Paloma caída (Élite plateada 2) Capítulo 10 #2
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Capítulo 10 #2

—No me importa cuántas veces fueran —dice, encogiéndose de hombros—. Y me da igual lo que pasara. Gray y yo tenemos una… relación complicada. No estábamos juntos cuando os enrollasteis. Pero ahora sí, por lo que, si vas detrás de él, voy a tener que pararte los pies. Ya.

Me encojo de hombros.

—Gray es mi amigo. Y seguirá siéndolo.

—¿He dicho que no podáis?

—Me daría igual si así fuera.

Aquello parece divertirla.

—Sé amiga de quien te dé la gana, Darlington. —Se pone en pie y se echa el pelo negro azabache sobre el hombro—. Pero, si lo tocas mientras está conmigo, te arrancaré la puta garganta.

Tras eso, me guiña un ojo y se aleja. Sus botas de combate retumban con fuerza sobre el suelo.

Buena charla. Tras el desayuno, me dirijo a la planta de Operaciones, ya que en ella se encuentra el único ascensor que ofrece acceso al Templo. Alguien debe de haberme dado nuevos permisos porque ahora me funciona el escáner de la huella dactilar y la puerta doble se abre sin demora.

Aunque solo he estado aquí dos veces, no sé si en algún momento me acostumbraré a entrar en el Templo, a esta sensación fantasmagórica de que me envuelva una energía pura.

La inquietante luz azul me guía hacia el círculo de mármol y el altar donde las personas de la era pasada alababan a su dios.

Si hubiera vivido entonces, me habría cabreado descubrir que, mientras el mundo entero ardía, mis líderes se escondían en este búnker en la montaña.

Presidentes, políticos, personas lo bastante adineradas para comprarse un sitio en este lugar.

Se ocultaban como ratas al mismo tiempo que su gente moría en la Última Guerra.

Al entrar en la sala principal, vuelvo a ver a Poppy, que medita en un amplio banco de piedra situado entre dos pilares blancos de mármol. Está sola, con las piernas cruzadas y los ojos cerrados. Los abre al oír el sonido de mis pisadas.

—Perdona —le digo—, no pretendía asustarte.

—No pasa nada. Solo estaba fortaleciendo mi escudo. —Por primera vez, no desvía la mirada, sino que la centra en la mía, firme y segura. Es alentador.

—Eres Poppy, ¿verdad? Soy Wren.

—Sé quién eres. —No percibo hostilidad en su tono.

Quiero hacerle cientos de preguntas, pero de repente se tensa. Miro hacia atrás y veo que Hawkins se está acercando a nosotras. Sin prestarle atención a la chica rubia, me dedica un brusco asentimiento.

—¿Preparada?

Poppy se escabulle antes de que pueda despedirme. No debe de ser muy fan de Hawkins, por lo que parece. En lugar de dirigirnos a uno de los recovecos, Hawkins se encamina hacia el banco que había ocupado Poppy, se sienta y apoya los antebrazos en los muslos. Me siento e imito su pose.

Va directo al grano, lo que no me sorprende. No parece ser del tipo de personas que disfruta con las charlas triviales. O con las charlas en general.

—Kallister me contó que incitaste a una mujer para que se suicidara.

Ah, vale. Supongo que toca ser directos. Me trago la vergüenza que me inunda la garganta.

—Sí, así es.

—¿Se resistió?

—Sí. Bueno, en realidad, no. Al principio no se dio cuenta de que me había colado en su mente, lo que supongo que, ahora que sé que un Modo no puede detectar a un manipulador porque no recibe una descarga eléctrica, tiene sentido.

—Hago una pausa, tratando de volver al tema principal—.

Solo se dio cuenta de lo que estaba haciendo cuando su mano empezó a moverse sola.

Ahí fue cuando su mente empezó a resistirse.

Podía notar cómo intentaba librarse de mí, evitar cumplir la orden.

—Suelen rebelarse con intensidad —concuerda—. Es el instinto de supervivencia.

—Me lo imagino. Me sorprende que hayas aceptado dejarme practicar contigo.

—No lo he hecho. Te voy a ayudar a aprovechar el oro, pero no voy a dejar que me incites. —Hawkins suelta un bufido—. Lo siento, pero no te conozco todavía y no me fío una mierda de ti.

