Paloma caída (Élite plateada 2) Capítulo 13
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Capítulo 13

E l tiempo avanza. Me paso casi todo el día en el campo de tiro o en mi habitación, a pesar de que Gray me anima a que socialice con sus amigos.

Mientras tanto, él se pasa la mitad del tiempo fuera.

Resulta que Grayson Blake es un adicto al trabajo.

Está constantemente en los hangares, formando a nuevos pilotos, volando aviones de transporte e incluso trabajando como mecánico cuando hace falta.

En la cena de anoche estaba leyendo un manual de vuelo en la tableta e ignorando a todo el mundo, lo que molestó a Karra porque era una de las olvidadas.

Los oí discutir después. Sin duda, la chica de Gray tiene mal genio.

Cross tampoco contacta demasiado conmigo. Supongo que ahora que no está encadenado en una celda, no tiene tanto tiempo libre, pero me gustaría que habláramos más a menudo y me contara lo que está pasando en los distritos, lo que está planeando su hermano.

Si mi intuición está en lo cierto, la Revolución tiene sus propios planes.

Quizá mantenga un perfil bajo, pero estoy convencida de que algo mantiene nerviosa a toda la Daga o, al menos, a la Autoridad.

Gray desaparece en la sala de guerra cada mañana y cada vez que le pregunto de qué hablan, no da muchos detalles.

Una tarde me dirijo al campo de tiro que hay en el exterior para probar el fusil de la era antigua del que Zak no para de hablar. Me sorprende el peso de la funda del fusil cuando lo saco de la armería, lo que no es de mucha ayuda en el complicado camino de bajada de diez minutos por la montaña.

Cuando llego al campo de tiro, encuentro a otros practicantes que ya se están instalando, incluidos Mako, Evlynne y un hombre mayor llamado Orin, cuya puntería no dejan de alabar.

El campo de tiro es una zona llana al aire libre, una amplia explanada cubierta de césped con planchas de metal para colocar los objetivos a distintas distancias y múltiples líneas de tiro.

Al otro lado, Evlynne está trabajando con Wells, el adolescente al que he estado ayudando en el campo de tiro interior.

Está tumbado sobre el estómago, con el ojo fijo en la mira, mientras ella lo instruye.

Evlynne pasea la mirada hasta mí, pero no me ofrece un «hola» ni ningún otro saludo.

Ni siquiera una sonrisa o un movimiento de cabeza.

Pues vale. No he venido al campo de tiro para ganarme a Evlynne.

Estoy aquí por los fusiles. Por este fusil en concreto, el TAC-50, una reliquia de la era pasada.

Según Zak, este fusil de cerrojo para francotiradores se usaba en casi todos los ejércitos del mundo y pone la mano en el fuego por su precisión y su largo alcance.

Pero necesito verlo con mis propios ojos para creerlo.

Encuentro una línea de tiro vacía y me sitúo en ella a medida que noto la ligera brisa que cruza el aire, impregnada del olor a pólvora. Tras sacar el fusil de la funda, admiro su resistente cañón. Zak dijo que estaba diseñado para aguantar el retroceso de un calibre.50.

Cuando lo cojo, me vuelve a sorprender su peso. Esta cosa debe de pesar fácilmente unos siete kilos.

De reojo, veo que Mako se acerca a mí.

—Más pesado de lo que creías, ¿eh? —comenta, sofocando una risita.

—Vaya que sí, no me lo esperaba.

—El peso ayuda a estabilizarlo cuando disparas y controla el retroceso. Déjame adivinar: Zak te ha dicho que debes probarlo.

—Sí, está obsesionado.

Mako se deja caer en la hierba a unos metros de distancia para observar cómo monto el TAC-50. Es un chico muy grande, con una estatura inmensa a la altura de su personalidad. Cada vez que lo veo, se está riendo por algo o esbozando una sonrisa llena de dientes.

—¿Estás seguro de que quieres hablar conmigo delante de tu amiga Evlynne? —pregunto, desafiante, arqueando una ceja. Noto la mirada de la chica fija en nosotros.

—Ya se le pasará. Ev y Neema tienen una especie de trauma con los incitadores. Sufrieron una mala experiencia en una ocasión.

—¿De verdad quieres arriesgarte a soportar su ira? Parece que son de las que guardan rencor. No me molestaría si te fueras.

—¿Me vas a incitar?

—No.

—Entonces, ¿por qué iba a irme?

Apoya su peso sobre los codos. Con la camiseta tensa sobre el amplio pecho y los hombros, parece que sus músculos están intentando escapar.

Reprimo una sonrisa antes de colocar el fusil para apuntar a la fila de objetivos más cercana. No sé si estoy preparada para ir a por todas nada más empezar.

—¿Alguna vez has disparado este fusil? —le pregunto a Mako.

—Los he disparado todos. En cuanto a los de la era pasada, el TAC es uno de mis favoritos. Sólido, poderoso. Parece hecho para durar una eternidad.

—Bueno, más o menos así ha sido.

—Pero ¿sabes cuál es el que más me gusta? El M82. Cada vez que lo disparo, siento que el universo se está comunicando conmigo.

Suelto una carcajada.

—Ajá. ¿En serio?

—Sí, sí, Wrenny. El retroceso es brutal, pero merece la pena cada uno de los moratones que me deja en el hombro.

