Capítulo 17
V isito a Xavier a primera hora de la mañana, dándole prioridad por encima del desayuno a pesar de que mi estómago vacío me grita para que le dé comida.
Cuando lo vi la última vez, había conseguido una tableta, pero estaba convencido de que trataban de lavarle el cerebro porque solo le habían subido un libro llamado Una historia viva: el pueblo Modificado .
Cuando le pregunté si había aprendido algo interesante, dijo: «Sí, que la humanidad está jodida».
Le dedico un rápido vistazo cuando me acerco a los barrotes. Tras dos semanas aquí, tiene la cara cincelada cubierta de una barba abundante y el pelo oscuro más largo. Sin embargo, está ileso, soportando un cautiverio mucho más laxo que Cross, cuyo cuerpo entero está cubierto de moratones.
Es suficiente para entender de qué lado debo estar.
Xavier trabajaba para el Comando, nuestro enemigo.
La Revolución podría haberlo matado si hubiera querido.
En lugar de eso, lo han metido en una celda y le han procurado lecturas mientras que a Cross sus propios hermanos lo encadenaron y le dieron una paliza.
No pido siquiera que me dejen entrar en la celda y no me ando con rodeos cuando digo:
—Se te busca en la ciudad por traición. Se ha dado la orden de que nos maten nada más vernos, tanto a ti como a mí.
—Ay, por fin tenemos algo en común.
Suspiro.
—Mira, estoy dispuesta a jugarme el cuello por ti. Voy a pedirle una reunión a la Autoridad y a intentar convencerles de que te suelten. Pero vas a tener que colaborar con nosotros.
Xavier frunce el ceño.
—¿Para hacer qué? ¿Matar a los míos?
—Ya no son los tuyos. Te matarán si te encuentran. Y nadie va a venir a rescatarte. Esta es tu nueva vida —le sostengo la mirada a través de los barrotes—, si quieres.
Se le tensan las facciones.
—No me van a acoger con los brazos abiertos.
—Quizá sí, si les demuestras tu lealtad.
Xavier suelta un bufido.
—Genial, bueno, no creo que salga de aquí en la vida. Porque nunca les seré leal. Solo soy leal a dos personas. —Supongo que Cross es una de ellas, pero me sorprende cuando añade—: A mí mismo y a ti.
Lo pienso un segundo.
—¿Y si demostrar tu lealtad se basara solo en no matar a nadie de por aquí? ¿En quedarte a mi lado sin causar problemas?
—Me lo pensaría.
Le sonrío.
—Vale, ten paciencia. Veré qué puedo hacer.
De camino a la salida de la prisión, me vinculo con Kallister, cuya voz en mi cabeza suena parecida a la del tío Jim, lo que es inquietante.
¿Cómo pido una reunión con la Autoridad? , le pregunto.
Acabas de hacerlo. Ven a la sala de guerra después de comer.
¿Así sin más?
¿Por qué pareces tan sorprendida? Nuestro papel es representar a nuestra gente, no mantener las distancias.
Ajá. Es un cambio innovador, comparado con los métodos del general, que siempre imponía una barrera entre la ciudadanía y él. Gobernaba desde su despacho mientras los coroneles y capitanes se enfrentaban a todos sus súbditos.
Me dirijo al comedor porque me muero de hambre.
Busco a Gray, a quien encuentro sentado junto a Karra.
Hoy están solos, con el cuerpo inclinado el uno hacia el otro.
Mi amigo lleva el pelo rubio revuelto y su novia se inclina hacia él para apartárselo de la cara antes de besarlo. Gray esboza una sonrisa al separarse.
Es la primera que le veo una expresión así desde que nos subimos al avión anoche.
En el viaje de vuelta tras el encuentro con Cross, apenas me miró y mucho menos me sonrió.
¿Pensará que me estoy aprovechando de nuestra amistad para pedirle favores?
Espero que no. Yo haría lo mismo por él y no me supondría ninguna molestia.
—Wrenny —canturrea Mako, quien me saluda con la mano. Está sentado con Henley, Saint y Evlynne, quien no esconde su desdén.
Aun así, desayunar junto a esa zorra sarcástica es mejor que comer sola, por lo que me acerco con la bandeja y me dejo caer al lado de Saint.
—Buenos días. —Hago un gesto con la cabeza hacia Gray y Karra—. ¿Cómo es que los tortolitos se han sentado solos?
Mako suelta un bufido.
—Karra ha decidido que necesitaban desayunar en pareja esta semana para fortalecer su relación.
—¿Te refieres a la relación que ella misma terminará dentro de unos meses? —interviene Saint.
