para medirle el pulso. Lo tiene débil. Muy débil—. Necesitas a un sanador. No quiero ponerte en peligro.
—¿Crees que eres la única persona que siente que no está bien dejar atrás a una Modo? —suelta.
Pestañeo, conmocionada.
—Yo tampoco voy a dejar atrás a ninguno de los nuestros. Súbete a la puta moto. —Se le tensa la mandíbula. Al parecer, he encontrado a alguien tan obstinado como yo.
No merece la pena discutir con él, por lo que me subo a la moto y conduzco. Hace unas horas, he memorizado todos los mapas que nos han dado, así que sé con exactitud dónde se encuentra la prisión dentro de la mina.
Me alegra que Declan no pueda verme las venas porque contacto con Cross, quien lleva varios minutos intentando vincularse conmigo.
Tana está aquí, en la prisión. Voy a por ella.
¿Vas sola? Suelta una maldición.
Hay otro agente de la red conmigo, pero no se encuentra bien. ¿Cuántos guardias están vigilando la prisión ahora mismo?
Ignora la pregunta.
Vete, Wren. Ya has tentado suficiente a la suerte esta noche .
Quizá tenga razón, pero me niego a abandonar a Tana. No hay más discusión.
Los barracones se componen de una serie de edificios en el extremo occidental del complejo.
El alivio aletea en mi interior al encontrarme con una ausencia total de seguridad.
Nuestro plan para distraer a todo el personal y que todos los guardias se dirijan al perímetro este ha funcionado.
Además, el equipo de Teriq ha sido bastante eficiente aquí, en el oeste.
La torre de vigilancia está vacía y hay un cuerpo tumbado sobre el costado, con el fusil colgando de la correa.
Supongo que el segundo guardia debe encontrarse en un estado parecido.
Al aparcar tras las dependencias para los hombres, Declan dice:
—Hostia puta, ¿has oído eso?
Presto atención y… sí, en la distancia se oyen varios cazas. El Comando está enviando refuerzos.
Cross , digo. ¿Habéis pedido apoyo aéreo?
Sí, llega en cuatro minutos.
—Quédate aquí —le pido a Declan, ya que no está en condiciones para servirme de apoyo, por muchas objeciones que ponga—. Le diré a Tana que salga cuando la libere. Tendrás que guiarla hasta el punto de recogida.
—¿Y tú?
—Encontraré otro camino. En la moto no entramos los tres y ella es mi prioridad.
Me da la impresión de que se le iluminan los ojos con una chispa de respeto.
—Ten cuidado, Darlington.
Con el fusil colgado del hombro, levanto el arma y me arrastro hasta el lateral del edificio de cemento gris. En toda la zona reina un silencio inquietante y una densa oscuridad. El equipo de Teriq ha debido reventar todos los focos para la extracción.
Palomita , dice Cross. Suele haber un guardia en el interior y otro en el exterior, pero les he pedido que se retiren .
Gracias , digo mientras la emoción me constriñe la garganta.
A pesar de sus palabras, giro la esquina con precaución. Fuera no hay nadie. Exhalo y me apresuro hacia el interior, donde encuentro una pequeña cabina en la que debería encontrarse el otro guardia, pero está vacía.
La diminuta prisión tiene cuatro celdas, todas con una mirilla que me permite ver su interior. Las dos primeras están vacías. Cuando oteo a través de la tercera, advierto un retazo de piel y pelo oscuros. Alguien pasea cerca de la ventana.
Golpeo la puerta con el puño mientras trato de vincularme con Tana. Lleva ignorándome toda la noche, así que no me sorprende cuando no responde enseguida. Solo al gritar su nombre acepta mi petición.
¿Wren? Parece sorprendida.
Estoy en la puerta de tu celda. Te voy a sacar de aquí.
¿Qué diablos está pasando ahí fuera? He oído disparos.
La red ha rescatado a todos los Modos a los que iban a reubicar mañana.
¿Reubicar?
Te lo contaré más tarde .
