Capítulo 8 #2
La puerta corredera se abre y me encuentro ante un gran pabellón de cubículos y pantallas holográficas en todas las superficies.
Hay personas sentadas ante los distintos escritorios, pasando la mano por el aire o escribiendo en las tabletas.
También percibo un sorprendente número de cuadernos y otros artículos de papel.
La escasez de árboles que ha habido en el Continente durante décadas convierte al papel en un lujo poco habitual.
Cuando doy un paso al frente, Gray tira de mí.
—No puedes entrar. No tienes permiso. Vamos, estamos llegando a la zona más divertida.
Subimos en ascensor a la planta de Operaciones, que rebosa actividad.
—El centro de control está por aquí. —Señala algún punto detrás del ascensor—. Es desde donde monitoreamos los satélites, intercomunicadores, señales, drones…, básicamente todo lo que nos mantiene un paso por delante de la Compañía.
Se encamina en dirección contraria mientras yo acelero el paso para seguirle el ritmo.
—Este es el gimnasio de entrenamiento.
La siguiente puerta se abre a un inmenso polideportivo lleno de tapetes negros y sacos de boxeo. Veo a Evlynne al otro lado de la nave, con los puños en el aire, golpeando a un tipo que es el doble de grande que ella.
—Las salas de equipación y pesas —dice Gray, señalando con la cabeza hacia una amplia entrada.
Al lado del gimnasio también hay un campo de tiro con arco al que le dedico solo un rápido vistazo, puesto que es una modalidad que nunca me ha interesado. Sin embargo, el entusiasmo hace su aparición cuando llegamos a un campo de tiro interior.
Gray advierte la manera en la que se me iluminan los ojos.
—Tú y tus armas.
Le dedico una sonrisa.
—Por cierto, no se me ha olvidado cómo actuaba la señorita Incompetente en la sección Plata —farfulla—. «¿Cómo se sujeta el fusil? ¿Qué le pasa a mi postura?». —Suspira—. ¿Recuerdas el día en que te enseñé a utilizarlo? Seguro que luego te echaste unas buenas risas.
—Más o menos, pero me pareció bonito que intentaras ayudarme —digo, dándole unos golpecitos en el brazo.
—Bueno, ahora puedes devolverme el favor. Intentaré conseguirte un puesto aquí, pero, por supuesto, necesitaré que los demás lo aprueben.
Se acerca a un puesto de tiro y coge una pistola del estante.
Comprueba que tenga munición antes de colocar el peine en su sitio y levanta el arma con una mano, con aspecto despreocupado.
No llevamos protección para los oídos ni gafas, pero no parece importarle.
Dispara y alcanza al objetivo en el pecho. Justo en el blanco.
—¡Toma ya! —exclamo.
Me guiña un ojo antes de tenderme el arma por la empuñadura. Con una sonrisa, doy un paso al frente e imito su postura, la misma pose relajada, sujetando la pistola con una mano. Mi bala también da justo en el blanco. Entre los ojos.
—Creída —me insulta.
Me echo a reír y dejo el arma en el estante.
—Tenemos algunos reclutas nuevos en la Daga con los que me encantaría que trabajaras —dice Gray mientras nos dirigimos a la salida del campo de tiro.
—¿Cómo funciona? Lo del reclutamiento, quiero decir. ¿Recibís a muchos nuevos?
—A algunos. Tenemos ojos y oídos en todos los distritos, por lo que siempre estamos al tanto si alguien quiere trabajar para la Revolución. Así es como entraste en nuestro radar. Recibimos el rumor de que Tana Archer decía que su amiga y ella querían ayudar.
Lo fulmino con la mirada.
—Ya, y lo único que hicisteis fue encargarnos misiones sin importancia para entregar suministros.
—Oye, a mí no me mires. En ese entonces, no formaba parte de la Autoridad. Me uní hace solo dos años. El culpable fue Julian Ash. Ese hombre hizo todo lo posible para mantenerte alejada de nosotros.
No me sorprende.
—Pero hay padres que están deseando que sus hijos se unan a la Revolución —continúa explicándome Gray—.
La edad mínima son dieciséis años, por lo que nos llegan muchos adolescentes a la Daga o a la base de la Zarzamora para que los formemos.
En otros casos, escuchamos que alguien en los distritos tiene una habilidad que podemos utilizar; por ejemplo, que es un as de la tecnología, un gran piloto, un experto en explosivos…
, lo que sea. No siempre son Modos. Si oímos hablar de una persona a la que nos gustaría reclutar, utilizamos la red para ver si le interesa.
—¿De verdad no hay ningún Primario en la Daga?
—No. Algunos viven en el valle; la mayoría de ellos son padres que no quieren separarse de sus hijos, pero la Daga es solo para Modos. No nos negamos a colaborar con agentes Primarios en los distritos, pero aquí no. Esta base es demasiado importante para que caiga en manos enemigas.
—Por eso no dejáis que Xavier salga de la celda.
—Es un enorme riesgo para la seguridad. Si lograra escapar…
—¿Cómo iba a hacerlo? —le contradigo—.
No es un Modificado, no puede contactar con nadie a través de la telepatía.
Aquí está básicamente aislado del resto del mundo.
