Paloma caída (Élite plateada 2) Capítulo 15 #2
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Capítulo 15 #2

La ciudad está dividida en cinco zonas, algunas de las cuales están restringidas al público general.

Por ejemplo, en la zona 1 están el Capitol y los edificios oficiales de la Compañía, a los que solo pueden acceder ciudadanos con autorización.

Pero Cross y yo nos reuniremos en el distrito de ocio, la zona 5.

Nunca he oído hablar de un puesto de control en la zona 5.

—Desde que el hermano de tu novio está al mando —dice Gray, sarcástico.

Unos minutos después, aparca en un callejón sin pavimentar y la gravilla cruje bajo los neumáticos. Detiene el coche, pero deja el motor en marcha antes de dedicarme una mirada severa.

—Ya no puedo llevarte más lejos. Tendrás que llegar al punto de control a pie. Este será también el punto de recogida. Como he dicho, tienes dos horas. Deja tiempo suficiente para volver.

—¿Estás seguro de que mi falsa identidad funcionará?

—Debería hacerlo, pero no teníamos tiempo de sincronizar una biografía con tu intercomunicador, por lo que, si te detienen, no dejes que te interroguen. Sal de ahí cagando leches.

—Maravilloso.

—Oye, has sido tú quien ha querido arriesgarse. —Utiliza un tono mordaz—. Supongo que ahora descubriremos si el capitán merece tanto la pena.

«Arriesgarme por Cross siempre merecerá la pena», pienso.

Salgo del coche y aterrizo con las botas en el suelo.

Compruebo el bolsillo de mi ajustada chaqueta de cuero para asegurarme de que sigo teniendo el intercomunicador.

Todos los ciudadanos deben llevar el suyo encima.

Por otro lado, también llevo en la muñeca el reloj que me ha conseguido Gray en la sala de tecnología.

Tiene una función de inhibidor de señal con el que conseguiré que se congele cualquier cámara a la que me acerque.

Al emerger del callejón, al instante tengo la sensación de que me están observando.

Santuario es una ciudad bajo vigilancia, lo que significa que se percibe el pestañeo de las cámaras en cada edificio y farola, además de que se oye el zumbido de los pequeños drones grises en el aire, cuyos ojos metálicos examinan las aceras en busca de actividad sospechosa.

Me muevo con paso enérgico, pero no lo bastante rápido como para llamar la atención.

Al final de la manzana, vislumbro el punto de control. Una línea de ciudadanos impacientes espera para entrar mientras, en la puerta, los soldados de la sección Cobre los guían hacia el escáner de huellas.

El corazón me palpita en los oídos mientras trato de respirar de forma uniforme y calmada. Mierda, me sudan las manos, pero no quiero secármelas en los pantalones. No puedo parecer nerviosa.

Al unirme a la fila, el sonido firme del arrastrar de botas se une al ronroneo opresivo de los drones de vigilancia, con sus inquietantes alas metalizadas que zumban como moscardones.

Algunas personas charlan entre sí, pero la mayoría se mantiene en silencio.

Saben lo que deben hacer. No mirar a los drones.

No contemplarse los pies. No llamar la atención.

Mirar al frente e intentar no hacerles gestos de burla a los soldados hasta que estés fuera de su vista.

Noto los nervios a flor de piel a medida que avanza la fila. ¿Y si Gray se equivoca y no han modificado mi identidad?

—Vaya coñazo —musita una mujer detrás de mí.

—Ni que lo digas —susurra su acompañante—. La última vez tuve que esperar una hora. Llegué tarde a mi asignación laboral y me multaron con cincuenta créditos.

—Este nuevo protocolo es de puta coña —concuerda la primera mujer, cambiando el peso de un pie a otro, impaciente—. Solo quiero ir a trabajar. Actúan como si todos tuviéramos algo que ocultar.

«Algunos sí».

Recorro con la mirada la parte frontal de la fila, donde uno de los soldados de la sección Cobre está estudiando a la multitud.

La ansiedad se me dispara en el pecho y me seca la garganta.

¿Me está mirando? Trato de actuar con la máxima indiferencia posible, pero juro que noto sus ojos gélidos fijos en mí.

La fila sigue avanzando, arrastrándome más cerca de la puerta. Maldita sea. Quizá haya sido una idea terrible. Me muero por ver a Cross, pero esto me está sacando de quicio. La red de seguridad de Travis Redden es muy tupida y lo último que quiero es quedar atrapada en ella.

Me inclino hacia delante. Tengo solo a cinco personas ante mí.

Joder. ¡Joder! Ahora sí que pienso que ha sido mala idea.

Pero ya es demasiado tarde. Si salgo de repente de la fila, el guardia con el pelo rapado y la mirada fría se dará cuenta.

Sigo fingiendo indiferencia, añadiendo una pizca de impaciencia también, pero por dentro la preocupación me carcome las entrañas como el ácido.

Tres personas más.

El corazón me retumba contra las costillas.

Ha. Sido. Una. Idea. Terrible.

Dos personas más.

—¡Siguiente! —ladra el soldado.

El hombre ante mí da un paso hacia el escáner. Un segundo después, pita y lo dejan pasar.

—Siguiente.

Respiro hondo y avanzo. El soldado me dedica un rápido vistazo. Frío y expectante. Presiono la huella contra el escáner, esperando que nadie se dé cuenta del ligero temblor que se ha apoderado de mi mano. «Por favor, funciona. Joder, funciona».

Parece que pasa una eternidad hasta que lo oigo. ¡Piii!

El escáner emite una luz verde y la puerta se abre.

Ay, gracias al cielo. El alivio que me inunda el cuerpo es tan inmenso que estoy a punto de desmayarme.

Me obligo a no echar a correr, a actuar de forma casual mientras cruzo la puerta.

Cuando se cierra a mis espaldas, me siento más ligera.

Camino por la calle, paseando la mirada por mi alrededor para saber dónde estoy.

Paraíso está a dos manzanas. Dos manzanas y me fusionaré con la ciudad, ocultándome entre la multitud.

—Deténgase.

Me quedo paralizada al oír esa orden tan brusca.

¡Hostia puta! El corazón me da un vuelco.

Me obligo a girarme, débil por la ansiedad.

Sin embargo, descubro que uno de los soldados tiene la mano extendida hacia la mujer que hay detrás de mí.

Le está dando un guante de lana negra que agita en el aire.

—Se le ha caído esto, señora —dice y, mientras la mujer va a recuperar el guante, me sobreviene una nueva oleada de alivio.

No malgasto más el tiempo. Me apresuro a avanzar por la acera sin levantar la cabeza, apartando los ojos de las cámaras y los drones.

Mierda, qué cerca ha estado. Bueno, en realidad no, pero así lo he sentido yo.

Y aún no he llegado siquiera a Paraíso. No me gusta estar aquí.

La ciudad parece demasiado peligrosa y se asemeja mucho a una trampa.

Camino con pasos rápidos mientras me vinculo con Cross.

Estoy llegando.