Capítulo 21 #3
—Ya te lo he dicho. Me basta con ganarme a una persona, alguien que me coja cariño. Te lo aseguro.
—Eres del Comando. Aquí nadie va a querer tocarte la polla.
Jasper suelta un fuerte bufido.
Noto cómo el aroma mentolado a eucalipto comienza a nublarme el cerebro, por lo que obligo a mis piernas temblorosas a levantarse.
—Muy bien —le digo a Xavier—. Ahora sí que se ha acabado la fiesta.
No se mueve, lo que me sorprende. Apoyado sobre los codos, deja caer las largas piernas por la cornisa.
—No tardaré mucho.
—No sé si la cámara de descompresión se abrirá con tu huella —le recuerdo.
Jasper se encoge de hombros, indiferente.
—No pasa nada. Lo llevaré de vuelta a tu apartamento.
Entorno los ojos.
—¿Qué? —pregunta.
—No lo mates, por favor.
Me responde con un nuevo bufido.
—Lo digo en serio —insisto—. Acabas de hablar sobre rebanarle el pescuezo. No quiero despertarme mañana y descubrir que se ha ido cornisa abajo.
—Te lo prometo, Wren Darlington. El teniente seguirá vivo cuando te despiertes mañana.
Xavier me dedica una sonrisa.
—Oye, si este cabrón intenta tirarme por el acantilado, lo arrastro conmigo.
Lo que él diga. Estoy demasiado cansada para discutir. Además, no parece que Jasper quiera molestar a Xavier, por lo que los dejo con sus asuntos y vuelvo al interior de la base.
Al girar la esquina, oigo unas risitas. Karra. Ella y Gray están en la puerta del apartamento de este último. La chica está pegada a él como una lapa, explorándole el cuello con los labios mientras trata de desabrocharle los pantalones.
—No —lo oigo murmurar—. Voy muy pedo… Ni de coña se me va a levantar esta noche.
No deja de besarlo, pero, incluso a pesar de estar sumido en una neblina alcohólica, logra apartarle la mano.
—Buenas noches, KC.
—Vale, nos vemos por la mañana.
Karra se pone de puntillas y le da un último beso antes de alejarse hacia su propia habitación, contoneándose.
Permanezco de pie en el extremo del pasillo, observando cómo Gray se pasa un minuto entero intentando escanearse el pulgar para abrir la puerta.
—¿Va todo bien? —le pregunto al final.
—Vaquera —gime al verme—. No puedo entrar.
—Claro que sí.
Con una sonrisa, me acerco a él. Cuando lo cojo de la mano, trata de entrelazar sus dedos con los míos.
—Para —le riño.
Le separo el pulgar del resto del puño y lo presiono con firmeza en el escáner. La puerta zumba al abrirse y se le iluminan los ojos verdes.
—Ah, te quiero. Gracias. —Entra a trompicones en la habitación y se sobresalta cuando se da cuenta de que lo he seguido dentro—. ¿Qué haces?
—Asegurarme de que encuentras la cama. ¿Cuánto licor del valle has bebido?
—Me parece que demasiado.
Da un paso hacia la habitación y se tropieza con sus propios pies.
—Estás hecho polvo —digo, apresurándome a rodearle la cintura con el brazo para que se apoye en mí. Tiro de él hacia delante.
—Tú estás hecha polvo —replica.
—Bueno, eso sí, pero al menos puedo caminar derecha.
Me dedica una sonrisa torcida.
—Lo drecho está sobrevalorado. Lo drecho , quiero decir. Lo derecho. De-re-cho.
Grayson borracho es gracioso. Lo guío hasta su habitación, inclinando el cuerpo hacia la izquierda cuando se deja caer sobre mí.
—Pesas más de lo que parece —le informo.
—¿Me estás llamando gordo?
—No, solo pesado. Los pilotos no deberíais tener tantos músculos.
—Los pilotos deberían ser solo músculo.
Entre risas, lo arrastro hasta la cama. Vuelve a tambalearse y, con suavidad, lo empujo para que caiga sobre el colchón. Pestañea, con los ojos vidriosos. Mantiene su mirada fija en mí, como si tratara de memorizar algún rasgo de mi cara.
—Joder, eres preciosa.
Se me corta la respiración.
—Eh…, gracias —musito—. Deberías dormir.
Me siento en el borde de la cama y le desato los cordones antes de quitarle las botas. No me atrevo a deshacerme de sus pantalones. En lugar de eso, lo obligo a levantar el culo para poder taparlo con la manta. Lo envuelvo con ella y me inclino hacia delante para quitarle el pelo de la frente.
—Duérmete. Por la mañana estarás hecho una mierda.
Me estoy incorporando cuando extiende las manos y me acaricia la mejilla. Centra los ojos en los míos, totalmente presentes, aunque sigue sumido en una neblina alcohólica.
—Preciosa —musita—. Pero no es por eso.
—¿No es por eso qué? —Maldita sea, ¿por qué le estoy siguiendo el rollo? Está demasiado borracho y se arrepentirá de todas sus palabras por la mañana.
Se inclina hacia mí como si fuera a hacerme partícipe de un ápice de profunda sabiduría.
—No es por eso por lo que te deseo. —Vuelve a arrastrar las palabras—. Te deseo porque eres tú.
La confesión flota en el aire. Trato de ignorar el revoloteo en el pecho, que viene acompañado de una punzada de incomodidad y un corazón acelerado; sé que debería poner fin a la conversación.
—Tienes novia, as. Y te aseguro que no le gustará lo que me estás diciendo ahora mismo. Así que… —Le ciño la manta alrededor—. Finjamos que no lo he oído.
Deja caer la mano mientras se remueve sobre la almohada.
—Vale —musita—. Yo también puedo fingir.