Además, supón que logra salir de la celda.
Luego, ¿qué? ¿Escaparía de la montaña pegando tiros a diestro y siniestro?
Es más, si lo consiguiera, tendría que encontrar el camino de vuelta por las Tierras Oscuras, conseguir sobrevivir y encontrar un refugio en los distritos porque le han puesto precio a su cabeza. Créeme: no quiere huir.
Gray se encoge de hombros.
—Entonces puede empezar cooperando durante los interrogatorios. Hasta ese momento, seguirá siendo un prisionero.
—Hablando de prisioneros… —Dudo un segundo—. ¿Por qué no se intenta rescatar a los Modos de los campos de trabajos forzados?
—Porque no es tan fácil como parece.
—Anoche me vinculé con Tana —admito—, mi mejor amiga en Z. La han marcado, Gray.
Su expresión se torna sombría.
—Los marcan a todos.
—¿Por qué dejamos que ocurra? —Su falta de indignación me molesta—. Me subí a un helicóptero contigo porque dijiste que íbamos a la guerra, que íbamos a luchar. En lugar de eso, lo único que hacéis es entrenar dentro de una montaña y entrar de incógnito en los distritos. ¡Eso no es luchar!
—Siento que esta guerra no esté yendo tan rápido como te gustaría, vaquera —dice con sequedad.
Al notar mi frustración, suaviza el tono—.
No dejamos de hacer planes. Ahora mismo todo parece haberse paralizado, pero te prometo que, en cuanto el proceso se ponga en marcha, echarás de menos estos días de tranquilidad.
—Quizá —digo, poco convencida. La falta de acción me resulta insoportable.
Seguimos con el tour. Me muestra la armería, las cabinas de seguridad y el ala de comunicaciones.
Nuestra última parada es en el departamento de tecnología, y esta vez no merodeamos por el umbral, sino que entramos en una enorme sala llena de equipos.
Tabletas, radios, auriculares y una amplia gama de aparatos.
Una larga mesa blanca se extiende por el centro de la sala, salpicada de cachivaches.
Sin embargo, hay un dispositivo que capta mi atención.
Es negro, estrecho y cilíndrico. De inmediato, sé lo que es: un inhibidor de señal.
Es casi idéntico a los que usan en el Comando y, aparte de mi fusil, lo considero una de las herramientas más útiles de un arsenal.
Entre otras funciones, detiene la grabación de las cámaras, confunde señales, paraliza sistemas críticos o, según su fuerza, cierra redes enteras. En otras palabras, te vuelve invisible.
Aventurándome en el interior de la sala, me acerco a una vitrina que muestra varios auriculares.
—¿Cómo funciona? ¿Qué pasa si necesito algún aparato tecnológico?
—Cada vez que alguien coge o deja algo, se registra, pero tú no tendrás acceso a todo lo que hay aquí.
Los permisos dependen de varios factores.
Los miembros de la Autoridad podemos usar lo que queramos y los líderes de misión, casi todo.
El personal de niveles inferiores suele sacar solo intercomunicadores y tabletas sin información clasificada, a menos que pidan acceso a otros aparatos.
¿Solo podré sacar intercomunicadores? Nah, me parece a mí que no.
—¿Qué clase de auricular es este? —pregunto, señalando la vitrina—. ¿Puedo verlo?
—Claro.
Gray se acerca al mueble para abrirlo. En cuanto se da la vuelta y sé que no me está viendo, me apoyo en el borde de la mesa y cubro el inhibidor con una mano, notando la superficie mate fría bajo la piel.
Con un movimiento fluido, me lo meto en el bolsillo trasero y, cuando Gray se gira, descanso el peso del cuerpo en el otro pie como si estuviera reajustando mi postura de manera casual.
Me tiende el auricular para que lo examine.
—Es parecido al que usan los soldados de la sección Plata, pero funciona por satélite.
—¿A pesar de ser un auricular? —pregunto, sorprendida.
—Sí, así es imposible detectar la señal o que lo intercepten. Contamos solo con un puñado, por lo que los reservamos para las misiones de alto riesgo. Tenemos cuidado con nuestros satélites.
—Vaya, ¡qué guay!
Arquea una ceja.
—¿Qué? —pregunto con expresión impasible.
—No soy un recluta del Comando. No me vengas con esas mierdas.
—¿Qué mierdas?
—Lo de robar aparatos tecnológicos.
Joder. Gray me dedica una sonrisa.
—¿Sabes? Podrías habérmelo pedido.
—Claro —digo, desafiante—. ¿Me dejas sacar un inhibidor de esta sala?
—Depende de para qué lo quieras…
Dudo. Luego opto por la sinceridad porque no tengo nada que perder y así quizá gane puntos.
—Quiero hablar con Xavier con total libertad.
Tensa la mandíbula ligeramente.
—¿Sobre el capitán?
Asiento, cohibida. Se queda callado a medida que pasan los segundos. Luego, me sorprende diciendo:
—Quédatelo.
—¿Seguro?
—No pasa nada. Lo sacaré con mi identificación. —Se oye una vibración y saca del bolsillo el intercomunicador para mirar la pantalla—. Kallister dice que es hora de empezar tu formación.