Capítulo 18
L e han colocado un localizador a Xavier, una fina banda de metal que Teriq le ha ajustado en torno a la muñeca con gran satisfacción y más fuerza de la necesaria.
No puede quitársela sin un código de seguridad que solo sabe la Autoridad.
Supongo que no confían en que no vaya a liberar a mi nuevo compañero de aventuras.
Bueno, en realidad, de habitación porque, en contra de mis enérgicas protestas, ahora comparto apartamento con Xavier Ford.
Insistí en que era del todo capaz de mantenerlo vigilado si éramos vecinos, pero sospecho que es la manera que tiene la Autoridad de castigarme por salir en su defensa.
No creen que un teniente del Comando se merezca mi lealtad y han decidido dejarlo claro intercambiando el pequeño sofá frente a mi cama por un catre para Xavier.
—¿De verdad es necesario? —se queja, levantando la muñeca.
—Créeme, a mí tampoco me entusiasma la idea de compartir baño contigo.
—Estaba hablando del puto localizador, pero tienes razón. Lo del baño es igual de absurdo. ¿Y si me la quiero machacar en la ducha?
—Podría servirte de público —digo, solícita—. Darte ánimos.
Xavier se inclina un poco hacia delante antes de decir:
—Ah, de puta madre.
Con una carcajada, coloco la sábana sobre su colchón y la fijo en su sitio. Xavier me observa mientras le hago la cama y la risa se convierte en un suspiro irregular.
—Eres idiota —comenta—. No deberías haberme defendido.
—¿Preferirías estar en una celda?
—¿Cuál es la diferencia? —Mueve la muñeca—. Sigo siendo un prisionero.
—Sí, pero ahora eres un prisionero al que debo llevar pegado como una lapa todo el tiempo.
—Yuju, estoy deseándolo.
—Ale, ya está —digo, ahuecando la almohada antes de acercarme a mi propia cama y dejarme caer en ella.
—¿Seguro que podemos hablar con libertad? —Pasea los ojos por la sala como si alguien fuera a salir de las paredes en cualquier segundo.
—No te preocupes, inhibo la señal cada vez que estoy aquí.
Le sostengo la mirada.
—¿Has hablado con Cross?
—Desde anoche, no. Nos reunimos en la ciudad. —Hago una pausa—. En Paraíso.
—Vaya, Darlington. ¿Yo he estado llorando en una celda noche tras noche hasta quedarme dormido y tú has estado tirándote a mi mejor amigo en un burdel?
—No has llorado.
—Veo que no niegas lo del folleteo.
El calor me abrasa las mejillas.
—Omitiré los detalles, excepto que me mintió. Estaba cubierto de moratones. Le dieron una paliza mucho peor de lo que me dijo.
—¿Travis?
—Roe. Lo castigaron por su estupidez. Ya sabes, por haber permitido entrar sin querer en la Élite a una horrible mujer Aberrante.
—Pero no saben que es… —se interrumpe.
Yo tampoco lo diría en voz alta, por lo que niego con la cabeza.
—Lo han retirado de su puesto —le confieso.
—No me jodas. ¿En serio?
—Sí. Ahora Radek es el encargado de la Élite Plateada. Al menos hasta que Cross recupere la confianza de Travis.
—Cross debe tener un cabreo de la hostia.
Me sobreviene una oleada de incomodidad.
—Esa es la cuestión, que solo parece… resignado.
—¿Resignado por qué?
—No lo sé, pero habla como si no hubiera una salida para esta situación de mierda, como si la sociedad estuviera condenada e intentar arreglarla fuera inútil.
—Quizá sea así —comenta Xavier, lúgubre. Mira a su alrededor de nuevo: las paredes grises y el escaso mobiliario—. ¿Y qué? ¿Ahora esta es nuestra nueva vida?
—Por el momento, sí —digo.
—No me fío de esta gente.
—¿Te fías entonces del Comando, de las personas que quieren eliminarte? ¿Te fías de Travis?
—No, de ninguno de ellos.
—¿Desde cuándo?
—Desde siempre. En el único en el que he confiado alguna vez es en Cross, incluso por encima de mi propia familia.
Y, si soy sincero, cualquier confianza que pudiera albergar por Travis y los demás superiores se fue al traste tras el Aniversario, cuando nos pidieron que reuniéramos a los Sangre Plateada, incluidos los que llevaban décadas siendo leales a la Compañía. No me gusta matar a inocentes.
—¿Y a culpables?
Me mira durante un segundo.
—No disfruto matando, sea a quien sea.
—Entonces, ¿por qué te uniste al Comando?
—Porque lo hizo Cross. ¿Qué iba a hacer si no? No se me da bien nada, Darlington. —Suelta una carcajada—. Me gusta luchar. Y mancharme las manos. Y disparar armas y explotar cosas. ¿En qué otro sitio me hubieran dejado hacer algo así?
—Aquí —observo—, si demuestras tu lealtad.
—Ya te lo he dicho, no les soy leal. Solo a ti, a mí y a él.
Su apasionada respuesta hace que me detenga. Por un momento, no puedo evitar pensar que quizá siente algo por Cross. Y, aunque no es un Modo, se le da muy bien leerme la mente.
—No en ese sentido —dice Xavier, poniendo los ojos en blanco.
—¿No? —Arqueo una ceja.
—No, nos conocemos desde la escuela primaria. No quiero follármelo.
