Paloma caída (Élite plateada 2) Capítulo 20 #2
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Capítulo 20 #2

—Oye… —No quiero cotillear, pero no puedo evitarlo—. ¿Qué pasa? ¿Estás bien?

—Sí. No nos llevamos demasiado bien, eso es todo.

Es evidente. En lugar de presionarlo, asiento y sigo caminando. Sin embargo, guardo el encuentro entre mis recuerdos; es la primera vez que he visto cómo se resquebrajaba su máscara despreocupada y traviesa.

Continuamos por la senda mientras Gray me sigue explicando aspectos de la vida en el valle.

—Nuestro principal servicio de lavandería está en la Daga. Pero algunos prefieren lavar su ropa aquí. —Señala una arboleda—. Hay un bonito riachuelo cristalino que zigzaguea entre los árboles.

Pasamos junto a varios graneros, almacenes y una escuela. Poca gente pasea por el exterior, pero aquellos con los que nos cruzamos nos dedican sonrisas o nos saludan con la mano. Todo parece moverse a un ritmo más lento, sin las prisas y la tensión de la vida en la base militar.

Más allá de la escuela hay un campo de deportes cubierto de hierba, donde percibo a un grupo de niños que le dan patadas a una pelota. Un crío de unos cinco o seis años nos localiza y se aleja del grupo.

—¡Grayson! —grita, corriendo hacia nosotros.

Gray esboza una sonrisa y percibo que la tensión abandona su cuerpo. Se agacha y coge en brazos al chico, balanceándolo mientras el pequeño chilla de entusiasmo.

—¿Cuándo has llegado? ¿Podemos subir en el avión? ¡Porfa! —Deja escapar las palabras con una oleada de emoción.

—Ah, lo siento, chaval. Hoy no puedo. Le estoy enseñando a Wren todo esto.

—Pero me prometiste que me llevarías la próxima vez que vinieras.

Gray le despeina el pelo oscuro.

—Lo sé, pero hoy no tengo tiempo.

Advierto la camaradería y buena relación que comparten. No me gustan los niños, pero no me sorprende que Gray sepa hacerse un hueco en su corazón. En realidad, la mayor parte del tiempo él mismo es un crío mayor.

El niño me mira.

—¿Tú también eres piloto? ¿Pilotas mejor que Grayson? Porque él vuela mejor que un pájaro.

—Algo he oído —contesto con una sonrisa—. Pero no, no soy piloto, por desgracia.

—Esta es Wren —le dice Gray al chico—. Acaba de llegar. Wren, este futuro piloto es Fisher.

Fisher… ¿No es así como dijo Poppy que se llamaba el hijo de Evlynne?

—¿Sabías que —dice Fisher, centrando sus enormes ojos solemnes en mí— a los pilotos que son muy muy buenos se les conoce como ases? —Extiende los brazos e imita a un avión volando por el aire—. Los ases son los mejores pilotos del mundo. Hacen bucles y vuelan boca abajo.

—¿Boca abajo? —repito, fingiendo entusiasmo—. ¡No me digas!

—Es verdad. —Asiente con seriedad—. Mi madre es piloto y me lo ha contado. Es un as porque es la mejor.

—Creía que el mejor era yo —se queja Gray.

—No, es mamá.

—Jope, supongo que tendré que retirarme y dedicarme a ser granjero.

Le doy un golpecito en el brazo a mi amigo.

—No pasa nada, as. No tienes que avergonzarte de ser el segundo mejor.

—¡Fisher! —grita uno de los chicos en el campo con la protesta latente en la voz—. ¡Vuelve al partido!

—Ay, no, se me había olvidado —exclama Fisher con una adorable sonrisa cohibida—. Tengo que irme.

Cuando pestañeo, ya ha desaparecido, y lo veo corriendo de vuelta con sus amigos. Me giro hacia Gray.

—¿Es el hijo de Evlynne?

