Paloma caída (Élite plateada 2) Capítulo 21
40%

Capítulo 21

G ray espera a que estemos en el aire para revelarme la identidad de nuestro misterioso invitado.

—¿Jasper Reed? —repito, arqueando las cejas—. ¿En serio?

Reed es el traficante más conocido del Continente y la última persona que esperaría encontrar en la Daga.

En la primera reunión de la Élite Plateada, Reed y su red criminal fueron el tema principal de conversación.

El Comando lleva años tratando de desmantelar sus operaciones.

Recuerdo que Cross dijo que casi todos los negocios de Reed consistían en traer contrabando de Tierra Fe al Continente, pero que también colaboraba con los Fieles, traficando e intercambiando recursos de Santuario.

Tras leer el archivo entero, lo único que recuerdo es que constaté que Jasper Reed era de las personas más peligrosas que existen, pues su lealtad pertenece a quien más créditos le ofrezca en cada momento.

Contemplo a Gray, incrédula.

—¿Dejáis entrar al criminal más buscado de la ciudad en la Daga?

—No por su cuenta. Evlynne ha ido a buscarlo. —Gray parece molesto—. Quiere renegociar el acuerdo.

—¿Desde cuándo tenéis un acuerdo con él? Me dijeron que la Revolución quería reclutarlo, pero que no estaba interesado.

—No, Jas nunca trabaja para otra persona, pero también es un capullo avaricioso, lo que significa que no se niega a colaborar con nosotros siempre y cuando saque beneficios. Sobre todo, ahora que se ha pasado la moda de los opiáceos y solo puede traficar con alcohol y tabaco.

Cuando volvemos a la Daga, me decepciona descubrir que Reed no nos está esperando en el hangar, aunque supongo que no hay ninguna razón para que así sea.

Gray se toca la oreja al recibir un mensaje por un canal al que no tengo acceso.

—Debo irme.

Cuando entro en mi apartamento cinco minutos más tarde, me encuentro a Xavier tumbado en la cama, malhumorado.

—¿Qué pasa con el campo de tiro? ¡Has estado desaparecida todo el día! Estoy hasta los cojones de estar aquí, Darlington. Mi cuerpo no está hecho para el aburrimiento, sino para la emoción. —Deja escapar un gruñido frustrado—. Me arrepiento de ser amigo de Cross.

—No es verdad. —No puedo evitar sonreírle—. Pero, si lo que deseas es emoción…, adivina quién está en la base.

Xavier entorna los ojos.

—¿Quién?

—Jasper Reed.

—¿Estás de puta coña?

—No. La Revolución y él tienen alguna clase de acuerdo comercial. —Me dejo caer en la cama—. La Élite Plateada lleva mucho tiempo detrás de él, ¿no?

—Vaya que sí. Es un cabrón escurridizo.

—¿Lo has visto alguna vez?

—No. Permanece bien escondido en la ciudad. Y siempre hemos sospechado que cuenta con otro refugio en algún lugar de los distritos, quizá con los Fieles, porque tiene la manía de desaparecer de la faz de la Tierra cada vez que está bajo mucha presión.

Es demasiado tarde para visitar el campo de tiro, por lo que me apiado de Xavier y robo una baraja de cartas de una de las salas comunes. Luego, me paso la siguiente hora dejando que me dé una paliza al póker a pesar de tener casi siempre la mano ganadora. Su ego necesita el subidón más que el mío.

En la cena, nos vemos relegados una vez más a una esquina, ignorados por todos los demás. Cuando me levanto para rellenar el vaso de agua, me encuentro con Evlynne en la cola y trato de entablar conversación.

—Gray me ha llevado hoy al valle —le digo—. He conocido a tu hijo. Parece muy dulce.

Mi intento por mostrarme civilizada no produce el efecto deseado.

—Aléjate de mi hijo.

—Vino corriendo hacia nosotros…

—He dicho que te alejes de mi hijo, hostia.

Se marcha sin una palabra más. Cuando vuelvo a la mesa y recupero mi asiento, Xavier me dedica una sonrisa.

—No parece que vayas a ganar el concurso de popularidad por aquí, ¿no? —comenta.

—Oye, era mucho más popular, pero me lo has jodido. Ahora debo intentar convencer a todos de que no soy tan mala para volver a caerles bien.

Un susurro cruza la sala, atrayendo mi mirada hacia el umbral, donde Adrienne acaba de entrar con un hombre de pelo oscuro de veintitantos años.

Jasper Reed. Lo reconozco enseguida gracias a la fotografía de su archivo.

Piel bronceada, ojos marrones y astutos, un hoyuelo encantador en la barbilla.

Es difícil olvidar un rostro tan atractivo.

Veo cómo saluda a algunas personas con una actitud altiva que se hace evidente por la manera en la que se mueve: con zancadas perezosas y una pose de confianza en los hombros.

Es alto, pero no robusto, más parecido al guepardo esbelto y fibroso que al león descomunal.

Se muestra muy seguro de sí mismo cuando toca a Adrienne en el brazo y se inclina hacia ella para susurrarle algo.

La mujer pone los ojos en blanco, pero es evidente que le ha hecho gracia.

—Reed está muy a gusto con estas personas —observa Xavier—. Es… interesante.

