Paloma caída (Élite plateada 2) Capítulo 14
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Capítulo 14

U na sensación de expectación inunda el aire cuando nos alejamos del fuego hacia una sección desierta del claro, pero la emoción se está convirtiendo en algo más afilado, algo con un ápice de hostilidad.

No me cae bien Evlynne y es recíproco, lo que quizá no sea la mejor situación para una competición de tiro.

En una fiesta. De noche. Mientras el grange nos hace efecto.

—Muy bien —anuncia Mako—, ya estamos lo bastante lejos, chicos y chicas. Elijamos los objetivos. —Se ha nombrado a sí mismo árbitro o supervisor o lo que coño sea mientras cruza los enormes brazos y examina el área en busca de blancos adecuados.

No me da miedo disparar en la oscuridad, pero sí hacerlo en una fiesta. Cualquiera podría salir del bosque ahora mismo, de camino a la hoguera.

—No, los objetivos estáticos son muy aburridos —digo—. Mejor blancos aéreos.

Evlynne titubea un segundo antes de endurecer la expresión.

—Una idea excelente.

Mako frunce los labios, pensativo.

—Bueno, no veo ningún plato por aquí, así que… —Recorre la zona con los ojos—. Supongo que tendremos que conformarnos con unas piedras de toda la vida.

Se agacha y recoge un puñado de rocas suaves y redondas del tamaño del puño de un niño. Ensancha la sonrisa.

—¿En serio? Esas son enormes —dice Evlynne, aburrida—. Será fácil.

—¿Quién empieza? —pregunta Henley con la postura relajada mientras se mete las manos en los bolsillos.

—Yo misma. —Evlynne le da un golpecito, desdeñosa, a la coleta y extiende la mano, expectante, hacia Saint, quien le entrega el fusil.

Mako levanta la roca, provocativo.

—¿Preparada?

—Adelante —dice.

Sin previo aviso, el chico la lanza por el aire.

La roca gira mientras asciende, convirtiéndose en el objetivo perfecto.

Evlynne presiona el gatillo y… ¡bam! El disparo hace eco en la noche y la piedra se hace añicos que vuelan en todas direcciones.

Pequeños fragmentos nos llueven antes de tocar el suelo.

Se gira hacia mí con una sonrisa de satisfacción.

Me encojo de hombros y levanto el fusil cuando Mako lanza otro objetivo por el cielo.

Apunto y disparo. La roca explota en el aire.

Me alegra ver que se rompe en trozos más pequeños, diminutos, lo que indica que la he alcanzado en el centro.

Evlynne también se percata porque se le tensan las comisuras de los labios.

—¡Toma ya! —exclama Mako.

Evlynne lo fulmina con la mirada, como si dijera: «¿Cómo te atreves a felicitarla?».

—Lanza otra —musita.

Un segundo después, un nuevo disparo reverbera por el claro. Es evidente que esta vez solo ha rozado la piedra y sé que este ángulo para nada perfecto le carcome las entrañas.

Cuando me toca, vuelvo a alcanzar de lleno el objetivo. Las esquirlas blancas se vuelven visibles durante unos segundos bajo la luz de la luna antes de que la oscuridad invada de nuevo la noche. Por la manera en la que me dedica un gesto con la cabeza, Saint parece impresionado.

Neema, por supuesto, frunce el ceño como si la hubiera ofendido personalmente. Luego trata de pillarme con la guardia baja lanzando una piedra por el aire antes incluso de decir mi nombre. Impasible, apoyo el fusil en el hombro y aniquilo el objetivo.

Evlynne clava el siguiente disparo, lo que le permite sentirse superior de nuevo.

Luego, hago lo mismo con el mío.

Vuelve a acertar de pleno.

Seguimos una y otra vez hasta que Gray interviene al final con una sonrisa.

—Creo que deberíamos dejarlo en tablas y volver a ponernos hasta el culo de alcohol.

Porque sé por experiencia que Darlington podría seguir a tope toda la noche.

—Un relámpago cruza los ojos de Karra y se da cuenta en el último segundo de lo mal que ha sonado, por lo que la tranquiliza rectificando—: Disparando, quiero decir.

Hicimos muchos simulacros en el programa.

Solían llevarnos al desierto, donde nos obligaban a pegar tiros durante horas.

La expresión de su novia se vuelve sombría cuando dice:

—¿Podemos hablar a solas?

Y Mako comenta, con voz cantarina:

—Vaya, parece que alguien se ha metido en un lío.

—Cállate la boca —escupe Karra. Sin embargo, cuando trata de alejar a su novio del grupo, este frunce el ceño y clava los talones en el suelo.

Tras tenderle el fusil a Saint, Evlynne cruza los brazos sobre el pecho y se centra en mí.

—Todos sabíamos que eras buena disparando, Darlington. Nadie lo había puesto en duda.

Sí, claro, esta pequeña competición de mierda era solo por diversión, ¿no? No es ningún secreto que Evlynne se considera una de las mejores francotiradoras de la Daga. Estaba intentando superarme esta noche, pero no ha salido como esperaba.

—Entonces, ¿cuál es el problema? —pregunto con frialdad.

—El problema es que ya bastante malo era tener en esta base a un puto incitador en el que no podemos confiar y ahora tenemos que aguantar a dos. —Me señala con el dedo—. Aléjate de mi cabeza.

