Capítulo 13 #2
—No, el valle está al este, rodeado de montañas por tres lados. No puedes verlo a menos que lo sobrevueles.
—Parece una gran ubicación para un escondite.
—Lo es.
De repente, sobre nosotros capto el sonido de unas voces que nos llegan desde el final del camino.
—Ya casi estamos —dice Gray, haciendo un gesto con la cabeza.
Advierto luces que titilan entre los árboles como luciérnagas, desprendiendo un brillo anaranjado sobre el oscuro bosque. Oigo también música electrónica y una oleada de risas que flota hasta nosotros, acompañada del olor acre de una hoguera.
Mientras Gray se relaja a medida que nos acercamos al claro, la presión crece en mi interior.
Sus hombros abandonan su rigidez. Los míos se tensan.
Una llamarada de calor del fuego me alcanza cuando emergemos del sendero.
Alguien lo está avivando con un palo largo y las llamas crecen, crepitando, escupiendo y expulsando chispas de color amarillo anaranjado que ascienden hasta el cielo.
Al notar mi ansiedad, Gray deja de caminar y me dedica una mirada llena de determinación.
—Deja de acobardarte. Eres Wren Darlington. No te importa lo que otros piensan de ti.
Tiene razón. Me suelo mostrar impasible ante los juicios y las críticas, pero… Me muerdo el labio.
—¿Y si ahora me importa?
Extiende el brazo para cogerme de la mano con delicadeza.
—Las únicas opiniones que importan son las de aquellas personas que significan algo para ti, ¿vale?
Mis labios liberan una pequeña sonrisa. Noto cómo me cosquillean los nervios.
—Vale.
—Bien, veamos qué manjares nos esperan en la fiesta de esta noche.
No tardamos en descubrir que los manjares de esta noche son grange y estimulantes.
No soy fan de ninguno de los dos, sobre todo de los últimos.
No critico a los que deciden usar drogas recreativas, pero no son para mí.
En su lugar, acepto la pequeña botella marrón que me tiende Gray y le doy un rápido sorbo antes de esbozar una mueca por el sabor, una mezcla entre dulce y amargo.
El claro está lleno de personas, algunas reunidas en grupos y otras bailando a la luz de la hoguera.
Advierto que Henley está abrazado a una morena con un vestido corto, tomándose demasiadas libertades mientras cuela las manos por el dobladillo.
El resto de la pandilla habitual de Gray está cerca, riéndose de algo.
Nos unimos a los demás y Gray tira de Karra para darle un beso en los labios que ella le devuelve con fervor, rodeándolo con los brazos.
Sonrío a los demás y recibo sonrisas recíprocas de parte de Luisa y Mako. Saint asiente, observándome desde el otro lado de una botella de grange . Evlynne y Neema me dedican sus habituales miradas fulminantes y siguen con su conversación como si no estuviera allí.
—Mi parte favorita es cuando Luisa respondió: «Ah, hola» —dice Evlynne, poniendo una voz aguda mientras la aludida se sonroja.
Gray rompe el beso en el que lo tenía encerrado Karra y suelta una carcajada.
—¿Estamos hablando del primer vuelo en solitario de Lu?
—Sí —confirma Mako con una sonrisa.
—Fue un accidente —protesta Luisa—. No estaba prestando atención porque estaba demasiado centrada en los mandos. Gray me asustó esa mañana cuando me habló de que el medidor de velocidad se bloqueaba.
Gray me explica el contexto.
—Voló directa al espacio aéreo de Tierra Fe sin darse cuenta. Ni siquiera sabía que la seguían dos aviones de combate enemigos hasta que hablaron con ella por la radio.
Mako se echa a reír.
—Tienes que oír esa grabación, Wrenny. Creo que aún la tienen guardada en la biblioteca de los intercomunicadores.
—Uno de los pilotos Terrarios le ordenó que diera media vuelta o dispararían —continúa Gray—. Y va ella y contesta: «Ah, hola. No os había visto».
—¿Estáis hablando de la aventura de Lu en Tierra Fe? —Henley se une a nosotros, trayendo de la mano a la chica con la que estaba bailando—. Joder, fue épico.
—Pero hacéis intercambios con ellos, ¿no? —pregunto—. Recuerdo que Kallister me contó algo así.
—Tenemos un acuerdo —me explica Gray—. Nos llegan envíos cada pocos meses.
—Entiendo por qué nos interesan sus productos —digo. El tío Jim me dijo que todo el continente de Tierra Fe tiene gran cantidad de recursos—. Pero ¿qué sacan ellos de nosotros?
Gray se encoge de hombros.
—Material médico. Tecnología.
Karra levanta la botella y la mueve por el aire.
—Cajas y cajas de grange . Allí no pueden hacerlo.
—A cambio, nos dan licor del valle —dice Henley con una enorme sonrisa.
Lo miro, sorprendida.
