Paloma caída (Élite plateada 2) Capítulo 24
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Capítulo 24

L os rumores sobre la hazaña heroica de Xavier no tardan en extenderse por la Daga. Por desgracia, solo ha conseguido ganar puntos con Poppy. Pero por algún lugar hay que empezar, ¿no?

Cuando entramos en el comedor para desayunar al día siguiente, advierto que algunas de las miradas gélidas que solían dedicarle se han derretido un poco. No mucho después de sentarnos, Poppy se acerca a nosotros con timidez para preguntarle por el brazo.

—Como si no hubiera ocurrido nada —le asegura, mostrándole el antebrazo.

Es obvio que la adolescente quiere añadir alguna otra cosa, pero duda, jugueteando con la manga.

—¿Algo más? —Xavier curva los labios, divertido.

—¿Te gusta jugar? —suelta Poppy, y me muerdo el interior de la mejilla para evitar echarme a reír.

—No solo me gusta —dice Xavier con seriedad—, sino que me dan rabietas si pierdo.

Poppy esboza una sonrisa.

—Acabo de aprender a jugar al póker. Deberíamos probar.

—Dalo por hecho. —Le da un rápido sorbo al café mientras la contempla por encima del borde de la taza antes de dejarla en la mesa con un grave suspiro—. Mierda, ¿cuántos años dijiste que tenías? Me da la impresión de que te estás enamorando de mí porque te he salvado la vida. ¿Es eso?

Poppy se queda boquiabierta.

—¿Qué? ¡No!

Suelto una carcajada que atrae varias miradas de curiosidad de las mesas vecinas.

—Solo estaba siendo maja —farfulla la chica con las mejillas sonrosadas.

—Ah, en ese caso, me encantaría jugar a las cartas contigo —contesta Xavier.

Cuando Poppy se ha ido, le doy un codazo al soldado.

—¿Por qué la has avergonzado de esa manera?

Xavier se pone a la defensiva.

—Solo necesitaba asegurarme de que no se había pillado. Tiene… ¿cuántos, dieciséis años? No quiero que la bruja de su madre me persiga, acusándome de estar intentando algo con su hija adolescente.

Se me ha olvidado el intercomunicador en el apartamento, así que después de desayunar me dirijo hacia allí para recuperarlo. Al cruzar la puerta, Cross intenta vincularse conmigo. No me pregunta si me encuentro bien, sino que va directo al grano.

Travis está sacando a todos los prisioneros Modificados del Cañón Helado .

Frunzo el ceño.

¿Por qué?

Un caos de la hostia. Los Primarios de la mina se niegan a trabajar con los Modos, así que Travis ha decidido dejarlo como sede solo para Primarios. Ha ordenado que se transporte a todos los Modos a la mina de carbón del distrito K.

Me pongo en guardia. K es un distrito al sur.

En el programa aprendimos todos los detalles sobre las instalaciones del sur.

Son diminutas. La mina de sal en el Cañón Helado es, de lejos, la más grande del Continente, ya que alberga a doscientos cincuenta prisioneros, cincuenta de los cuales son Modificados.

La mayoría de las minas del sur solo tienen espacio para cincuenta cada una.

En la mina de K no hay sitio suficiente para cincuenta Modos , comento, alerta.

No irán todos .

La ira me borbotea en las venas.

¿Van a matar a algunos?

A aquellos que Travis no considere útiles, sí.

No podemos permitir que ocurra algo así, Cross.

Me ocuparé del tema.

¿Cómo? , pregunto. Has perdido todos los permisos.

Aún tengo algunos ases que puedo jugar. Me las apañaré.

Interrumpe la conexión y una oleada de rabia me sobrepasa. ¿En serio? ¿Va a dejarme así, con la palabra en la boca?

¡Joder!

Me apresuro hacia la sala de Operaciones para buscar a Gray. Lo encuentro en el hangar, por supuesto, tumbado bajo uno de sus esbeltos cazas grises, jugueteando con una llave inglesa.

—Sal de ahí, as —le digo a la parte inferior de su cuerpo—. Tenemos que hablar.

Con una carcajada, se aleja de las entrañas del avión. Lleva un traje de cuerpo entero de piloto verde oliva con la parte superior atada a la cintura, dejándole el pecho al descubierto.

—Estás cubierto de grasa —digo.

Gray se pasa una mano por los pectorales y esboza una sonrisa al ver la palma manchada de negro.

—¿Qué pasa?

Dudo. Cross no me ha pedido que no cuente la información que me ha dado, solo ha dicho que se las apañará.

Y tal vez encuentre una manera de arreglarlo, a pesar de no tener a su alcance los amplios recursos de la sección Plata.

Pero lo más probable es que no sea capaz y de ninguna manera voy a permitir que maten a nadie en la mina de sal, sobre todo a mi mejor amiga.

—Tengo algunos datos —admito— que quizá interesarían ala Autoridad.

—¿Qué clase de datos?

—Están relacionados con la instalación del Cañón Helado. Van a reubicar a todos los prisioneros Modificados de la mina de carbón a K.

Se le tensan las facciones.

—¿A la mina de agua? Ahí no entran tantas personas.

—Lo sé. No todos saldrán del Cañón Helado con vida.

—Mierda. —Introduce los brazos en las mangas y se sube la cremallera del traje de vuelo—. ¿De dónde has sacado esa información?

Ya tengo la mentira preparada.

