Capítulo 25
C ross está en la mina de sal. Repaso las palabras de Teriq en mi mente una y otra vez. Durante todo el vuelo, me planteo contactar con él. Pretendo avisarlo de nuestro ataque inminente (no me lo perdonaría si le ocurriera algo), pero toda la misión depende del elemento sorpresa.
«Y no confías en él».
Trato de deshacerme de la acusación en mi cabeza, pero es demasiado tarde. Se ha asentado. Sin embargo, no es cierto. Sí que confío en él. Claro que sí.
«Entonces, ¿vas a hablarle ahora mismo?».
La ansiedad se aferra a mí hasta asfixiarme y me da vueltas la cabeza. Nunca he estado en una situación así. El hombre al que quiero quizá esté en peligro, pero no puedo alertarlo; debo permanecer en silencio.
—Estamos a dos pasos de la zona de aterrizaje —anuncia Luisa por los auriculares.
Los demás nos desatamos los arneses y nos ajustamos los paracaídas, comprobando que todo esté en su sitio.
Saint se levanta y se dirige a trompicones a la puerta del avión.
Al abrirla, el aire fresco sisea al cruzar la pequeña aeronave.
Me ajusto con nerviosismo las correas del paracaídas, rezando para que el cordón de apertura funcione cuando tire de él.
La primera vez que salté de un avión estaba en un ejercicio deentrenamiento con el Comando.
Nunca me había sentido tan eufórica, y desde entonces la sensación no se ha atenuado ni un poquito.
En cuanto estoy en el aire, un cosquilleo me inunda el cuerpo.
Esto es lo más cerca que está un ser humano de volar, lo que es aterrador y liberador al mismo tiempo.
Durante un segundo, se te para el corazón porque no perteneces ni al cielo ni a la tierra.
Solo… existes, sin más, suspendido en el aire.
Esta noche, la cúpula celeste es más morada que negra, del color de una berenjena magullada.
No sé por qué me viene a la mente esa imagen, pero es lo único en lo que puedo pensar mientras me lanzo del avión y el viento helado me corta la cara.
La zona de aterrizaje se intuye lejos, muy lejos de nosotros.
Espero hasta que veo que el paracaídas de Saint se hincha para tirar de mi propia cuerda y el mío se abre también con brusquedad.
Me centro en el suelo, en el que caigo con suavidad un momento después. Unos metros más allá, Neema aterriza, rueda sobre el costado y se levanta con un único movimiento fluido y ensayado. Me molesta su elegancia.
En cuanto mis pies entran en contacto con la tierra, me sobreviene una nueva descarga de ansiedad. Lleva agitándose como un remolino en mi estómago desde que he descubierto que Cross está por aquí. Debo avisarle. Pronto. Pero primero debemos eliminar a los guardias del perímetro.
—Por aquí —dice Saint, dirigiéndose a la hilera de árboles. Se ha puesto una camiseta negra ajustada que se amolda a su impresionante pecho, y todas las armas que lleva le cubren cada centímetro del cuerpo; parece tan letal como una bomba.
Entre los matorrales encontramos varios vehículos en un garaje abierto y oculto, similar al que me mostró Gray en la periferia de la ciudad.
Saint, Henley y los demás del equipo de ataque se dirigen al camión de suministros mientras Neema y yo nos quedamos atrás, a la espera de nuevas directrices.
No tardan en llegar en forma de figura desgarbada que emerge de las sombras.
Es Declan. La última vez que vi a aquel hombre, me llevó a un refugio en Santuario, del que escapé para tratar de salvar al tío Jim.
Sé que me reconoce porque entorna los ojos marrones oscuro cuando los desvía en mi dirección.
Sin embargo, no dice nada al respecto, solo se gira para hablar con Saint por telepatía.
Ambos llevan manga larga, pero las de Saint dejan al descubierto una sección de piel lo bastante extensa para que vea el brillo en las venas de sus muñecas.
Lo suficiente para delatarlo. La conversación no dura demasiado antes de que Declan se centre en Neema y en mí.
—Venid conmigo. Vamos a por las motos.
El pulso se me acelera cuando observo cómo Declan se dirige a una de las motos bala en una esquina del garaje. Al pasar a mi lado, Neema me sisea entre dientes:
—No la cagues.
Pongo los ojos en blanco.
El equipo de ataque está apiñado en el oscuro camión de suministros, con Henley al volante.
Lleva el pelo rubio peinado hacia atrás, atado en la nuca, lo que enfatiza sus facciones cinceladas.
El motor apenas emite un ronroneo cuando lo enciende.
Con los faros apagados, sale del garaje.
Las ramas y la vegetación crujen bajo los neumáticos mientras el vehículo se funde con la oscuridad.
Declan se coloca la mochila sobre los hombros, igual que Neema. Se encargarán de las cargas. Yo me paso la correa del fusil por un hombro para situarlo a mi espalda.
—No os alejéis demasiado. —Declan pasa una pierna sobre una de las motos.
