Paloma caída (Élite plateada 2) Capítulo 19
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Capítulo 19

A unque me encantaría pasarme todo el día devorando los documentos sobre mi madre, siento que la hospitalidad de Kallister está llegando a su fin.

Es evidente que no quiere dejarme a solas en su apartamento, pero que es demasiado cortés como para echarme.

Cuando pasa junto al umbral por tercera vez, me obligo a cerrar el archivo.

Apenas he avanzado, pero con suerte me dejará seguir leyendo más tarde.

A decir verdad, quizá no me vendría mal dedicar un poco de tiempo a asimilar lo que he leído.

No todos los días se encuentra el certificado de muerte de uno mismo.

—¿Por qué no fijamos un día para juntarnos? —me sugiere—. ¿Qué te parece cenar aquí, en mi apartamento, una vez a la semana? Así tendrás tiempo de leer el documento y no tendré que meterte prisa para que te vayas.

—Suena genial. Gracias. —Me detengo en el umbral y lo tomo de la mano, algo incómoda, antes de regalarle una ligera presión—. Te lo agradezco mucho. No sabes lo que significa para mí.

—Creo que me hago una idea.

Se supone que debo llevar a Xavier al campo de tiro, pero me siento demasiado distraída ahora mismo como para manejar armas de fuego, así que me dirijo al comedor.

Me sirvo un café y me siento a solas en una esquina, delineando ausente el borde de la taza con el índice.

No sabía lo lejos que habían llegado Jim y mi madre para sacarme a hurtadillas de la ciudad.

¿Un certificado de muerte falso? ¿Un cuerpo en el escenario del incendio? ¿Eso también era falso?

Inquieta, contacto con Cross. En mi opinión, mi auténtico superpoder es la capacidad de pasar desapercibida al usar mis poderes. Mis venas nunca me traicionan.

No has vuelto a la celda, ¿no? , le pregunto, sorprendida cuando se vincula conmigo. Últimamente es difícil dar con él.

Parece agotado cuando responde: No, acabo de terminar una reunión con el departamento de inteligencia .

Creía que Travis te había apartado.

Y lo había hecho. Esta ha sido la primera reunión desde hace semanas. No deja de enviarme encargos de mierda en los distritos para que demuestre mi lealtad. Detalles sobre la seguridad, no me jodas. La otra noche me mandó seguir a uno de sus amigotes capitalistas por Santuario .

¿De qué iba la reunión?

Cómo dar con el resto de los Modos leales al régimen que se escondieron después del Aniversario. Hay cientos de ellos de los que no sabemos su paradero . Hace una pausa. Lyddie estaba en la reunión .

Al pensar en ella, aprieto los dientes. No quiero a esa zorra traidora en el mismo planeta que Cross, y mucho menos en la misma habitación.

¿Y qué ha dicho mi querida amiga? , pregunto, tensa.

No gran cosa. Está demasiado ocupada lamiéndole el culo a mi hermano. Creo que está pillada por Travis .

Rechino los dientes con más fuerza. Recuerdo todas las veces que Lyddie habló de lo atractivo que es Cross, cómo se ruborizaba cuando yo le tomaba el pelo porque le gustaba.

«Vaya, una pena, Lydia. No eres su tipo y ya está ocupado, joder».

Ah, vale. Ha sonado mal. Lo reconozco. Aunque Cross no me ve, siente mi cambio de humor.

Estás enfadada.

Bueno, acabas de estar en la misma habitación con personas que quieren matar a los míos y con la chica responsable de que hayan emitido una sentencia de muerte contra mí mientras tú te dedicabas a no hacer nada al respecto. ¿Por qué iba a enfadarme? Mis palabras rebosan sarcasmo.

¿Qué quieres que haga? , pregunta sin alzar la voz. ¿Matarlos a todos y salir de Santuario a punta de pistola? ¿Cruzar las Tierras Oscuras hasta vuestra base para que me reciban con un disparo en la cabeza?

¿Y qué tal si no pasas tiempo con Lyddie? Sería un buen comienzo, hostia .

El silencio me inunda la mente, pero sé que sigue ahí.

Está esperando a que me calme, a que recupere el aliento.

Lo hago, permitiendo que la rabia fluya por mi cuerpo hasta disiparse.

Sin embargo, el descontento sigue presente.

Entiendo que está en una situación imposible, pero… ¿Lyddie? ¿Ser majo con Lyddie?

Margarita , pregunta con voz ronca. ¿Estamos bien?

Suelto el aire con lentitud.

Sí . Dudo un segundo. Kallister me ha dado acceso a los informes sobre mi madre esta mañana. He encontrado mi propio certificado de defunción.

¿En serio?

Sí. Resulta que mi madre y Jim fingieron mi muerte en un incendio. Y se descubrieron mis supuestos restos entre las llamas. ¿Crees que mataron a un niño?

Lo dudo. Todos están registrados en el sistema. Si uno se perdiera, saltaría la alarma.

Entonces, ¿de dónde salieron los huesos humanos? El médico forense les hizo una prueba y el ADN coincidía con el mío. Supongo que habrán modificado esos informes, pero ¿cómo explicas lo del cuerpo?

Mi teoría es que accedieron a la morgue de Santuario. Lo más probable es que cogieran un cadáver antes de que lo incineraran.

Un estremecimiento me recorre el cuerpo.

