Paloma caída (Élite plateada 2) Capítulo 8
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Capítulo 8

A la mañana siguiente me despierto de un duermevela intermitente con un mensaje de Gray en el nuevo intercomunicador, en el que me pide que me reúna con él en el comedor para hacer el tour por la Daga.

Después de una ducha, me visto, me hago una coleta baja y me dirijo a la puerta.

Salgo de la habitación justo al mismo tiempo que otra puerta del pasillo se abre con un zumbido.

Tras ella surgen unos pies desnudos, seguidos de unas piernas bronceadas y, por fin, la propietaria de esas piernas.

Es una preciosa mujer morena con el pelo alborotado y un vestido corto; lleva los zapatos en la mano.

Una vez en el pasillo, corre como si no quisiera que la vieran.

La puerta está a punto de cerrarse cuando un par de ojos verdes se topan con los míos.

Es ese chico, Saint, que esboza una sonrisa de superioridad cuando me ve. Vuelve a colarse en su apartamento y yo oculto mi diversión al pasar junto a su puerta.

Es mi primera vez tratando de abrirme paso por la Daga sin un guía, por lo que me agrada descubrir que logro volver al comedor sin tener que comprobar el mapa del intercomunicador ni una sola vez. Al girar la esquina, el sonido de voces agitadas hace que me detenga de golpe.

En la puerta del comedor, Gray y Karra están teniendo una discusión acalorada.

Me apresuro a dar un paso atrás para eludir los ojos de la chica.

Si Gray repara en mí, no lo deja entrever.

Cada vez que Karra habla, él tensa la mandíbula, una respuesta enfadada que hace que la chica se cruce de brazos.

Alza la voz y, cuando le echo un vistazo a su perfil, veo que tiene las mejillas sonrosadas por la ira.

Por fin, se echa el pelo negro sobre los hombros y se aleja con largas zancadas en dirección contraria a donde estoy yo.

Espero unos segundos antes de dar un paso al frente, esbozando una sonrisa casual al acercarme.

—Siento llegar tarde.

—No has llegado tarde. Estabas merodeando por el extremo del pasillo, fingiendo que no veías cómo Karra me echaba la bronca.

No puedo evitar reírme.

—No quería interrumpir.

—Sabia decisión. Lo más probable es que Karra te hubiera arrancado la cabeza.

—Oye —protesto—, ¿qué tengo que ver yo en esto?

—En teoría, nada. —Se pasa una mano por el pelo rubio y deja escapar un largo suspiro—. Pero es posible que sea… consecuencia de lo de anoche.

—¿Por qué? ¿Qué pasó anoche?

—Descubrió que tú y yo nos liamos en la sección Plata.

Titubeo. Mierda. Esperaba hacer amigos por aquí.

—¿Cómo lo descubrió? —pregunto, desconfiada.

—Bueno —dice, abriendo la puerta doble—, me preguntó si nos habíamos liado y le dije que sí.

Me quedo boquiabierta.

—¿Por qué?

—¿Por qué le iba a mentir? —Se encoge de hombros—. Mira, KC suele saltar a la mínima, pero no tienes que preocuparte por ella. Echará humo y azufre durante un par de días y luego llegará a la muy sensata conclusión de que no es dueña de mi polla. Sobre todo, cuando estoy soltero.

En el comedor, la mayoría nos recibe con expresiones amistosas, aunque siento un cambio extraño en algunas personas que ayer me sonreían abiertamente. Una de las pilotos que me presentó Gray, Lexi, no me sostiene la mirada y su amiga, cuyo nombre no recuerdo, me observa con evidente hostilidad.

Cuando pasamos junto a ambas mujeres en la sección de los cafés, sus venas se iluminan de inmediato mientras centran los ojos en mí.

—Por cierto —dice Gray como quien no quiere la cosa—, supongo que debería avisarte de otra cosa.

No logro contener el sarcasmo.

—¿Tiene que ver con el motivo por el que esa piloto amiga tuya me está mirando como si hubiera envenenado los huevos?

Parece reacio a responder, pero al final dice:

—Se ha corrido el rumor de que puedes incitar.

—¿Qué? ¿Cómo?

Encontramos dos asientos al fondo de la estancia, un lugar tranquilo sin nadie a nuestro alrededor. Pincho el tenedor en los huevos revueltos con un poco más de fuerza de la necesaria.

—Si debo culpar a alguien —comenta—, diría que ha sido Fiona.

—Se me prometió que la revelación sería confidencial. —El estómago me da un vuelco—. ¿Por qué haría algo así?

El arrepentimiento le invade las facciones.

—Fi sirvió con el presidente Severn antes del golpe de Estado. No es muy fan de esa habilidad en concreto.

No, supongo que no. No es ningún secreto que el antiguo líder del Continente usaba sus habilidades con libertad. Severn no tenía reparos a la hora de incitar a cualquiera que se cruzara en su camino, incluso a sus aliados Modificados.

—Entonces, ¿ahora le está recomendando a todo el mundo que no se acerquen a mí, que me tengan miedo? —Me arden los ojos, pero me niego a llorar. Crispo los dedos sobre la mesa para distraerme y los nudillos se me tornan blancos por la fuerza—. Aquí nunca incitaría a nadie.

—Lo sé, y te prometo que a la mayoría le da igual que seas una incitadora.