—Sí, es un crío fantástico.

—¿Cómo ha conseguido Evlynne tener un hijo así?

Suelta un bufido.

—Ev no es tan mala. Solo tiene problemas de confianza. —Con una mirada penetrante, añade—: Como quien yo me sé.

—¿Me estás comparando con Evlynne? No, retíralo.

—No —me imita—. Las dos tenéis más en común de lo que creéis.

Por fin llegamos al patio cubierto que he visto desde el aire. Advierto que es un lugar de reunión, un pabellón redondo con mesas y asientos repartidos, cocinas de leña e incluso un pequeño escenario.

—Este es el cuadrado —anuncia Gray.

—Pero es un círculo.

—Bueno, lo llamamos el cuadrado. No sé por qué, así que no me toques los cojones.

Reprimo una carcajada mientras lo sigo hacia el hervidero de actividad. Hoy el cuadrado está ocupado por más de veinte personas. Algunas están de pie, fumando y charlando. Otras permanecen sentadas, comiendo algún tipo de carne ahumada que huele de muerte.

Cerca, un trío de hombres juega a los dados, aunque no séexactamente a qué, mientras al otro lado del pabellón veo que se están llevando a cabo varias partidas de cartas.

Y una de ajedrez. Aj, odio el ajedrez. El tío Jim intentó enseñarme a jugar, pero se me da fatal planear tantos movimientos con antelación.

Siempre acababa haciendo algo por impulso y me daba una paliza cada vez que jugábamos.

Recuerdo que en la escuela descubrí que era un juego que tiene más de mil quinientos años, pero, a decir verdad…, me habría encantado que se quedara en la era pasada.

Cuando entramos en el cuadrado, que es en realidad un círcu­lo, los presentes me dedican múltiples miradas de desconfianza, y Gray me habla con delicadeza cuando se inclina sobre mi oído para susurrarme:

—No te lo tomes como algo personal. De todas las personas que conozco, tú eres la que mejor sabe lo cautelosos que se muestran los Modos con los desconocidos.

—No pasa nada. Nunca he encajado, ni con los Primarios ni con los Modos.

Es lo que ocurre cuando tienes tantos secretos, cuando no dejas de tejer una red de mentiras con demasiados hilos como para seguirles el rastro. Oculté cosas a Jim, a Lobo, a Tana… Cuando siempre estás escondiendo algo, es difícil abrirte totalmente con alguien.

Pensé que eso cambiaría cuando descubrí que Lobo era la misma persona que Cross. Creí que por fin tendría a alguien con quien compartir cada pedazo de mi ser; pero incluso ahora tengo secretos que no le cuento a Cross.

—¡Gray!

La mujer con el pelo castaño que se acerca a nosotros con una sonrisa radiante en el rostro me saca de mis pensamientos.

Lleva unas sandalias marrones y un vestido de lino monocromático en un apagado tono azulado.

En el Continente es difícil encontrar colores vivos o patrones a no ser que pertenezcas a las altas esferas.

—¡Qué agradable sorpresa! No nos habías avisado de que venías —dice, abrazando a Gray con calidez.

—Hola, Bea. —Tras separarse, nos presenta—. Esta es Wren Darlington, recién llegada a la Daga.

Desvía la sonrisa hacia mí antes de inclinarse para estrecharme la muñeca.

—Bienvenida, Wren.

—Beatriz es la madre de Luisa —me explica Gray.

—¿Habéis comido? —pregunta—. Seth acaba de avisarme de que el almuerzo ya está listo.

—Ah, no sé si… —empieza a decir Gray.

—Vais a comer con nosotros —lo interrumpe con firmeza—. Sobre todo, tú, Gray, necesitas compensar todos los almuerzos que te has perdido por estar en la ciudad.

Mi amigo me mira.

—¿Tienes hambre?