—Yo sí —replico, y suelta una risita.
—Vale, genial. Adelante, hazlo. Mientras, me quedaré aquí y me aseguraré de que no te maten. Pero, en serio, ¿cuál es el plan? ¿Vas a colaborar con ellos?
—Lo voy a hacer, sí. Necesitamos acabar con la Compañía. Nunca estaré a salvo en este Continente a menos que haya un nuevo gobierno. Las personas como yo necesitamos a la Revolución.
—Ya, pero ¿qué planean hacer con personas como yo?
—Según Adrienne y Kallister, quieren que todos vivamos como iguales, pero que sean los Modos quienes ocupen puestos de liderazgo.
—¡Qué gilipollez! Nadie quiere a iguales, sino a subordinados.
Me froto las sienes al notar un dolor de cabeza incipiente. Odio la política. Odio toda esta mierda. Lo único que quiero es vivir mi vida sin miedo a que alguien intente matarme por tener poderes mentales. A decir verdad, no creo que sea mucho pedir.
De repente, una voz retumba desde el sistema de megafonía.
—El comedor está abierto para el servicio de cenas.
Miro a Xavier.
—¿Preparado para presentarte en sociedad?
Quiero hacerle a Xavier un tour rápido por la Daga antes de cenar, pero pronto descubrimos que su huella dactilar solo le da acceso a la planta de Personal.
No puede coger ni un solo ascensor a menos que utilice yo el escáner primero y, cuando trato de ir más allá de la cámara de descompresión, el localizador de la pulsera emite una luz roja que sin duda debe alertar a seguridad.
Tiene razón: quizá ya no esté en una celda, pero sigue siendo un prisionero.
Al entrar en el comedor, todos los ojos se centran en nosotros. La tensión es abrumadora cuando nos acercamos a la fila para coger la comida. Xavier no levanta la cabeza, pero sé que es consciente de todo lo que le rodea.
Le toco el brazo.
—Relájate. Nos irá bien.
—¿Sí?
—¿Puede?
Suelta una risita. Nadie nos ofrece un asiento a su lado.
Ni siquiera Mako me sonríe o me saluda con la mano, y veo cómo todo el progreso que había hecho se me escapa entre los dedos como granos de arena.
Pero no me arrepiento de haber luchado por Xavier.
Dejó atrás toda su vida por mí. Por Cross.
Lo mínimo que puedo hacer es devolverle ese favor con mi amistad.
Encontramos una mesa vacía y nos sentamos en ella. Veo a Hawkins comiendo solo cerca de nosotros, pero no lo invito aacompañarnos. Aún sigo traumatizada por aquel día en que pensé que podría ser mi amigo.
Comemos al margen de todo y de todos. Aunque el volumen de las conversaciones vuelve a aumentar, estoy segura de que la mayoría está hablando de nosotros. La incitadora y el teniente de la sección Plata. Somos el acto de apertura de esta noche.
No logro ocultar mi sorpresa cuando Gray se acerca y se deja caer en una silla a mi lado.
—Hola. —Pasea la mirada hasta Xavier—. Ford —dice con cautela.
—Que te jodan.
—Xavier. —Reprimo un suspiro.
El aludido me fulmina con la mirada.
—Mató a Tyler.
—¿Y tú? —contraataca Gray—. ¿A cuántos de los míos has matado?
Con eso logra callarle la boca. Mientras tanto, los susurros que nos rodean no cesan. También veo muchas venas plateadas de personas que han optado por planear nuestra muerte a través de la telepatía.
—Supongo que deberías comer con los demás —aviso a Gray, haciendo un gesto con la cabeza hacia la mesa desde donde sus amigos lo miran con desaprobación—. No te estás haciendo ningún favor ahora mismo.
—No, creo que será más seguro para todos si me siento hoy aquí.
—¿Te lo ha pedido la Autoridad?
—No, es sentido común.
—Gray —dice una voz tensa, y Karra aparece ante él, con el pelo negro sobre un hombro, lanzándole dagas con la mirada—. No seas idiota.
Mi amigo arquea una ceja, pero parece más divertido que ofendido porque lo haya llamado idiota.
—No le des tanta importancia, KC.
Dirige su mirada de enfado en mi dirección antes de centrarla de nuevo en él.
—¿Qué? ¿Ha vuelto a incitarte?
Se me tensan los hombros, formando una línea recta. Estoy a punto de preguntarle qué demonios quiere decir con eso, pero ya se está alejando.
Xavier no se esfuerza en ocultar que le está mirando el culo.
—¿Te estás tirando a esa tía, Sutler? —pregunta.
—Blake —lo corrijo, ausente. Mi mirada de inquietud se topa con la de Gray—. ¿Qué ha querido decir con eso?
Un rápido relámpago cruza los ojos de Gray. Arrepentimiento, quizá.
—Evlynne piensa que incitaste a la Autoridad para que liberaran a Ford.
El descontento me constriñe el pecho.
—No he hecho nada de eso.
—Lo sé. Ni siquiera estabas en la sala cuando votamos. Pero… —Se encoge de hombros—. Ya sabes cómo son los rumores.
Las lágrimas me arden en los ojos y los centro en la cena, negándome a revelar lo mucho que duele.
—Bueno —comenta Xavier—, ¡qué divertido!
Más tarde, mientras Xavier ronca en su cama, emitiendo un suave zumbido constante, yo permanezco tumbada en la mía, contemplando el techo.