Paloma caída (Élite plateada 2) Capítulo 22
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Capítulo 22

L a semana siguiente avanza sin incidentes.

Empiezo a llevar a Xavier a mi asignación laboral y me alegra descubrir que Zak y él hacen buenas migas.

Sin embargo, la primera vez que entramos en el campo de tiro, el desaliñado maestro armero no mostró demasiado entusiasmo.

Entornó los ojos al ver a Xavier y dijo:

—Wren, me caes bien, pero no sé si es buena idea darle a un prisionero acceso a armas de fuego.

—Supongo que no —concordó Xavier—. Pero soy el nuevo guardaespaldas de Darlington, así que… me imagino que te toca aguantarme.

—¿Guardaespaldas? —repitió Zak, divertido.

—Sé lo que estás pensando, pero solo soy su guardaespaldas. No me la estoy tirando. No es mi tipo.

—No estaba pensando en nada parecido —contestó Zak, tras lo cual solté un suspiro y me disculpé de parte de Xavier.

Lo divertido es que él es mucho mejor profesor que yo. Mientras que a mí a veces me cuesta conectar con los alumnos, a mi amigo le sale natural. Antes de que se acabe la semana, no solo a impresionado a Zak, sino que se ha ganado a algunos reclutas. Ahora Uma solo quiere trabajar con Xavier.

Por la noche, visito a Kallister en su apartamento antes de cenar para revisar más documentos del archivo de mi madre.

Los estoy leyendo sin orden ni concierto.

Supongo que no es el método más eficaz, pero me da miedo sumergirme en ciertas secciones, como las transcripciones de los interrogatorios de la Compañía días antes de su ejecución.

No sé lo que voy a sentir al ver sus propias palabras escritas en el papel, al imaginarme su voz diciéndolas en mi cabeza, así que lo estoy retrasando.

Me paso la siguiente hora leyendo sobre la cordillera Valterra mientras Kallister permanece sentado en otra habitación estudiándose la información para una misión. Después, me reúno con Xavier en el comedor para cenar y soporto su habitual monólogo interno mientras avanzamos por la cola.

—Y sí, lo pillo —dice, refiriéndose a alguna conversación misteriosa que debe estar teniendo en su cabeza y que retoma en voz alta de esa manera suya tan molesta, como si yo supiera de qué coño está hablando.

—¿Que pillas qué? —Dejo la taza de café en la bandeja y espero a que coja su bebida.

—Sé que la mayoría de estas personas son infectos…

—Oye. —Le doy un puñetazo y está a punto de dejar caer la jarra de cerveza que se está sirviendo.

—Perdona. Modos. Sé que la mayoría de estas personas son Modos —se corrige tan avergonzado como debe—. Pero no soy de los idiotas que creen que vuestra sangre es venenosa. Lo único que digo es que no hay razones para que alguien de por aquí no se acueste conmigo.

—¿Por qué todas las conversaciones giran en torno al sexo cuando estoy contigo? No eras así en la base del Comando.

—No, no era así contigo. —Pone los ojos en blanco—. Los instructores no hablan sobre su vida sexual con los reclutas.

—Con los amigos tampoco hace falta —digo, esperando que ese argumento le convenza para parar.

—Ya formas parte de esto. No te resistas.

—Está bien. Entonces, para que yo me entere, no crees que nuestra sangre sea venenosa, pero… ¿alguna vez te has liado con un Modo? —lo desafío.

—Estadísticamente hablando, seguro que sí.

Ya sabes, dado el número astronómico de amantes que he tenido —dice con solemnidad, haciendo que me parta de risa—.

No me importa si la persona en mi cama es psíquica, Darlington, siempre y cuando se aleje de mi mente y se centre en mi cuerpo. —Me guiña un ojo.

—Muy bien, solo tienes que convencerlos de que no eres un Primario malvado y de que te mereces tener orgasmos igual que cualquier otro hombre.

—Exacto. —Estudia la habitación y asiente, aprobatorio, cuando dos mujeres preciosas se encaminan en nuestra dirección. Rebosando confianza, les dedica una sonrisa—. Señoritas.

Siguen caminando.

—Impresionante —comento—. Las tendrás en el bote en cero coma.

No quedan muchas mesas vacías, así que pienso: «¡A la mierda!

» y me dirijo hacia Gray y su pandilla. No suelo juntarme con ellos cuando me acompaña Xavier, pero no me importaría sonsacarle información a Gray sobre por qué la Autoridad lleva encerrada en la sala de guerra toda la semana.

Cuando le he preguntado a Kallister, me ha dicho que había disturbios en los distritos, pero no estaba por la labor de entrar en detalles.

Recibimos varias miradas de desconfianza cuando nos sentamos, sobre todo de Evlynne y Neema. Los demás parecen demasiado distraídos por la conversación que acabamos de interrumpir.

