Capítulo 19 #2
La alerta cruza los ojos azules de Poppy. Se aleja, arrastrando los pies, como si los pétalos morados fueran a saltar del arbusto y atacarla.
—¿Cómo lo sabes? —Inclina la cabeza, curiosa y bastante impresionada.
—Mi tío sabía de todo sobre plantas, en especial de mutaciones e híbridos que surgieron tras la radiación de la Última Guerra. Me enseñó cuáles debía evitar.
—Ah, vaya. Gracias. —Mira las flores con un respeto renovado—. ¿Por qué las más bonitas son siempre las más peligrosas?
Sonrío. Eso también podría aplicarse a los hombres.
—Aún necesito algunas hojas para el ramo —dice, haciendo un mohín. Mira a su alrededor, contemplando cada planta como si encerrara un secreto letal—. ¿Hay alguna más que pueda paralizarme?
—Paralizarte no, pero ¿ves esa roja? —Me acerco a otro arbusto y cojo una flor de color carmesí—. Es cazuta. Si extraes la raíz, la hierves y te la bebes, tendrás el peor dolor de estómago de tu vida. —Tiro los pétalos al suelo y contemplo los otros arbustos—. Creo que las demás son seguras.
—Bueno, quédate por aquí cerca, por si acaso —me pide con timidez.
—Claro, será un placer.
—Iba a visitar también el aviario, por si quieres venir.
—¿Hay un aviario?
A Poppy se le ilumina la expresión.
—¡Sí! Es mi lugar favorito de toda la montaña.
Continuamos por el camino unos metros antes de que se detenga para coger unas gruesas hojas verdes.
—Con esto debería bastar. —Mete el ramo en la bolsa de tela marrón que lleva colgada al hombro y que se balancea mientras camina.
—Bueno, cuéntame cotilleos —le suplico—. Seguro que sabes todo lo que ocurre en la Daga. En plan… ¿Quién le robó el chocolate dorado a Mako? ¿Crees que fue Raven?
Su risa parece oxidada, como si no estuviera acostumbrada a emitir un sonido así.
—No tengo ni idea, pero me encanta la dedicación que le está poniendo a resolver el misterio.
—Me pasa igual. Vale, ¿qué más? —Rebusco en mi cerebro—. ¿Evlynne siempre es un grano en el culo?
Poppy suelta otra carcajada.
—Entiendo por qué piensas algo así. Evlynne es dura, pero creo que es lo normal cuando te quedas embarazada tan joven.
Me quedo boquiabierta.
—¿Evlynne tiene un hijo? —Es la primera vez que oigo algo así.
—Sí, vive en el valle. Se llama Fisher y lo tuvo con diecinueve años. Creo que el padre la abandonó. ¿O lo dejó ella? No debería contártelo. En realidad, no sé qué ocurrió.
—Entonces, ¿el padre no está aquí?
Poppy niega con la cabeza.
—Creo que está en los distritos.
Me guardo el dato.
—¿Y tú? ¿Conociste a Gray en la base del Comando? —me pregunta—. Se lo oí decir a alguien.
—Sí, nos hicimos amigos, pero no tenía ni idea de que era un Modo hasta que llegué aquí. Maldita sea, ni siquiera sabía que seguía vivo porque el capullo fingió su propia muerte. Organizamos un funeral en su honor y todo.
Poppy abre la boca como si fuera a decir algo, pero luego las mejillas se le tornan rojas y desvía la mirada hacia el camino ante nosotras.
—¿Qué pasa? —la presiono.
—Nada. Es solo… —Se encoge de hombros—. Si te gusta, espera un poco.
—¿Que espere a qué?
—A nada. No debería decir nada.
—No, dímelo.
—Karra siempre le pone los cuernos.
Vaya. Vale, no esperaba algo así.
—¿Y Gray lo sabe? —pregunto con el ceño fruncido.
—Creo que sí. Llevan saliendo y cortando años. Tampoco creo que esté demasiado implicado en la relación. Ni Saint ni él tienen madera de novio.
Parece ser así, a juzgar por todas las mujeres que veo saliendo a hurtadillas de la habitación de Saint cada mañana.
—¿Por qué has metido a Saint en la conversación? —la provoco, y Poppy agacha la cabeza para que no vea cómo se ruboriza. Es imposible no hacerlo. Su cara se ha tornado tan carmesí como la cazuta—. Vaya, parece que alguien está enamorado de Saint.
—No estoy enamorada. Solo creo que es mono, ya está. —Suelta un gruñido—. Bueno, ven por aquí. Ahí está el aviario.
Dejo el tema porque me gustaría ser amiga de esta chica y no quiero que piense que soy de esa gente pelma que no deja de provocar a los demás con sus flechazos.
Abro mucho los ojos cuando Poppy empuja la valla, porque lo que aparece ante mí es lo último que esperaba encontrar en la montaña.
El aviario es un enorme recinto en medio de una densa arboleda cuya malla de alambre se camufla entre las enredaderas y el follaje.
Los árboles proporcionan sombra a los pájaros, que vuelan de una rama a otra.
Hay incluso un pequeño estanque de piedra que se encuentra en el centro del recinto, con agua cristalina y rocas lisas.
—Vaya —musito, maravillada—. ¿Sabes? Nunca había visto un aviario.
—Es más un santuario. Cuidamos de los pájaros heridos y… bueno, yo no tanto —se corrige, y se vuelve a ruborizar—. Scarlett hace todo el trabajo, pero me deja ayudarla a veces.
