Paloma caída (Élite plateada 2) Capítulo 23
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Capítulo 23

O tro grito corta el aire, esta vez más cercano. Desgarrador y cargado de terror. Xavier ya se ha puesto en marcha.

—Por aquí —me indica.

Me apresuro tras él y nuestros pasos retumban a toda velocidad sobre el terreno mientras tiro de la correa del fusil y levanto el arma.

Los árboles se vuelven más delgados hasta que llegamos a un claro, el mismo en el que encontré a Poppy cogiendo flores cuando quise crear una conexión con ella y Fiona la borró de un plumazo.

La adolescente y yo apenas hemos hablado desde entonces.

En la base, mantiene la cabeza baja y no me mira cuando pasa a mi lado en el comedor.

Nos encontramos con una escena aterradora: Poppy está apoyada en una roca, con los brazos estirados y las palmas contra la piedra mientras intenta ahuyentar a la enorme bestia ante ella.

O estoy alucinando o se trata de un aullador.

Solo he visto uno en toda mi vida. Los aulladores son lobos gigantescos que viven cerca de las cimas de las montañas y rara vez se aventuran a alturas más bajas a menos que se queden sin comida. Sin embargo, nunca cazan solos. Únicamente cuando están muertos de hambre y desesperados.

Este es gris, con aspecto desaliñado. Hembra, al parecer. Las hembras son siempre más grandes. Un gruñido grave se le escapa de la garganta mientras rodea a la adolescente asustada.

—Dispara —me ordena Xavier.

No lo dudo. Sitúo al animal en mi punto de mira, apuntándole a la cabeza, pero, en el último segundo, vuelve a girarse y la bala le alcanza la pata.

Un aullido agudo reverbera por el aire, ese gemido inquietante que le da nombre a la bestia.

Pero en esta ocasión está entrelazado con dolor.

Con un gruñido, la loba retrocede a trompicones durante un segundo cuando las patas delanteras ceden por el impacto de la bala, pero, aunque la sangre le mancha el pelaje, el disparo desviado solo ha conseguido enfadarla.

La aulladora se dirige de nuevo hacia la presa.

Poppy grita, pero Xavier ya ha llegado a su lado.

Se coloca entre la chica y la loba cuando esta está a punto de alcanzarla.

La aulladora aterriza ante él, batiendo la mandíbula, y le clava los dientes en el antebrazo.

Xavier, para tratar de alejarla, le da una patada en el pecho.

Pero advierto un fogonazo de dolor en los ojos oscuros de Xavier cuando la bestia echa la cabeza hacia atrás de forma violenta, todavía con el brazo de Xavier atrapado entre sus fauces.

—¡¡¡Darlington!!! —grita.

Con el pulso acelerado, levanto de nuevo el fusil. Veo la sangre que recorre el brazo de mi amigo, los dientes de la bestia hundidos en su piel. Esta vez, opto por un objetivo más grande: el pecho. Necesito tres balas para que el aullador suelte a Xavier.

Cuando la loba colapsa en la hierba, me abalanzo hacia delante. Observo cómo su cuerpo se contorsiona ligeramente en el suelo antes de quedarse totalmente inmóvil. Tiene el pelaje empapado de sangre, igual que el brazo de Xavier.

Poppy está agazapada contra la roca, con el rostro pálido. Se encuentra paralizada, como si el miedo la hubiera congelado. Dejo que el fusil me cuelgue del hombro mientras me apresuro al lado de Xavier.

—¿Te encuentras bien?

Logra esbozar una sonrisa apagada.

—Sí.

—Tu brazo no lo parece —comento, sintiendo náuseas al examinarlo.

Me quito la camisa de manga larga que llevo sobre el top y me apresuro a cubrirle el antebrazo con ella para crear un vendaje improvisado. Aprieto el nudo con fuerza para detener el sangrado y Xavier suelta una maldición de dolor.

—Necesitas ir a la enfermería.

—No pasa nada —insiste, como haría cualquier soldado, de­sestimando la idea de que quizá sí que pasa algo.

Doy una zancada hacia Poppy y le tiendo la mano.

—No te preocupes. La aulladora está muerta. Estás a salvo.

Abre la boca y la cierra, demasiado conmocionada para hablar. Por fin, me da la mano y la ayudo a levantarse.

Pasea la mirada de preocupación hasta Xavier.

