Capítulo 18 #2
No son los ronquidos los que me mantienen despierta.
Pienso en Cross y en todas las veces que he deseado que estuviera aquí conmigo.
Pero hoy he visto el odio que provoca Xavier en esta base, lo mucho que detestan su presencia.
No puedo ni imaginarme el tipo de acogida que recibiría el hijo del general Merrick Redden.
O cómo me acogerían a mí si se enteraran de que estoy enamorada de él.
«¿Incluso aunque supieran que es un Modo?».
Quiero deshacerme de esa idea, pero no me abandona.
Si lo supieran… Con eso recorreríamos la mitad del camino a la hora de ganarnos su confianza y conseguir la benevolencia de la Revolución.
Quizá lo acusarían de ser un Modo leal al régimen, pero mejor que un Primario de la Compañía.
Cross podría contarles todas las maneras en las que intentó proteger a los Modos mientras trabajaba en la sección Plata, todas las vidas que logró salvar cuando su padre quería acabar con ellas.
Pero para eso tendría que tomar la decisión de salir de la ciudad y abandonar a su madre. Y no está dispuesto a hacerlo.
Ignoro la sensación en la garganta, el nudo creciente, porque se parece demasiado al resentimiento y no quiero guardarle rencor a Cross.
Lo quiero. No puedo culparlo por no desear posicionarse del lado de la Revolución.
Y, aunque su condición de Modo lo respaldaría, Cross no quiere que nadie se entere de eso, y yo nunca traicionaría su confianza.
Al final, dejo de intentar dormir. Me pongo unas mallas y un grueso cárdigan de lana que sospecho que pertenecía a Gray porque sigue desprendiendo un suave toque cítrico.
Los fluorescentes de la base tienen un horario fijo, de ahí que lo único que guíe mi camino sea una larga tira de tenues luces en el suelo.
Aún no he salido a la cornisa (hasta ahora, me había olvidado de su existencia) y, aunque es tarde, decido echarle una ojeada.
Sigo el pasillo que me indicó Gray cuando me enseñó la base que me lleva hasta una puerta doble de acero.
Dado que no tengo todos los permisos, nunca sé qué puertas se abrirán ante mí y cuáles permanecerán cerradas, pero tengo suerte y esta se abre. Me encuentro en otra cámara de descompresión, y las puertas se cierran a mis espaldas con un siseo mientras la presión de aire se iguala.
El aire fresco me inunda las fosas nasales. Es invierno, pero, según los libros de Historia, el Continente hace un siglo que no vive uno de verdad. Nunca he experimentado al frío intenso del que he leído, y tampoco he visto la nieve, a excepción de en las fotografías.
Una vez leí una obra sobre una montaña famosa en los Continentes Perdidos, uno de los picos más altos del antiguo mundo, pero, cuando traté de buscarlo días después, el libro había desaparecido.
El Comité de Comunicación hace ese tipo de cosas a menudo, prohiben títulos sin ton ni son.
Se esfuman del catálogo digital de la Compañía, sobre todo aquellos relacionados con la era pasada que el padre de Cross desprecia.
Pero juro que ese libro existía, el que trataba sobre una montaña nevada majestuosa y un trayecto agotador en el que se embarcaron muchas personas para alcanzar su famosa cima. Me habría encantado verla.
Esta noche, el aire trae consigo un toque de frialdad que me empuja a ceñirme el cárdigan. En la cornisa no hay barandilla y me recuerda a lo que me contó Gray sobre que Hawkins había empujado a su novia a la muerte. ¿Será aquí donde cayó?
Camino por el saliente, que se estrecha y curva antes de abrirse a un patio grande y natural. Cerca del borde, echo un vistazo para ver la caída de diez metros hacia lo que parece un camino.
Me gustaría explorar esta montaña, esos senderos. Ahora que Xavier está libre, quizá le permitan acompañarme. Sería algo con lo que entretenernos hasta que la Revolución nos considerara útiles.
Me deslizo hasta el suelo y dejo los pies colgando sobre la cornisa, contemplando las copas de los árboles y el cielo oscuro. La miríada de estrellas me recuerda a los campos de fuerza alrededor de la base del Comando.
Mientras estoy admirando la vista, siento que Kallister trata de vincularse conmigo.
No quiero asustarte, pero voy a salir .
Oigo cómo se abre la cámara de descompresión y cómo, después, se cierra con un zumbido parecido a una succión. Las pisadas reverberan al otro lado de la esquina antes de que Kallister aparezca con una sonrisa de arrepentimiento.
—La gente se suele sobresaltar por los ruidos si están sentados en la cornisa —dice en voz alta—. Creí que lo mejor era avisarte. ¿Te importa si te acompaño?
—Claro.
En lugar de sentarse, permanece de pie a unos metros de distancia, con las manos en los bolsillos de los pantalones negros.
—¿Cómo sabías que estaba aquí fuera? —le pregunto.
—Ha saltado una alerta en el departamento de seguridad. Nadie suele abrir la cámara de descompresión tan tarde.
—¿La alarma saltaría para cualquiera o solo para mí?
—Cualquiera. —Suelta una carcajada—. Por desgracia, no eres especial, Wren. Sufrimos un accidente una vez y, desde entonces, el departamento se mantiene alerta.
Su respuesta confirma mis sospechas: aquí debió ser donde murió la novia de Hawkins.
—¿No puedes dormir? —dice.
—No.
—Sé que te debe estar resultando difícil acostumbrarte.
Vivimos en un mundo que fomenta la desconfianza, pero en general aquí la gente es…
buena. Siempre te vas a encontrar a personas como Evlynne o Fiona, que temerán tus habilidades.
