Paloma caída (Élite plateada 2) Capítulo 15
28%

Capítulo 15

N o hay ni una estrella en el cielo. ¿Es normal? Me parece que debería haber al menos una. Sin embargo, estamos en un agujero negro, un vacío tenebroso que se extiende hasta el infinito en todas direcciones.

He tardado tres días en convencer a Gray de que me hiciera este favor y ahora que lo está llevando a cabo, una parte de mí desearía que volviéramos a la Daga.

Le he dicho que le envié un mensaje a Cross a través de una conocida en Santuario, una Modo que está liada con un soldado del Comando.

Supongo que Gray me ha creído porque no me ha acusado de nada ni me ha preguntado si Cross Redden es también un Modificado.

Aun así, sé que no le entusiasma mi propuesta.

Lanzo una mirada hacia el asiento del piloto.

—¿Seguro que no te meterás en líos por esto?

—Ya te lo he dicho: necesito ir a la ciudad de todas maneras.

Les he contado a los demás que te venías conmigo porque tenías un amigo en la ciudad al que debías ver con urgencia.

—Al observar mi recelo, pone los ojos en blanco—.

No te preocupes, no les he dicho qué amigo.

—Hace una pausa—. No les haría ninguna gracia que te estés enrollando con el enemigo.

—No es… —me interrumpo. He estado a punto de decir «el enemigo», pero, a ojos de la Revolución, no hay mayor villano que alguien cuyo apellido sea Redden— tan malo —concluyo, incómoda—. Sé que me juzgas por lo que estoy haciendo…

—No es verdad —interviene Gray y, cuando me giro hacia él, sorprendida, parece sincero—. He estado de incógnito en los distritos el tiempo suficiente para saber el lío que se puede montar en tu puta cabeza.

—¿Qué quieres decir?

—Los Primarios, los Modos leales al régimen… Quieres verlos como el enemigo, como un caso perdido. Pero a veces te muestran una parte de su ser que es difícil encajar con esa visión.

Me inclino hacia él para presionarle con suavidad el brazo.

—Gracias por llevarme.

—¿Y tú estás segura de lo que vas a hacer? —contraataca—. Porque te estás poniendo en grave peligro por ese capullo.

—Estoy segura —digo, aunque sin darle muchos detalles—. Tenemos asuntos pendientes.

—Bueno, me debes una —es lo único que contesta mientras mantiene los ojos fijos en la oscuridad ante nosotros.

No suelo ponerme nerviosa al empezar una misión peligrosa, pero siento que estamos volando al centro de un abismo. No tengo ninguna consciencia espacial ahora mismo, ni un solo punto con el que orientarme sobre dónde estamos. Maldita sea, ni siquiera entiendo el avión en el que viajamos.

En el hangar, Gray se ha referido a él como «híbrido» porque el diseño es una mezcla de caza y helicóptero de combate.

Me ha explicado que la forma aerodinámica combinada con las alas seminclinadas optimizan su rendimiento tanto a alta como a baja velocidad, procurándole un apoyo aéreo superior y un ataque terrestre preciso.

Luego, ha seguido hablando sobre el modo estacionario, el empuje vectorial vertical y el sistema armamentístico más complicado del mundo y he desconectado.

Resulta que a Grayson Blake se le pone dura con la aviación.

Busco en la oscuridad alguna manera de orientarme, pero sigo perdida.

—En serio, ¿qué tenemos en contra de las luces? —pregunto, jugueteando con el cinturón del asiento del copiloto.

—Están controlando el espacio aéreo —dice—. No podemos arriesgarnos a que nos aviste un avión de la Compañía. La falta de luces es la menor de nuestras preocupaciones. Solo reza para que nuestro inhibidor de radares siga activo hasta que aterricemos.

—¿Vamos a aterrizar sin luces? —grazno, consternada—. ¿Sin faros? ¿Cómo vas a ver la pasarela?

—Relájate, vaquera. Lo he hecho cientos de veces.

—¿En la oscuridad?

—Sí.

—¿Sin luces?

—Es lo que significa «en la oscuridad».

—Deja de burlarte de mí.

—No puedo evitarlo. No sueles ser tan gallina.

Me molesta lo calmado que parece. En la cabina apenas hay luz, solo un par de indicadores iluminados, pero, cada vez que capto un retazo de su expresión, rebosa confianza. Presiona un botón y otro de los controles se apaga.

—¿Cómo es posible que no te desconcierte? ¿No te importa no ver?

Parece divertido por la nota de pánico que ambos percibimos en mi voz.

—No me desconcierta porque es algo instintivo y no necesito los ojos cuando tengo sensaciones e instrumentos con los que guiarme. Confío en mi intuición, confío en el avión. Esta chica me avisará de todo lo que necesito saber.

—¿Esta chica? Ay, madre, estás fatal de la cabeza.

Se echa a reír y el avión se inclina un poco cuando mueve la columna de control. Todos sus movimientos son medidos y conscientes, sin titubeo alguno. De repente, oigo un chirrido mecánico y entiendo que está bajando el tren de aterrizaje.

