Capítulo 9
K allister me espera en el ascensor, cerca de la pasarela de aterrizaje. Me saluda con una sonrisa cálida y estira la mano para darme un ligero apretón en el brazo.
—¿Qué tal te estás adaptando? —pregunta.
No me molesto en mentir.
—Esta mañana no me he encontrado con demasiadas caras amables.
Se le suaviza la expresión.
—Ah, lo siento, pero te criaste con Julian, por lo que deberías saber que los Modos no siempre reciben con cordialidad a los extraños. Te acabarán cogiendo cariño.
—Quizá tendría más oportunidades si Fiona no hubiera decidido contarles a todos que soy una incitadora.
Un brillo cruza la mirada de Kallister.
—No sabía que había hecho algo así.
—No lo sé con seguridad, pero es lo que piensa Gray.
—Hablaré con ella —dice, tenso.
Presiona un botón en el panel y me sorprende darme cuenta de que este ascensor tiene más de tres opciones. 1, 2, 3 y PB. Planta baja, supongo.
—Creía que en la Daga solo había tres plantas —digo cuando presiona el último botón.
—Así es.
Sin embargo, bajamos un piso más. Cuando las puertas se abren, veo un pasillo iluminado por una fantasmagórica luz azul. Tardo un segundo en entender que no es un pasillo ni tampoco luz. Estamos en una cueva de daguita.
Reprimiendo un grito de sorpresa, salgo del ascensor y estudio el entorno. Un largo y estrecho pasadizo con paredes irregulares de piedra se extiende ante nosotros y, sobre nuestras cabezas, el techo entero está cubierto de daguita. Daguita azul.
Ahora tiene mucho más sentido el nombre de esta montaña.
La base de la Daga Azul. Apenas puedo contener mi asombro.
Hasta ahora, solo había visto daguita blanca.
Me dijeron que existía esta variedad, pero es más impresionante de lo que había imaginado.
Estalactitas retorcidas y nudosas de la piedra preciosa cuelgan del techo como carámbanos brillantes y titilantes, tan deslumbrantes que iluminan el camino.
Las gemas de azul más oscuro, menos comunes, reflejan su luz que baña las paredes y baila por ellas, latiendo y vibrando a medida que avanzamos por la cueva.
Aquí abajo fluye la energía, una cantidad inmensa, tanta que se me eriza el vello de todo el cuerpo.
De repente, vuelvo a la cueva que me enseñó Cross en los distritos.
Llena de daguita blanca y un mar infinito de flores de colores que crecían en cada grieta y recoveco de las paredes, prosperando en la oscuridad.
Cada centímetro de esta cueva desprende energía, como si la tierra poseyera un corazón palpitante.
El recuerdo trae consigo un profundo anhelo.
Debería estar aquí, maldita sea. Y sí, entiendo lo egoísta que es pensar algo así porque eso supondría abandonar a su madre, que está frágil e indefensa con la mente corrompida.
Y, aunque sé que Cross hará lo que sea para protegerla, no puedo evitar desear que esté aquí a mi lado.
—¿Qué es este sitio?
Kallister sonríe al ver mi reacción.
—Lo llamamos el Templo.
El suelo es irregular, pero solo hasta que entramos en la sala principal. Ahí me recibe otra sorpresa.
—Vaya —musito.
Estamos de pie en un círculo perfecto, sobre un suelo liso rodeado de columnas blancas y gruesas con extrañas marcas grabadas en la piedra. Quizá en el pasado los símbolos estaban pintados de colores vivos, pero ahora están desvaídos y muestran tonos apagados de azules, rojos y morados.
—¿Es mármol? —pregunto.
—Lo es —me confirma Kallister.
No es normal ver un material de construcción tan caro en el Continente; solo las élites, los capitalistas que trabajan de cerca con la Compañía y reciben las recompensas que conlleva su complicidad, pueden permitirse construir con él.
He oído hablar de un hotel en Santuario que contiene kilómetros de mármol.
Pero encontrar esto aquí, en las profundidades subterráneas, es increíble.
Las paredes de la cámara están cubiertas con más daguita y, entre cada conjunto de columnas, percibo lo que parecen recovecos de roca natural bañada con luz azul.
Advierto que no estamos solos cuando intuyo a dos figuras en sombras en uno de esos huecos, sentadas con las piernas cruzadas, una frente a la otra.
—¿Esto lo ha construido la Revolución? —le pregunto a Kallister.
—No, lo encontramos así. Supongo que quien diseñara las instalaciones descubrió la cueva de daguita al cavar y decidió usarlo como lugar religioso. —Da un paso al frente y señala el centro de la estancia—. ¿Ves este símbolo en el medio?
Estudio la marca, que parece una «t» minúscula.
—Es un crucifijo —me explica—, un símbolo de la religión antigua. Y, si crees que el suelo es impresionante, levanta la mirada.
Inclino la cabeza hacia atrás y dejo escapar un grito de sorpresa.
El techo está tallado, formando una cúpula, cubierto con un mural sobrecogedor que no necesita explicación.
Veo ángeles por todas partes: elegantes féminas, sinuosos varones y regordetes querubines.