—¿Para volver arrastrándose justo después? —concluye Henley.
Evlynne le da un puñetazo en el brazo.
—Oye, no seas capullo. Quizá dure. Por una vez —se corrige, lo que les produce una carcajada estrepitosa a Mako y a Henley y una risita a Saint.
Luisa y Neema se unen a nosotros minutos después, sentándose con sus bandejas. Cuando Luisa recorre con los ojos a Saint, se le escapa una sonrisa de satisfacción.
—¿Eso es un chupetón? —pregunta.
El chico solo esboza una mueca de satisfacción. Tiene una manera de desprender sensualidad sin decir una palabra…
—¿Quién te ha estado mordisqueando el cuello, Saint? —lo provoca Neema.
Henley sonríe.
—¿Quién no?
—¿En serio? —suelta Evlynne—. Tú eres incluso peor, Hen.
—¿Y tú eres una monjita? Porque me parece que, en toda tu vida, le has hecho bastantes chupetones a Saint.
No parece arrepentida.
—Bueno, míralo. —Hace un gesto hacia Saint, quien está dándole sorbos al café de forma casual, impávido ante la atención—. ¿Quién no querría mordisquearle el cuello?
—¿Has acabado de cosificarnos? —pregunta Mako con un gesto burlón.
—Ay, cielo, no creo que formes parte de la conversación —dice Luisa, quien estira la mano para darle golpecitos en el brazo.
Su amigo gruñe, molesto, y una nueva oleada de carcajadas cruza la mesa.
Me paso el resto de la mañana en el campo de tiro, trabajando con Wells y una recluta llamada Uma. Después de comer con Zak, me dirijo a la sala de guerra para mi reunión y me relajo en cuanto advierto la sonrisa de Gray. Quizá no esté enfadado por lo de anoche.
—Vaquera —dice a modo de saludo.
Hoy Adrienne está sentada a la cabecera de la mesa, con Kallister y Fiona a su derecha y Gray y Teriq a su izquierda. En lugar de procurarme una silla, me dejan de pie, lo que me hace sentir como una colegiala a punto de hacer una presentación.
—¿Qué pasa, Darlington? —pregunta Adrienne.
Carraspeo para aplacar el nerviosismo.
—Se trata del teniente Ford.
Teriq me interrumpe, con el fastidio latente en las facciones:
—No nos ha dado ni un solo dato útil en estas dos semanas.
—Y no va a hacerlo —respondo, encogiéndome de hombros—. Al menos, todavía no.
Kallister se echa a reír.
—No estás dándonos argumentos demasiado convincentes a su favor.
—Mirad, no puede volver a la ciudad. Ni quiere.
—Tampoco quiere quedarse aquí —observa Gray—. Intentará escapar en cuanto lo soltemos.
—Te equivocas. No huirá, siempre y cuando yo siga en la Daga. —Les dedico una sonrisa modesta—. Por alguna razón, ha decidido considerarse mi guardaespaldas.
Gray suelta una carcajada.
—¿No sabe que no necesitas ninguno?
—Es consciente, pero… —Paseo la mirada por la mesa—. Ford y yo nos hicimos amigos en la base. Será un buen aliado…, si le dais una oportunidad.
—Nunca nos será leal —dice Adrienne.
—A mí sí. Y, si yo soy leal a vosotros, acabará cediendo. Xavier quiere seguir con vida. Sabe lo que le pasará si lo soltáis en los distritos.
—¿Quién ha dicho que esa fuera una opción? —Teriq pone los ojos en blanco—. Porque, por mi parte, tenéis mi voto a favor de matarlo y acabar con el tema.
El miedo me eriza la piel.
—Si lo hacéis, me iré.
—Vete —dice Teriq.
Es desgarrador oír esas palabras frías y apáticas de parte del hermano de Betima, quien se sentó conmigo en el comedor y compartió su dolor sobre su pérdida.
—Ter —le advierte Gray.
—¿Qué? Dejad que se marche. Aún no nos ha demostrado nada.
Centro la atención en Adrienne y Kallister, que son los que más poder parecen tener en esta sala. Fiona nunca dice demasiado, solo capta cada pequeño detalle, absorbiéndolo. A no ser, claro, que se le suelte la lengua sobre mi condición como incitadora.
—No os estoy pidiendo que le deis un puesto de poder —digo—. Ni que lo mandéis a una misión. Lo único que quiero es que salga de esa celda. Quizá podríais llevarlo al valle.
—Por supuesto que no —replica Fiona—. Demasiadas personas han sufrido encontronazos traumáticos con el Comando. No lo autorizaré.