Descubro un escáner en la puerta de la celda. Mierda. Disparar no me garantizará que el pestillo vaya a abrirse. Me apresuro a contactar de nuevo con Cross.
Hay un escáner de huella dactilar para acceder a la prisión. ¿Hay algún código con el que pueda desactivarlo antes de que intente disparar a las bisagras?
Sí que lo hay. El apoyo aéreo llegará… en tres minutos .
Cross dice una serie de números que presiono en el teclado y siento una punzada de alivio cuando la puerta suelta un zumbido al abrirse.
Los ojos marrones de Tana se topan con los míos.
Está ilesa, cubierta con un mono de lino gris que supongo que será el uniforme de los prisioneros del Cañón Helado.
—Vamos —digo, apremiante—. No tenemos tiempo.
Está saliendo de la celda cuando Cross vuelve a vincularse conmigo.
Estoy en la puerta trasera. No me dispares cuando entre.
El corazón se me acelera. ¿Está aquí?
Espera. Dame un segundo , le contesto. Deja que Tana salga primero. No quiero que te vea .
Empujo a mi amiga hacia la cabina de vigilancia.
—Vamos. Declan se ha quedado en la moto, al girar la esquina. Te llevará al punto de recogida.
Tana duda, paseando la mirada entre la salida y yo.
—¿Y tú?
—Ahora voy. Necesito colocar una carga primero —miento.
Por suerte, cruza la puerta sin hacer preguntas. Espero a que salga por ella antes de informar a Cross de que la zona está despejada.
Ni siquiera oigo sus pisadas, una prueba de lo habilidoso que es como agente.
Se mueve como una sombra. Pestañeo y, de repente, su alta figura aparece en el umbral opuesto, recortada bajo la luz de una única bombilla sobre su cabeza.
Lleva el uniforme negro del Comando, el que se utiliza para las misiones de incógnito.
Fija los ojos azules en mi rostro, escudriñándome.
Y no logra ocultar su propia expresión porque lo que sentimos el uno por el otro es demasiado puro como para poder disimularlo.
El corazón me golpea con fuerza las costillas.
Cada vez que está ante mí, mi mundo empequeñece.
Se convierte en un centro de gravedad que me atrae y todo lo demás se vuelve secundario.
Corro hacia él y lo abrazo. Me devuelve el gesto con un gruñido:
—Te dije que me encargaría.
—No podía arriesgarme. Tú mismo lo dijiste: últimamente no tienes demasiado poder.
Tensa la mandíbula como si fuera a rechinar los dientes. Me alegra verlo, a pesar de su enfado evidente. Le acaricio la mejilla, cubierta de una ligera barba de tres días, y se apoya en mis dedos antes de presionar la frente contra la mía.
—Estoy furioso contigo.
—Lo sé.
Parece estar reprimiendo una sonrisa.
—Joder, ¡cuánto te he echado de menos!
—Lo sé.
Me acaricia la mejilla. Posa los ojos en mis labios.
No sé cuándo tendré la oportunidad de volver a besarlo, por lo que lo devoro.
Fundo mi cuerpo con el suyo y, durante unos instantes largos y maravillosos, el resto del mundo deja de existir.
Solo estamos nosotros. Me acaricia la lengua con la suya y gimo.
Es ese sonido angustiado y necesitado el que lo aleja de mí.
Noto cómo tiembla porque está tan desesperado como yo y, si pudiera, le arrancaría la ropa, lo empujaría al suelo y me lo follaría.
—Ven conmigo —le suplico—. Mostrarán piedad. Me aseguraré de que sea así.
—No lo harán. De todas maneras, nunca me fiaría de ellos. Ya hablaremos después —dice, sombrío—. He descubierto algunas cosas que… —De repente, se toca el auricular—. Han llegado los refuerzos. Tienes que irte.
—Solo puedo ir a pie. ¿No tendrás algún vehículo…?
—He dejado la moto en la parte de atrás. —Deja escapar un suspiro suave y atormentado—. Vete.