Capítulo 11 #3
En el pasillo me encuentro a Kallister, que está escribiendo algo en su intercomunicador. Levanta la cabeza al oír mis pasos.
—¿Qué tal está nuestro prisionero? —pregunta con sequedad.
—Aburrido. Me ha pedido algo para leer.
—Esos capullos arrogantes del Comando no cambiarán nunca. Vamos, ven conmigo.
Se apresura a alejarse y adopto su ritmo, muerta de curiosidad por saber adónde vamos. Cuando llegamos a la cámara de descompresión y entiendo que vamos a salir de la base, la desconfianza me asciende por la garganta.
Fuera de la Daga, el sol hace tiempo que se ha puesto, pero la luna se alza sobre nuestras cabezas, iluminando el camino. La topografía de esta base en la montaña es de otro mundo. Sigo a Kallister por una escalera tallada en la piedra que serpentea hasta la parte superior.
—¿Adónde vamos?
No contesta, lo que aumenta mi inquietud. Algo no va bien. Me siendo desnuda sin un arma.
—Por aquí —dice a medida que el camino se vuelve más escarpado.
Lo sigo sin mediar palabra. Anda igual que el tío Jim.
Con zancadas seguras y un toque de impaciencia en la posición de los hombros.
Cada vez que Jim se movía, lo hacía con brusquedad y decisión, aunque se estuviera levantando del sillón para servirse una copa de whisky de la alacena de la cocina.
Se desplazaba con firmeza. Kallister hace lo mismo.
El camino termina en un risco que ofrece una vista de las copas oscuras de los árboles y los picos irregulares en la distancia. Kallister se dirige hacia una cavidad en penumbra dentro de la roca.
—Es aquí.
Dudo, pero mi curiosidad innata me empuja hacia delante hasta que estoy dentro de la pequeña cueva, contemplando algo que parece haber salido de una de esas viejas novelas de ciencia ficción de la biblioteca digital.
Recortado en la oscuridad total hay un agujero irregular en la pared de la roca, un hueco que brilla y emite una suave luz blanca.
Aunque mide casi dos metros de alto, apenas llega al medio metro de ancho.
La abertura no parece lo bastante grande para que pueda entrar alguien, por lo que me sobresalto cuando, de repente, Kallister contorsiona el cuerpo y camina de lado por el agujero iridiscente.
Portales. Así es como se llama en los libros.
—Vamos —dice sin mirarme—. Quiero enseñarte una cosa.
Vale, suena prometedor. No se ha desvanecido en una nube de sangre y moléculas, así que supongo que no es un portal sobrenatural a otra dimensión.
Aun así, la aprensión me cierra la garganta al acercarme a la abertura.
Paso los dedos por la luz resplandeciente y me preparo.
Cuando no ocurre nada, me echo a reír, sintiéndome tonta.
La cruzo de lado y suelto un jadeo cuando me veo en la entrada de otra cueva.
Pequeña y circular, con las paredes cubiertas de daguita blanca y una fuente natural burbujeante en el centro.
El agua se derrama por una grieta de la roca y forma un estanque cristalino poco profundo lleno de remolinos y suaves ondas.
Es como un santuario mágico que evoca una sensación de serenidad.
Kallister se acerca a un banco de piedra erosionada al borde de la fuente y se deja caer en él antes de hacerme un gesto para que me acerque. Las radiantes paredes blancas me guían y, al sentarme, me maravilla la belleza que nos rodea.
—¿Toda la montaña está llena de cuevas de daguita? —pregunto.
—Increíble, ¿verdad? La naturaleza nunca deja de sorprenderme. Ninguna de estas cosas existía antes de la Última Guerra, antes de las bombas, la radiación y las toxinas que se desprendieron por el aire. Intentamos matarla, pero no nos lo permitió.
—¿Matarla? ¿A quién te refieres?
—En los libros antiguos la llaman «madre naturaleza».
—Sonríe—. Creo que le pega. Mira lo que ha gestado.
—Hace un gesto hacia la extraña piedra preciosa que no existía hasta hace un siglo—.
Daguita. Osos con cuernos. Una niebla negra que surge de las montañas. Es como si intentara decirnos algo.
—¿Qué?
—Que si tratamos de destruir sus creaciones con bombas y toxinas, creará cosas aún más bonitas y misteriosas.
Esta cueva es bonita y misteriosa, es cierto.
—¿Me has traído aquí para practicar? —pregunto al recordar que dijo que la daguita potencia los poderes.
—No, aquí no podemos practicar. La daguita blanca inhibe las habilidades.
Titubeo.
—Pero dijiste…
—La daguita azul las refuerza, las potencia. La blanca impide que funcionen.
Movida por la curiosidad de probar esa teoría, intento vincularme con él. Una fina línea me mancilla los labios.
—No puedo abrir una vía.
Se echa a reír.
—Te lo he dicho. Alguna de las propiedades de la daguita blanca debe de bloquear el flujo de energía.
—Entonces, ¿por qué me has traído aquí? —Me levanto del banco y la ansiedad vuelve a invadirme al verme esposada telepáticamente—. ¿Me vas a matar?
Kallister responde con una carcajada profunda y potente.
—Claro que no. Solo quería que habláramos en privado. —Su humor se desvanece e inclina la cabeza para estudiarme—. Es sorprendente —dice.
A pesar de que ha asegurado que no quiere asesinarme, noto el corazón en la garganta.
Después de que Roe disparara a Betima en la cabeza ante mí, juré que nunca me pillarían con la guardia baja, pero ahora mismo temo haber caído en una trampa.
Mi mente no deja de buscar una salida mientras arrastro los pies, centímetro a centímetro, lejos de la fuente.
—¿Qué es sorprendente? —Sigo retrocediendo.
—El parecido con tu madre. Tienes sus ojos.
La conmoción me paraliza. Pero no tardo en recuperarme y me aclaro la garganta antes de mostrarme indiferente.
—Nunca conocí a mi madre.
—Yo sí conocía a Marina. La conocía muy bien.
Se me debilita el cuerpo. Sabe cómo se llamaba. Joder, ¡lo sabe!
Sin apartar los ojos de mí, prosigue:
—Julian intentó que me tragara una historia sobre que te había encontrado huérfana en una cuneta, pero mi hermano debería haberme conocido mejor.
Entendí la verdad en cuanto subieron una fotografía tuya a la base de datos de la Compañía.
Sé quién eres, Wren. —Arquea una ceja—. ¿O prefieres que te llame Stella?