Capítulo 12
N o tengo recuerdos de mis padres, por lo que, cuando era pequeña, solía inventármelos.
Fantaseaba sobre quiénes eran, creando escenas cálidas y borrosas que nunca ocurrieron.
Mi recuerdo falso favorito era que mi padre me ayudaba con los deberes en la mesa de la cocina.
Tenía mucha paciencia conmigo, aunque no pudiera concentrarme y mantuviera los ojos fijos en la ventana, nostálgica.
Sonreía y decía que, si terminaba los deberes de matemáticas, me ayudaría a columpiarme antes de cenar.
En mi recuerdo falso, vivíamos en el rancho de Z, donde había un neumático que hacía las veces de columpio, colgado de un antiguo roble.
Ahí es donde nos encontraba mi madre más tarde, cuando se acercaba a nosotros y abrazaba a mi padre desde atrás antes de esconder la cara en su cuello.
El sol se estaba poniendo y bañaba el rancho de un brillo dorado, y yo disfrutaba de la manera en la que se miraban el uno al otro, de las leves sonrisas que intercambiaban, de la adoración en el rostro de mi padre.
Su amor me envolvía como una manta reconfortante y, en ese momento perfecto, todo parecía ir bien.
Sin embargo, nada de eso es real. Nunca sucedió.
Mi padre nunca me ayudó con los deberes porque estaba muerto. Mi madre nunca vino a buscarnos al columpio porque estaba demasiado ocupada participando en un bombardeo que mató a cientos de Modos. No tengo ningún recuerdo de ellos, solo secretos.
Secretos que, al parecer, Kallister conoce.
—No pasa nada —dice con voz suave, reconfortante, cuando advierte mi expresión aterrada.
—¿No? —le contradigo, retrocediendo otro paso más. Joder, ojalá tuviera un fusil.
—Nadie más en la Daga conocía a tu madre, así que no verán el parecido; pero yo nunca me olvidaré de esos ojos.
Mis ojos. Claro. Un puto rasgo que siempre ha sido como un tiro en el pie. De un meloso y profundo color marrón, con motas doradas alrededor de las pupilas. A veces, con cierta luz, se ven amarillos.
—No lo entiendo. ¿Has sabido quién era en todo momento, desde el segundo en el que puse un pie en esta base?
—Sí.
—Entonces, ¿estabas jugando conmigo? —La amargura me acaricia la garganta—. ¿Fingiendo que confiabas en mí?
—No, estaba esperando a que llegara el momento adecuado para hablarlo.
Se remueve en el banco, inclinando el cuerpo para poder mirarme desde una perspectiva mejor. Sé que no está pasando por alto la manera en la que me estoy escabullendo. No estoy retrocediendo de una forma especialmente sutil.
—Primero quería hacerme una idea de ti, saber cómo eras sin meter a tus padres en el ajo. Me preocupaba que te mantuvieras alerta si te enterabas de que yo conocía tu pasado, que te cerraras ante mí antes de darme la oportunidad de conocerte.
Tiene razón. Eso es justo lo que habría sucedido.
—Pero lo sabías. Has sabido todos estos años que Jim estaba criando a la hija de Marina.
—Lo sospeché cuando volvió después de desertar del Comando, cuando apareció de repente con una niña, una que tenía la misma edad que la hija que Marina perdió de forma trágica en un incendio.
Frunzo el ceño.
—¿Hubo un incendio?
Ignora la pregunta.
—Mis sospechas se confirmaron cuando vi la foto.
—Si sabías que Jim estaba cuidando a la hija de una traidora, ¿por qué no dijiste nada?
—Porque era mi hermano, sangre de mi sangre. Y era evidente lo mucho que significabas para él, a juzgar por lo lejos que llegaba para protegerte. —Kallister hace una pausa—. Amaba a tu madre, ¿lo sabías?
La sinceridad de ese comentario trae consigo una serie de preguntas que se me agolpan en la lengua. Pero solo una se escapa antes de que pueda detenerla.
—¿Jim era mi padre?
—No —responde Kallister—. Jake Hess era tu padre, te lo puedo asegurar.
—¿Cómo?