Seguimos a Beatriz hasta una cabaña pequeña y agradable en la periferia del pueblo. Una cuidada zona de césped y macetas con flores flanquean el camino de entrada. En cuanto cruzamos el umbral, nos recibe el aroma de la comida y el olor a pan recién horneado y a ajo.

En la sala principal, un hombre de pelo castaño está sentado ante una chimenea encendida. Se levanta para saludarnos, apoyado en un bastón de madera. Sus movimientos son rígidos cuando se acerca a Gray para darle un rápido abrazo.

—Ya era hora de que vinieras a visitarnos. Lu dice que estás siempre muy ocupado.

Gray me lo presenta como Seth, el padre de Luisa.

Es menos afable conmigo que su mujer, pero sospecho que es su personalidad.

El agotamiento le marca las facciones, como si hubiera sufrido varias adversidades, y, por la manera en la que se mueve, creo que está lidiando con un dolor crónico.

Las quemaduras que veo en su rostro cuando gira la cabeza me lo confirman.

Hago todo lo posible para no mirar, pero es difícil. La piel rosada le cubre la mejilla izquierda, baja por el cuello y desaparece bajo la camisa gris. Me pregunto hasta dónde le llegarán. Como yo también he sufrido quemaduras a lo largo de mi vida, sé lo dolorosas que pueden llegar a ser.

—Vamos a comer conejo —anuncia Seth—. Por fin han dado sus frutos las trampas de Bea.

—¡Por fin! —repite Beatriz cuando se acerca a la cocina a echarle un vistazo a la comida—. Por lo general, esos malditos coyotes blancos me ganan antes de que pueda recoger mi presa.

—Ah, sí. Adrienne me ha dicho que dan bastantes problemas en la montaña —comento.

—Una enorme manada se ha pasado los últimos dos años merodeando por aquí —responde Beatriz—. Debieron de tener una buena camada porque, durante un tiempo, bajaban incluso desde la montaña para cazar por los alrededores del valle. Algunos se atrevieron a aparecer en el asentamiento.

—¿Alguna vez habéis tratado de domesticarlos? —pregunto con curiosidad.

—Demasiado esfuerzo y poca recompensa —se queja Seth—. Los coyotes blancos son difíciles de dominar. Tienen la cabeza dura como el cemento.

Nos sentamos en torno a la mesa para comer y, después de que Gray los deleite con historias sobre nuestra época en el programa, parece que le caigo mejor a Seth.

—Antes de que reclutáramos a Wren —anuncia—, estaba tan desesperada por salir de la base que dejó que otra chica le rompiera la muñeca mientras entrenábamos.

La madre de Luisa niega con la cabeza, desaprobatoria.

—Ay, cariño. Debió de dolerte mucho.

—Una agonía —admito.

—Y ni siquiera le funciono. —Gray suelta un bufido—. Hicieron traer a un sanador para que la curara. Ellis.

Seth arquea una gruesa ceja.

—Debías de ser muy importante para ellos.

No quiero que nadie piense que en la Compañía me consideraban un activo valioso, por lo que esbozo una sonrisa triste y digo:

—Creo que mi superior estaba enamorado de mí.

Gray suelta otro bufido.

Tras la cena, me ofrezco a recoger, pero Beatriz obliga a Gray a hacerlo. Mientras lavan los platos en el fregadero, acompaño a Seth al salón, cerca de la chimenea, pues ha aproximado aún más su silla a las llamas.

Cuando me pilla mirándolo, dice:

—Suelo quedarme frío. —Luego, se echa a reír—. Y sí, entiendo que es irónico si pensamos que se me ha derretido la mitad de la cara. Pensabas que pasaría calor a todas horas, ¿eh?

Dado que ha sido él quien ha sacado el tema, esta vez no me siento incómoda cuando les echo un vistazo de cerca a sus heridas.

Son mucho peores que las mías, ya que estas fueron el resultado de una olla de agua hirviendo que Jim me vertió encima de niña, por lo que, al crecer, la piel poco a poco se fue estirando y aclarando.