—Tu brazo… —Le tiembla la voz.

—Sigue pegado al cuerpo —la tranquiliza.

Poppy suelta una carcajada trémula.

—¿Qué ha ocurrido? —le pregunto, mirándola de arriba abajo para asegurarme de que no ha sufrido daño alguno durante el ataque a Xavier—. ¿De dónde diablos ha salido esa aulladora?

—No lo sé. Apareció de repente entre los arbustos. —Señala la tupida maleza cerca de nosotros, donde hay un puñado de acianos esparcidos por el suelo. Poppy debe de haberlos dejado caer cuando la ha sorprendido la aulladora.

—Venga, vamos —le digo a Xavier—. Necesitamos curarte el brazo.

—Mi madre puede sanarlo. —Poppy mantiene los ojos fijos en la camisa empapada de sangre que sirve de venda—. Le diré que estamos en camino.

Cuando se queda callada, asumo que las venas le brillan bajo las mangas mientras le cuenta a Fiona lo que ha ocurrido. Comenzamos a alejarnos de la aulladora muerta cuando de repente oímos un suave gruñido.

Durante un segundo, creo que es el animal que acabo de matar, pero entonces advierto que procede de los arbustos. Utilizo el fusil para apartar las hojas y los matorrales y me sobresalto cuando me topo con un par de ojos dorados que me devuelven la mirada.

—¿Qué pasa? —pregunta Xavier a mis espaldas.

—Un cachorro de aullador —contesto sin mirarlo.

Sigo con los ojos fijos en los del animal.

No creo que se esté preparando para lanzarse contra mí, pero eso no significa que me sienta cómoda dándole la espalda—.

Supongo que por eso te ha atacado, Poppy.

Probablemente te has acercado demasiado a su cría.

El lobo se aleja de mí, siseando y gruñendo. Es blanco casi por completo, a excepción de una mancha roja que le enmarca el ojo izquierdo.

—¿Es un bebé? —Poppy se acerca a mí y trata de pasar a mi lado.

—No exactamente —digo, frenándola con el brazo—. A juzgar por su tamaño, diría que tiene un año, más o menos.

—Entonces, ¿por qué seguía con su madre?

—Muchos cachorros se quedan cerca de la manada hasta que se hacen independientes del todo, en especial en zonas en las que apenas hay comida.

Le echo un vistazo a la madre muerta antes de volver a centrarme en el aullador huérfano. Toda la montaña está repleta de peligrosos depredadores. Lo más probable es que otro animal más grande y cruel haga pedazos al joven lobo en cuanto nos marchemos.

Noto un cosquilleo en las manos por el deseo de hacerle una seña al aullador para que se acerque, para intentar ganarme su confianza. Pero ¿y luego qué? De ninguna manera puedo aparecer en la Daga con una bestia.

—Tenemos que ayudarlo. —Poppy parece a punto de echarse a llorar.

Xavier ve nuestra expresión y escupe una maldición.

—No, dejadlo en paz.

—Pero se morirá si lo dejamos aquí.

—Es el ciclo de la vida. Vámonos —insiste Xavier.

Le dedico a Poppy una mirada reconfortante poco entusiasta.

—Quizá sobreviva por su cuenta. Fíjate, tiene dientes grandes. Y ya no depende de la leche materna. Seguro que le va bien.

—Pero…

Xavier la interrumpe:

—Mira, niña, es un puto animal salvaje. No sería justo tratar de domesticarlo.

—Tiene razón —digo con suavidad—. Si hiciéramos eso, le arrebataríamos el instinto de supervivencia. Pertenece al mundo salvaje.

Poppy me mira como si quisiera rebatirme, pero por fin deja escapar un suspiro de derrota.

La alejo de los matorrales, abandonando a su suerte al lobo paralizado, que no para de gruñir.

No sé si nos observa mientras nos marchamos, pero me obligo a no mirar atrás al mismo tiempo que nos apresuramos fuera del claro, dejando a nuestro paso a la aulladora muerta y su huérfano.

Aún no había pisado la enfermería desde que llegué a la Daga y no esperaba que la primera vez se fuera a deber al brazo destrozado de Xavier, cortesía de una aulladora.

La clínica es más pequeña de lo que esperaba.

Consiste tan solo en un puñado de habitaciones y un único espacio abierto que, según dice Fiona, apenas se usa.