Con mi primer disparo, confirmo que es probable que un efecto secundario de la sesión de hoy vaya a ser un moratón. El retroceso es intenso, hace que me castañeen los dientes y me vibren el hombro y el brazo con los que sujeto el arma.

Mako y yo nos pasamos la siguiente hora disparando y charlando. Estamos saliendo del campo de tiro algo más tarde cuando me anuncia que esta noche hay una fiesta y me pide que vaya.

—Puede —digo sin comprometerme, pero procede a aco­sarme durante todo el camino de vuelta a la Daga hasta que por fin accedo a ir.

Unas horas después de la cena, Gray llama a mi puerta para llevarme a la fiesta.

Salgo al pasillo en el que está mi apartamento y me lo encuentro tan guapo como siempre, con aspecto relajado gracias a los vaqueros desvaídos que le envuelven las largas piernas, las botas marrones de senderismo y una camisa de un profundo verde que le resalta los ojos.

Cuando cierro la puerta, el enorme cuello de mi jersey fino negro me cae por un hombro y revela la tira del sujetador, lo que capta la atención de Gray. Me recorre con la mirada antes de chasquear la lengua.

—Es un desperdicio que estés con el capitán, vaquera.

—No creo que a tu novia le haga gracia que me piropees así.

—No estoy ligando contigo. Solo digo la verdad. Estás muy buena. Demasiado para un capullo sin corazón como Redden; ese tío no sabe pasárselo bien.

—Confía en mí, sí que sabe. —Reprimo una carcajada—. Aunque quizá no tanto como tú.

—Nadie sabe divertirse tanto como yo. —Me pasa un brazo por los hombros—. Vamos, ¡a beber!

No hemos avanzado ni metro y medio por el pasillo cuando se detiene porque se le ha olvidado algo. Vuelve a su apartamento y regresa un momento después con un fusil. Arqueo las cejas.

—¿Por qué necesitamos un fusil en una fiesta?

—Hay muchos coyotes blancos en estas colinas —me explica—. Y aulladores. Es mejor prevenir que curar.

—Sabes que tengo mucha mejor puntería que tú, ¿no?

—Bien visto. —Se desliza la correa de la funda por el brazo y me tiende el arma.

—¿Me estás dando un fusil? —No puedo evitar esbozar una sonrisa radiante. Aparte de las del campo de tiro, que devuelvo antes de cerrar el almacén cuando termino de usarlas, esta es la primera vez que tengo entre las manos un arma desde que llegué a la Daga—. ¿Aunque nadie confíe en mí?

—Eh, no digas gilipolleces. Les encantas a todos. Mako habla tanto de ti que parece un disco rayado y Lu se muere por ser tu amiga. Lo sabrías si no fueras tan antisocial. Pero, bueno, ¿qué más da lo que piensen los demás? —Gray me guiña un ojo—. Soy el único que importa y yo sí confío en ti.

«Confío en ti». Esas tres sencillas palabras me emocionan más de lo que él se imagina. Nadie excepto Kallister sabe quiénes eran mis padres, pero sigo sintiendo que camino a la sombra de sus acciones, intentando expiar pecados que nunca he cometido.

Saber que cuento con la confianza de Gray atenúa la vergüenza y el miedo que me invaden el pecho, desprendiéndome de su peso.

Salimos de la base por la cámara de descompresión y nos encaminamos por la senda que usó Kallister cuando me enseñó la cueva de daguita blanca en la pared escarpada.

El recuerdo me produce una punzada de ansiedad.

Odio confiar en personas que no conozco y, si no fuera el gemelo del tío Jim, me daría mucho más miedo que Kallister sepa mi secreto.

Antes, cuando le he contado a Cross la emboscada de Kallister en la cueva, me ha dejado claro lo mucho que confía en él.

Es decir, ni un poquito. Cross me ha advertido que me mantenga alerta y guarde las distancias.

Sin embargo, solo me queda esperar que Kallister cumpla su promesa de silencio.

De repente, me cosquillea la nuca. Hablando de Cross.

Dado que odio ignorarlo, acepto a toda prisa el vínculo, solo para decirle:

Oye, no puedo hablar.

¿Por qué no? , pregunta con desconfianza.

Estoy con Kaine. Vamos…

No hagas que mate a ese cabrón, palomita.

Me muerdo el labio para reprimir una carcajada.

Para. Es mi amigo.

Sí, bueno, va a ser un amigo muerto si intenta algo contigo.

¿Podemos vincularnos más tarde? , le pregunto. ¿O es importante?

Se produce una pausa.

Puede esperar.

¿Seguro?

Sí. Hablamos después. Te quiero.

Yo también te quiero.

Termino la conversación, pero una parte de mí se pregunta si debería haberle pedido a Gray que siguiera adelante mientras yo buscaba un lugar privado para hablar con Cross. No obstante, ¿cómo iba a explicarlo? Gray no sabe que Cross es un Modo y no es algo que esté dispuesta a compartir.

El camino se vuelve cada vez más estrecho a medida que el sendero asciende, serpenteante, por la montaña y me quedo sin respiración cuando advierto la panorámica más allá de la cordillera.

La luna se cierne, perfecta, entre los dos picos, y su luz pálida y etérea se derrama por el terreno irregular. Es precioso.

—¿Ahí es donde está el valle? —pregunto, tratando de adoptar una perspectiva mejor. No logro ver nada en la oscuridad.