—Entonces, permitid que se quede aquí. Liberadlo y dejadlo a mi cargo —les suplico—.
Yo responderé por él. Me responsabilizaré de todo lo que haga en la Daga.
Pero os lo prometo, es un as en la manga.
Se le da genial la formación con armas. Tiene muchas habilidades técnicas.
Incluso es un mecánico decente. Lo recuerdo por el tiempo que pasé en la base del Comando.
—No le confiaría ninguno de nuestros planes —dice Gray.
—Entonces, la producción de comida.
—¿Y si nos envenena? —me contradice Teriq.
Reprimo un suspiro de exasperación.
—Es un Primario, sí, pero no odia a los Modos. Ni quiere matarnos. Si lo hiciera, no estaría aquí. No me habría salvado la vida. Dadle una oportunidad.
A Adrienne empiezan a brillarle los brazos. Igual que a Kallister. No sé si se están comunicando, pero un momento después la primera dice:
—Danos un minuto, Darlington. —Y hace un gesto hacia la puerta con la cabeza.
Me marcho y la puerta se cierra a mis espaldas con un brusco zumbido. Ojalá pudiera oír la conversación, pero es de acero puro, con un grosor de varios centímetros, por lo que permanezco en el pasillo, con las manos en los bolsillos, luchando contra mi impaciencia.
Unos diez minutos después, unos pasos reverberan por el pasillo. Alzo la mirada ante el sonido y me sorprende toparme con Xavier. Va flanqueado por dos hombres. A uno no lo reconozco, pero el otro es Henley, quien arquea una ceja cuando me encuentra apoyada en la pared.
—¿De qué va esto? —gruñe Xavier.
—Esta es mi manera de jugarme el cuello por ti —le digo—, así que muestra un poco de gratitud, capullo.
Henley se ríe entre dientes. La puerta doble se abre y Adrienne nos llama desde la sala de guerra.
—Darlington, Ford, pasad.
Entramos en la estancia y permanecemos de pie, en un extremo de la mesa. Xavier se muestra desafiante ante las miradas severas de los miembros de la Autoridad, por lo que le doy un codazo, pidiéndole mentalmente que se comporte.
El silencio se alarga, cargado de tensión. Incluso yo empiezo a ponerme nerviosa bajo el peso de su escrutinio.
—Cuando queráis —bromea Xavier.
La cólera ilumina los ojos de Adrienne.
—Cállate, Ford. Y quizá deberías darle las gracias a la mujer que tienes al lado. Es la única razón por la que nos estamos planteando algo así.
—¿Plantearos el qué? ¿Qué has acordado, Darlington?
—Wren cree que tu lealtad hacia ella reemplaza tus antiguos lazos con la Compañía —dice Adrienne—. Hemos decidido que estamos dispuestos a darte una oportunidad de extender tu lealtad a los demás.
Xavier se lleva las manos engrilletadas a la cara y se rasca la barba.
—No voy a vender a mis compañeros.
—No estás en posición de negociar —dice Teriq con frialdad.
—Tengo amigos en el Comando, personas a las que no traicionaré. —Hace una pausa—. Puedo ofrecer información, pero hasta cierto punto.
Le miro. Suena… prometedor. Esa opción no era siquiera una posibilidad cuando hemos hablado esta mañana.
—Puedo daros algunos datos —continúa—, pero no todos. ¿Lo tomáis o lo dejáis?
Fiona niega con la cabeza, enfadada.
—¿Por qué estamos perdiendo el tiempo con él?
—Porque le debo la vida —contesto.
—Os puedo dar parte de la información o nada de nada —insiste Xavier—. Vosotros veréis.
Kallister y Adrienne intercambian una mirada, pero creo que ya habían decidido qué iban a hacer antes de traerlo hasta aquí, porque nadie nos pide que salgamos de la sala para poder hablar.
—Te liberaremos y quedarás a cargo de Wren con efecto inmediato —anuncia Kallister con un brillo gélido en los ojos—. Un desliz y te colgamos.
Adrienne se gira para dirigirse a mí.
—Ahora mismo es tu responsabilidad, Darlington.
Titubeo.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Significa que, si la caga, se os castigará a los dos. Si hace algo que conlleve su muerte, tú también perderás la vida.
—Joder —dice Xavier, sarcástico—. A la mierda mi plan para volar por los aires esta base secreta en la montaña.
—Xavier —le advierto. Me giro para contestar a los demás—: Lo mantendré a raya. Lo prometo.
—Me gustaría ver cómo lo intentas —bromea Xavier.
Se me escapa un suspiro. ¿En qué marrón acabo de meterme?