En el mejor de los casos, estarán impresionados.

En el peor, les incomodará que utilices tu poder contra el enemigo.

—Luego, añade con un tono afable—: Sé que querías mantenerlo en secreto, pero ¿quieres saber mi opinión?

Es mejor que lo sepan. Muchas personas de la Daga deciden revelar sus habilidades, sobre todo los agentes de campo.

—¿En serio?

Asiente.

—Así se crea un ambiente de confianza. No te sentirías cómoda trabajando con alguien que te oculta algo, ¿no?

Quizá tenga razón. Pero me siento desnuda.

Me he pasado toda la vida ocultando que puedo incitar y ahora todos estos extraños lo saben, lo que me causa una sensación de desesperanza.

Parpadeo rápido para reprimir las lágrimas.

No sé qué me pasa ni de dónde procede este aluvión de emociones, pero no me gusta.

Ojalá Cross estuviera aquí, abrazándome y protegiéndome de los ojos de todos.

Me encantaría oír la voz de Lobo en mi cabeza, recordándome que soy Wren Darlington, la puta ama, la persona más fuerte que conoce.

—Wren, oye. —Gray estira el brazo por la mesa y me toca la mano para destensarme con suavidad los dedos del borde, obligándome a relajarlos.

Es un gesto tranquilizador y mi nerviosismo empieza a disolverse poco a poco—.

Mira, algunas personas quizá estén recelosas, pero dales tiempo —me aconseja—. Se les pasará.

—Es peor que Kess y Anson —digo, refiriéndome a los reclutas de la sección Plata que se dedicaban a acosar a todo el mundo.

—Confía en mí, no es peor que esos dos psicópatas sin corazón.

Advierto la conversación telepática que está teniendo lugar al otro lado de la sala y aprieto la mandíbula.

—Quizá no sean psicópatas, pero son unos maleducados del copón. Están hablando de mí a mis espaldas ante mis propios ojos.

—O… —dice Gray, y hace una pausa, tanteándome— están hablando de otra cosa que no tiene nada que ver contigo.

—¿Por qué no les lees la mente y me lo dices? —lo desafío.

Todavía no me ha revelado sus habilidades y no hay nada más insoportable que no poder saciar mi curiosidad.

—No soy un lector de mentes —responde con un guiño.

—Entonces, ¿qué haces? —insisto cuando no me da ninguna explicación más.

—No te gustaría saberlo.

—Sí, ¡claro que sí!

—Una pena.

—¿Qué pasa con lo de promover la confianza?

—Ya tengo tu confianza.

—Si lo adivinara, ¿me lo dirías?

—Claro, pero todavía no lo has hecho.

—Te odio.

Impasible ante mi ataque, Gray se mete un pedazo de beicon en la boca y echa la silla hacia atrás.

—Voy a por café. Termina y te enseño todo esto.

Comenzamos por la planta superior de la Daga y vamos bajando.

Ya estoy familiarizada con la mayor parte del tercer piso, pero damos una vuelta rápida por las instalaciones que aún no había visto, como aquellas donde se prepara la comida.

La cocina es enorme, aunque supongo que es normal si debe alimentar a toda la base.

Gray me cuenta que hay casi mil personas viviendo en la Daga.

Mientras pasamos a las salas comunes, señala otro pasillo.

—Si lo sigues hasta el final, encontrarás la salida a la cornisa. Es donde va la gente a fumar, relajarse o lo que sea. Desde ahí se obtiene una panorámica fantástica de la montaña. Te llevaría, pero está lloviendo.

—¿Y no quieres que se te estropee el pelo? —bromeo.

—Claro que no —responde, serio—. Se necesita mucho trabajo para dejarlo perfecto.

—Ajá, seguro.

Luego pasamos a la segunda planta: Investigación e Inteligencia. Echamos un vistazo a la enfermería, pero no entramos, lo que me parece bien, ya que me han dicho que Fiona pasa ahí casi todo su tiempo. Resulta que, aparte de ser una chivata, también es la sanadora interna de la Daga.

Gray me muestra la biblioteca digital; para entrar hace falta un permiso de huella dactilar. Me explica que hay varios niveles de autorización, dependiendo del documento o texto al que se esté intentando acceder, y no cualquiera puede entrar en todos los puestos de trabajo.

—Los laboratorios están en esta área —dice cuando recorremos otro pasillo interminable—. Pero también tenemos uno externo en la parte norte de la montaña, donde se hacen pruebas.

—¿Qué probáis? ¿Más bombas de azúcar? —lo provoco.

Cuando estábamos en la Élite Plateada, Cross nos dio una charla informativa sobre un artilugio incendiario que estaba utilizando la Revolución.

El Comando lo llamaba bomba de azúcar porque los científicos de la Compañía que lo habían desarrollado habían descubierto una manera de extraer y refinar el azúcar natural en un compuesto que provocaba una explosión similar a las bombas atómicas de la antigüedad.

—Entre otras cosas —dice Gray.

—¿Sabes? Mi querido amigo Kaine Sutler murió en un ataque con una bomba de azúcar.

—Joder, debiste quedar destrozada.

—Con el corazón roto —le confirmo, seria—. Me pasé meses llorándole antes de dormir.

Con una carcajada, me guía hasta una puerta de seguridad en el extremo del pasillo.

—Aquí está el servicio de inteligencia —dice.