—¿Nos dan licor del valle?
—Ah, sí —responde—. Del puro, además. No del sintetizado en un laboratorio.
No soy una gran bebedora, pero siempre acepto si me ofrecen licor del valle. Como el grange , es un derivado del whisky, pero esta versión sabe de maravilla y pasa por la garganta como si fuera mantequilla.
Henley me guiña un ojo al verme la cara y me tiende una lata.
—Compruébalo tú misma.
Le doy un largo sorbo. En cuanto el líquido ámbar me roza la lengua, dejo escapar un gemido de satisfacción. Hostia puta, es licor del valle de verdad.
—Está bueno, ¿eh? —insiste.
—Buenísimo —digo, devolviéndole la botella.
De repente, a Mako se le tensan los hombros y su expresión se torna sombría cuando llama a alguien al otro lado del fuego.
—Oye, Raven, ¿estás disfrutando de la fiesta?
La respuesta amortiguada de la mujer con el pelo rosa flota hasta nosotros.
—No me comí tu tarta.
—¿Creéis que alguna vez se cansará de mentir? —le pregunta Mako al grupo.
Para ocultar una sonrisa, le doy un sorbo al grange que, después del licor del valle, me sabe terrible, amargo y abrasador. Me arde en la garganta, y no en el buen sentido.
Alguien añade más leña al fuego y las brasas anaranjadas explotan por el aire antes de flotar por la brisa nocturna. Escucho el crepitar del fuego y levanto la mirada al cielo. Las estrellas brillan con fuerza esta noche.
Mientras la compañera de Henley se aleja, el chico se pasa una mano por la media melena rubia y centra los ojos en mí con curiosidad.
—¿Tienes novio, Darlington? —pregunta, arrastrando las palabras.
Me pilla desprevenida, pero decido ser sincera.
—Más o menos.
—¿Dónde está? ¿En Santuario?
Me encojo de hombros, lo que le provoca una tenue sonrisa. Advierto que Gray está pendiente de nuestra conversación y no creo que sea el único. De reojo, veo que a Evlynne le empiezan a brillar las venas, lo que indica que está usando sus poderes. Las de Neema también se tiñen de plata.
—Venga, venga, chicas —las regaña Henley—. No seáis maleducadas.
Ninguna parece lamentarlo. Es más, Neema me dedica una expresión engreída. Sí, estaban hablando de mí, sin duda.
Desvío la mirada y capto un movimiento cerca del fuego. Fiona está tratando de llevarse a Poppy, pero la adolescente no parece contenta.
—No son ni las diez. —La queja de la niña flota hasta nosotros cuando las dos pasan a nuestro lado—. ¿Por qué tengo que irme yo si eres tú la que está cansada?
—Ya basta —oigo que la regaña Fiona.
Cuando se han alejado lo suficiente como para que no puedan escucharnos, Luisa niega con la cabeza.
—Fiona la sobreprotege. Me volvería loca si mi madre me tratara así.
—Bienvenida a mi vida —digo con sequedad—. Mi tío perdía los papeles cada vez que me alejaba del rancho.
Se echa a reír.
—Mi peor pesadilla.
—No era divertido —concuerdo, y Henley suelta una carcajada.
El ruido del roce de hojas hace eco entre la maleza, desviando mi atención de nuevo. Saint levanta el fusil y, por instinto, yo también. Un trío de jóvenes entra en el claro y me relajo, bajando el arma.
—Ten cuidado —me provoca Evlynne—. Está todo muy oscuro. No vayas a disparar por accidente a uno de los nuestros.
La contemplo, divertida.
—Nunca he disparado por accidente, fuera de día o de noche. Cuando utilizo un arma, lo hago con total seguridad.
Me dedica una risita burlona y le brillan los ojos bajo la luz de la hoguera.
—Ah, ¿sí? Haznos una demostración.
—¿Qué estaría demostrando? Ya me has visto disparar en el campo de tiro.
—Tienes razón, disparar de noche no es para todos —dice, chasqueando la lengua.
Aplaco mi irritación.
—Si estás intentando provocarme…
—¿Quién te está provocando? —interviene con una dulzura exagerada—. Te he pedido una demostración. Te has negado. No hace falta que te avergüences.
De puta madre. Acaba de activar mi mayor defecto. A lo único a lo que nunca he logrado resistirme es a un desafío.
—Muy bien —digo con la misma voz empalagosa—. Me encantaría hacer una demostración, pero ¿y si la convertimos en una competición a la vieja usanza? ¿Qué tal suena eso, Evlynne?
Se le tensan los músculos de la mandíbula. No le ha gustado el tono cortante con el que he dicho su nombre. Bueno, a mí no me gusta que me hable como si fuera una mierda.
—Vaya, parece que esta noche toca disparar —canturrea Karra, y la travesura le baila en los ojos oscuros—. ¡Qué divertido!