—Entonces, ¿cómo se supone que voy a practicar?

—Tienes suerte —contesta, rezumando sarcasmo—. Una rata de laboratorio se ha presentado voluntaria.

Entiendo entonces que se refiere a Gray. Kallister utilizó la misma frase ayer, se refirió a Gray como «rata». No sé si debería sentirme agradecida o llamarle idiota por permitir que practique la incitación con él. Gray sabe que no lo controlo.

—Pero la rata no te servirá de nada si no puedes aprovechar el oro —dice Hawkins—. Dime qué haces cuando ves el polvo do­rado.

Aprieto los labios antes de hablar.

—Cuando incité al pelotón de fusilamiento en la ejecución de mi tío, el oro revoloteaba por mi cabeza y me distraía. Estaba intentando mantener el control sobre sus mentes, pero el polvo no dejaba de nublarme la visión. Intenté despejarlo…

—Ahí está el problema. No debes alejarlo, sino juntarlo. ¿Cómo fue la pérdida de energía?

—No te entiendo.

—¿Tu mente se estaba resistiendo tanto como la suya? —me aclara Hawkins—. ¿Estabas cansada? ¿Débil? ¿Te dolía la cabeza? ¿Te sentías mareada?

—Todas las anteriores —respondo, sarcástica.

—Es lo que ocurre cuando no aprovechas el oro como debes.

O cuando posees una habilidad que requiere una cantidad enorme de energía.

Por ejemplo, la corrupción. Adrienne tiene un dominio perfecto sobre ella, es más que capaz de aprovecharlo, pero da igual lo habilidosa que sea, corromper una mente sigue agotándola.

Asiento, despacio.

—La noche que lo hizo con la mente del general, apenas podía caminar después. Casi tuve que sujetarla yo. Ni siquiera pudo usar la telepatía durante las siguientes veinticuatro horas.

—Porque desgasta también sus otras habilidades. Se necesita tiempo de recarga.

—¿Por qué no ocurre lo mismo con la incitación?

—No tengo ni idea. Lo único que hemos logrado entender es que la corrupción es el poder manipulativo más extenuante. Bueno, parece que, cada vez que has intentado incitar, has tratado de alejar ese oro, ¿no?

—Supongo.

—Por eso te cuesta. Necesitas el oro. Cuando sepas cómo aprovecharlo, podrás incitar a tu antojo.

—¿Tú puedes hacerlo?

—Sí, es fácil —contesta, aunque suena indiferente, no engreído—. No es difícil hacerlo y mantenerlo.

—¿Qué quieres decir con «mantenerlo»?

Hawkins se aparta un mechón de pelo oscuro de la frente. Desde que nos conocemos, nunca lo he visto tan emocionado.

—Imagínate que quiero incitarte para que salgas del Templo y me traigas un café del comedor.

—Espera, ¿qué? ¿Puedes incitarme sin que esté siquiera en la misma sala que tú?

Ahora sí que se muestra engreído.

—Como he dicho, es fácil, parecido a la telepatía.

La primera vez que estableces el vínculo, necesitáis compartir el mismo espacio, ¿no?

Pero después, puedes acceder a dicho vínculo desde cualquier parte.

Imagínate que la incitación es… una correa.

Necesitas estar en el mismo lugar para abrir una vía, aprovechar el oro e invadir la mente de alguien.

Una vez hecho ese paso, habrás creado una correa desde tu mente a la de la otra persona y, mientras puedas sujetarla, podrás seguir incitándola, aunque no la veas.

—¿Y qué pasa si se me escapa la correa?

—Entonces, se acabó. Su mente volverá a ser suya.

Y no podrás incitarla de forma remota. La incitación siempre comienza compartiendo el mismo espacio de energía.

—Hace una pausa y cuadra los hombros, como si se estuviera preparando para una pelea—.

Basta de cháchara. Vamos a aprovechar el oro. Entra en mi mente.

Cierro los ojos, centrándome en mí misma. Luego, abro una vía y la sigo hasta su mente.

—¿Qué ves? —pregunta Hawkins.

