Paloma caída (Élite plateada 2) Capítulo 16
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Capítulo 16

L a última vez que visité Paraíso, un pub que sirve de tapadera para un burdel, estaba en una operación de entrenamiento con el Comando.

Cross, tan capullo y vengativo como siempre, me asignó el papel de aspirante a puta para que entrara allí de incógnito.

En los distritos, la prostitución no es ilegal siempre y cuando se lleve a cabo a través de los canales adecuados de Servicios Humanos, pero las operaciones en Paraíso están, sin duda, fuera de la ley.

He sido yo quien ha pedido que nos encontremos aquí, dado que es una ubicación que ya conozco, pero Gray hizo los arreglos necesarios a través de la red y me sorprendió cuando me contó que la camarera es una de las nuestras.

Se llama Pasha. Se supone que me va a dejar entrar a través del callejón tras Paraíso, pero cuando llego al edificio de ladrillo, dudo sobre lo que tengo que hacer. Por eso, me toco una vez el auricular.

—Grayson —musito por el intercomunicador—, ¿estás seguro de que puedo fiarme de ella?

—Sí, Pasha es leal.

Tras pegarme a la pared, me deslizo hacia la parte trasera. Soy consciente de la cámara que enfoca la puerta, lo que me hace sentir incómoda, pero estoy a unos metros de distancia cuando se abre y una mano me indica que me acerque al umbral en sombras.

Al colarme dentro, me encuentro cara a cara con la camarera que conocí cuando fui allí de incógnito. Lleva una camisa de manga corta y los brazos le brillan cuando intenta vincularse conmigo.

Si alguien te para , me dice por telepatía, eres mi hermana Mary .

Entendido .

Sin mediar palabra, audible al menos, Pasha me guía por un pasillo apenas iluminado hacia una escalera trasera donde se detiene de repente, y allí me estudia.

Te conozco , me acusa.

Estuve aquí hace unos meses. Me serviste whisky puro por mi cumpleaños . Le dedico una sonrisa tímida. Sin embargo, no era mi cumpleaños .

La comprensión le cruza la expresión y me devuelve la sonrisa.

No voy a preguntarte siquiera en qué consistía esa misión, pero caí en la trampa . Pasha se da media vuelta y sube las escaleras. Ven .

Subo el primer escalón y hago una mueca cuando el peldaño de metal cruje bajo mis botas. Emergemos por una puerta en un pasillo de la segunda planta. Este está más iluminado y bizqueo ante el resplandor repentino. Me siento desnuda.

Pasha me entrega una tarjeta. Última puerta a la izquierda. Tu invitado ya te está esperando. Si estás aquí para matarlo, busca un método limpio. No quiero tener que frotar la madera después para eliminar la sangre .

Matarlo es lo último que pretendo hacer. Bueno, a no ser que me toque las narices. El corazón se me acelera por las expectativas cuando me aproximo al final del pasillo. Acerco la tarjeta a la puerta y el cerrojo emite un suave pitido. Al cruzar el umbral, me preparo porque si es una trampa…

Alguien me presiona contra una pared antes de que pueda pestañear.

Unas manos ásperas me empujan contra ella y, de repente, un cuerpo duro y cálido se abalanza sobre el mío.

Me recuerda al día en que nos conocimos en la posada de Hamlett, cuando me colé en su habitación sin previo aviso mientras trataba de huir de otro pretendiente.

Me roza el hombro con la barbilla al acercar los labios a mi oreja.

—Te suena, ¿verdad?

Esa voz grave y sexi. Joder, ¡cómo la he echado de menos!

Cross presiona la ingle contra mi culo, haciéndome sentir cada milímetro de su ser, y un suave sonido de desesperación se me escapa de la garganta.

Se ríe y su aliento me cosquillea el cuello.

Entonces, me da la vuelta y mis ojos se topan con su hermoso rostro.

Cross Redden es el hombre más impactante que he conocido en mi vida.

Su mirada es de un intenso tono azul oscuro y profundo que no he visto en ningún otro ser humano.

Sus facciones son perfectas, como si las hubieran tallado en piedra.

Su sonrisa es de otro mundo. Esos labios impecables se curvan cuando me ve y ahí está, el hoyuelo esquivo que tan pocas veces hace su aparición.

Pestañeo y estoy en sus brazos, aferrada a él mientras me estrecha con fuerza contra su cuerpo.

No esperaba recibir la descarga de emociones que me recorre de inmediato.

No me había dado cuenta de lo mucho que echaba de menos la sensación de su pecho musculoso, su aroma especiado, sus labios moviéndose por mi mandíbula.

Las semanas que hemos pasado separados se desvanecen.

—Joder. —Cross esconde la cara en mi pelo—. Ha sido una estupidez que vinieras.

—Pero estás aquí, ¿no? —lo provoco.

—Claro que sí. No te habrán hecho venir sola, ¿no? —La idea no parece gustarle.

—No, Gra… —Me corrijo enseguida—. Kaine me ha acompañado. Se tenía que ocupar de un asunto.

Cross tensa la boca en una mueca.

—¿Qué? —pregunto.

—¿Sutler te ha acompañado?

—Más o menos. Tenía una misión supersecreta y me recogerá dentro de dos horas.

—Ah, te recogerá, ¿verdad?

