Paloma caída (Élite plateada 2) Capítulo 20
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Capítulo 20

E ncuentro a Gray en el hangar de salidas, junto al helicóptero gris al que siempre se refiere como «su pajarito». Va vestido de manera informal con unos pantalones de camuflaje, una camiseta blanca y unas botas marrones. El conjunto le queda bien.

Le brillan los ojos verdes cuando me acerco a él.

—Oye, tengo un par de horas libres y voy a volar a mi pajarito. He pensado que quizá te gustaría acompañarme.

—¿Vas a algún sitio en concreto?

Se encoge de hombros.

—Solo a dar una vuelta por el cielo.

No puedo evitar echarme a reír.

—Iba a llevar a Xavier al campo de tiro para presentarle a Zak.

—El campo de tiro seguirá ahí cuando vuelvas. El sol, no.

—Bien visto. —Aunque me siento mal por abandonar a Xavier, la oferta es demasiado irresistible como para dejarla pasar.

Un minuto después, estamos sentados en la cabina de mando.

Me tiende unos auriculares de diadema antes de activar algunos controles de vuelo y la hélice empieza a sisear en el espacio cavernoso.

Aunque ya lo he visto, sigue sorprendiéndome que la montaña parezca abrirse ante nosotros.

Totalmente cómodo en el asiento del piloto, Gray nos guía hacia el exterior del hangar, rodeando con los dedos largos la columna de control, adoptando una expresión de concentración que le adorna el atractivo perfil.

Todo parece mucho más ruidoso en la cabina de mando: el zumbido de la hélice, el viento que silba al pasar a nuestro lado, la vibración del motor que me recorre el cuerpo…

Llevamos auriculares para poder hablar entre nosotros, lo que solo me sirve como recordatorio de que no puede comunicarse por telepatía.

Es extraño que a un Modo le falte una habilidad tan básica.

Para la mayoría es su único poder, como le ocurre a Cross.

Miro el valle a través del parabrisas: es un mosaico de prados, bosques y tejados de varias estructuras demasiado diminutas para saber qué son desde el aire.

—¿Estás bien? —La voz de Gray me retumba en los oídos por encima del ronroneo de la hélice.

—Sí.

Mientras contemplo el extenso paisaje ante nosotros, algo brillante parpadea y capta mi atención. Estiro el cuello para verlo mejor.

—¿Eso es un campo solar? —pregunto.

—Sí.

—¿Ya estaba ahí cuando encontrasteis esta base o lo ha instalado la red?

—Un poco de ambas. Era mucho más pequeño cuando llegamos, pero lo hemos reforzado, añadiendo más paneles.

El helicóptero se inclina y el estómago me da un vuelco. A Gray no parece afectarle. Es como si él perteneciera a la máquina o como si esta fuera una parte de él. Me giro para sonreírle.

—Te encanta volar, ¿eh?

Asiente, pensativo.

—Así es. La vida es mucho más sencilla aquí arriba.

—Ya veo. Ahí abajo siempre hay mucho ruido.

—Un ruido de la hostia. Volar me permite descansar de todo eso. No sé cómo describirlo. Es como… —Se calla durante un segundo—. Como si el tiempo se ralentizara cuando estoy aquí. El cielo es el único lugar en el que puedo pensar con claridad.

—Así me siento cuando disparo. Mientras estoy apuntando a un objetivo, tengo que olvidarme de todo, excepto del viento, el alcance y el blanco. La vida se vuelve mucho más silenciosa en esos momentos.

—Son los mejores.

—¿Podemos acercarnos al valle?

Lo único que veo desde aquí arriba son tejados dispersos y lo que parecen distintos caminos de gravilla que serpentean por el asentamiento.

He oído hablar mucho del valle, pero todavía no lo he visitado y me intriga que justo al lado de la Daga haya una comunidad entera de personas a las que aún no he conocido.

Gray me dedica una de sus sonrisas casuales.

—Te propongo algo que te gustará más: hagamos una visita.

De repente, los nervios y la expectación me revolotean en el estómago. A juzgar por la acogida con la que me recibieron en la Daga, me imagino que la bienvenida al valle será igual de fría, pero siento demasiada curiosidad como para rechazar la oferta.

Ajusta los controles y el helicóptero responde, ladeándose con suavidad hacia la derecha.

Rodeamos la periferia del valle, lo que me proporciona una mejor perspectiva del asentamiento.

Veo pequeñas casas repartidas por la colina, con largas zonas verdes que se extienden por todo el paisaje.

La mayoría de las casas parecen construidas en madera, pero percibo un par con el exterior de piedra.

Dibujamos un amplio arco por el cielo antes de empezar a descender y pasamos por lo que parece un patio circular limitado por una baja valla de piedra.

Con una precisión impecable, Gray dirige el helicóptero hasta la pasarela plana de cemento rodeada de un extenso prado y la brisa que crea la hélice levanta la gravilla del suelo.

El viento desaparece cuando las palas dejan de moverse.

Me quito el arnés y salgo de un salto, encantada de que mis pies toquen tierra firme. No me da miedo volar ni me pone nerviosa estar en el aire, pero me siento más cómoda cuando noto un terreno sólido bajo las botas.