—No tengo intención de entrar en ella. —Me siento tan frustrada que podría gritar.

Miro a los demás con una súplica en los ojos—.

Igual que en la de los demás. Lo entiendo, ¿vale?

No podéis protegeros de mí, pero os prometo que no os voy a incitar.

Nunca. Y, si lo hago, os doy permiso para que me matéis.

Evelynne me dedica una mueca de desdén.

—Perdóname si no me lo trago.

Reprimo un suspiro. Es inútil, sobre todo sabiendo que los escudos no protegen contra la incitación. Es normal que no se fíen.

—Quizá impresiones a algunos con tus poderes, pero a nosotros no —se entromete Neema porque ¿cómo no iba a hacerlo?

—No intento impresionaros —digo, dándole la espalda.

Me sobresalto cuando Evlynne me coge del brazo.

—Oye, no hemos terminado.

A mí me parece que sí.

—No me toques —le advierto, desprendiéndome de su mano.

La sangre me hierve en las venas y aprieto los puños de forma involuntaria. Estoy a segundos de distancia de patearles el culo a Neema y a ella.

Como si lo presintiera, Saint se acerca, preparado para intervenir si fuera necesario. Nuestros ojos se encuentran durante un momento. Noto que Gray me está observando también. Estoy segura de que los dos ven que estoy temblando de rabia.

«Déjalo pasar». Cedo ante este pensamiento al entender que si estoy intentando ganarme la confianza de estas chicas, sería una idea terrible pelearme con ellas. Exhalando con lentitud, abro los puños y retrocedo un paso.

—Creo que voy a dar por terminada la noche.

—¿Qué? ¿No te apetece seguir hablando? —se burla Evlynne.

—Ay, cállate —oigo que suspira Luisa.

Estoy a medio camino, bajando por la ladera, cuando advierto unas pisadas a mis espaldas y los guijarros caen a mi alrededor antes de que Gray por fin me alcance.

—Wren, espera. ¿Te encuentras bien?

Me encojo de hombros.

—Estoy bien.

Se coloca a mi lado.

—Me sorprende que te hayas alejado sin más. No es un movimiento propio de Darlington.

Esbozo una sonrisa, reticente.

—¿Cuál habría sido un movimiento propio de Darlington?

—¿Recuerdas cuando le diste una paliza a Kess en la sección Plata después de que se burlara de tu tío? —Me sonríe—. Ese sí que fue un movimiento propio de Darlington.

—Quizá esté madurando.

—Pues qué aburrido.

Seguimos avanzando por el sendero, guiados por la luz de la luna. No logro desprenderme del peso que noto en los hombros, de la comprensión deprimente de que quizá nunca consiga ganarme a todos aquí.

—Por cierto, no es mentira lo que he dicho antes —comento, rehuyendo su mirada—. No planeo incitar a nadie, al menos no lo haré si puedo evitarlo.

—Por eso necesitas controlar tu habilidad. Si no, es peligrosa.

Soy la hostia de consciente, gracias. Mi capacidad de incitar siempre acecha bajo la superficie como una amenaza silenciosa, como un animal salvaje que pudiera liberarse ante la mínima provocación.

¿Por qué no tengo cualquier otro poder? Incluso preferiría ser una empática.

Y eso que odio que me afecten las emociones de los demás.

Pero esto… Esto es mucho peor. La incitación me convierte en una marginada.

—No sé si Kallister te lo ha contado —dice Gray—, pero me presenté voluntario para ser tu rata de laboratorio con la que practicar la incitación.

—Algo he oído. ¿Estás seguro de que quieres arriesgarte?

—No me habría ofrecido si no fuera así.

—¿Cuándo quieres empezar?

Mira hacia atrás y se encoge de hombros.

—¿Qué tal ahora?

Vamos a su apartamento porque hay más espacio y nos sentamos en extremos opuestos del sofá. Cruzo las piernas y me paso las manos por el pelo para sacármelo de detrás de las orejas.

—¿Por qué me dejas hacerte esto? —pregunto, desconfiada.

Se sube las mangas de la camisa para ponerse cómodo.

—Porque necesitas practicar y no puedes hacerlo sin alguien con quien trabajar.

—Hawkins dijo que nadie quiere practicar con él. —El ambiente se torna lúgubre—. Y veo la manera en la que todos le miran. Nadie quiere acercarse a él en el comedor.

—Bueno, Hawkins es un caso diferente. Incitó a alguien hace un par de años y con eso se ganó una gran desconfianza.

Pestañeo, sorprendida.

—¿A quién incitó?

—A su novia. —Gray hace una pausa, como si estuviera decidiendo si debe continuar o no—. La incitó para que saltara de un acantilado. Y murió.

El aire me abandona los pulmones cuando suelto una brusca exhalación. Busco algún indicio de que esté de broma, pero no podría mostrarse más serio.

—¿A propósito? —pregunto, aún aturdida.

—Según Hawkins, fue un accidente, pero casi nadie lo cree. Ev y Neema, en concreto. No se tragan la historia. Pero Zoe era su mejor amiga, así que quizá eso les nuble el juicio.

—¿Qué dice Hawkins que pasó?