Se le hinchan las fosas nasales y trato de reprimir una sonrisa.

—Estás celoso —lo acuso, incapaz de ocultar mi deleite.

—Sí. —Pasea la mirada por mi cuerpo con una intensidad abrasadora que me acelera el corazón.

—Si sirve de algo, tiene novia en la base.

—¿Y? Muchos hombres engañan a sus chicas.

Arqueo una ceja.

—¿Tú me pondrías los cuernos?

—Nunca. —En su voz se refleja una certeza inquebrantable—. ¿No lo pillas?

—¿Qué? —Trago saliva para alejar la repentina sequedad de la garganta.

—Soy tuyo, palomita. Mi cuerpo, mi alma, mi corazón. Todo tuyo. No podría haber nadie más. Ni en un millón de putas eternidades.

Durante un momento, me quedo sin aliento y el tiempo se detiene.

Todo el mundo se paraliza a nuestro alrededor.

Cross no suele mostrarse romántico, pero ahora mismo, no solo por cómo me mira, sino por el hecho de que está rodeando mi rostro y acariciándome la mandíbula con los pulgares, me empuja a caer cada vez a mayor profundidad, hasta que no puedo mirar a ningún otro sitio que no sea a sus ojos azules e insondables.

—Dicho esto… —Baja la voz una octava, convirtiéndola en un gruñido sexi y posesivo—. Me perteneces y no te voy a compartir con nadie. Ni ahora ni nunca.

Ahí está el Cross que conozco y quiero. Jugueteo con la tela de su camiseta y mi tono se inunda de travesura.

—¿Qué vas a hacer? ¿Marcarme como si fuera tu territorio?

Con una mano fuerte, me toma por la cintura y me atrae hacia él.

—Eres mi territorio.

—Ah, ¿en serio?

—Oh, ya lo creo. Y si hay algún gilipollas que no lo sepa aún, estaré encantado de hacérselo entender.

—Te pones muy mono cuando estás celoso.

—No me pongas a prueba, palomita.

Me estremezco ante su actitud imponente.

Estoy obsesionada con esta parte de su ser.

La intensidad, la necesidad pura que le ilumina la cara cuando me mira, la manera posesiva en la que crispa los dedos sobre mi cintura.

La punzada afilada de deseo que me provoca es más que bienvenida.

Las semanas separados han conseguido que casi me olvide de la forma en la que su presencia se apodera de la estancia en la que está, impregnándola de sexo y magnetismo.

No me acordaba del vértigo que me produce.

No ha venido vestido con el uniforme ni con las estrellas de capitán en la manga, pero su conjunto totalmente negro solo lo vuelve más imponente.

—Te he echado de menos —jadea Cross, apartándome un mechón de pelo de la frente. Su roce es suave, pero el fuego contenido en sus ojos me informa de que apenas puede mantener el control—. No tienes idea de cuánto.

Acerca los labios a los míos sin llegar a rozarlos, un gesto provocativo que dura un segundo y que me acelera el corazón antes de que, por fin, presione su boca contra la mía en un beso tan intenso que se me debilita todo el cuerpo por su ardor.

El calor familiar, su sabor, la invasión ávida de su lengua. Es como volver a casa.

—Se me había olvidado —gruño contra sus labios.

—¿El qué? —musita entre besos lujuriosos y embriagadores.

—Lo mucho que te deseo.

—A mí no se me había olvidado.

Me desliza las manos por el cuerpo hasta colocármelas sobre los glúteos y presionármelos antes de levantarme en sus brazos mientras me devora con los labios. Es más que un beso, es un recordatorio de lo mucho que le pertenezco y de la ferocidad con la que es mío.

Tenemos mucho que hablar, lo sabemos, pero besarlo me parece esencial ahora mismo, en el sentido de que me moriría si parara. Captar su olor es bueno, pero poder tocarlo es increíble.

Lo siguiente que sé es que me lleva a la cama. Tiro de él para que me bese y esboza una mueca antes de ocultar su reacción. Sin embargo, no es lo bastante rápido.

—¿Qué pasa? —pregunto de inmediato.

—Nada. Solo estoy un poco dolorido. —Pero, cuando gira la cabeza y se recoloca el cuello de la ajustada camiseta negra, atisbo un retazo de color.

Tiro de la tela y descubro un moratón que le mancilla la piel. De un púrpura desvaído. Paseo los dedos con suavidad por su clavícula, acariciándole la piel bajo la marca. Una alarma se enciende en mi interior.

—¿Qué cojones, Cross?

—Estoy bien —insiste, pero ya le estoy subiendo la camisa, ignorando su mueca de inquietud, porque sé que, si no lo veo por mí misma, le quitará importancia a lo que sea que se encuentra debajo. Y lo que encuentro debajo son más moratones. Por todas partes. Le han dado una paliza.

Paso los dedos por su piel cálida, encontrando más marcas en distintas fases de sanación. Moradas en las costillas. Amarillas alrededor del estómago. Una verde azulada en el hombro.

—Dijiste que Roe solo te había estado molestando —lo acuso—. Cariño, esto tiene mala pinta.

Sonríe.

—¿Qué?

—¿Me acabas de llamar «cariño»?

—Ay, mierda, es verdad.

Una carcajada le produce un estremecimiento antes de quedarse paralizado y decir con voz ronca: