Capítulo 11
M e dirijo al campo de tiro interior tras salir del Templo y, en cuanto entro, me siento como en casa. Inspiro el conocido aroma del metal y la pólvora, y no puedo evitar sonreír.
Me acerco al enorme almacén de armas en la entrada, donde me recibe un hombre mayor con vaqueros oscuros y una camiseta gris sin mangas. Sus complejos tatuajes negros zigzaguean desde sus muñecas hasta la base del cuello.
—Debes de ser Darlington. —Me dedica una sonrisa cálida—. Soy Zak, el encargado de este sitio.
—Encantada de conocerte —digo.
—Ven, te voy a enseñar todo esto. —Se adentra en el almacén, donde se apresura a explicarme el protocolo—.
Guardamos aquí todo tipo de armas de fuego.
Cuando se acaba de usar una, hay que volver a dejarla en la taquilla para que tú u otra persona pueda sacarla.
Este espacio debe estar siempre cerrado.
Si quieres un arma que no tengamos aquí, le envías un mensaje a la armería y ellos te la traerán.
Parece sencillo. Le sigo hacia el exterior y me muestra dónde encontrar los protectores para los oídos, las gafas de seguridad y el resto del equipo.
Zak es agradable y resulta fácil hablar con él, así que no tardo en relajarme en su presencia.
Cuando admito que prefiero las armas de largo alcance, me habla de un fusil de la era pasada que tienen en la armería y me deleita con un relato sobre los francotiradores, enfatizándolo con gestos exagerados con las manos y mucho entusiasmo.
Al final, se aleja para formar a un chico de pelo oscuro que, según me ha dicho, es un nuevo operativo en la Daga.
A mí me han asignado a un adolescente que acaba de salir de la escuela superior.
Se llama Wells y lo han reclutado hace poco.
Entra en el campo de tiro con una camiseta holgada y unos vaqueros desgastados, paseando la mirada por todas partes, nervioso.
—¿Es la primera vez que disparas un arma? —le pregunto.
Con una sonrisa tímida, Wells asiente.
—Sí, nunca he tenido una pistola en las manos.
—No te preocupes. Te explicaré cómo hacerlo.
Voy al almacén y cojo una nueve milímetros, más ligera que la que elegiría para mí. Nos colocamos el resto del equipo y nos dirigimos al primer puesto de tiro, donde le muestro cómo sujetarla y adoptar la postura correcta.
—Mantén los brazos un poco doblados —le recomiendo, ajustando su pose—. Imita mi postura. Tienes que separar un poco más los pies.
Me copia, aunque parece incómodo.
—Muy bien, alinéate con el objetivo. —Me echo a reír cuando cierra un ojo—. No, deja los dos abiertos. Asegúrate de mantener el dedo lejos del gatillo hasta que estés preparado para disparar.
Le enseño cómo apuntar. Luego, doy un paso atrás mientras el chaval de dieciocho años se dispone a disparar por primera vez en su vida. Yo lo hice con cinco años. El tío Jim no perdió el tiempo antes de enseñarme a usar una pistola.
—Respira hondo —digo mientras me mira, buscando mi confirmación—. Exhala y dispara.
Con una exhalación lenta, Wells aprieta el gatillo y se sobresalta por el retroceso. El disparo retumba y sonrío con orgullo cuando veo que ha alcanzado el objetivo. Justo al límite, apenas un rasguño, pero me sirve.
Me devuelve la sonrisa con el rostro iluminado.
—¡Le he dado!
—Lo has clavado —le alabo—. Hazlo otra vez.
Me paso las siguientes horas en el campo de tiro, que solo dejo para comer antes de volver para centrarme en mi propio entrenamiento.
Zak y yo hacemos una competición improvisada y, cuando le gano, parece más divertido que enfadado.
Es reconfortante. Cuando era pequeña, cada vez que ganaba a los chicos de mi pueblo, se quejaban y protestaban; les había herido en su pequeño y triste ego.
Al regresar a mi habitación, estoy de tan buen humor que me vinculo con Cross para contarle cómo me va. Por primera vez desde que llegué, siento que tengo algo que ofrecerle a la Revolución, que puedo serles de utilidad.
Me acurruco en un sillón acolchado frente a la cama, deseosa de oír la voz de Cross, pero, cuando responde, noto al instante que algo va mal.
Pareces distraído , digo. ¿Qué pasa?
Nada.
Estás mintiendo. ¿Qué te ocurre?
Se produce una larga pausa. Sin embargo, no ha interrumpido la conexión. Sigo sintiéndolo en mi cabeza. También noto su resistencia. Ha ocurrido algo y no quiere contármelo.
Cross, no me hagas ir a buscarte , le advierto.
¿Qué vas a hacer? ¿Azotarme?
El tono grave que le infiere a la burla me empuja a apretar los muslos. Capullo. Sabía exactamente lo que sucedería al decir algo así; estoy cachonda a más no poder ahora mismo.
Deja de distraerme diciendo guarradas.
Bueno, pero no te enfades, ¿vale?
No voy a prometerte nada de eso.
Casi lo siento sonreír.
