Capítulo 16 #2
—Me ha gustado. —Me acaricia el cuello, atrayéndome hacia él, y pasea el pulgar por la mandíbula—. Estoy bien, Margarita. Soy un adulto funcional. Unos moratones y algunas costillas rotas no van a acabar conmigo.
—¿Ese cabrón te ha roto las costillas? Voy a matarlo.
—No te preocupes. Así Roe se sintió mejor consigo mismo. Déjalo que lo disfrute.
—Me importa una mierda si así se siente mejor. Quiero que sufra. —Sigo pasándole las manos por la piel, examinándolo en busca de alguna lesión más—. ¿Te ha pegado en algún otro sitio?
Cross me dedica una sonrisa descarada.
—Bueno, ahí no —dice, arrastrando las palabras, y me doy cuenta de que he posado las manos en el botón de sus pantalones—. Pero, por favor, sigue. Quítamelos.
El deseo me recorre el cuerpo cuando advierto lo duro que está, el grueso bulto de excitación que se presiona contra la bragueta.
La lujuria me sobreviene con total intensidad y me olvido de sus moratones porque, si no le molestan, no voy a preocuparme por él.
Nos besamos de nuevo y solo nos separamos para quitarle la camiseta.
Me pasa las manos por la espalda para desatarme el sujetador y, cuando mi pecho queda al descubierto, la satisfacción le arde en los ojos azules.
Cross tira de mí para acercarme a su ávida boca.
Saca la lengua para lamerme un pezón y un gemido se me escapa entre los labios.
—Echaba de menos ese sonido —dice, y suelta un suspiro de complacencia antes de rodearme el mismo pezón con los labios y chuparlo.
Desvía la atención hacia mi otro pecho y, al soltarlo, me empuja para que me tumbe.
Me quito las botas de una patada. No tarda en deshacerse de mis pantalones y de mi ropa interior.
Lo siguiente es su calzoncillo y, una vez está fuera, le rodeo, lujuriosa, la polla con los dedos; caliente, gruesa y preparada para mí.
Solo necesita una caricia, una suave presión, antes de que Cross me aparte la mano y recorra con los labios cada milímetro de mi cuerpo.
Absorbiendo, saboreando y provocándome hasta que por fin se cuela, beso a beso, entre mis piernas.
—¿Me has echado de menos? —pregunta con voz grave y un toque burlón.
—Mmm. —Ese sonido débil y suplicante es lo único que logro emitir.
—¿Qué es lo que más has echado de menos?
Ay, madre mía, ha decidido torturarme.
—Todo —musito.
—¿Has echado de menos mi boca?
Me acaricia el interior del muslo con los labios y me estremezco, expectante.
—Contéstame. —Cross alza la cabeza con una sonrisa perversa en la cara.
—Sí —digo con un graznido ahogado—. He echado de menos tu boca.
—¿Y qué más? —Me besa peligrosamente cerca de donde más lo deseo—. ¿Qué hay de mi lengua? ¿La has echado de menos?
Cuando asiento sin palabras, me humedece la parte interna del muslo con un cálido rastro de saliva y alzo las caderas, preparada. Con una carcajada, gira la cara y me empieza a besar el otro muslo.
La provocación se está volviendo insoportable. El corazón me palpita tan deprisa que acalla todo lo demás, incluso la voz áspera de Cross y las palabras sexis que sigue susurrando.
Cuando aterriza con la lengua en mi punto anhelante, gruñe «¡Sí!» y, joder, eso sí que lo oigo.
Le paso los dedos por el pelo para que no se mueva antes de que intente escapar. Su risa como respuesta me vibra por todo el cuerpo.
—No te preocupes, no voy a ir a ninguna parte —me promete antes de utilizar la lengua hasta que me sumo en el éxtasis más puro.
Cada caricia de su lengua me acerca un poco más al precipicio, y me he convertido en un cúmulo irracional de necesidad y desesperación cuando se coloca sobre mí y me penetra.
Ambos gruñimos, desenfrenados. Cross me coloca una pierna sobre su cadera para poder adentrarse a mayor profundidad, follándome con tanta fuerza que me corta el aliento.
No he venido por esto, pero no me voy a quejar.
¿A quién quiero engañar? Claro que he venido por esto. Lo echaba de menos. Estoy loca por él.
Sus embestidas se vuelven rápidas, profundas, implacables.
Con nuestros labios unidos en el beso más intenso que he experimentado nunca, me mezo para acoger cada movimiento deliberado de su cadera.
Este ángulo es increíble porque así me roza con su cuerpo el clítoris hinchado, haciendo que mi deseo crezca hasta que me cosquillean los dedos de las manos y los pies…
, pero lucho contra él; quiero prolongar la sensación todo lo posible.
Mientras trato de alejarme del clímax, clavo los dientes en el labio inferior de Cross hasta casi hacerle una herida. Su voz me inunda la cabeza.
Vamos, palomita, déjate llevar .
Me desplomo, jadeante, mientras las oleadas de placer me recorren el cuerpo.
—Mierda, me voy a correr —gruñe él en voz alta, y no hay nada más sexi que ver a Cross Redden ceder ante el orgasmo. Se estremece al liberarse y se adentra aún más en mi interior.
Los dos jadeamos mientras nos recuperamos. Después, Cross se tumba boca arriba y tira de mí para colocarme sobre su cuerpo cálido y tembloroso, antes de rodearme con fuerza con sus brazos y besarme el hombro.
