Paloma caída (Élite plateada 2) Capítulo 19 #3
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Capítulo 19 #3

—No lo haré. Y lo entiendo. Seguro que es un coñazo.

—Me sorprendo extendiendo la mano para darle un pequeño apretón en los dedos—.

Y, bueno, no quiero invalidar tus sentimientos porque son normales, pero…

, si te sirve de algo…, mataría por tener una madre, o un padre, que se preocupara tanto por mí.

Poppy frunce el ceño.

—¿No tienes padres?

—Me crio mi tío. Y créeme, nunca me abrazaba.

Me decía que me quería, pero tampoco demasiado a menudo.

—Me encojo de hombros—. La cuestión es que, a veces, poner un asunto en perspectiva es útil.

Un día quizá deje de atosigarte y entonces la echarás de menos, seguro.

—Paseo de nuevo la mirada por la cabaña llena de pájaros y respiro hondo—.

Entiendo por qué te gusta tanto estar aquí.

Hay mucha paz. Y es una especie de recordatorio.

—¿De qué?

Hago un gesto hacia los yales, que pían alegres el uno al otro como si tuvieran una conversación de verdad.

—Si estas criaturas pueden ser felices con las alas rotas u otras heridas, si pueden seguir cantando, nosotros también podemos. Nos recuerdan que no debemos renunciar a la felicidad.

Una suave sonrisa le curva los labios.

—Me gusta.

La serenidad de nuestra excursión al aviario me acompaña durante todo el camino de vuelta a la Daga. Sin embargo, en cuanto nos acercamos a la cámara de descompresión, una brusca voz femenina cruza el aire.

—Poppy.

Mi buen humor se desvanece. Es Fiona.

—Ven —le ordena la mujer, haciéndole un gesto a su hija con rigidez.

La postura de Poppy cambia y curva ligeramente los hombros. No paso por alto la manera en la que le brillan los brazos desnudos bajo la luz del sol. Se están comunicando por telepatía. Supongo que Fiona tiene mucho que decir tras vernos juntas.

Por supuesto, la mirada de Poppy se torna fría cuando se gira de nuevo hacia mí.

—Gracias por las lecciones sobre plantas.

Desaparece antes de que pueda despedirme.

Hawkins me está esperando en el Templo, donde nos pasamos una hora aprovechando el oro.

Estoy progresando y ganando confianza con cada sesión práctica.

Mientras permanecemos sentados bajo el brillo etéreo de un recoveco cubierto de daguita, noto cómo la energía me recorre el cuerpo como una corriente silenciosa que se desliza bajo mi piel.

Estoy aprendiendo a no forzarla, a recopilar con lentitud el polvo dorado.

A rodearlo con los dedos. A dejar que crezca, mota a mota. A permitir que aumente de tamaño.

Hoy incluso lo noto vibrar en mi torso, no solo en las manos y los brazos.

Sigo respirando con lentitud, de manera constante, al mismo tiempo que la energía me recorre las venas.

Por un momento, me siento tentada a incitar a Hawkins.

Seguro que podría si lo intentara, a juzgar por lo poderosa que es ahora mismo la energía.

Pero no me ha dado su permiso, así que resisto el deseo de cruzar ese límite.

Después, cuando me anuncia que se ha acabado la sesión, no me levanto. Me retuerzo las manos sobre el regazo, a la vez que me muerdo el labio, angustiada.

—¿Alguna vez te molesta? —le pregunto antes de que se vaya.

—¿Qué?

—El miedo que tienen los demás a que los incites.

Se encoge de hombros.

—Te acostumbrarás.

—Antes de reunirme contigo, estaba dando un paseo con Poppy. Cuando hemos vuelto, Fiona casi la ha arrastrado lejos de mí igual que si sufriera una plaga como las de la era pasada. Entiendo que Fiona odie a los incitadores, pero… no sé, me duele que algunas personas no se fíen de mí.

—Claro que no se fían. No pueden protegerse.

—No tienen que hacerlo —protesto.

—En mi opinión, deberías dejar de intentar gustarles a todos. Búscate una puta afición o algo.

—¿Eso es lo que haces? ¿Distraerte con una afición?

No se me ha escapado que se pasa todas las comidas solo, excepto las veces en las que Kallister come en el comedor.

Sospecho que este se siente mal por el chico y lo invita a acompañarlo.

Cada vez que veo cómo le brillan las venas por la conversación telepática que deben estar manteniendo, me pregunto de qué diablos estarán hablando.

Hawkins es la persona menos afable que conozco.

—Supongo —contesta—. Hago senderismo. O vuelo.

—¿Con un avión?

Me dedica una mirada que dice: «¿Eres retrasada?».

—Perdona, pregunta tonta. —Joder, este tío me pone de los nervios—. No sabía que fueras piloto.

—No es nada oficial —musita—. Ninguno de los líderes de misión me dejaría unirme a ellos.

—Vaya. —Noto una punzada de compasión.

—Pero lo disfruto. A veces Kallister me da un permiso especial para que me suba a una aeronave si no la están usando.

Durante un momento, las dudas me silencian hasta que no puedo reprimir la curiosidad.

—He oído el rumor de que incitaste a alguien por accidente.

Su expresión se convierte en piedra, pero ya he abierto esa puerta. Debo continuar.

—Tu novia… Zoe, ¿no?

Sigue mirándome.

—¿Se cayó por la cornisa?

Me dedica un rápido asentimiento.

—¿Estabais discutiendo cuando ocurrió? Me pasó una vez —confieso—.

Con mi tío. Estaba cabreada con él por sacarme de una fiesta con mis amigos, por lo que le grité que diera la vuelta al coche y lo incité sin querer.

Estuvimos a punto de morir. —Se me escapa un suspiro irregular de la garganta—. Eso es lo que me da miedo.

—¿El qué? —musita.

—Tener este poder que no puedo controlar. Saber que mis emociones pueden empujarme a incitar a alguien para que haga algo peligroso, algo que les haga daño o, peor, que los mate.

—Entonces, aprende a dominarlo.

—¿Es posible controlarlo del todo?

Antes de que pueda responder, mi intercomunicador emite un pitido. Lo saco y me topo con un mensaje de Gray.

«¿Te apetece dar una vuelta por las nubes?».