Esa idea es horripilante, pero no me parecería tan raro del tío Jim.

Lo veo haciendo algo así, sobre todo si quería a mi madre tanto como asegura Kallister.

No, tanto como asegura él mismo. ¿Qué fue lo que escribió en la carta?

«La quise con toda mi alma, a pesar de lo que hizo».

¿La quería como amiga o estaba enamorado? En cualquier caso, es deprimente. Quería a Marina hasta tal punto de aceptar alejarse de ella y ocuparse de su única hija. Y, según sus propias palabras, siguió queriéndola incluso después de que se descubriera que era una traidora.

¿Podría yo hacer algo así? ¿Seguiría queriendo a Cross si me traicionara?

Me muerdo el labio inferior al darme cuenta de que… sí, lo haría.

Supongo que el tío Jim y yo tenemos eso en común.

Entro en mi cuarto justo cuando Xavier está saliendo del baño con una toalla en torno a la cintura y el pecho desnudo cubierto de pequeñas gotas que le caen del pelo húmedo. Centro la mirada en los tatuajes del costado izquierdo: rosas negras que se entrelazan con enredaderas llenas de espinas.

—Lo siento —digo al cerrar la puerta—. No esperaba encontrarte medio desnudo.

—No pasa nada. Alégrate la vista, Darlington. No me importa.

Suelto una risita y me dirijo al armario, donde cojo una sudadera gris.

—Bonito tatu. Es como un jardín que da yuyu.

—A las mujeres parece gustarles. Y a los hombres. —Se detiene—. Ahora que lo pienso… soy irresistible para todos.

—Créeme, para mí no —digo, enfundándome la sudadera—. Voy a dar un paseo y despejarme antes de reunirme con Hawkins. Podemos ir al campo de tiro tras mi formación.

—¿Quieres que te acompañe?

—No. ¿Te importaría quedarte solo un tiempo?

—¿Tengo otra opción? —Pasa a mi lado con pesadez y se deja caer en la cama, aún con la toalla puesta.

Abro el cajón superior de la mesilla y saco la tableta de entretenimiento que me dio Gray el otro día.

—Toma —digo, tendiéndosela a Xavier—. Ahí tienes una filmoteca entera. Volveré pronto.

Aunque sé que no estoy obligada, aviso a Adrienne de que voy a salir de la Daga.

Me recomienda que me lleve un arma, por lo que me paso primero por la armería para sacar una.

Supongo que Gray no bromeaba sobre las manadas de coyotes blancos.

Adrienne me confirma que son más violentos que los que merodean por los alrededores de los pueblos de los distritos.

Cuando salgo al exterior, el sol matutino está cruzando el cielo. Pronto, no tarda en alzarse sobre mi cabeza y tengo tanto calor que me quito la sudadera y me la ato a la cintura.

Sigo un camino por la ladera de la montaña en una dirección que no he explorado aún.

Me sorprende ver flores en pleno apogeo por todo el sendero, vívidos cúmulos de morados y azules.

Debería ser demasiado tarde para los acianos y, o bien me lo estoy imaginando, o las moradas son campanillas violetas.

Nunca las he visto más allá de las Tierras Oscuras y las evito porque no estoy de humor para sufrir una parálisis temporal ahora mismo.

Aquí no se oye nada. Ni el canto de los pájaros ni el zumbido de los insectos.

Una sensación de paz me inunda cuando llego a una pequeña arboleda con una alta vegetación y un océano infinito de flores silvestres, pero la serenidad se convierte en cautela al advertir un crujido entre la hierba.

Una cabellera rubia aparece ante mí cuando la chica que había estado agachada entre el césped se incorpora.

Es Poppy. Se da media vuelta y se sobresalta al verme.

—Perdona —digo—. No pretendía asustarte.

—No me has asustado. —Emerge de entre la hierba con un puñado de acianos.

—¿Estás cogiendo flores? —comento antes de avergonzarme por haber preguntado algo tan obvio.

—Estoy haciéndole un ramo a mi madre. —Poppy se encoge de hombros—. Le encantan las flores.

—¿Por eso te llamó así? «Poppy» es amapola, ¿no?

—Sí, son sus flores favoritas. Dice que me puso ese nombre para no olvidarse de ellas cuando dejaron de crecer.

Asiento, comprensiva. Muchas especies de plantas murieron tras la Última Guerra, algunas por la radiación y otras sin ninguna razón aparente. Las amapolas siguieron ese camino, aunque duraron mucho después de la guerra antes de desaparecer de repente.

La adolescente se acerca a un arbusto no demasiado alto y se arrodilla para coger una larga flor con los pétalos de color lila.

—Yo que tú no haría eso —le aconsejo.

Se tensa y frunce los labios.

—¿Por qué no?

—Es una campanilla violeta. —Me acerco y le dedico una sonrisa titubeante antes de contemplar el arbusto—. Sí, sin duda es una campanilla.

—Nunca las había visto.

—La campanilla violeta es una mutación. Solo florece una vez cada tres años.

Su pariente más cercano en el mundo de las plantas sería…

—Me paro a pensar—. Quizá la cicuta. Las campanillas no suelen ser mortales, pero la sabia causa parálisis.

Basta con tocar una gota para que te pases horas tirada en el suelo, inmóvil. Además, actúa rápido, en pocos minutos.