Paloma caída (Élite plateada 2) Capítulo 14 #2
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Capítulo 14 #2

—Que Zoe y él estaban discutiendo. Ella le soltó que no soportaba mirarlo a la cara o algo así.

Al parecer, él perdió los nervios y dijo: «Muy bien, salta por ese puto acantilado si quieres dejar de verme».

Entonces… —Gray se interrumpe—. Era una caída de diez metros.

Zoe no sobrevivió. —Hace otra pausa—. Es difícil imaginar que la animara a saltar por un precipicio «por accidente».

—La incitación puede suceder por accidente —le aseguro, pero Gray no parece convencido.

De repente, siento una extraña conexión con Hawkins porque puedo entender que la muerte de su novia fuera resultado de una incitación espontánea, si es que de verdad fue así.

—Bueno —digo, cambiando de tema—, ¿empezamos?

Espero algún comentario divertido, un guiño, pero solo se torna aún más serio.

—Antes, necesito que me prometas algo.

—¿Qué?

—Quiero que practiques conmigo porque confío en ti, pero debes prometerme que nunca me incitarás sin mi consentimiento. Es mi único requisito.

Me quedo boquiabierta.

—Claro que sí. Nunca te haría algo así.

—Bien, entonces, empecemos. Necesitamos decidir una orden. ¿Qué tal…? —Me dedica una sonrisa engreída—. Puedes incitarme a que me baje los pantalones.

—No voy a incitarte para que hagas eso.

—Vale, lo haré por voluntad propia.

Suelto una risita.

—No creo que a Karra le entusiasmara la idea.

En ese instante, a Gray le pita el intercomunicador y no tengo ninguna duda de que es ella quien le está escribiendo. Se inclina hacia delante para ver la pantalla y envía una respuesta rápida.

—Perdona —dice.

—¿Qué tal…? —Examino la mesa—. ¿Qué tal si te ordeno que cojas el vaso de agua?

—Aburrida.

—¿Y que te lo eches por la cabeza?

—Ahora sí que tienes toda mi atención.

Sonrío. Es tan fácil estar con él. Es divertido.

—Vale. —Apoyo las manos en el regazo y respiro hondo para tranquilizarme—. Deja que despeje mi mente y reúna el oro. Quizá tarde un segundo.

Las mentes son un coñazo complicado porque no son solo una maraña de pensamientos.

Encierran ecos del pasado y muestran miedos sobre el futuro.

La mente nunca está en silencio. Incluso al meditar, el cerebro está trabajando, estableciendo conexiones de aquí para allá mientras estás sentado con los ojos cerrados, sumido en la ilusión de que tu mente está totalmente en calma.

Inhalo con lentitud y trato de hacer lo que me enseña Hawkins en el Templo: aclararla.

Deshacerme de todo menos del polvo dorado.

No me resulta natural. Estoy acostumbrada a apartarlo hacia el oscuro vacío y abrir una vía mientras la frecuencia negativa de la mente objetivo trata de repelerme.

Y si intento acceder a la frecuencia positiva, el mecanismo es incluso más sencillo.

Me dan la bienvenida y me invitan a vincularme.

Con esta nueva frecuencia, no me está resultando fácil. Se trata de concentrarme y aprovechar una energía que no sabía que existía.

—Tómate tu tiempo —musita Gray.

Como la última vez, no logro atrapar a la primera todas esas motas doradas. Necesito un nuevo enfoque. Cambio la visualización y me imagino una pelota.

—Una pelota de pegamento —susurro.

—¿Debería preguntar?

Centro los ojos en los suyos y en ellos encuentro diversión.

—Calla, me estás distrayendo.

Me imagino una pelota en las manos, cubierta de una sustancia pegajosa. Atraigo el polvo dorado y experimento una oleada de emoción cuando se pega a ella. ¡Sí!

Con lentitud, empiezo a recopilar cada vez más partículas diminutas, envolviendo con ellas mi pelota. Se está haciendo más grande. Mucho más grande. Ahora solo necesito entender cómo extraer la energía de la bola dorada y permitir que me recorra el cuerpo.

