Capítulo 21 #2
Coge otra botella para su novia, quien no puedo negar que está preciosa esta noche. Sus vaqueros oscuros y ajustados y su corsé de cuero, que deja al descubierto la clavícula, le resaltan la figura. Además, el pelo negro le cae en cascada por la espalda con suaves ondas.
—¿Esta fiesta es en honor a Reed? —Alzo la voz para que Gray pueda escucharme sobre la música.
—No en honor, pero sin duda es gracias a él. Cada vez que está aquí, de alguna manera su visita acaba en locura y desenfreno, todo ello regado con alcohol. Lleva la mentalidad de los Fieles allá donde va.
—Mierda —comenta Xavier—, ya veo que he estado intentando hacerme amigo de las personas equivocadas.
—No has intentado hacerte amigo de nadie —observo.
—Hablando de desenfreno —dice Karra, y arrastra a Gray hasta la marabunta de bailarines.
Xavier y yo nos alejamos de la barra para colocarnos junto a la pared mientras la melodía del bajo retumba bajo nuestros pies.
Observo la multitud y advierto que Mako, Saint y Neema se están riendo por algo que ha dicho el primero.
Cerca, Henley baila con una morena, cuyo cuerpo se está fundiendo con el suyo.
Gray y Karra también están abrazados, unidos por los labios, mientras se mueven al ritmo de la música.
Xavier me toca el brazo.
—Me parece que debería sacarte a bailar, pero no quiero.
Suelto una carcajada.
—Entonces, no lo hagas.
—Pero debería. —Me dedica una mirada llena de amargura antes de darle un trago al licor del valle—. Siempre soy el alma de la fiesta, Darlington. Me niego a quedarme al margen como un infec… —Se interrumpe.
—¿Infecto? —le propongo, dedicándole una sonrisa inocente.
—No iba a decir eso —farfulla, pero adopta una expresión cohibida—. Joder, lo siento. Lo añadiré a mi lista de malos hábitos, detrás de la adicción al sexo y la sed de sangre.
—Darlington —dice alguien.
Al girarme, me encuentro a Adrienne abriéndose paso entre la multitud. Su cabellera roja es difícil de pasar por alto, incluso en la oscuridad. Sin embargo, me cuesta percatarme de que la acompaña un hombre, ya que va todo de negro y se funde con las sombras.
La tensión se palpa en el ambiente cuando llegan hasta nosotros. Jasper me contempla, intrigado, y una sonrisa perversa le curva las comisuras de los labios. Le devuelvo la mirada, curiosa. El famoso traficante al que el Comando no ha conseguido atrapar.
—Jasper Reed, Wren Darlington —nos presenta Adrienne—. Wren es nueva en la Daga. Estuvo de incógnito en la Élite Plateada antes de venir aquí.
Jasper parece impresionado mientras sigue examinándome.
—¿Llegaste hasta la Élite? Esos cabrones son duros.
—Ya te digo —musita Xavier, captando la atención del contrabandista.
—Y este —dice Adrienne, molesta— es el teniente Ford. De la Élite Plateada.
—Soy el prisionero —le explica Xavier antes de darle un sorbo al licor del valle.
Jasper esboza una sonrisa aún más perversa.
—Hermano, si tu prisión consiste en alcohol del bueno y mujeres atractivas, lo más probable es que debas considerarla una bendición.
Estoy deseando saber más sobre Reed. Por ejemplo, ¿cómo diablos ha conseguido tanto poder como para que le garanticen transporte aéreo y acceso directo a la base secreta de la Revolución?
Pero Adrienne y él no tardan en marcharse. La decepción se me aovilla en el pecho cuando los observo alejarse. Xavier también los mira, con los labios apretados, antes de girarse hacia mí con el ceño fruncido.
—Me los tiraría a los dos.
Resoplo.
—¿Por qué parece molestarte? —me pregunta.
—Porque ella es una estirada y él, un capullo arrogante.
—¿Y? Me parece que así solo conseguirías que el polvo fuera aún mejor.
—Bien visto.
Le da otro trago al licor del valle antes de pasarme la botella.
La acepto, le doy un largo sorbo y se la devuelvo.
Repetimos el proceso durante un tiempo, vaciándola poco a poco, hasta que los dos estamos borrachos.
Advierto que no somos los únicos porque los demás cada vez parecen desinhibirse más.
Capto, entre las sombras, en una esquina alejada, a Adrienne y a Jasper. Este, con las manos en su culo, le está explorando el cuello con los labios.
Cuando Gray vuelve, le doy un codazo en las costillas.
—¿Están juntos? —le pregunto al oído.
Sigue mi mirada y los dientes blancos le relampaguean en la oscuridad.
—No. Jas no es de relaciones monógamas. Ni Ade. Creo que, simplemente, se disfrutan el uno al otro cada vez que viene.
Está claro que se disfrutan el uno al otro.
Jasper presiona a Adrienne contra la pared.
Ella le rodea la cintura con una de las piernas mientras él le besa la curva del cuello.
Sigo con los ojos el movimiento de la mano de Jasper, cómo delinea la mandíbula de la mujer, mientras la coge del pelo con la otra y le echa la cabeza hacia atrás hasta que sus labios se encuentran.
Me apresuro a apartar la mirada, sintiendo que estoy presenciando una escena íntima. Antes de que pueda evitarlo, intento contactar con Cross, desesperada por oír su voz. Cuando acepta, me responde distraído.