Las de Seth no parecen recientes, pero es evidente que ha sufrido un daño mayor que el que yo sufrí.

Tiene la piel de un rojo intenso, profundo e irregular.

—¿Qué ocurrió? —pregunto, porque la curiosidad es mi talón de Aquiles.

Una nube oscura le nubla la mirada. Joder, no debería haber abierto el pico. Sin embargo, me sorprende cuando contesta:

—Solo soy una víctima más de la cordillera Valterra.

La confesión me acelera el corazón.

—Ah, lo siento. No tenía ni idea.

Seth se toca el cuello, pasándose los dedos por la piel desigual. La rabia le tensa las facciones.

—Me las hice tratando de proteger a Lu de las bombas que caían y lo incendiaban todo. Logré sacarla de allí, pero ahora tengo cicatrices de guerra.

Mientras desvía la mirada con brusquedad hacia la chimenea, el estofado de conejo que acabo de tomar amenaza con hacer su aparición de nuevo. Contengo las náuseas y trato de centrarme en no devolver la comida.

—Nos hablaron del bombardeo en la escuela —digo.

Suelta una carcajada desdeñosa.

—Y supongo que la Compañía lo narró como una victoria, ¿no?

Asiento. Los Primarios del Continente estaban extasiados por el resultado que había dado la operación de la cordillera Valterra.

Cientos de Modos ardieron vivos por las bombas que llovieron sobre su pueblo.

Antes de que se filtrara su ubicación, la existencia de la comunidad no había sido más que una leyenda urbana.

El general y su gente sospechaban que había un asentamiento secreto de Aberrantes en algún lugar de los distritos, pero no eran capaces de encontrar en qué parte porque la cordillera Valterra se hallaba sobre una peligrosa falla y se creía que nadie podía sobrevivir a algo así.

Pero resulta que sí: muchas personas lo hicieron.

—Me alegra que salieras de allí —dice Seth—. Del Comando, quiero decir. Te lavan el cerebro, te cuentan gilipolleces hasta que vendes a los tuyos.

—¿Como los traidores de la sección Estaño? —suelto.

Resopla.

—Sí, como ellos. Cabronazos… Espero que ardan en el infierno.

El nudo de culpa que se me asienta en la garganta apenas me deja respirar. Quiero disculparme por parte de mis padres, el impulso más estúpido que he tenido nunca, algo que, además, jamás podré hacer. Contar la verdad destruiría todo lo que estoy intentando construir aquí.

Aun así, siento que le debo algo a este hombre, como si necesitara expiar sus pecados.

Mis padres causaron más muertes y destrucción de lo que podría haberme imaginado nunca.

Estar aquí sentada con un hombre que lo sufrió de primera mano hace que quiera arrastrarme hasta un agujero y no volver a salir.

El estómago se me revuelve con el conocido torbellino de vergüenza. No soy yo quien debe cargar con este error, lo sé, pero también entiendo que todos me mirarían de forma distinta si descubrieran que mis padres traicionaron a la Revolución.

—Nos vendieron, pero recibieron su recompensa al final —dice Seth, encogiéndose de hombros—. Dios siempre castiga a sus hijos.

Es raro que alguien hable de Dios así. Las antiguas religiones están prohibidas en el Continente porque al general Redden no le interesaban. Nunca he conocido a ningún practicante, pero es evidente que Seth es piadoso. Quizá se ha ganado el derecho a serlo después de lo que le hicieron mis padres.

De repente, me pregunto cuántas personas del valle serán supervivientes de la cordillera Valterra y me empiezan a temblar las manos. Cross tiene razón: necesito tener mucho cuidado de ahora en adelante.

—Wren —dice Gray desde la cocina con brusquedad—. Tenemos que volver.

Su seriedad me empuja a fruncir el ceño.

—¿Va todo bien?

—Tenemos una visita.