Capítulo 10
M e quedo en mi habitación hasta que me ruge tanto el estómago que no puedo ignorarlo, por lo que bajo al comedor para tomar el almuerzo.
Cuando entro, encuentro la sala abarrotada, regada por el tintineo de cubiertos y las conversaciones en voz alta.
Están sirviendo arroz salvaje y pollo asado, todo acompañado de un pan recién hecho.
Nunca me acostumbraré a lo buena que está aquí la comida.
Dudo con la bandeja en las manos, estudiando las filas de mesas. Percibo a Neema y Evlynne cerca de mí. Hay algunos asientos libres a su lado, pero no me invitan a unirme a ellas. Cuando los ojos de la segunda se encuentran con los míos, frunce los labios y me da la espalda.
Vale, bien. Supongo que es una de las personas a las que Fiona ha envenenado con su miedo a la incitación, aunque quizá no sea eso, dado que Evlynne nunca se ha mostrado demasiado agradable. Sigue intimidándome con su mera presencia.
Siento que me contempla cuando me abro paso entre las filas hacia la pared más alejada, donde me instalo en una mesa vacía.
—¿Puedo acompañarte?
Una oleada vergonzosa de gratitud me baña cuando Teriq se acerca.
—Claro —digo.
—En realidad, me alegra haberte pillado a solas —dice, sentándose ante mí—. Quería hablar contigo de una cosa.
Le doy un mordisco al pollo y mastico con lentitud.
—Vale…
—Conociste a mi hermana.
—¿Sí?
Arqueo las cejas y dejo el tenedor sobre el plato. Recuerdo pensar que Teriq me resultaba familiar, pero sigo sin ubicarlo.
Al notar mi perplejidad, me aclara:
—Betima.
—¿Eres el hermano de Betima? —pregunto, sorprendida, pero, ahora que lo dice, veo con claridad el parecido. La misma boca ancha, el pelo negro, la piel oscura y los hoyuelos.
—Era mi hermana pequeña. Tres años menor que yo —dice con una sonrisa cálida—. A veces era una mimada.
—¿Betima se llamaba así de verdad o era un apodo, como tenía Grayson?
—No, era Betima. No necesitaba una tapadera. Gray sí porque el año pasado se filtró su nombre real. —Teriq forma una fina línea con los labios—. Uno de los nuestros nos traicionó. Un topo.
—Joder, ¿y lo pillasteis?
—Sí, tapamos ese agujero muy rápido.
Por un momento, me distraigo cuando los amigos de Gray pasan por nuestra mesa. Saint y Henley, con paso confiado, y Mako, como un muro tras ellos. Los tres chicos nos saludan con un movimiento de cabeza y el último me dedica una sonrisa radiante.
—Chica nueva —canturrea mientras se dirigen a otra mesa.
—¿Sufrió?
La pregunta de Teriq me sobresalta y vuelvo a la conversación.
—No —le tranquilizo mientras la tristeza me inunda el pecho—. Ni siquiera tuvo tiempo de sentir nada. —Trago saliva—. Creía que me iba a disparar a mí. Me refiero a Roe Dunbar, el hijo más joven del general.
—Gray dijo que descubrió que era una Modificada.
—Sí. Cometió un error, apenas unas horas antes. Uno de los chicos se cayó de un tejado y Betima lo abrazó mientras moría.
Teriq inspira hondo al entender lo que eso implica. Betima era una empática, lo que significa que podía sentir las emociones de los demás. Sintió cómo moría el chico. No puedo ni imaginarme lo horrible que debió ser.
—Tuvo que ser atroz —musita.
—Lo fue. Y, supongo que cuando murió, las venas se le tiñeron de plata y Roe lo vio.
Se presentó ante nosotras más tarde, nos acorraló y dijo que sabía que había una puta Aberrante entre nosotros.
Entré en pánico. Pensaba que hablaba de mí.
No tenía ni idea de que se refería a Betima.
—Se me rompe la voz—. Le disparó en la cabeza.
Ocurrió tan rápido que no podría haberle detenido ni aunque lo hubiera intentado.
Se me ha quitado el hambre. Cojo el vaso de agua y lo vacío de un trago.
—Nadie te culpa por su muerte —dice Teriq, que crispa los dedos sobre la taza de café—. En todo caso, sería culpa mía.
Lo contemplo, confusa.
—¿Qué? Claro que no es culpa tuya.
—Yo aprobé su misión. —La culpabilidad le relampaguea en los ojos—. Mi voto fue el decisivo.
Dudo. Quiero reconocer su dolor, preguntarle si se culpa por su muerte, pero no quiero que se sienta incómodo. Quizá es como yo y odia mostrarse vulnerable delante de extraños.
Decido centrarme en los asuntos más prácticos.
—Aún no entiendo cómo funcionan las votaciones. ¿La Autoridad hace votaciones formales para todo?
—Para todo, no, pero sí para las misiones de alto riesgo.
Enviar a alguien a la base del Comando es casi una misión suicida.
Nunca nos habríamos arriesgado con Gray si alguien más hubiera sabido pilotar ese avión, pero la tecnología del B-8 es demasiado novedosa.
Nadie podía hacerlo excepto él. Aun así, no estábamos cómodos con que fuera solo, por lo que le enviamos una persona de apoyo.