No te lo he contado porque no quería que te preocuparas, pero, bueno… La realidad es que me he pasado la última semana encadenado en una celda .
Pestañeo, conmocionada, a medida que asimilo sus palabras.
Perdona… ¿Qué?
Repite la confesión. Reacio.
Estaba en una celda. Cortesía de mis hermanos.
¿Estabas en una celda? No me importa siquiera estar gritándole en la mente. ¿Te han encadenado? ¿Qué cojones, Cross?
¿Ves? Por eso no quería contártelo. Sabía que reaccionarías así .
La rabia sigue recorriéndome por dentro.
Cross y yo hemos mantenido un contacto constante desde que entré en la Daga, ¿y no ha sentido la necesidad de contarme que estaba hablando conmigo desde una celda?
¿Cómo voy a tomármelo con calma? ¿Qué más me está ocultando mientras le hago actualizaciones banales sobre mi día a día?
Me has mentido , digo con voz monótona.
No te he mentido, solo te he ocultado algunos detalles .
Aprieto los puños y los presiono contra los muslos.
No me vengas con esas gilipolleces sobre que lo has omitido, Lobo. Prometimos que nunca nos mentiríamos.
Joder . Ahora percibo su remordimiento. Tienes razón. Lo siento, debería habértelo dicho.
¿Fue por mi culpa?
La culpa me crea un agujero en el pecho cuando dice: Sí. Roe ha estado intentando convencer a Travis de que te ayudé a escapar, así que me detuvieron con la esperanza de que confesara.
Voy a matarlos , gruño.
Su suave carcajada me cosquillea el oído.
No ha estado tan mal, lo prometo. Solo me colgaron del techo y enviaron a Roe varias veces al día para discutir conmigo y molestarme.
Genial, mataré primero a Roe.
No malgastes energías con él. Con ninguno. Travis solo intentaba darme una lección.
¿Qué lección?
Creo que quería que entendiera que no era invencible y que incluso el todopoderoso Cross puede cometer errores.
¿Y aceptaste algo así? , pregunto divertida.
¡Y una mierda!
Claro que no, porque el todopoderoso Cross nunca comete errores.
¿Qué quieres que te diga? ¿Que me arrepiento de ayudarte escapar? No es así. Salvarte la vida no fue ni nunca será un error.
Siento cómo mi rabia remite un poco.
Deberías haberme dicho que te estaban torturando.
No me estaban torturando.
Tener que escuchar a Roe soltar gilipolleces todos los días puede considerarse una tortura.
Ya tenías bastante con lo tuyo. No quería que te preocuparas.
Quiero que me preocupes. Necesito saber este tipo de cosas, Cross . La frustración se derrama sobre mis palabras. Se supone que somos un equipo.
Lo somos.
Bueno, eso significa que ya no tienes que guardártelo todo para ti. Puedes apoyarte en mí. Podemos hablar. Y necesito que me lo digas si estás colgado en una puta celda en algún sitio. Prométemelo.
Palomita…
Prométemelo.
Te lo prometo , farfulla.
Pero no puedo evitar sentir que me está mintiendo de nuevo.
A pesar de los intentos de Cross por tranquilizarme, sigo enfadada tras nuestra conversación.
Lo último que quiero es ir a cenar yo sola, pero Gray no está y me ruge el estómago, así que me obligo a dirigirme hasta la puerta.
Ojalá pudiera presionar un botón y que me trajeran la comida, pero estas personas no son mis sirvientes.
Tendré que soportar la incomodidad de estar en el comedor.
En un intento de parecer lo más inofensiva posible, me enfundo un par de vaqueros y la única prenda de color que encuentro en el armario, una camiseta holgada de color lila.
Me gustan los tonos oscuros, así que llevar algo así no me resulta cómodo.
Pero Tana siempre decía que los colores vivos hacen que el resto se sienta a gusto.
Hagamos que estos cabrones se sientan a gusto.
Al girar la esquina, me topo de frente con Evlynne. Chocamos con fuerza, por lo que un relámpago de descontento le cruza la mirada.
—Mira por dónde vas —escupe, alejándose con largas zancadas antes de que pueda disculparme.
No parece muy a gusto. Sigo andando. Esta noche, el menú, compuesto de filete y puré de patatas, huele de fábula.
Me sirvo un plato y, una vez estoy en el final de la cola, miro a mi alrededor.
Advierto que Mako está con un grupo de hombres que vi hace unas horas en el campo de tiro.
Me planteo unirme a ellos hasta que veo que Evlynne se está acercando a su mesa. Aj. Paso.
Teriq está cruzando la sala, pero lo acompaña Fiona, que presenta un ceño fruncido perpetuo, por lo que descarto también esa posibilidad. Por último, veo a Hawkins comiendo solo en una esquina.
Con ciertas reticencias, me dirijo hacia él. Al dejar la bandeja en la mesa, me parece oír un susurro colectivo que cruza el comedor. Hawkins levanta la mirada de su plato y en la frente le aparece un ligero ceño fruncido.
—No quieres sentarte aquí.
—¿Por qué no?
—Porque no quiero que te sientes aquí.
—Ah. —La vergüenza me cosquillea la garganta—. Lo siento. Debería habértelo preguntado.