—Nunca me canso de ti —dice.
Sé exactamente cómo se siente. Su presencia, su voz y la manera en la que se ríe me consumen. Cada vez que estamos juntos, siento que pierdo el control. Esta conexión entre los dos es demasiado poderosa. Demasiado peligrosa. Nadie debería desear tanto a otra persona como yo deseo a Cross.
Volvemos a hacerlo. Una y otra vez. Es gracioso porque solo han pasado unas semanas desde la última vez y, antes de eso, estuvimos casi toda la vida sin follar, pero ahora que nos hemos visto desnudos es como si se hubiera roto el dique de la sexualidad.
Tras la tercera vez, se deja caer de espaldas y gruñe:
—Hostia puta.
Me apoyo en el codo y lo miro, sonriendo ante la capa de sudor que le cubre el pecho y los perfectos abdominales. Joder, ¡qué sexi es!
Mi sonrisa de satisfacción se desvanece al oír el pitido de mi reloj. He puesto una alarma para que me avisara cuando se fuera a acabar el tiempo. Mierda, tengo que reunirme con Gray dentro de treinta minutos, y Cross y yo no hemos hablado de nada.
Mientras él permanece ahí tumbado, recuperando el aliento, recojo la ropa y empiezo a vestirme.
—¿Ya está? —pregunta, divertido—. ¿Hemos terminado?
—Hemos terminado con eso —contesto—. Es hora de que hablemos.
—Supongo que tienes razón. He tenido que eludir a tres personas para poder llegar. No sé cuándo podremos volver a hablar cara a cara.
—¿A qué tres personas? —pregunto, desconfiada.
Cross resopla entre dientes.
—Travis cree que no me he dado cuenta de que me tiene bajo vigilancia, pero no soy un puto principiante.
—Te están vigilando. —La cautela me recorre la piel—. ¿Y si te han seguido?
—Cariño —me imita—, ¿de verdad crees que he dejado que alguien me siguiera esta noche? No sé si debería ofenderme por esa pregunta.
—¿Cómo los has eludido?
—¿Qué más da mientras lo haya hecho?
Reprimo un gemido.
—Madre mía, ¿por qué me pones tanto?
Me dedica una sonrisa.
—No vamos a echar otro polvo. Querías hablar.
Me acerco al pequeño espejo sobre el aparador y me recoloco el pelo, completamente revuelto después de que Cross pasara los dedos por él. Se levanta de la cama y se pone la ropa interior, enfundándose la tela negra sobre su terso culo antes de estirar la mano hacia los pantalones.
Cuando se incorpora con el pecho descubierto, no logro apartar los ojos del colorido caleidoscopio de moratones que le mancilla la piel.
—No me puedo creer que te hayan dado una paliza. ¿Por qué no te defendiste?
Flexiona los bíceps para coger la camiseta del suelo.
—Debía dejarles tener la sensación de que me estaban castigando.
—¿Y ya está? ¿Con una semana encadenado volviste a formar parte de su círculo de confianza?
—No del todo.
Entorno los ojos.
—¿Qué quieres decir?
—Que ya no dirijo la Élite.
La confesión flota entre los dos mientras lo contemplo, boquiabierta. Cross, mientras tanto, se muestra tranquilo y se desliza la camisa por la cabeza como si no acabara de revelarme que lo han relevado de su cargo.
—¿Y quién está al mando ahora? —pregunto.
—Radek —dice, refiriéndose al capitán administrativo de la sección Plata.
—¿Por qué coño no me lo has contado antes?
—Lo intenté. —Me dedica una mirada mordaz—. Cada vez que he tratado de hablar contigo estos últimos días, no podías.
La culpa me atenaza el estómago. Tiene razón. Sí que ha contactado conmigo. He estado tan centrada en mi vida en la Daga que no he estado presente en la suya. Me siento como una puta gilipollas.
—Perdona —musito—. Si hubiera sabido que era tan importante, no habría…
—No lo es —me asegura.
—Cross —lo miro—, la Élite Plateada es tu unidad. No creo que te haya sentado bien perderla.
—Nada de lo que está pasando en el mundo ahora mismo me sienta bien —farfulla.
Acabo con la distancia entre ambos y le rodeo los hombros con los brazos antes de pasarle los dedos por el pelo corto.
—Habla conmigo. Cuéntame qué pasó después de que tus hermanos te liberaran. ¿Qué están planeando?
—Travis se está tomando muy en serio su nuevo papel como general. Está puesto hasta las cejas de poder. Y Roe está explotando al máximo su puesto como teniente. Travis le va a dejar crear su propia unidad dentro de la sección Plata. Roe la llama su «equipo de caza».
Me tenso.
—¿Y qué van a cazar?
—¿Qué va a ser? Modos y Fieles.
Su frivolidad me exaspera.
—¿Y… te parece bien?
—Claro que no, pero dudo que la unidad llegue a ningún sitio. Roe no tiene madera de líder. Nadie lo va a apoyar.
—Entonces, ¿por qué le han dado su propia unidad?
—Creo que Travis quiere quitarse a ese crío de encima, así que lo mantiene distraído.
Como cuando le das un juguete a un niño para que permanezca lejos de aquello que desea en realidad.
En el caso de Roe, es el control total sobre los distritos y una matanza sistemática de cualquiera que se oponga a la Compañía.
—¿Y qué quiere Travis?