Oye, ahora no puedo hablar, palomita .
¿Va todo bien?
Estoy intentando convencer a mi hermano de que aliarnos con los capitalistas del Continente es una idea de mierda. Mañana te pongo al día.
¿Y hoy no me pones?
Siento que se ríe de mí.
Si estás intentando flirtear, seguro que se te ocurre algo mejor.
Echo de menos tu polla. ¿Mejor?
Suelta un gemido ahogado.
Vas a pagar por eso .
Desaparece antes de que pueda responder, por lo que me dedico a contemplar a los demás de nuevo y a decidir si debo marcharme o no.
Si Tana estuviera aquí, no nos quedaríamos al margen, observando cómo los demás se lo pasan bien.
Tiraría de mí hacia la marabunta, hacia el sudor, el calor y la electricidad estática.
En lugar de eso, permanezco ahí de pie, presenciándolo todo, deleitándome con estos momentos intensos y espontáneos en la Daga.
Vuelvo a deslizar los ojos hacia la esquina de la cueva y se me corta la respiración.
Jasper está empujando a Adrienne hacia la penumbra, fundiendo su cuerpo contra el suyo.
Vuelve a sujetarla del pelo y esta vez la guía hacia abajo, aunque sin forzarla.
La mujer se deja caer de rodillas y trago saliva con dificultad antes de obligarme a apartar la mirada.
Xavier y yo estamos borrachos cuando volvemos a duras penas a nuestro apartamento. Por alguna razón, va sin camiseta, aunque no logramos entender qué ha pasado con ella. Asegura que se la ha robado Gray, pero esa versión no termina de encajar.
Cuando llegamos a la puerta, me coge del brazo con la mirada inundada de pena.
—No, no me hagas volver ahí dentro. Me he pasado todo el tiempo encerrado. Aún queda licor. Vamos a otro sitio.
Miro la botella medio vacía que tengo en la mano.
—Tienes razón. Necesitamos acabárnosla antes de meternos en la cama.
—Por eso somos mejores amigos.
—No somos mejores amigos. —Avanzo por el pasillo—. Vamos, te voy a enseñar algo muy guay.
Lo cojo de la mano y lo arrastro por el pasillo hacia la cámara de descompresión que lleva a la cornisa.
—¡Mola! —exclama Xavier, admirando la vista.
Las estrellas brillan con fuerza esta noche, proporcionándonos mucha luz mientras caminamos por la amplia cornisa hasta encontrar un hueco en el que instalarnos. Cuando se tropieza, lo cojo del brazo para estabilizarlo y lo obligo a sentarse antes de que caiga por el acantilado.
Cuando por fin estamos cómodos, la cámara de descompresión se abre con un silbido y aparece, nada más y nada menos, que Jasper Reed con un cigarrillo recién liado entre los labios.
Lleva el pecho al descubierto y el pelo despeinado, y no paso por alto la manera en la que los ojos de Xavier se centran durante un segundo en la bragueta abierta.
Jasper se sobresalta al vernos.
—La fiesta aún no se ha acabado, ¿sabéis?
—La hemos traído aquí. —Xavier inclina la botella y le da un nuevo sorbo al licor del valle.
Un mechero sisea antes de que una llama naranja se refleje en los ojos de Jasper. Un momento después, el aroma mentolado de la euca flota hasta nosotros. Huele más fuerte de lo normal.
Xavier también se da cuenta.
—¿Es sintética?
—Pura. —Jasper le da una larga calada y se acerca a él, tendiéndole el porro.
Tras un ligero titubeo, Xavier lo acepta y se lo lleva a los labios. Exhala y le da un ataque de tos. Jasper se echa a reír.
—Pega fuerte, ¿eh?
Cuando Xavier me ofrece el porro, niego con la cabeza. Nunca he tomado drogas, ni naturales ni químicas.
—¿Cómo has conseguido esta mierda pura? —le pregunta Xavier al otro hombre.
—Soy Jasper Reed.
—Soy consciente. Teníamos una carpeta entera sobre ti.
—Soy consciente —lo imita Jasper—. De hecho, acabo de pasarme toda la noche preguntándole a Adrienne por qué no debería rebanarte el pescuezo. Tu Comando y tú lleváis años metiéndoos en mis asuntos.
Xavier alza la cabeza con una sonrisa de superioridad.
—No parecía que Adrienne y tú estuvierais hablando mucho.
—Bueno, primero hicimos otras cosas, muchas veces, y luego le pregunté por qué no debería rebanarte el pescuezo. Cree que quizá seas de utilidad, pero dice que aún debe decidirlo el Tribunal. —Jasper desvía los ojos rebosantes de curiosidad en mi dirección—. ¿Y tú, Wren? ¿Cuál es tu historia?
Algo en la manera en la que dice mi nombre me hace sentir incómoda.
—No tengo historia.
—Ah, lo dudo. Todos tenemos alguna. Y siento que la tuya es movidita. —Le da una calada al porro antes de pasárselo a Xavier—. ¿Qué os está pareciendo la Daga?
—Genial —digo, a la vez que Xavier gime:
—Un coñazo.
Le dedico una sonrisa a Jasper.
—El teniente está acostumbrado a las emociones fuertes. Echa de menos la acción.
—¿Y quién no? —pregunta el contrabandista, arrastrando las palabras—. La acción pone la sangre en movimiento. Eso, y el sexo.
—También lo echa de menos —bromeo.
Xavier me da un codazo en las costillas.