Gray también baja del helicóptero y se coloca a mi lado.

—Tenemos que caminar un poco desde aquí. Hay un aeródromo más cerca, al otro lado del valle, pero me he imaginado que querrías ver todo lo posible.

Tiene razón. Andamos por la hierba hacia un camino de tierra mientras admiro el entorno. El valle está rodeado de enormes montañas con picos y riscos irregulares que se recortan sobre el cielo.

—Hay más paz de la que esperaba —observo.

—Sí, esto no es un campamento de Fe donde todos viven apiñados. Es como una de esas viejas comunidades de las que se aprende en la escuela. ¿Cómo se llamaban?

—¿Comunas? —propongo.

—Sí, comunas. La mayoría de los residentes del valle vienen de Santuario, por lo que muchos están acostumbrados a vivir escondidos en la ciudad, intentando mantener sus habilidades a raya.

Creo que han traído aquí esa mentalidad.

Disfrutan de vidas apacibles y prefieren quedarse en casa.

—Me sonríe—. No me malinterpretes, organizan unas fiestas de la hostia, pero, en general, valoran la privacidad.

Aquí huele distinto que en la montaña. El aire en la Daga se filtra, por lo que siempre desprende un ligero hedor a cerrado. Eso o huele a combustible y tubo de escape. Aquí es más fresco, cargado con el aroma a pino, flores y al humo que surge de las chimeneas en la distancia.

Nos acercamos a un enorme prado y el corazón me da un vuelco de felicidad cuando veo los caballos.

Hay tres y están pastando cerca de una valla de dos niveles.

Un suave relincho flota por la brisa, provocándome una sonrisa que me hace añorar a mi dulce yegua, Kelly.

Mi rancho fue reasignado tras nuestra marcha y no tengo ni idea de quién estará viviendo ahí ahora.

Sea quien sea, espero que la trate bien.

—¿Son caballos de carga o de montar? —le pregunto a Gray.

—Sirven para las dos cosas. Los agricultores los usan para sembrar, arrastrar la madera para el fuego y otras tareas de la granja. Pero los demás se los llevan a cabalgar porque los caballos necesitan ejercicio.

—¿Montas?

—No —contesta, alegre—. No tengo ningún deseo de morir bajo las pezuñas de una bestia enorme que podría pisotearme.

—Dice el hombre que pilota aviones de guerra.

—Los aviones son mucho más seguros que los caballos.

—No creo que sea verdad.

Mientras seguimos caminando, señala varios campos de cultivo y unos viñedos en la distancia.

—Los huertos están por ahí. —Me muestra una loma distante en la periferia del pueblo—. Y por ahí, el campo solar que has visto antes. Da energía a todo el valle. Tenemos generadores de emergencia también, pero intentamos aprovechar el sol todo lo posible.

Asiento, impresionada por lo que han construido. La comunidad se autogestiona por completo.

Pasamos junto a un corral de madera y un recinto para cabras antes de girar una esquina y toparnos con un puñado de cabañas separadas entre sí. Advierto que Gray acelera el paso, pero su actitud relajada no cambia, al menos no hasta que la puerta principal de una de las casas se abre.

Una mujer de mediana edad con el pelo rubio aparece en el umbral y nos saluda con la mano.

—¡Grayson! —exclama.

Veo cómo a él se le contraen todos los músculos. Cuando centra los ojos en la mujer, es casi como si cambiara el ambiente. La tensión. Su buen humor se desvanece como si hubieran apagado un interruptor.

—¿Quién es? —musito.

—Mi tía.

La mujer se apresura a recorrer el camino que nos separa de la casa. Cuando llega a nosotros, parece que esté a punto de abrazar a Gray, pues levanta un poco los brazos, pero sea lo que sea lo que ve en su cara la empuja a bajarlos.

—No esperaba verte hoy por aquí —dice, incómoda.

—Solo estábamos dando una vuelta —contesta Gray también con frialdad, de manera distante. No creo que lo haya escuchado nunca hablar así—. Wren es nueva en la Daga. Le estoy enseñando el valle.

Doy un paso al frente con la mano estirada.

—Hola. Encantada de conocerla.

Me da un apretón brusco en la muñeca. Noto sus dedos fríos al tacto y ásperos por las durezas.

—Lo mismo digo. Soy Jenni, la tía de Grayson.

—Deberíamos ir tirando —dice su sobrino de repente—. Aún tengo mucho que enseñarle a Wren.

Paseo la mirada entre ambos. Capto un ápice de desesperación en los ojos de Jenni, como si quisiera negarse, suplicarle que se quedara.

Pero la postura de Gray sigue siendo rígida, con todos los músculos contraídos.

Es obvio que preferiría estar en cualquier otra parte que hablando con esta mujer.

Sea cual sea su historia, no debe de ser una agradable de escuchar.

—Muy bien. No os entretendré más —dice Jenni, y la derrota se le instala en el rostro. Da un paso atrás—. Déjate ver más por aquí.

Gray ni siquiera se despide de ella cuando me coge del brazo y me guía por la senda polvorienta. En cuanto perdemos a su tía de vista, deja escapar un suspiro irregular, cerrando y abriendo los dedos, como si intentara no formar un puño con ellos.