Capítulo 11 #2
Ahora soy yo la que no está a gusto. Con las mejillas sonrojadas, cojo la bandeja y paseo la mirada por la sala hasta que advierto que Saint me está observando desde una mesa cercana con Henley y dos jóvenes que no reconozco.
Cuando me invita con un gesto de cabeza, el alivio me recorre el cuerpo.
Me uno a su grupo y me dejo caer, encantada, en una silla.
—¿Estabas tratando de sentarte con Hawkins? —Henley me observa, divertido.
—Sí. —Suspiro—. Básicamente me ha dicho que me vaya a la mierda.
Las dos chicas se echan a reír.
—Confía en mí —dice la morena—, es mejor que te alejes deél. Es un psicópata.
Se presentan como Vikka y Darlie, y proceden a hablarme de la vida en la Daga.
A pesar de su amabilidad, me siento fuera de lugar, una sensación que siempre me empuja a estar alerta, más distante.
Demasiado nerviosa para participar en la conversación, como en silencio y rápidamente, antes de despedirme de ellos y apresurarme a salir del comedor.
A veces desearía que el tío Jim me hubiera animado a socializar con seres humanos, en lugar de con los caballos y el rebaño.
Pero ese hombre era tan antisocial como yo.
Tras salir del comedor, contacto con Kallister de manera telepática.
Me gustaría ver a Xavier. Gray dijo que hablara contigo.
Se produce una breve pausa.
Muy bien. Se lo comentaré a la guardia.
Genial. Gracias . Esperaba mucha más resistencia.
Quizá cuando hables con él puedas convencer a tu amigo de que se muestre más cooperativo. De que nos dé… una prueba de fe, si quieres llamarlo así.
Haré lo que pueda .
Ignorando la punzada de culpa por estar traicionando la confianza de Kallister, paso por mi apartamento para coger el inhibidor de señal que Gray tuvo la amabilidad de dejarme robar. Luego, voy hasta la planta de Operaciones en ascensor.
Al entrar en la sala de espera, me encuentro detrás del mostrador a Neema, la mejor amiga de Evlynne.
Reprimo un suspiro.
—¡Hola! He venido a ver al teniente Ford. Kallister me ha dado autorización.
Me dedica una sonrisa altiva.
—No hay tenientes en esta base.
—Sabes a qué me refiero, Neema —digo, luchando contra mi impaciencia—. ¿Puedo verlo, por favor?
Nos miramos la una a la otra durante un momento. Tensa la mandíbula. Mis reservas de paciencia comienzan a menguar. Entonces, sin mediar palabra, pasa la mano por la pantalla holográfica del escritorio y la puerta a sus espaldas se abre.
—Gracias —musito.
Cuando llego a su celda, encuentro a Xavier tumbado en la cama, contemplando el techo. Gruñe en cuanto me ve.
—He cambiado de opinión, Darlington. Necesito que me consigas una tableta o algo. Esto es un coñazo.
Me acerco a los barrotes.
—Veré qué puedo hacer. —Mientras poso la mirada en el escáner, me apresuro a contactar con Kallister de nuevo. ¿Puedo entrar en la celda con él?
Supongo que ha contactado con Neema porque, un momento después, la cerradura emite un zumbido.
Ten cuidado , me advierte Kallister.
No me va a hacer nada.
Entro en la celda y la puerta se cierra a mis espaldas.
—Apártate —le digo a Xavier.
—¿No tienes nada mejor que hacer? —pregunta mientras se incorpora. Se pasa una mano por el pelo oscuro antes de rascarse la nuca.
—En realidad, no. Se me da fatal hacer amigos.
Se echa a reír.
—¿Por qué no me sorprende?
Me meto una mano en el bolsillo trasero y activo el inhibidor. Solo bloqueo la señal de audio. Con suerte, Neema se conformará con vernos en la pantalla holográfica y no intentará acceder al canal de sonido.
Me dejo caer junto a Xavier en el catre, apoyo la cabeza en la fría pared de piedra y acerco las rodillas al pecho. El chico me imita, levantando también las piernas. Un segundo después, me sorprendo posando la cabeza en su hombro. No pasa desapercibido.
—¿Te estás apoyando en mí? —pregunta.
—Sí, y no me gusta, así que cállate la boca.
—Vaya, sí que debes estar pasándolo mal ahí fuera.
—No tanto. La mayoría de la gente es maja.
Al enderezarme, Xavier de repente me coge de la barbilla y me acerca la cara a la suya. Durante un momento indignante, creo que me va a besar, pero solo me acerca los labios a la oreja y me susurra:
—¿Has hablado con él?
Le aparto la mano y me echo hacia atrás con una sonrisa.
—Sí, y no necesitas ponerte tan sexi susurrándome al oído. Estoy inhibiendo el audio de la celda.
Parece impresionado.
—¿Cómo lo has conseguido?
—Tengo mis trucos. Necesitas dejar de dudar sobre mis habilidades de encubrimiento. —Frunzo el ceño—. He oído que no estás cooperando.
—¿Con esos capullos infectos? ¿Por qué iba a hacerlo?
Estiro el brazo y le doy una bofetada en la mejilla. No con demasiada fuerza, pero sí la suficiente para que se la tome en serio.
—Oye —protesta—. ¿A qué ha venido eso?
—Me has llamado infecta.
—A ti no, a tus amigos.