Pero lo único que quieren todos, incluidas ellas dos, es que sus familiares, amigos y ellos mismos puedan vivir en paz.
Cuando se den cuenta de que no eres una amenaza para ellos, empezarán a confiar en ti.
Desvío la mirada hacia el paisaje en penumbra.
—Echo de menos a Jim. Era la única familia que tenía.
«Te quiero como si fueras mi propia hija». El corazón se me constriñe al recordar su carta, esas palabras inesperadas que me dedicó.
No recuerdo a mi padre. Murió cuando apenas tenía cuatro años. Jim Darlington es el único padre que he conocido. Pienso en él como el tío Jim, pero ahora entiendo lo injusto que era ese apodo. No era mi tío; para todo lo importante se comportó como un padre.
La voz de Kallister se vuelve ronca cuando dice:
—Julian y yo nos quedamos huérfanos muy pronto y no teníamos más familiares que nuestros padres, por lo que, después de su muerte, estábamos solos. Él también era mi única familia.
—¿Tienes mujer? ¿O novia? —pregunto, curiosa.
—No, no desde hace mucho.
—Pero ¿estuviste casado?
—Casi. Me dejó tras averiguar que era un Modo.
Se me corta la respiración.
—¿Se lo contaste o lo descubrió?
—Lo descubrió. En ese momento, estaba en Santuario, trabajando en el departamento de comunicaciones.
Vivimos en apartamentos separados durante la mayor parte de la relación, pero insistió en que solicitáramos una vivienda conjunta.
Sabía que era mala idea. Maldita sea, es mala idea incluso liarse con una Primaria.
Pero la quería. Nos aprobaron la convivencia y todo fue perfecto durante casi un año.
Entonces, una noche, cuando estaba dormida, usé la telepatía para hablar con mi supervisor en la Revolución.
—Pero no estaba dormida.
—No. Me vio las venas y supo lo que ocurría. Me dijo que era un monstruo y me abandonó.
—¿Te denunció?
—No le di oportunidad. Estaba en peligro, por lo que la red me sacó de allí y me trajo a la Daga. Tenía veinticinco años.
—¿Qué pasó con ella?
—Se casó con otra persona. —Me dedica una sonrisa cómplice—. Y, antes de que preguntes, sí, le he seguido la pista, y, sí, supongo que no es lo más sano.
—No te juzgo. Yo habría hecho lo mismo, sobre todo si estuviera enamorada.
—La quería mucho. —En su voz se intuye el arrepentimiento.
Tras unos segundos de silencio, me pongo en pie con cautela.
—Creo que debería intentar dormir un poco. Mañana me toca trabajar en el campo de tiro.
Antes de que pueda llegar a la cámara de descompresión, Kallister me detiene, cogiéndome del brazo.
—Ven por la mañana a mi apartamento. Tengo algo que me gustaría que vieras.
Caigo en un duermevela irregular. Cuando me despierto, las sábanas se han convertido en un lío enmarañado y no tengo la impresión de que haya descansado lo más mínimo. Es más, me siento agotada.
—¿Hoy iremos al campo de tiro? —pregunta Xavier, adormilado. Con el pecho al descubierto, se estira y bosteza antes de incorporarse.
—Sí, pero necesito ir primero a hablar con Kallister.
—Ah, nuestro nuevo dueño.
Ante este comentario, suelto un suspiro.
El apartamento de Kallister está en la misma sección que el de Adrienne. Me recibe con un café, que acepto encantada. El líquido abrasador me calienta la garganta y me activa el cerebro.
—Lo que te voy a enseñar no puede salir de esta habitación —dice, directo al grano.
Su apartamento se compone de distintas salas y la curiosidad me cosquillea las entrañas cuando me guía hasta su despacho. Es pequeño y no contiene nada más que un escritorio, una silla acolchada, una pantalla holográfica y una caja fuerte encastrada en la pared.
Kallister se acerca a esta última y activa el escáner de retina, que desprende una luz verde.
Cuando el candado se desbloquea, emite un zumbido.
La puerta de metal se abre y, cuando introduce la mano en su interior, vislumbro lo que parece un puñado de tabletas.
Coge una y hace un gesto hacia la silla.
—Siéntate.
Obedezco, observando cómo desbloquea la tableta. No puedo ver la pantalla aún, pero, cuando por fin se acerca y me la tiende, me quedo en shock . Es un documento digital.
Asunto: Marina Serrano
A juzgar por el índice, el archivo es un tesoro repleto de información.
La emoción me cosquillea el estómago mientras ojeo los distintos encabezados.
Biografías. Registros de misiones. Transcripciones de interrogatorios.
El árbol genealógico de los Serrano y los Hess.
Certificados de matrimonio. Certificados de defunción.
Hay incluso un directorio sobre la cordillera Valterra y el bombardeo en el Puesto Soleado, incluidos enlaces a libros y documentos sobre el tema.
—La mayoría de nuestra información se comparte con libertad dentro de la Daga —me explica Kallister—. No solemos tener secretos para nuestros agentes. Pero algunos temas son demasiado sensibles para el público y no están disponibles en nuestra base de datos general.
Levanto los ojos de la pantalla.
—¿Quién tiene acceso a este archivo?
—La Autoridad. Y ahora tú. Pero solo puedo dejar que lo leas aquí. La tableta no puede salir de mi apartamento.
Se me acelera el pulso.
—¿Por qué lo haces?
—Anoche dijiste que no tienes familia, pero, por suerte o por desgracia, no es así. —Se le suaviza la mirada—. Pensé que te gustaría conocerla.