—¿Dónde aprendiste a pilotar?

—Mi padre —dice con la vista fija al frente. Su voz está desprovista de emoción, pero no sé si eso significa algo—. Era piloto. Me solía llevar con él cuando era más joven y se convirtió en una obsesión.

La oscuridad parece presionarse contra nosotros, reforzada por la sensación de soledad, como si estuviéramos flotando a la deriva por el cielo.

—Relájate. —Ajusta el acelerador y el avión desciende más rápido.

No veo el suelo. No veo nada. No sé si estamos a tres metros o a mil. Pero Gray no está nervioso. Se humedece la comisura de la boca y vuelve a mover la columna de control.

—Vamos, cariño.

Durante un segundo, creo que está hablando conmigo, pero su tono refleja demasiado respeto y tiene los ojos fijos en el avión.

—Ya casi estamos —musita entre dientes.

Me tenso mientras espero a que las ruedas golpeen una pasarela que no puedo ver.

Los motores emiten un zumbido y después rechinan.

Hay una fuerte sacudida. Sin embargo, los neumáticos tocan el suelo como quien da el más suave de los besos.

Una caricia. Me sorprende lo poco que le ha costado esa maniobra a Gray, que ahora reduce la velocidad mientras el avión se tambalea ligeramente.

—Ha sido increíble —le digo.

Me guiña un ojo.

—Lo sé. Tampoco hace falta que parezcas tan aliviada.

—Estoy más que aliviada. Acabas de aterrizar un avión sin faros en una pasarela sin luces. Casi me hago pis encima.

Con una risita, apaga el motor y salimos del híbrido antes de dejarnos caer en el asfalto.

Percibo el aroma a pino y tierra mojada mientras me giro para estudiar el entorno.

No hay ningún aeropuerto, hangar o dependencia externa.

Más allá de la pasarela en sombras se encuentra una pequeña zona arbolada hacia la que se dirige Gray.

—Por aquí —dice, mirando hacia atrás para hablarme.

No avanzamos mucho, apenas unos metros por el bosque, antes de toparnos con un pequeño aparcamiento al aire libre.

Casi lo paso por alto, ya que está muy bien escondido.

Si Gray no se hubiera encaminado hacia él, habría pensado que era maleza descontrolada y gruesos troncos de árboles antiguos.

Las ramas y el musgo rodean la estructura, mezclándose a la perfección con el terreno.

Echa a un lado un arbusto y revela una lona verde oscuro. La aparta también y percibo el ligero olor a aceite de motor y tubo de escape. Dentro hay un vehículo negro que parece fuera de lugar en este aparcamiento abandonado. Brilla. Como si estuviera nuevo.

—Es un vehículo registrado por una sección —dice.

Me alivia oír eso. Un vehículo registrado por una sección significa que pertenece a alguien que sirve en una de las cuatro secciones del Comando, por lo general un oficial de alto rango.

Es poco probable que nos paren. Además, el aeródromo está en el distrito E, a poca distancia en coche de Santuario.

Cuando me coloco en el asiento del acompañante, me vinculo con Cross, que no tarda en responder. Es evidente que me estaba esperando.

Acabamos de aterrizar , digo. Vamos de camino al punto de encuentro.

Entendido. Yo ya estoy aquí .

Se me acelera el pulso al saber que voy a verlo pronto.

Me sigue sorprendiendo que haya aceptado, aunque, a decir verdad, tuve que utilizar técnicas agresivas de coacción.

Cross cree que este encuentro es demasiado arriesgado, pero una vez que se me mete algo en la cabeza es imposible que me convenzan de lo contrario.

Gray se coloca tras el volante y dirige el coche por una estrecha carretera sin luz en dirección a Santuario.

Las ventanas del vehículo están prácticamente blindadas.

Veo lo que está pasando fuera, pero nadie puede ver lo que hay en el interior.

Si nos detienen, estamos jodidos o, al menos, yo lo estoy, ya que le han puesto precio a mi cabeza.

Todos los ciudadanos se registran en la base de datos de la Compañía con un número de identificación único, pero Gray me ha asegurado que nuestros contactos en el servicio de inteligencia de la Compañía han borrado mis huellas del sistema.

La última vez que me colé en Santuario, lograron sacarme de forma temporal de la lista de personas en busca y captura con un falso fallo en el sistema que duró seis horas.

Esta vez, Gray me ha dicho que solo tengo dos.

—¿Dos horas? —repito, insegura. No parece mucho.

—Tienes suerte de que te hayan dado tanto tiempo. Durante las próximas dos horas, tus huellas y escáner de retina estarán vinculados a Mary Bowers. Y, si no estás en el punto de encuentro dentro de dos horas exactas, querida Mary, me iré sin ti.

—¿Qué vas a hacer mientras tanto?

—Tengo asuntos de los que encargarme —dice sin dar más detalles.

Cruzamos el puesto de control perimetral de la ciudad, donde las cámaras de entrada escanean el coche de forma automática.

—Ah —añade—, y han aumentado la seguridad en Santuario. Ahora hay puestos de control en cada zona.

—Joder, ¿desde cuándo?