—Comparé tu muestra de ADN de la Compañía con la de Julian. No coincidían.
Me quedo boquiabierta.
—¿Hiciste una prueba de paternidad sin decírselo?
—Necesitaba estar seguro. —No parece arrepentido.
—¿Le has dicho a alguien quién soy?
—Si lo hubiera hecho, no te habrían permitido quedarte en la Daga.
—Porque mis padres os traicionaron.
Curva los labios ligeramente y noto su desdén.
—Sí.
A medida que crece mi ansiedad, comienzo a caminar de un lado a otro por el pequeño espacio hasta que entiendo que no hay sitio suficiente para hacer algo así.
Por eso, me apoyo en la pared y me dejo caer hasta que aterrizo con el culo, hecha un ovillo, sobre el suelo de gravilla.
Me acerco las rodillas al pecho y las rodeo con los brazos.
—Lo he descubierto hace poco —digo, inclinando la cabeza—. Jim nunca me dijo quiénes eran.
—¿No los recuerdas?
—No mucho. Mi padre murió cuando tenía cuatro años y mi madre me entregó a Jim con cinco.
La mayoría de mis recuerdos son imágenes borrosas.
—El dolor me atraviesa el pecho—. Ni siquiera sé cómo eran físicamente.
No hay fotos de ninguno de ellos en la base de datos pública de la Compañía ni en Nexo.
—Los servicios de inteligencia los habrán censurado por razones de seguridad.
—Jim me contó que mi madre me mandó lejos porque la incité. Se dio cuenta de lo peligroso que era que siguiera en la ciudad, así que le pidió que me protegiera.
Kallister suelta un bufido antes de desviar la mirada.
—¿Qué? —pregunto.
—Nada. No quiero interrumpirte.
—No, por favor, dilo.
Hace una larga pausa. Luego por fin dice:
—No creo que tu madre protegiera nunca a nadie que no fuera a ella misma.
Sus duras palabras se me clavan en el corazón.
De alguna manera, logro mantener una expresión valiente, pero Kallister acaba de dar voz al miedo contra el que llevo luchando desde que leí la carta del tío Jim: el hecho de que las acciones de mi madre no tuvieran que ver con mi seguridad, sino con algún motivo perverso y desconocido para mí.
Ahora me lo estoy cuestionando todo. Cada puto detalle. Y lo odio. Siento que mi propia mente me ha tendido una trampa yhe sido tan tonta como para caer en ella. Me permití elaborar una historia heroica sobre mis padres, basada en los pocos datos que me procuró el tío Jim a lo largo de los años.
Dijo que mi madre tenía valor, por lo que mi mente le dio el papel de una valiente guerrera. Dijo que mis padres se querían mucho y me imaginé a una pareja cuyo extraordinario amor les ayudó a luchar uno junto al otro contra la opresión.
Oír a Kallister llamarla egoísta es como si me hubieran quitado una alfombra bajo los pies. En mi cabeza, mi madre era altruista, intrépida, astuta. Poseía una fuerza inquebrantable y ninguna debilidad. Era perfecta.
Supongo que es lo que ocurre cuando colocas a alguien en un pedestal, donde no hace nada malo.
Cuando no le dejas tener defectos, contradicciones y profundas inseguridades.
Ahora que estoy descubriendo todos estos detalles nuevos, la imagen perfecta que creé se está desvaneciendo con cada segundo que pasa.
Estaba destinada a ser un fracaso en cuanto la idealicé.
—Me contó la verdad en una carta —digo, destrozada, frotándome el puente de la nariz—. Una de esas cartas que se leen cuando ha muerto quien las ha escrito. Ahí es donde me reveló sus verdaderos nombres. Y el mío. Dijo que fueron responsables del bombardeo de la cordillera Valterra.
—Sí, así es.
—Pero ¿por qué? Mi madre era una Modo.
—Marina era… una mujer complicada. Pero ahora quizá no sea el momento de entrar en detalles.
Me muerdo el interior de la mejilla con fuerza.
—¿Le vas a contar a los demás quién soy?
—No.
Me clavo los dientes aún más.
—¿Porque me odiarán si descubren la verdad?