—No entiendo por qué no podemos entrar y sacarlos de ahí —está diciendo Henley. Por una vez, la malicia no le tiñe la mirada. Es más, su expresión desprende frialdad.

—¿Entrar dónde? —pregunto.

Gray me mira.

—La situación en los campos de trabajos forzados se ha salido de madre después del discurso de Travis Redden sobre que los Primarios deberían tener miedo de nosotros, de que les corrompamos la mente. Las últimas noticias de los Modos en el Cañón Helado son preocupantes.

Se me tensan los hombros. El Cañón Helado es la mina de sal del distrito A. Ahí es donde tienen retenida a Tana.

—Ah, y esto te va a encantar —me dice Gray—. El pequeño general ha ascendido y ahora dirige su propia unidad en la sección Plata.

—¿Roe? —pregunto, fingiendo sorpresa. Cross ya me había hablado del ascenso de su hermano, pero nunca traicionaría su confianza.

—Estuvo anoche en la mina de sal. Mató a un Modo de una paliza y estuvo a punto de matar a otro porque tuvo los huevos de defenderse cuando un grupo de Primarios se enfrentó a él.

Saint suelta un gruñido de inquietud que refleja una rabia poco común en él.

—¿Por qué no asaltamos esos campos y liberamos a los nuestros?

—Es lo que llevo diciéndote semanas —le recuerdo a Gray—. Tana está en el Cañón Helado. ¿No podemos al menos plantearnos una misión de rescate? —Cada vez que he sacado el tema con Kallister o con Gray, me han respondido con la misma cantinela: «No es tan fácil».

—No es tan fácil —repite ahora Gray, y debo apretar la mandíbula.

Sin embargo, esta vez nos da más explicaciones—: La mina de carbón en Spearhead está rodeada de campos de fuerza.

Los campamentos al sur están demasiado apartados y muy vigilados, por lo que es difícil penetrar en ellos.

Y al este del Cañón Helado están los acantilados, así que tampoco podemos acceder por mar.

Por no mencionar que el espacio aéreo está vigilado, así que tendríamos que aterrizar lejos de la mina y acercarnos a pie.

—Entonces, ¿vamos a dejar que maten a los nuestros y les hagan papilla? —suelta Evlynne.

—Estamos llevando a cabo una evaluación de riesgos. —Gray se lleva el café a los labios y le da un sorbo, pensativo—. Lo más probable es que hagamos pronto una votación.

—Votadlo ya —insiste la chica—. ¿De qué vale poner su base patas arriba si no vamos a atacar justo después?

Por una vez, estoy de acuerdo con Evlynne. No entiendo por qué no han organizado otro ataque.

—Nos estamos enfrentando a todo el ejército —le informa Gray—. Son demasiados. Un ataque aéreo rápido es una cosa, pero ejecutar una extracción satisfactoria sin que todos acabemos muertos es mucho más complicado.

—Pero ¿os lo estáis planteando? —pregunto.

—Claro, no podemos dejar que los nuestros mueran en esos campos. Necesitamos sacarlos de ahí. La Autoridad es consciente de eso. Llevaremos a cabo algunas misiones de reconocimiento esta semana para ver a qué nos enfrentamos.

Le dedico una mirada llena de esperanza.

—¿Cómo puedo conseguir que me asignen una misión de reconocimiento?

—No puedes. —Evlynne me dedica un bufido desdeñoso mientras Neema suelta una risita tras su taza—. Nadie va a confiarte sus datos de reconocimiento, Darlington.

Espero a que los demás se marchen antes de apartar a Gray a un lado.

—¿Qué ha querido decir con eso? —le pregunto.

No se anda con rodeos.

—Que ninguno de los líderes de misión te quiere en su equipo.

El estómago me da un vuelco doloroso. Vaya, eso escuece. Sé disparar un arma mejor que cualquiera de estas personas, pero ¿nadie quiere que le cubra la espalda?

—Todavía —añade cuando advierte mi expresión.

—¿No es porque pueda incitarles?

—Quizá sea así en el caso de un par de ellos, pero sobre todo se debe a que no tienes experiencia sobre el terreno. Nunca has llevado a cabo operaciones en los distritos y la mayoría de los líderes no se arriesgan con un novato hasta que no demuestran su valor.

—¿Cómo voy a probar lo que valgo si nadie me da una oportunidad? —Me muerdo el labio, intentando no revelar lo mucho que me molesta—. ¿Y tú? ¿Tú también estás en contra de trabajar conmigo?

—Claro que no. —Se le suaviza la expresión—. Te aceptaría sin pensarlo. Pero no depende de mí. Si fuera una misión solo para dos y fuera el líder, lo haría encantado. Pero los demás líderes han expresado sus reticencias y la Autoridad respalda lo que quiere la mayoría.

Su respuesta me produce una oleada de descontento. Más tarde, cuando estoy en la cama tratando de quedarme dormida, no puedo dejar de darle vueltas. Maldita sea, me ha dolido. Me siento como si hubiera hecho algo mal, como si necesitara disculparme una y otra vez por poder incitar.