—Has desertado del Comando —le recuerdo. O quizá sea más una advertencia—. No puedes contarle esta información.

—Estoy recopilando datos para mí. ¿Aún no lo has entendido, Darlington? El único equipo del que formo parte es el mío propio.

Xavier me está volviendo loca. Flotamos en esta confusa tierra de nadie entre la cena y la hora de acostarnos, obligados a entretenernos el uno al otro.

No sé cómo he acabado teniendo como misión distraer al mejor amigo de Cross, pero en parte desearía que se lo hubiera comido un puma rojo en las Tierras Oscuras.

Xavier se ha pasado la última hora describiéndome su encuentro sexual favorito.

En detalle. Ahora sé más de él de lo que me gustaría.

—Pero si de verdad te interesa más el voyerismo…

—No me interesa.

—… había una chica en el instituto que siempre quería que bajara al pilón en el laboratorio de tecnología, aunque sabía que nos estaban grabando todas las cámaras de…

—¡No! —lo interrumpo con un gruñido, moviendo el dedo en el aire—. Si me cuentas una aventura sexual más, te juro que te mataré mientras duermes.

—Vale, entonces cuéntame tú una —me suplica Xavier.

Se está estirando en la cama, con el pecho al descubierto, descalzo, mientras el aburrimiento le impregna cada arista del rostro.

—Por supuesto que no —replico.

Frunce el ceño.

—Este sitio es un coñazo. No me dejan follar. No me dejan beber. No me dejan hablar de follar y beber…

Un pitido de mi intercomunicador lo interrumpe y lo cojo, entusiasmada, antes de encontrarme un mensaje de Gray.

«Vístete. Fiesta en la cueva».

Utilizo el índice para garabatear una respuesta en la pantalla.

«¿Qué es la cueva?».

«Ya lo verás. Te paso a buscar en treinta minutos».

Ah, gracias, joder. Espero que con esto se calle por fin Xavier.

«¿Puede venir Ford?».

«Claro, pero no voy a disolver ninguna pelea esta noche. Si dice o hace algo para que le pateen el culo, no intervendré».

«Me parece perfecto».

Me bajo de la cama y arqueo una ceja, mirando a mi compañero de habitación.

—Me vas a amar.

—No creo que eso vaya a pasar nunca, cariño.

—Esta noche hay una fiesta. Y debes saber que aquí hay licor del valle a rebosar.

Se queda boquiabierto.

—Te estás quedando conmigo.

—No. El otro día, mientras aún estabas en la celda, me dieron a probar.

Xavier se pone en pie tan rápido que no me da tiempo ni a pestañear.

—¿Crees que tendrán seráficos?

Me echo a reír.

—Siento informarte, cariño, de que no hay ni una sola persona en toda esta montaña que quiera acostarse contigo, con o sin afrodisíacos.

—Que va, me ganaré a esa gente. En realidad, me basta con ganarme a una sola persona.

La cueva no está en el exterior, como esperaba, sino que bajamos hasta la planta de Operaciones y cogemos un ascensor en el rincón más alejado de la Daga.

Como el que ofrece acceso al Templo, este también tiene un botón que lleva a un nivel inferior.

Karra, que ha aparecido con Gray para recogernos, le dedica miradas fulminantes a Xavier durante todo el camino hasta la cueva.

—Deberías deshacerte de él —me aconseja—. Afecta a tu imagen.

—Sabes que estoy aquí, ¿no? —pregunta Xavier, cortés.

Karra arquea una ceja.

—¿Y?

A pesar de que acaba de insultar a mi amigo, no logro contener una carcajada, con lo que me gano una sonrisa de Karra.

No diría que somos amigas, pero la animosidad que había entre ambas ha desaparecido desde que me advirtió que me alejara de Gray.

De hecho, me cae bien. Sobre todo, por la confianza que tiene; sabe exactamente quién es y le da igual si eso le supone un problema a alguien.

La puerta del ascensor se abre a una nueva caverna.

No está cubierta de la daguita, las imágenes religiosas ni el suelo es de mármol como el del Templo, pero mantiene su atmósfera etérea.

Unos apliques de metal proporcionan una ligera luz que salpica el espacio de sombras y las paredes crean una cámara acústica donde las ondas de música electrónica rebotan y reverberan, mezclándose con las voces y las risas.

Hay tanto ruido que apenas puedo oír mis propios pensamientos.

A nuestro alrededor, los cuerpos se apiñan bajo el bajo techo. Algunos charlan, otros bailan y un último grupo hace mucho más que bailar. El aire está cargado de calor humano y sudor y, aunque solo llevo un top , cuando llegamos a la barra ya estoy empapada.

La imagen me sorprende. Han logrado encastrar una barra en las paredes irregulares de piedra usando un grueso saliente natural como mostrador y tallando estanterías en la roca tras él. En estas hay una increíble selección de botellas de cristal. Las de licor del valle son las más llamativas.

Gray coge un par de ellas y le tiende una a Xavier, quien da un sorbo y gime como si estuviera en pleno orgasmo.

—Está de puta madre —le dice a Gray. Luego, como si recordara con quién está hablando, lo fulmina con la mirada—. Pero sigo pensando que eres un capullo.

—Ya, me da igual —responde Gray con una carcajada.