Niego con la cabeza. Entonces, ¿Betima y «Kaine» se conocían en todo momento? No sospeché que fueran nada más que extraños cuando se vieron por primera vez. Me pregunto si alguna vez seré la mitad de buena que ellos como agente.
—Adrienne y Gray no querían que fuera —dice Teriq, y traga saliva con fuerza—.
Creen que los empáticos no son de fiar. Pero yo sí confiaba en mi hermana.
Tenía muy buena puntería y era rápida bajo presión.
Si alguien podía respaldar a Gray, esa era Betima.
Y creí que tenía un escudo fuerte. Siempre había sido capaz de controlar por completo sus tendencias empáticas.
—Seguro que, en circunstancias normales, así era. No podías saber que alguien moriría en sus brazos.
Teriq centra los ojos en el café.
—Debí votar en contra. Habríamos enviado a otra persona. Por… —Traga saliva—. Por mi culpa, murió.
Esta vez, no puedo ignorar el dolor.
—Lo entiendo. Por mi culpa, pillaron a Jim…
Julian —me corrijo—. Capté la atención de un soldado del Comando en mi pueblo, así que aparecieron en el rancho.
Uno de los agentes lo reconoció. —Me muerdo el labio por dentro—.
Por mi culpa, lo arrestaron, por lo que…
, sí…, sé lo que se siente al pensar que has provocado la muerte de un ser querido.
Ambos nos quedamos en silencio durante un momento. Al final, se aclara la garganta.
—Bueno, te dejo tranquila.
Estoy a punto de suplicarle que se quede, pero ya está echando la silla hacia atrás, dejándome a solas para que me termine el resto de la comida.
ACUDE AL TEMPLO A LAS 09:00
La alerta me da los buenos días cuando me despierto a la mañana siguiente, produciéndome una punzada de nerviosismo. Supongo que hoy me toca practicar con Hawkins y…, bueno, me da miedo.
Alguien llama a mi puerta cuando estoy terminando de prepararme. Me hago un moño en la coronilla y me dispongo a abrir. Ante mí encuentro a Gray, bastante guapo con el uniforme gris de piloto.
—No me odies —dice.
—¿Qué? ¿Vas a fingir tu muerte de nuevo?
Le brillan los ojos.
—No, pero no volveré a la base hasta mañana.
—Creía que ibais a mantener un perfil bajo durante un tiempo.
—Así es, pero Adrienne tiene que ir a la ciudad y necesita que alguien la lleve.
—Por favor, deja que vaya con vosotros —le suplico.
Se echa a reír.
—No.
—¿Qué voy a hacer aquí yo sola? Aún no me han asignado ningún puesto.
—En realidad, empiezas esta tarde. Deberías recibir dentro de poco los detalles en el intercomunicador.
—¿Podré ver a Xavier hoy? —Empiezo a estar preocupada por él. Por lo poco que sé, quizá esté en una cámara de tortura, con la piel hecha jirones y las uñas arrancadas.
—Propónselo a Kallister, pero dudo que lo recompensen con una visita cuando lleva días negándose a hablar.
—¿Hablar de qué? —pregunto, molesta—. No va a soltaros todos los secretos del Comando, si es lo que pretendéis. Pero al menos dadle una oportunidad de demostrar que os es leal.
—Puede mostrar su lealtad vendiendo a la gente con la que colaboraba antes —responde Gray y, aunque lo entiendo, también sé que Xavier nunca revelaría nada que pudiera poner en peligro a Cross. Yo tampoco—. Como he dicho, habla con Kallister. Ade y yo estaremos desaparecidos hasta mañana.
—¿Desayunamos juntos antes de que te marches? —pregunto, esperanzada.
Parece que está intentando reprimir una carcajada.
—Lo siento, vaquera. Hoy no puedo cogerte de la mano.
En cuanto se va, vuelvo a entrar en mi apartamento para ponerme los zapatos y cojo el intercomunicador, que me guardo en el bolsillo.
Cuando salgo al pasillo, creo que mi cerebro está sufriendo un cortocircuito hasta que entiendo que sí, que hay una chica, una distinta, saliendo a hurtadillas de la habitación de Saint por segunda mañana consecutiva.
De nuevo, sus adormilados ojos verdes se topan con los míos y me dedica una sonrisa de superioridad antes de cerrar la puerta.
En el comedor, cojo un bol de avena con canela y un café. No veo ninguna cara conocida, por lo que me siento a solas en un rincón de la sala.
Apenas he dado el primer bocado cuando aparece Karra. Se queda de pie ante mí, con los brazos cruzados. Su expresión no denota enemistad, pero tampoco es agradable.
—Buenos días —digo, cortés.
No me responde enseguida. Me observa mientras mastico la avena. Luego, se deja caer en la silla que hay frente a mí, con una pose demasiado casual.
—Es gracioso cómo los secretos salen a la luz, ¿no? —señala la novia de Gray.
Arqueo una ceja.
—¿Quién tiene secretos, Karra?
—Tú, tonta. Nuestra nueva agente. —Sonríe—. Vaya vida emocionante has llevado ahí fuera, vaquera. Incitando a gente. Besándola.
—Creo que debes haberme confundido con otra. Nunca he besado a nadie a quien haya incitado.
Un brillo le relampaguea en los ojos.
—No me vengas con esas. Gray me dijo que os liasteis en el Comando.
—Una vez —digo y, satisfecha porque no estemos teniendo una pelea a puñetazo limpio, continúo con el desayuno.