Con los brazos estirados señalan al centro de la cúpula, el punto más alto en el techo.
Los ángeles están en la lista de imágenes prohibidas de la Compañía, de ahí que su presencia sobrecogedora en esta cueva parezca un satisfactorio «¡que os follen! » para nuestros opresores.
—Se supone que anima a mirar hacia arriba —me explica Kallister—. Al cielo.
Lo contemplo de soslayo.
—¿Crees en el cielo? —le pregunto.
—No.
—Yo tampoco —admito, aunque no compartir las creencias religiosas del pintor no resta valor a esta hazaña artística y artesanal extraordinaria—. ¿Alguien aquí es practicante?
Se echa a reír.
—No, esas tonterías no nos interesan. Solo estamos aquí por la daguita. Hemos descubierto que afianza nuestras habilidades. Cuando usamos los dones en el Templo, todo se refuerza: los escudos se vuelven más resistentes, las proyecciones más vívidas y los pensamientos más claros.
—¿Por qué?
—Si supiera el porqué de la mitad de los misterios que rodean a los Modos, sería el hombre más listo de la Tierra.
Advierto movimiento al otro lado de la sala. Las dos figuras del recoveco entran en el círculo de mármol. Aún no conozco a la mujer mayor, pero sí recuerdo a la rubia que la acompaña: Poppy, la adolescente que me trajo la cena la otra noche.
Murmuran un saludo antes de salir de la caverna y yo las estudio con la mirada mientras se alejan.
—¿Todas las personas de la Daga deben venir aquí abajo a practicar?
—No es obligatorio para todos, no, pero muchos decidimos hacerlo. Algunos solo bajan para meditar porque la daguita los relaja, pero cualquiera con una marca de sangre debe recibir formación.
—¿Tienes una marca de sangre? —pregunto, curiosa.
Kallister se sube la manga izquierda para mostrar el círculo rojo en el antebrazo.
—Jim no tenía ninguna —comento.
—No, pero debería haberla tenido. Julian era un poderoso lector de mentes, por no mencionar que era un maestro blindando su cerebro. —El orgullo en su voz me hace sentir un poco más conectada a Kallister, sabiendo que ambos queríamos a Jim.
Me guía hasta uno de los pequeños recovecos. El techo no es muy alto, pero hay suficiente espacio para que permanezca de pie sin tener que agacharse. Hace un gesto hacia los dos cojines planos que hay en el suelo.
—Siéntate.
Cuando nos situamos uno frente al otro, con las piernas cruzadas, una sensación inquietante me recorre el cuerpo.
Me recuerda a las prácticas que hacía con el tío Jim en las Tierras Oscuras, su brusquedad al pedirme que me centrara, que lo intentara con más ganas.
No puedo mirar a Kallister sin ver a Jim.
—Me gustaría que intentaras superar mi escudo —dice, relajando la postura, con las dos manos sobre los muslos.
—Vale.
Me limpio el sudor de las palmas en los pantalones y crispo los dedos sobre el regazo. Luego, cierro los ojos e inhalo despacio.
En cuanto abro una vía hacia su mente, siento la presión.
Por lo general, suele ser débil, pero en la cabeza de Kallister es asfixiante.
Su escudo es increíblemente resistente y me repele con firmeza.
Me siento como si me encontrara en una habitación con muchas personas en la que intento abrirme paso atrapada entre muchos cuerpos.
Por fin, logro ver el escudo. Es impresionante.
No tiene ninguna grieta, ni una sola rendija.
Me imagino de pie ante él, pasando las manos por la suave superficie.
Jim llamó a este proceso «investigación», y en él se estudia el escudo con los dedos, explorando cada centímetro hasta encontrar el talón de Aquiles.
Kallister no tiene ninguno. Ninguna debilidad. Nada.
Arrastro la uña por el escudo. A veces, el mínimo rasguño aparece y, si lo hace, basta con agrandarlo con el dedo.
Tras ejercer presión, se puede clavar la uña y la grieta se ensancha hasta lograr pasar por ella.
Pero esta vez no ocurre. Kallister Ash es un muro de disciplina mental y su cerebro no deja de eludirme.
Me palpitan las sienes y el malestar me atenaza la nuca. Intentar infiltrarme en su escudo supone gastar mucha energía. No recuerdo que el del tío Jim fuera así de impenetrable.
—Vale, ya basta —me ordena.
Pestañeo y un suspiro irregular se me escapa de entre los labios. Me doy cuenta de que estoy sudando. Si me mirara en un espejo, seguro que vería que me habría desaparecido el color de la cara. Siento lo mismo que la mañana que incité al pelotón de fusilamiento. Debilidad. Vértigo.
—Podemos probar más tarde —dice Kallister.
—No —protesto—. Deja que vuelva a intentarlo ahora mismo.
—No puedo hacerlo. Se requiere un periodo obligatorio de descanso tras un esfuerzo mental que dure más de una hora.
¿Llevamos aquí sentados más de una hora? No tenía ni idea. El tiempo se ha ralentizado hasta casi detenerse mientras investigaba.
—¿Has estado aquí sentado durante una hora en silencio total?