Tras mis párpados, advierto su escudo, la frecuencia negativa que protege su mente de cualquier intrusión. Fuera de mi campo de visión, intuyo lo que el tío Jim llamaba el pasillo, la frecuencia positiva que se sigue para establecer un vínculo telepático.

—Presta atención a la energía que te envuelve. Ignora las ondas positivas y negativas. ¿Qué te queda? ¿Qué ves?

Fuerzo la mente para tratar de hacer lo que me pide. Lo único que veo es oscuridad. Sin embargo, oigo un zumbido. Hay algo más. Lo siento…

—Lo tengo —musito—. El polvo dorado.

Es muy suave, apenas perceptible. Titila, apareciendo y desapareciendo de mi visión. Son chispas diminutas, delicadas.

—Visualízate acumulándolas. Cuando las utilizo, me imagino que formo una bola pequeña, casi diminuta, hasta que se convierte en algo que puedo sujetar en las manos.

Hago lo que me pide, me preparo para recoger el oro, pero este no deja de eludirme. No logro atraparlo. Cada vez que mis dedos rozan un hilo dorado, flota lejos, como si tirara de él una cuerda invisible.

La frustración me inunda.

—No funciona.

—Prueba de nuevo.

Necesito varios intentos más antes de acercarme siquiera a tocarlo.

Entonces, por fin, lo rozo con las yemas.

Emocionada, lo rodeo con los dedos, tratando de atrapar el oro con el puño, pero, en cuanto lo hago, un estremecimiento inquietante me recorre el brazo y la columna vertebral.

Abro la mano y el polvo dorado se aleja.

—Lo he cogido durante un segundo, pero se me ha escapado —me quejo.

—Prueba de nuevo.

Es lo único que oigo durante la hora siguiente.

«Prueba de nuevo. Prueba de nuevo. Prueba de nuevo».

Me frustro cada vez más con cada intento fallido. Muchas veces estoy a punto de atrapar el oro resbaladizo. En ocasiones, soy capaz de mantenerlo entre las manos durante unos segundos hasta que ese extraño escalofrío me sobreviene y me quedo paralizada.

—No dejas de soltarlo demasiado rápido —dice Hawkins con brusquedad—. Te da miedo la sensación, pero no debe dártela. Deja que te recorra.

—No me hace sentir… bien. —Es la única manera de describirlo. Me siento incómoda cuando la energía flota por mi cuerpo.

—Si no estuvieras destinada a usar este don, no tendrías el poder para hacerlo. Prueba de nuevo.

Aplacando mi frustración, lo intento una vez más.

En esta ocasión, logro progresar. Centrando toda mi atención en la tarea, comienzo a recopilar el oro, mota a mota.

La emoción me cosquillea el estómago a medida que, con lentitud, este comienza a formar un montón cada vez más grande.

Aprieto el puño alrededor, decidida a no dejarlo escapar.

Noto las palmas ardiendo, cosquilleantes.

—No aprietes los puños.

La voz de Hawkins me distrae. Abro los párpados, perdiendo el control del oro de nuevo. Desaparece como el humo entre los dedos.

—Estaba a punto de conseguirlo —gruño.

—No, era evidente que no. Estás demasiado tensa. Restringes el oro a un único punto. Por eso no puedes controlarlo. Necesitas dejar que te fluya por todo el cuerpo. Mira.

Hawkins abre una vía hasta mi mente. Sé que no intenta cruzar mi escudo porque, si lo hiciera, sentiría una descarga en la nuca, pero está haciendo algo.

Lo observo, fascinada. Frunce un poco el ceño, dejando entrever el esfuerzo mental tras sus ojos.

Comienzan a brillarle las venas y la plata líquida le corre por los brazos.

Pero no solo por los brazos, también por las manos, la garganta y la clavícula.

Sospecho que también le brillan las piernas y el pecho bajo la ropa.

Por fin, la plata comienza a menguar y abre los ojos.

—¿Lo ves? Debe consumir cada centímetro de tu ser.

Gastas menos energía de esa manera. Cuando tengas el oro entre las manos, deja que te recorra todo el cuerpo.

Cuando lo relegas a un único punto, como los puños, acabas luchando por mantenerlo en su sitio.

No lo aprovechas al máximo. —Me fulmina con los ojos oscuros mientras dice mi nueva frase más odiada—. Prueba de nuevo.