—De la Modo que conozco, la que está saliendo con alguien del Comando. No trabaja para la red ni tiene interés en unirse, por lo que es lo único que puedo contarte.

Aunque me estudia durante un segundo, no insiste ni trata de rellenar las lagunas de mi historia.

—Muy bien. Se lo diré a los demás. Pero no llevarán a cabo ninguna acción hasta que no recibamos confirmación de una de nuestras fuentes.

No soy una fuente fiable. Mensaje recibido.

Unas horas después, estoy en el campo de tiro cuando noto una presión en la mente. Adrienne va directa al grano:

Nuestra fuente corrobora la tuya. Van a mover a los prisioneros mañana por la mañana.

¿Qué vamos a hacer?

Abandona mi mente sin contestar. Buena charla, sí.

Ceno con Xavier, aunque donde realmente me gustaría estar ahora mismo es en la sala de guerra.

Gray y Teriq no están en el comedor y, aunque la ausencia de Adrienne y Kallister no activa ninguna alarma porque rara vez se les ve por aquí, que ninguno de los líderes de misión haya aparecido, incluidos Saint y Evlynne, lo dice todo.

Tampoco está Raven Persimmons, quien, según acabo de descubrir, también es una líder.

Me imagino que eso debe poner de los nervios a Mako.

Estamos jugando a las cartas con Poppy en la sala común después de la cena cuando la megafonía de la Daga emite una voz crepitante.

—Todos los agentes de campo al comedor.

Xavier levanta la mirada de las cartas.

—¿Tú incluida? —me pregunta.

—Creo que sí.

Jugué un papel esencial en la misión de Adrienne cuando le corrompió la mente al general, por lo que me imagino que me gané el puesto de agente de campo. En cualquier caso, prefiero que me echen si lo desean. La curiosidad impide que me lo pierda.

Sombrío, Xavier baja la barbilla.

—A mí nunca me invitan a fiestas.

—Ni a mí —dice Poppy como muestra de apoyo mientras dejo las cartas en la mesa y salgo de la habitación.

Me dirijo al comedor con muchos otros y, cuando logro acceder al interior, no hay ningún sitio libre.

Permanezco de pie al lado de Hawkins, quien me saluda con un gruñido.

Me sorprende verlo, ya que me dijeron que nadie quiere trabajar con él.

Aunque, a decir verdad, nadie quiere trabajar conmigo tampoco y aquí estoy.

Espero encontrarme con toda la Autoridad, pero solo entran Gray y Teriq. La sala se sume en el silencio cuando este último comienza a hablar:

—La Autoridad ha votado para permitir la extracción.

El corazón me da un vuelco por la emoción. ¡Por fin! Van a rescatarlos. No soy la única entusiasmada. Ante el anuncio, una corriente de expectación cruza la estancia.

—Es una misión prioritaria y de alto riesgo —dice Gray con los brazos cruzados sobre el pecho—. El objetivo es extraer a los Modos de la mina de sal del Cañón Helado.

Le dedica una seña con la cabeza a Saint, quien se aleja de la pared y se acerca a ellos.

—Vamos a formar dos equipos —dice Teriq—. Saint y yo seremos los líderes de misión sobre el terreno. Gray será el líder del aire. Luisa y él se encargarán del transporte.

El pulso se me acelera. Me muero por que me cojan para esta misión.

Teriq da un paso al frente y pregunta:

—¿Quién se apunta?

Gray dijo que todos los agentes se involucran de manera voluntaria y es fascinante observar cómo se lleva a cabo el proceso. No me sorprende cuando todas las personas del comedor levantan la mano. Incluida yo.

—Necesito a cuatro personas en mi equipo. —Teriq estudia la multitud antes de enunciar un puñado de nombres. El mío no está entre ellos.

Saint es el siguiente. Pasea los ojos verdes como el bosque por el grupo.

—Yo necesito a cinco. Me llevaré a Henley, Neema…

Cada nombre que no corresponde con el mío me provoca un nudo de decepción cada vez más tenso en el estómago.

Intento recordarme que todos tienen más experiencia que yo, que llevan años formando parte de la red, algunos incluso décadas, mientras que el tío Jim me mantuvo todo lo lejos posible de la Revolución.

Todas las personas aquí presentes han trabajado juntas en numerosas misiones y se han ganado una confianza que yo todavía no he conseguido.

—Orin…

Pero tampoco soy una novata. Tengo buena puntería. Puedo procurar coartadas o apoyo. Quizá no haya llevado a cabo aún mipropia misión, pero sin duda puedo ayudar en cualquiera.

—Cilian. —El cuarto puesto se lo lleva un hombre del que nunca he oído hablar.

No recuerdo la última vez que me sentí tan desesperada por demostrar lo que valgo. Lo único que necesito es que una persona me dé una puta oportunidad…

—Y Darlington.

Me quedo paralizada, buscando con los ojos los de Saint. Me preocupa haberlo entendido mal, pero, cuando me sostiene la mirada, arquea una ceja.

—¿Te parece bien, Darlington?

—S… Sí —tartamudeo como una loca. Me aclaro la garganta—. Sí, señor.

La habitación se queda en silencio.

—Saint —le advierte Evlynne.

Incluso Teriq, quien siempre se suele mostrar neutral en lo que respecta a mí, se gira hacia él.

—¿De verdad quieres elegirla a ella? Está muy verde.