—A la mayoría de las personas en la Daga no le afectó a nivel personal lo que ocurrió en Valterra, pero algunos en el valle lo recuerdan.
Lo sufrieron. Me gustaría pensar que son lo bastante avispados como para no culpar a una niña de los pecados de sus padres, pero fue un día lúgubre en nuestra historia y…
sí, me preocupa que algunos la tomen contigo —farfulla.
Sin duda fue un día lúgubre en nuestra historia. Por lo que recuerdo, más de mil cuatrocientas personas murieron en ese ataque, entre ellas cientos de niños. Me pone enferma pensar que mis padres fueron los responsables.
Siento que toda mi identidad está patas arriba. Me moría de ganas de unirme a la Revolución para poder seguir sus pasos, pero resulta que todo eso no eran más que fantasías infantiles.
—¿Por qué? —pregunto, obligando a las palabras a cruzar el nudo en la garganta—. ¿Por qué traicionaron a los suyos?
—Había muchos Modos en contra del régimen del presidente Severn. Tu madre era una de ellas.
—¿Y se puso del lado del general? —El asco me asciende por la garganta—. ¿Le ayudó con el golpe de Estado, con la Purga de los Sangre Plateada?
—Imagino que, en su mente, Merrick Redden era un mal menor.
Aprieto los dientes para tratar de controlar la ira.
—Yo nunca habría hecho algo así.
Kallister se pone en pie, se quita el polvo de las perneras del pantalón y se deja caer a mi lado antes de extender las piernas.
Resulta extraño porque no parece de la clase de personas que se sientan en el suelo.
El tío Jim sí encaja en mi cabeza como alguien a quien no le importa ensuciarse, pues lo recuerdo encargándose de tareas difíciles en el rancho, retirando el estiércol de los establos; pero Kallister me parece demasiado escrupuloso como para ensuciarse.
—¿Te habrías puesto a favor de Severn? —pregunta.
No contesto enseguida mientras se me retuerce el estómago. Según se cuenta, el presidente Severn causó mucho dolor. Incitaba sin remordimiento y trataba a los Primarios como seres inferiores, despreciando su sangre.
Aun así, no hay un capítulo en nuestra historia que se llame la Purga de los Primarios. El general Redden mató a decenas de miles de Modos en esa purga. Severn, a pesar de todos sus defectos, nunca llegó tan lejos.
—Sí —digo al final—. Quizá no fuera el mejor líder de todos, tal vez sus principios morales no fueran maravillosos, pero seguía siendo un Modo. No habría traicionado a los nuestros.
—Me alegra oír eso. Porque volvemos a estar en guerra y necesito saber que, a diferencia de tus padres, vas a luchar en el bando correcto.
—No soy como ellos —replico con los dientes apretados—. Nunca traicionaría a las personas que cuentan conmigo.
Kallister me da un golpecito en la rodilla antes de presionármela rápidamente de forma reconfortante.
—Sé que no. Mi hermano también lo sabía. No se la habría jugado para protegerte ni te habría mantenido a salvo todos estos años si pensara que no eras leal a la causa.
—Y, en concreto, ¿cuál es la causa?
—Crear un mundo en el que vivamos con libertad —contesta.
—¿A expensas de los Primarios?
—Solo si deciden ser prescindibles. No tienen por qué serlo. —Se encoge de hombros—. Hay una forma de que vivamos todos juntos, pero no podemos dejarlos al mando. Cada vez que ocupan el poder, nos convertimos en ciudadanos de segunda, y no vamos a seguir viviendo así.
—Cuando el presidente Severn estaba al mando, ellos eran los ciudadanos de segunda.
—Severn no tenía a la Autoridad ni un consejo que votara sobre los temas importantes.
Se encargaba de tomar él solo todas las decisiones, lo apoyaran los demás o no.
Así no es como funcionamos. Nos importan vuestras opiniones y queremos satisfacer a la mayoría.
Lo único que necesitamos a cambio es confianza y lealtad.
—No necesitas cuestionarte mi lealtad.
—No lo hago. —Kallister se pone en pie de un salto y me tiende la mano—. Si Julian confiaba en ti, yo también lo haré.