—Tengo las mismas habilidades que ellos. Por eso, si no crees que yo soy defectuosa, necesitas dejar de llamarlos así.
—Lo tendré en cuenta —dice, tan burlón como siempre.
—¿Te interrogan aquí o te llevan a algún sitio?
—Me llevan a la sala de mando. —Xavier esboza una mueca—. Suele ser esa zorra pelirroja la que me interroga.
—Adrienne —digo con una risita.
—Sí, esa. Otras veces es el hermano de Julian Ash o ese otro gilipollas que se sienta enfurruñado y que no deja de quejase por estar perdiendo el tiempo y que vota por ejecutarme.
—Ese debe de ser Teriq. —Dudo—. Oye, no te va a gustar, pero… creo que es hora de que empieces a hablar, de que intentes llegar a algún tipo de acuerdo.
Se queda boquiabierto.
—¡Los cojones!
—¿Qué esperas de esta situación, Ford? ¿Que Cross te saque de aquí? Porque no lo hará. No puede. —Una descarga de rabia me vuelve a invadir—. Se ha pasado una semana encadenado en una celda y no ha creído necesario contármelo hasta hoy.
Xavier suelta un bufido entre dientes.
—¿Te sorprende?
—Sí —replico—. Lleva omitiendo la verdad durante días, actuando como si estuviera en la base en lugar de en una prisión militar.
—En teoría, la prisión militar está en la base.
—No lo defiendas.
Se echa a reír.
—¿Qué esperabas, Darlington? Es Cross Redden, una fortaleza impenetrable. Prefiere guardárselo todo dentro, aunque eso signifique apartar a las personas que le importan. Siempre ha sido así. Debes aceptarlo.
Cross Redden quizá sea una fortaleza impenetrable, pero sé de su existencia desde mucho antes de que nos viéramos en persona.
Lo conocí como Lobo, alguien que era capaz de mostrarse vulnerable conmigo.
Me hablaba de sus pesadillas. De sus esperanzas.
De sus peores miedos. A veces siento que Cross se ha olvidado de que he sido testigo de esas partes de su ser.
—Dijo que solo han estado «discutiendo» con él. —Vuelvo a apoyarme en Xavier y suelto un suave gruñido contra su hombro—. Espero que no lo haya suavizado y que esté bien.
—Si por algo conozco a ese capullo es por suavizar las situaciones —dice el mejor amigo de Cross, revolviéndome el pelo—.
Un verano, cuando éramos críos…, debíamos de tener doce o trece años, fuimos de excursión al distrito E, a las afueras de Santuario.
Bueno, antes de irnos, saqueamos el mueble bar del general y le robamos un poco de grange …
—No, de ninguna manera vas a convencerme de que el general Redden bebía grange .
Ese alcohol se encuentra casi de forma exclusiva en los distritos menos prósperos.
Es lo que beben los mineros en D, los trabajadores de las fábricas en B o los albañiles en K.
Solo lo he probado una vez porque el tío Jim no podía soportarlo y recuerdo que sabía a una fusión de caramelo quemado y pino amargo, lo que supongo que tiene sentido, dado que era el derivado sintético de una mezcla de whisky y ginebra, una combinación horrible de dos licores mucho más exquisitos.
Un hombre con la posición del general Redden, sin embargo, podría permitirse algo mucho mejor.
—Lo digo en serio. El general siempre tenía una botella en casa —insiste Xavier—. La cuestión es que fuimos al bosque, nos pusimos hasta el culo de alcohol y, de repente, decidimos escalar lo que básicamente era una pared vertical. En plena noche cerrada.
—¿Por qué?
—Porque éramos así de tontos. —Se echa a reír, divertido por el recuerdo—.
Cross iba a medio camino cuando no logró apoyar bien el pie y se resbaló.
El imbécil cayó desde cuatro metros y medio de altura y aterrizó sobre el brazo izquierdo.
Según él, estaba bien. Insistió: «Intentémoslo de nuevo», y escalamos la pared hasta llegar a la cima.
Solo cuando volvimos a Santuario, dijo: «Ah, por cierto, creo que deberíamos pasarnos por el hospital».
Suspiro.
—¿Fue muy grave?
—Se había roto el brazo por cuatro partes. Subió la pared con el brazo roto y siguió de senderismo durante dos horas sin soltar ni un gemido de dolor. Se tuvo que pasar más de una hora en la cámara de regeneración cuando lo normal es que se tarde como máximo diez minutos en arreglar una fractura.
—No me puedo creer que no dijera nada.
—Yo sí. Así es Cross. No quiere que nadie lo considere débil. Nunca pedirá ayuda y por nada en el mundo dejará que alguien se preocupe por él.
Se me constriñe el corazón. Lo entiendo más de lo que Xavier imagina. No quiero que nadie se preocupe por mí tampoco.
Antes de responder, siento la presión de Kallister en mi mente.
Se acabó el tiempo , dice, y la puerta de la celda vuelve a vibrar. Te estoy esperando en el pasillo. Necesito enseñarte una cosa.
—Tengo que irme. —Al ponerme en pie, me meto la mano en el bolsillo y desactivo el inhibidor—. Vendré mañana a verte si me dejan.
Xavier esboza una mueca.
—Consígueme una tableta si puedes. Llénala de libros.
—¿Desde cuándo sabes leer?
—Que te follen.
Regreso a la sala de espera, donde me recibe una nueva mirada fulminante de Neema. No me molesto en despedirme.