Me siento como si tuviera que… redimirme, cuando no tengo razón alguna para hacerlo. No soy una traidora. No soy mi madre. Ni mi padre. No hice que mataran a esos Modos en la cordillera Valterra.

Aun así, he heredado este legado de vergüenza del que no logro desprenderme, no hasta que cree uno mejor. Pero ¿cómo voy a conseguir que eso ocurra si nadie desea darme una oportunidad?

A la mañana siguiente, sigo de bajón, y dado que no tenemos nada que hacer en el campo de tiro, Xavier me arrastra fuera de la habitación y me convence para que demos un paseo por la montaña.

Solo llevamos diez minutos de trayecto cuando Cross me sorprende intentando vincularse.

No suele estar muy presente últimamente, lo que me ha estado carcomiendo.

¿Todo bien, palomita?

En realidad, no. Me has estado ignorando.

Lo siento . Oigo el arrepentimiento en su voz. No lo hago a propósito. Estoy en casa con mi madre .

¿Qué tal está? Mientras Xavier sigue avanzando, me quedo atrás y me siento en una roca cercana para disfrutar de un poco de privacidad.

Igual . Se produce una pausa en la que noto cómo aumenta la tensión .

Mi padre también está aquí. Anoche tuvimos que atarlo .

En el siguiente silencio capto un ápice de tristeza.

Es una puta locura, Margarita. Me he quedado sin padres.

Siguen vivos, pero es como si hubieran muerto.

A veces me gustaría coger a mi madre y desaparecer en el bosque.

O subirme a un avión o a un barco e ir a Tierra Fe.

Volar hasta Carora y ver qué demonios hay ahí.

Sacarla de esta ciudad. Pero luego lo pienso y digo: «¿Para qué?

». Ella ni siquiera está aquí. Su cuerpo sí, pero su mente está perdida. Y la de mi padre, aún peor.

Y la culpable de la corrupción de ambas mentes es Adrienne. Estoy a punto de soltárselo, de contarle que ella también es la responsable del estado de su madre, pero reprimo el impulso. Ahora mismo ya está sufriendo bastante. No quiero empeorar la situación.

Huir no servirá de nada , digo. La Compañía no puede seguir al mando. Los Modos nunca estarán a salvo mientras tenga el control.

¿Y si fuera la Revolución la que tuviera el poder? ¿Estarían a salvo los Primarios? Porque hay más de un millón en esta ciudad y en los distritos. Los Modos solo son una pequeña parte de la población del Continente.

¿De quién es la culpa? , contraataco. Fue tu padre quien orquestó el golpe de Estado y la Purga de los Sangre Plateada. Al menos cuando Severn tenía el poder, ambos bandos vivían juntos.

¿De verdad estás defendiendo el severenismo?

No , contesto mientras la frustración borbotea en mi interior. No quiero discutir sobre política, sobre qué régimen opresor es menos opresor. La vida es una mierda, ¿vale? Pero no me gusta oír que tu hermano pequeño le ha dado una paliza hasta la muerte a un Modo en un campo de trabajos forzados.

La brusca maldición que escupe Cross reverbera en mi cabeza.

¿Cuándo?

Anoche. Mató a uno de ellos en la mina de sal . No logro reprimir el tono acusatorio que se cuela en mi voz. Dijiste que controlarías a Roe.

No puedo hacer una puta mierda porque me mantienen al margen. No sabía nada de eso . Vuelve a maldecir. Hablaré con Travis .

Mi rabia desaparece.

Lo siento. Pensaba que lo sabías.

Pues no . No paso por alto el toque de brusquedad en sus palabras. Veré qué puedo hacer para controlar a Roe .

Luego, desaparece. Con los dientes apretados, me levanto y me dispongo a buscar a Xavier, quien se echa a reír al ver mi expresión furibunda.

—Supongo que te has detenido para hablar con Cross, ¿no?

—Sí, y no lo entiendo, joder. ¿Por qué no se une a la Revolución y se aleja de su familia de psicópatas?

El rostro de Xavier se suaviza.

—Mira, Cross es despiadado. Mataría a cualquiera para defender a las personas a las que quiere, sin dudarlo. Pero también tiene un fuerte sentido del bien y del mal. Del honor hasta en tiempos de guerra. Si considera que la Revolución no es de fiar, yo confiaría en su intuición.

—El problema es que tampoco podemos confiar en los Primarios de la ciudad.

—Entonces, supongo que habrá que decantarse por el mal menor. —Me dedica una sonrisa—. ¿Cuál de los dos bandos es menos malo?

—¡Cómo me jode no saberlo! —Levanto los ojos al cielo—. Deberíamos volver antes de que se ponga el sol…

Me interrumpe un chillido agudo que hace pedazos la tranquilidad del bosque.