Paloma caída (Élite plateada 2) Capítulo 16 #3
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Capítulo 16 #3

—Ahora mismo, aplastar la Revolución Aberrante.

—¿Aberrante? —repito, frunciendo el ceño.

—Modos. Sangre Plateada. Ya sabes lo que quiero decir, Wren. —Parece agotado—. Travis todavía no es tan sanguinario como Roe cuando se trata de los Modos, pero me temo que llegará a ese punto. He estado insistiéndole en que los necesitamos como mano de obra.

Niego con la cabeza con amargura.

—Como esclavos.

—Pueden ser esclavos o morir. ¿Qué prefieres?

—¿Y qué hacemos? ¿Cómo detenemos a tus hermanos?

—Yo no estoy en posición de detener a nadie.

No solo he perdido a la Élite, sino toda mi capacidad para mantener a raya esta situación de mierda.

Sigo conservando mi cargo, pero solo el nombre.

Travis no me deja asistir a las reuniones informativas del servicio de inteligencia.

Lo único que sé es lo que me cuentan, que no es mucho.

—Eras el capitán de la Élite Plateada —le recuerdo—. Sabes cómo recopilar datos. No necesitas que Travis ni el puto Roe, de entre todas las personas, te dejen las migajas.

No responde, y yo intento descifrar su expresión, pero es ilegible, imposible de decodificar. De repente, me pregunto si estaremos en el mismo bando… porque ahora mismo no lo parece.

—¿Qué pretendes? —pregunto, despacio—. ¿Cómo crees que va a acabar esto?

Se le oscurecen los iris azules.

—¿Te refieres a nosotros?

—No, claro que no. A la guerra. Porque va a acabar en algún momento. Y, cuando eso ocurra, lo normal es que haya un bando que pierda.

—Llevo en el ejército toda mi vida. Sé cómo funciona la guerra. —Se le tensan los hombros cuando se aleja de mí.

—Entonces, ¿en qué bando te gustaría estar cuando se produzca? —insisto.

—¿En qué bando quieres estar tú?

—Yo ya he elegido. Los Modificados. La red.

Ahí es donde necesito estar. Ahí es donde deberías estar tú también.

—Lo cojo de la mano y le obligo a entrelazar los dedos con los míos—.

No puedes estar de acuerdo con lo que hizo tu padre: la Purga de los Sangre Plateada, la esclavitud de los Modos, la matanza.

Y ahora tu hermano está haciendo lo mismo.

—No estoy de acuerdo —dice con voz ronca—.

Pero ¿me puedes asegurar que la Revolución será mejor que sus enemigos?

Porque una de las personas con las que trabajas le destruyó la mente a un hombre sin despeinarse.

—Retira la mano y el corazón se me constriñe cuando me rechaza—.

¿Qué cojones se supone que debo hacer? Es mi padre.

Y ahora parece un vegetal. Por culpa de tu nueva amiga, Adrienne.

—Odiabas a tu padre.

—Eso sería simplificar demasiado la situación. Y mis sentimientos por él no tienen nada que ver con que la Revolución le haya corrompido la mente. ¿Te das cuenta de lo terrible que es?

—¿Y lo que les están haciendo los Primarios a los Modos es menos terrible? A mi mejor amiga le han tatuado las muñecas, marcándola como esclava —replico, enfadada—. Está encerrada en una puta mina de sal. Adrienne actuó para salvar a personas como Tana de tu padre.

—Lo pillo, ¿vale? Y no soy gilipollas, sé que puse a tu amiga en esa situación.

—Se pasa las manos por el pelo oscuro, alterado—.

La salvé del pelotón de fusilamiento, sí, pero ¿crees que no desearía haber podido hacer más?

Ahora no puedo hacer eso siquiera. No sé cuánto tiempo tardaré en convencer a Travis de que se fíe de mí de nuevo.

Lo único que sé… —Se interrumpe con un gruñido.

—¿Qué es lo único que sabes?

En esta ocasión, en lugar de alejarme, da un paso hacia mí y me rodea la cintura con sus fuertes manos. Me aparta el pelo de la cara y me coloca un mechón tras la oreja. Su tacto vuelve a ser suave.

—Sé que quiero protegerte. Y no puedo hacerlo mientras siga aquí y tú, allí.

Se me corta la respiración.

—¿Me estás pidiendo que me quede?

Si es así, no sé si estoy dispuesta a aceptar.

—No. Te buscan por traición y encubrimiento. Si te pillan, han dado la orden de que te maten en el acto, y yo no podré evitarlo. —Deja escapar un suspiro irregular—. Pero tampoco me fío de las personas con las que estás.

—Bueno, yo sí. Me han acogido entre sus filas, me han dado un lugar en el que vivir y formarme. Pronto me incluirán en sus misiones. Podré rescatar a Tana, a su padre y a cualquiera de los que la Compañía mantiene en los campos de trabajos forzados.

—¿Y si descubren lo de tus padres? —pregunta con voz monótona—. ¿Qué ocurrirá entonces?

Titubeo.

—Espero… Espero que, si sucede, haya tenido tiempo de demostrarles mi lealtad.

—¿Estás dispuesta a arriesgar tu vida?

—¿Estaré más segura en los distritos? No, esa idea la hemos descartado ya. Por eso, solo espero poder ganarme su confianza. —Se me forma un nudo en la garganta—. Ven conmigo. Por favor.

—No puedo.

—Pero…

—Vamos, Wren. Si no me matan, me meterán en una celda al lado de Xavier. —Inclina la cabeza—. A menos que hayan decidido mostrar piedad con él.

—No, todavía no. —Me muerdo el labio—. Está en esa celda por mi culpa.

Cross me acaricia la mandíbula y me roza el labio con el pulgar, liberándolo de mis dientes.

—Oye, para. No es culpa tuya. Él decidió ayudarnos. Nadie lo obligó. Ford es demasiado leal. Y ahora estaría jodido si pusiera un pie en Santuario. También piden su cabeza. —Cross suspira—. No puede volver; espero que lo tenga claro.

Se produce otro momento de silencio. Aún no hemos llegado a un acuerdo ni hemos formulado un plan, pero el reloj avanza con lentitud y ya ha empezado la cuenta atrás para nuestra despedida.

—Tengo que irme —le digo—. Si no llego al punto de encuentro, me quedaré aquí atrapada.

Cross tira de mí y nuestros labios se encuentran en un beso fugaz antes de cogerme de la mano y llevársela al corazón. El latido constante retumba contra mi palma.

—¿Lo sientes? —pregunta.

Asiento.

—Unos cuantos golpes y moratones no sirven de una mierda, palomita. Mientras siga latiendo, estaré vivo. Y bien. No tienes que arriesgarte a venir hasta aquí. —Estoy a punto de protestar cuando concluye la frase—: Pero me alegra que lo hicieras.