Paloma caída (Élite plateada 2) Capítulo 25 #2
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Capítulo 25 #2

—Dirigíos a la zona de recogida —responde Saint. Parece distraído y no puedo ni imaginarme el caos al que debe estar enfrentándose ahora mismo el equipo de ataque.

—Vámonos —dice Declan.

Neema ya se está alejando a toda velocidad. Estoy a punto de seguirla cuando advierto que la última carga que ha colocado la chica no desprende una luz verde.

Declan , le digo de manera telepática, Neema no ha activado bien la carga .

El hombre se baja de la moto y trota hasta allí para ocuparse del problema. La luz verde no tarda en aparecer y unos segundos más tarde ambos seguimos los pasos de Neema, quien ya va unos metros por delante.

La emoción bulle en mi interior mientras aceleramos por el túnel.

Nuestra misión ha durado menos de diez minutos, pero tengo la adrenalina por las nubes y el latido del corazón me marca un ritmo rápido en el pecho.

Lo único que debemos hacer es salir por el extremo occidental del túnel y llegar a la zona secundaria de recogida.

Luisa y el grupo de ataque deberían estar ya en marcha.

Rezo para que nuestro equipo distraiga a los guardias de Cobre el tiempo suficiente para que el de Teriq evacúe a todos, pero todavía no ha dicho nada.

—Extracción completada.

He hablado demasiado pronto. El alivio irrumpe en mi interior ante su confirmación.

—El pajarillo está en el aire. Carga asegurada —dice ahora Gray con una satisfacción inconfundible en la voz.

—Equipo señuelo —dice Saint en mi oído—. ¿Cuánto tiempo os falta para llegar al punto de recogida?

—Dos minutos —responde Declan.

Dos minutos y se acabará. Lo habremos conseguido. Habremos ejecutado la misión de manera impecable.

Agarro el manillar con más fuerza, soltando un nuevo suspiro de alivio.

Ya casi estamos fuera. Según los mapas, el túnel termina en un claro al otro lado del perímetro sur de las instalaciones, por lo que no deberíamos toparnos con ningún guardia extraviado.

El túnel se curva ante nosotros, y solo cuando nos estamos acercando a ese punto entiendo que algo va mal.

Se me eriza el vello de la nuca cuando lo oigo.

El zumbido de un campo de fuerza que vibra por el limitado espacio.

Se vuelve más fuerte a medida que rebota entre las paredes y, al girar la esquina, lo veo de repente.

Se trata de una pared azul brillante que desprende una luz intensa y artificial.

El campo de fuerza que debería estar desactivado… no lo está.

El miedo fluye por mis venas a medida que nos acercamos a la abertura y veo cómo Neema se dirige hacia ella a una velocidad vertiginosa.

—¡Neema! —grito—. ¡Para!

Demasiado tarde. Choca con el campo de fuerza y varias chispas flotan por el aire cuando sale despedida de la moto.

Las llantas metálicas de los neumáticos crean otra ráfaga de chispazos, al mismo tiempo que el vehículo se contorsiona y azota el aire al rebotar hacia nosotros, a punto de decapitar a Declan.

Los reflejos toman el control de mi cuerpo.

Sé que presionar los frenos no servirá de nada, ya que solo conseguiré derrapar y empotrarme contra el campo de fuerza.

Por eso, me bajo del asiento y me lanzo por el aire.

El mundo da vueltas a mi alrededor mientras ruedo lejos del vehículo antes de aterrizar con fuerza sobre el cemento.

—¡Declan! —grito.

Pero sigue avanzando. ¿Por qué sigue avanzando?

—¡Declan!

Mientras el pánico me constriñe la garganta, actúo una vez más guiada por el instinto. Ocurre de manera tan natural que no me lo cuestiono siquiera. Abro una vía y aprovecho el oro, utilizando cada mota de energía para apropiarme de la mente de Declan.

—¡Salta! —le ordeno.