Neema y yo lo imitamos y un segundo después el suave rugido de los motores interrumpe el silencio. Mantengo la cabeza baja y los dedos crispados sobre el manillar mientras aceleramos por el camino a oscuras en dirección a la mina.
La silueta de las extensas instalaciones no tarda en aparecer ante nosotros.
Se erige a lo lejos y su sombra se extiende por un terreno estéril.
Por lo que he leído en los informes, la mina de sal del Cañón Helado ocupa casi trece kilómetros bajo tierra.
Coincide con el enorme depósito de sal que va desde el distrito B hasta Nuevo Ontario, el antiguo nombre del distrito A, ubicado al norte.
De los intercomunicadores surgen susurros mientras los demás equipos ocupan su posición.
Luisa ya está en el aire, preparada para el ataque, protegida por nuestros inhibidores de señal que impiden que el radar de la Compañía la detecte.
Esta noche no lanzará ninguna bomba de azúcar porque el objetivo no es volar las instalaciones por completo, pero le han pedido que cause todo el daño posible en la torre de vigilancia de la zona noreste.
Reducimos la velocidad de las motos cuando estamos llegando al perímetro, donde tenemos una buena perspectiva de la abertura del túnel de suministros.
La noche desprende una oscuridad casi total, solo interrumpida por los faros antiniebla de las torres de vigilancia que peinan el paisaje.
Sin embargo, estamos escondidos entre la maleza, desde donde intuyo a dos guardias, como era de esperar.
Uno está fijo en un extremo del túnel y el otro pasea por el perímetro, a unos cien metros de distancia.
Declan me habla telepáticamente:
Espera mi señal .
Sigo el movimiento del soldado que está caminando a través de la mira del fusil. Con la respiración constante y las manos firmes, mantengo mi posición. Pasan algunos segundos antes de que vuelva a oír a Declan:
Acaba con ellos .
Su instinto es impecable. El guardia del perímetro está casi encima de nosotros. Disparo sin dudar y cae con un golpe seco. El soldado del túnel solo logra girar la cabeza unos milímetros antes de que una bala se le incruste entre los ojos.
—Bien hecho —dice Neema, reticente.
Los tres permanecemos cerca de las motos, observando el túnel para comprobar que nadie se apresura a ayudar a sus compañeros caídos. Sin embargo, la entrada en sombras permanece en silencio, con una calma total.
«Tienes que avisar a Cross».
La voz apremiante en mi cabeza se está volviendo cada vez más ruidosa, convirtiéndose casi en un grito, pero no es el momento. Todavía no. Acertar con los putos tiempos lo es todo.
El murmullo de Saint surge de repente de nuestros intercomunicadores:
—Adelante, Lu.
El rugido distante de una explosión reverbera en la distancia y el cielo se ilumina con una descarga anaranjada durante una fracción de segundo antes de que todo se vuelva a sumir en la oscuridad.
El leve olor a humo que transporta el viento me inunda las fosas nasales antes de que oiga una nueva explosión brusca e intuya un retazo de la cortina de humo.
—Moveos —ordena Saint, y sé que su camión de suministros se está ahora acercando al perímetro. Un segundo después, ladra una nueva orden—: Equipo señuelo, adelante.
Mientras los tres aceleramos con las motos, por fin me permito conectarme con Cross. No me sorprende cuando un gruñido enfadado me inunda la cabeza de inmediato.
¿Habéis sido vosotros?
Sí , le confirmo mientras acelero aún más. Vamos a extraer a los esclavos.
Maldita sea, palomita.
No vamos a dejar que mueran.
Te dije que me encargaría yo.
Bueno, ya lo hacemos nosotros, pero no nos vendrá mal cualquier ayuda que nos puedas ofrecer .
Una pausa. Luego: Estoy contigo. Siempre. Ya lo sabes.
Joder, ¡cuánto lo quiero!
Mientras se oyen disparos a lo lejos, nos dirigimos al túnel de suministros.
Los planos que he estudiado hace unas horas mostraban una red compleja de pasadizos y recovecos, pero no vamos a entrar en la mina.
El pasillo subterráneo al que estamos accediendo llega hasta un nivel por encima de la galería de la mina.
El débil brillo de los fluorescentes guía nuestros pasos a través del amplio pasadizo, inundado del olor a tierra mojada y cemento.
—Por aquí —dice Declan.
Llegamos a la primera sección que, según el mapa que he memorizado, es un punto estructural clave del túnel.
Declan y Neema se bajan de las motos y no tardan en vaciar las mochilas.
Permanezco en guardia, paseando el fusil por las sombras para asegurarme de que no recibimos ninguna visita inesperada.
Los dos trabajan con rapidez, colocando las cargas en el cemento de manera experta. Estas emiten una luz verde una vez se activan. Luego, mis compañeros vuelven a las motos y juntos nos dirigimos a la siguiente sección designada.
—Cargas en su sitio —le anuncia Declan a Saint apenas unos segundos después de que Neema ponga la última en una columna de piedra—. Diez minutos para la detonación.