Inspiro y me abro a la sensación, pero el estremecimiento resultante es tan fuerte que se me escapa de las manos, la bola explota y el polvo se dispersa en todas direcciones.

—¡Maldita sea!

Intento recuperarme, pero la sala no deja de dar vueltas.

—No pasa nada —me anima Gray—. Prueba otra vez.

Apoyo las manos en los muslos y cierro los ojos, aunque no lo necesito para visualizarlo. Aun así, no parece que logre aprovechar el oro. O bien lo presiono con demasiada fuerza y reprimo su energía o soy incapaz de acumularlo en un primer momento y se me escapa entre los dedos.

—Respira —oigo que dice Gray.

—¿Qué?

—No estás respirando. Veo que contienes el aliento.

—¿Cómo sabes que respirar me va a ayudar?

—Siempre ayuda. No puedes centrarte si tus pulmones no reciben lo que necesitan.

Tiene sentido. Cierro los ojos y me concentro en respirar hasta que, de manera natural, lo hago con lentitud, de forma meditativa.

Las motas de oro flotan tras mis párpados y esta vez sé cómo aprovecharlas.

Noto las manos calientes. Cosquilleantes.

A continuación, esa sensación pasa a mis brazos y, aunque las venas no se me tiñen de plata como a Hawkins, siento cómo la energía las recorre.

Estoy pendiente de mis manos, obligándome a mantenerlas abiertas.

Necesito darle espacio al oro. Y ahí está. Se está extendiendo. Lo noto.

Abro los ojos y me encuentro con Gray, que me observa.

«Coge el vaso».

Lanzo la orden hasta su mente, pero no se mueve.

«Coge el vaso».

«Coge el vaso».

«Vamos, capullo».

«Coge el vaso».

Noto que cada músculo de mi cuerpo está en tensión y, sin previo aviso, la energía titila y se apaga. Cuando miro hacia abajo, me doy cuenta de que he apretado los puños.

—Joder, ¿por qué me pasa siempre? —musito.

—¿Qué?

—Lo de apretar los puños. Hawkins dijo que debería relajarme, pero me tenso de manera natural.

—Porque nunca lo has practicado. —Niega con la cabeza, desaprobatorio—. Julian debería haberte traído con nosotros. Podríamos haberte ayudado con este tema hace mucho tiempo.

No, no culpo al tío Jim por no decir nada. Me estaba protegiendo y se lo agradezco. El intercomunicador de Gray vuelve a pitar.

—Tu novia está enfadada —digo, divertida.

Comprueba la pantalla y sonríe.

—No, solo quiere echar un polvo.

Fallo mío.

—Dile que hemos terminado —comento, levantándome del sofá—. Es tarde y creo que estoy demasiado cansada para concentrarme como es debido.

Estoy casi en la puerta cuando Gray dice:

—Entonces, ¿es tu novio?

Lo miro.

—¿Quién?

—El capitán. Le has dicho a Henley que tienes novio.

Gray nunca le llama Cross, aunque supongo que es normal. En la base del Comando, todos nos referíamos a él como «capitán» o «señor».

No sé cómo responder, cómo quiere que responda, por lo que no digo nada.

No obstante, la mención a Cross me produce una descarga de anhelo.

Daría lo que fuera por verlo ahora mismo, por asegurarme de que está bien y de que no me está contando gilipolleces sobre lo que le han hecho sus hermanos, lo que quizá sigan haciéndole.

Pero no hay nada que pueda hacer cuando estoy en estas montañas y él, en la ciudad. De repente, se me ocurre una idea.

—Viajaste con Adrienne a la ciudad esta semana.

Gray pestañea, sorprendido por el cambio de tema.

—Fue por un asunto de la Autoridad. Necesitaba un escolta.

Inspiro con lentitud, dubitativa.

—¿Y si yo necesito uno?

—¿Qué me estás pidiendo, vaquera?

Dejo escapar todo el aire de golpe.

—¿Me llevarías a ver a Cross?