Una oleada de alivio me sobreviene al verlo saltar de la moto en el último segundo.

El campo de fuerza desprende una lluvia de electricidad cuando el vehículo choca con él y Declan se desliza junto a las chispas resultantes, evitando por los pelos perder el brazo.

Su moto se convulsiona y agita bajo la corriente y oigo un chillido poco natural, el sonido de la electricidad al penetrar en la máquina.

Un fogonazo de color azul blanquecino ilumina el túnel cuando el campo de fuerza vuelve a chisporrotear de nuevo.

—¡Declan!

Corro hacia él. Se pone de rodillas a duras penas, con todo el cuerpo tembloroso.

—¿Te encuentras bien? —Me apresuro a ayudarle.

Ignora la pregunta y pasea la mirada, llena de pavor, por las sombras.

—Neema —escupe.

—Está ahí.

Nos acercamos a la silueta lánguida de la chica. El humo surge de su cuerpo y el olor acre a pelo y piel quemados me inunda las fosas nasales. Me da miedo tocarla por si la electricidad sigue recorriéndole el cuerpo, pero no tengo razones para hacerlo. Tiene los ojos abiertos. Sin vida.

Los brazos de Declan emiten un brillo plateado. Por un segundo, creo que también se está electrocutando hasta que entiendo lo que está haciendo.

—Ha muerto —dice con voz monótona—. No percibo su firma energética. —Se toca el auricular—. Saint, el campo de fuerza está activado. Hemos perdido a Neema y no podemos salir por aquí.

—Mierda. Vale, volved por donde habéis entrado e id al punto original de recogida. Hablaré con Lu.

—Entendido. —La respiración de Declan se ha tornado superficial cuando interrumpe la comunicación.

Ambos miramos de nuevo a Neema. Allí tumbada en el suelo, muerta por un chispazo. Qué final tan cruel. No me caía demasiado bien, pero nunca quise que muriera.

—Vamos —dice Declan al final.

Mi moto es el único vehículo que ha sobrevivido. Declan llega hasta ella primero, pero, cuando intenta enderezar la esbelta máquina, se dobla por la cintura de repente, respirando con dificultad.

—¿Qué pasa? —Desestima mi preocupación con un movimiento de la mano, pero esta vez no se lo permito—. ¿Has tocado el campo con alguna parte del cuerpo?

—Solo con la manga —musita—. No me ha rozado la piel.

No estoy segura. Jadea como si a sus pulmones les estuviera costando funcionar y me inquieta que también le haya afectado al corazón. Sé que incluso la mínima corriente de electricidad de un campo de fuerza puede alterar el ritmo natural del cuerpo. Lo intercepto antes de que se suba a la moto.

—No estás en condiciones de conducir —digo con firmeza. Luego, paso una pierna sobre el sillín—. Móntate.

Sin mediar palabra, se coloca detrás de mí y me rodea la cintura con los brazos.

Noto cómo le tiemblan las manos y se le agita el pecho.

Sí, algo no va bien. Piso el acelerador y vuelvo por donde habíamos venido.

Por suerte, no nos topamos con una emboscada del Comando y me siento aún mejor cuando veo el cielo una vez emergemos por fin del túnel. Pero mi felicidad no dura mucho.

—Un pequeño contratiempo —anuncia Teriq por el intercomunicador—. Hemos dejado atrás a una persona, a una Modo que estaba encerrada en la prisión del campo desde esta mañana por haber atacado a un guardia.

—¿Quién es? —pregunto, incapaz de ignorar la sensación de inquietud en las entrañas.

—Da igual. Ya estamos en el aire. —El tono de Teriq desprende resignación y firmeza a la vez—. Hemos sacado a cuarenta y una personas de cuarenta y dos. Lo consideraría una victoria.

—¿Quién coño es? —repito y, aunque percibo la hostilidad en mi propia voz, no logro reprimirla.

Se produce una pausa, pero sé lo que va a responder antes incluso de que lo haga:

—Tana Archer.