Con una sanadora en la sede, no suele haber necesidad de llevar a cabo ninguna intervención y, con el fin de no malgastar su tiempo, para las afecciones leves mantienen suministros de bálsamos regeneradores y pomadas.

—¿De dónde lo sacáis? —pregunto cuando la sigo a una sala llena de camas de hospital. Hay tres en cada lado, con cortinas grises de separación entre ellas—. El regenerador, quiero decir.

—Jasper —musita como respuesta. Apenas ha mirado a Xavier desde que se ha reunido con nosotros en la enfermería. Me sorprende incluso que haya contestado a la llamada de auxilio de Poppy al descubrir que Xavier Ford era el paciente en cuestión.

—Nuestro contrabandista preferido —bromea Xavier.

—Tu contrabandista preferido —lo corrijo—. Eres tú el que se quedó toda la noche de fiesta con él.

—Es divertido. —Xavier observa el rostro impasible de la sanadora—. Mucho más que cualquier otra persona de por aquí.

Fiona se dirige a una cama y, tensa, le hace un gesto a Xavier para que se siente. Tiene la camiseta destrozada allí donde la aulladora le clavó los dientes, por lo que del antebrazo le cuelgan jirones de tela. Sin mediar palabra, coge un par de tijeras y le corta la manga hasta el hombro.

Me estremezco cuando advierto los pedazos desgarrados de piel. La herida sigue supurando sangre, pero no demasiada. No es lo bastante profunda como para ser mortal, pero la infección podría complicarse si no se la trata.

—¿Cómo es posible que no dejes de bromear cuando tienes el brazo así? —le pregunto.

Me dedica una sonrisa.

—A decir verdad, me han pasado cosas peores.

Fiona se frota las manos y se sienta al lado de Xavier.

—Poppy dice que colocaste el brazo frente a las mandíbulas de la aulladora.

Xavier se encoge de hombros.

—Estaba a punto de hundir los dientes en tu hija.

Es evidente que Fiona preferiría estar en cualquier otra parte que aquí, pero parece que es el sentido del honor lo que mueve sus acciones.

Votó en contra de liberar a Xavier de la celda.

Me lo contó Gray. Ahora le debe al prisionero la vida de su hija.

El dilema moral interno debe de estar carcomiéndola por dentro.

—Tardaremos poco en curarte —dice.

Impávida ante la sangre, posiciona las dos manos con firmeza sobre la herida.

La primera vez que un Modo me sanó estaba en la base del Comando. Ellis, quien trabajaba allí de incógnito, me curó la muñeca rota. Fue una experiencia surrealista notar cómo me conectaba los huesos.

Observar cómo se lo hacen a otra persona es igual de fascinante. Fiona respira hondo, como si quisiera centrarse, y extrae energía de su propio cuerpo. Comienza a mover los dedos cuando acerca las manos al musculoso antebrazo de Xavier.

Como va en manga corta, tiene los brazos al descubierto y veo cómo le comienzan a brillar las venas. Sin embargo, la plata se limita a sus brazos, no como a Hawkins, que se le extendió por todo el cuerpo cuando me mostró cómo aprovechar la frecuencia dorada.

Xavier inspira hondo de forma brusca, con la mandíbula apretada. Esboza una mueca cuando Fiona le presiona la piel con un poco más de fuerza, pero esta no se disculpa.

Observo, sorprendida, cómo las heridas comienzan a sanar, cerrándose, fusionando la piel desgarrada, pero no veo el efecto total hasta después de que Fiona le limpie el brazo con un trapo empapado en gel hidroalcohólico.

Tras deshacerse de la sangre, solo queda el antebrazo de Xavier, como nuevo.

Joder, es imposible saber que ahí tenía una herida.

Su brazo es una expansión impecable de piel dorada.

Cuando Fiona se pone en pie, Xavier se examina el brazo. Luego, lo flexiona.

—¿Te duele? —le pregunto.

—Qué va. Está como nuevo.

Mira a Fiona y abre la boca para agradecérselo, pero ella pone una mano en alto para silenciarlo.

—No voy a fingir que confío en ti —dice con voz monótona—. Porque no es así.

La diversión ilumina los ojos de Xavier.

—Vale.

—Pero hoy le has salvado la vida a mi hija, y te lo agradezco. —Tensa la mandíbula mientras se esfuerza por escupir las siguientes palabras—: Gracias, teniente.