Entramos y me invade una sensación de serenidad al estar rodeada del roce de las hojas y el tenue susurro de la brisa.
Oigo el suave canto de los pájaros y las distintas melodías que me hacen sonreír.
Me recuerda a nuestro claro en las Tierras Oscuras, donde pasamos tres años.
Los pájaros solían reunirse en él porque era uno de los pocos lugares soleados de todo el bosque.
Se posaban en las ramas y se deleitaban con la débil luz que penetraba en la densa niebla negra.
En el centro del aviario hay una estructura de madera, una especie de cabaña. Los tablones se han combado y se han tornado grises, maltratados por el clima durante años, y la mitad de la pared está cubierta de enredaderas.
—¿Qué es eso?
Poppy se dirige hacia la puerta abierta.
—Ven y verás.
Dentro, el aire aumenta al menos siete grados y la humedad se multiplica por cien. Inspiro el aroma a madera y paja, así como el olor terroso de las aves. Alrededor de una docena de pájaros se ha instalado dentro de la cabaña.
—Este es el refugio para los pájaros a los que no les apetece volar. Suelen venir aquí y esconderse —me explica Poppy.
Veo gorriones y arrendajos, incluso un chochín; el pequeño pájaro marrón está posado en un saliente de la pared.
Paseo la mirada hasta las vigas y arqueo una ceja.
—¿Eso es un búho?
Asiente.
—Scarlett lo encontró el mes pasado con un ala rota.
Me he topado con muchas criaturas salvajes en mi vida, tanto en las Tierras Oscuras como durante la década que pasamos en el rancho, pero es inquietante ver a todos estos pájaros en el mismo sitio, encantados de estar a cubierto.
Un yal azul revolotea sobre nuestras cabezas y se posa en la repisa al otro lado de la habitación.—¿Los liberáis después de que hayan sanado?
—A la mayoría, sí, a menos que Scarlett piense que no podrán sobrevivir ahí fuera.
Y algunos son demasiado tercos como para marcharse.
Como Buttercup. —Poppy le dedica una sonrisa a un periquito amarillo y gordo—.
Cada vez que intentamos liberarla, vuelve.
Es muy cabezota. Todos tienen su propia personalidad.
—Se le vuelven a ruborizar las mejillas, esta vez de emoción—.
¿Ves esa urraca sobre la puerta? Es Didi.
Es una alborotadora. No deja de acosar a los demás.
Suelto un bufido.
—Y el gorrión cerca de la ventana es Markin. Cree que este lugar es suyo. Es muy mandón.
Sin previo aviso, el silencioso chochín alza el vuelo desde el saliente y se dirige directo a mi mano. Lo contemplo mientras se posa en mi dedo.
Me giro a Poppy, sorprendida.
—¿Crees que sabe que mi nombre significa chochín?
La adolescente me contempla durante un segundo. Luego, se dobla por la mitad, muerta de risa.
—Claro que no —balbucea—. Es un pájaro.
De repente, yo también estoy llorando de la risa porque… sí…, es verdad, ha sido una pregunta estúpida. Es la primera vez desde que llegué a la Daga que me siento lo bastante relajada como para bajar la guardia y estallar en carcajadas, y ambas estamos jadeando cuando se nos pasa el ataque de risa.
—Olvídalo —le digo—. Finjamos que no acabo de mostrarte lo ingenua que puedo llegar a ser.
Esa urraca malvada, Didi, ahora está graznando y agitando las alas ante el gorrión, Marvin. Tiene una actitud demasiado rebelde para ser un pájaro. Es impresionante.
Extiendo la mano.
—¿Quieres cogerlo?
La sonrisa de Poppy se desvanece. Niega con la cabeza.
—No podemos tocarlos. Son las reglas de Scarlett.
—Mierda, ¿por qué no me lo has dicho? —Muevo el dedo y el pequeño chochín se aleja para posarse en el poyete de la ventana.
Permanecemos allí un momento, escuchando la suave canción de las aves y su reconfortante aleteo.
A pesar de que están aquí encerrados, me da la sensación de que estos pájaros heridos, que vuelan de un lado a otro, incluido el búho que se mueve por la viga de madera del techo, son libres.
Que están libres de toda carga. No recuerdo la última vez que yo me sentí libre de toda carga.
—¿Vienes aquí todos los días? —le pregunto a Poppy.
—No todos, pero muchos. —Se da la vuelta y sigo su mirada más allá de la ventana, hacia los picos de las montañas que se yerguen en la distancia, de color marrón oscuro sobre el cielo azul claro—. Es apacible. Aquí puedo pensar. Igual que cuando recojo flores. La calma me ayuda a despejarme.
Duda y sé que quiere seguir hablando, por lo que la animo con una sonrisa.
—Mi madre es muy sobreprotectora —dice al final.
—Ya me he fijado.
—A veces, demasiado. —Se le tensa la expresión—. No puedo salir de la base durante una hora sin que se vincule conmigo para ver si estoy bien.
Sí, de eso también me he dado cuenta. Sus venas no han dejado de iluminarse desde que nos marchamos del claro. Suponía que estaba utilizando la telepatía, pero sus palabras me lo están confirmando.
—Y los abrazos constantes y los «te quiero». —Suelta un gemido—. Es asfixiante… —Se detiene, silenciada por la culpa—. No se lo cuentes a nadie.