Capítulo 7
G ray lleva todo el día haciendo vuelos de transporte a ese misterioso valle del que todos hablan y, dado que no me siento lo bastante segura para explorar la Daga por mi cuenta, me retiro a mi apartamento.
Me han dado una habitación a tres puertas del suyo, donde he encontrado un intercomunicador plateado en la mesilla de noche, una pulcra pila de ropa en la cama y todo tipo de productos de aseo en el pequeño baño privado.
Me doy una ducha rápida y me enfundo unas mallas y una camiseta nuevas, ambas con olor a detergente.
Luego, me tumbo en la cama individual y configuro el intercomunicador mientras sigo dándole vueltas a la pregunta de Adrienne.
¿Estoy dispuesta a luchar en esta guerra con ella?
Supongo que ya he aceptado al estar aquí, pero eso no significa que esté dispuesta a disparar a todos los Primarios que se crucen en mi camino.
Mis padres no tenían escrúpulos en lo que a daños colaterales se refiere.
No les importaba cuántos civiles quedaran atrapados en el fuego cruzado siempre y cuando cumplieran los planes de la Compañía.
Decidieron que podían vivir con ese peso encima, pero yo…
no sé si podría. Mientras estaba en el Comando, los límites se desdibujaron ante mis ojos y empecé a considerar amigas a algunas de esas personas, lo que me afectó psicológicamente.
Por mucho que desee luchar con Adrienne y la Revolución, temo no tener estómago suficiente para ir tan lejos como ellos.
Además, me horroriza que puedan descubrir quiénes eran mis padres y no tenga oportunidad de demostrar mi valor. Me aterra pensar en Cross, solo en la ciudad, sin ningún aliado de verdad. Me da miedo… todo. Y odio esta puta sensación.
El aparato entre mis dedos vibra para indicarme que ha terminado de actualizarse, rescatándome de mis pensamientos turbulentos. Necesita mi huella para reiniciarse y, unos instantes después, tengo un intercomunicador funcionando entre las manos, con un alegre mensaje en pantalla:
BIENVENIDA, WREN DARLINGTON.
Me muevo por el menú y encuentro un centro de servicios de mensajería, una biblioteca digital y aplicaciones prácticas como la cámara, la linterna, la brújula y pantallas de navegación.
Me percato de que no tengo acceso a Nexo, la red en línea del Continente, lo que no me sorprende, pero sí que doy con la versión de la Revolución, una aplicación llamada ARAÑA que parece operar a través de señales de satélite.
Estoy revisando la biblioteca digital en busca de algo para leer cuando noto la energía de Kallister en mi mente.
Empezaremos mañana con la formación , me dice. Te buscaré después del desayuno .
Formación. Me pregunto qué implicará. Incitación, supongo, lo que hace que me sienta incómoda porque es la única habilidad que no he sido capaz de dominar y la que más me aterra. La idea de robarle a alguien su voluntad nunca dejará de provocarme un nudo en el estómago.
Pienso de nuevo en el comunicado de Travis, las tácticas basadas en el miedo que está empleando para asustar a los Primarios y que piensen que todos los Modos tenemos malas intenciones, que deseamos corromperles la mente. Mientras tanto, yo daría lo que fuera por no poder incitar.
Me tumbo sobre el costado y contacto con Cross porque el sonido de su voz siempre me calma.
¿Estás bien, palomita?
Como era de esperar, de inmediato me baña una sensación de paz.
Todo bien. Solo necesitaba escuchar tu voz . Dudo. Ojalá me hubieras avisado del gran discurso de tu hermano.
¿Qué discurso?
¿Del comunicado melodramático de esta mañana? ¿Todas esas tonterías sobre estar en el bando correcto y destruir a la Revolución miembro a miembro? ¿Lo de hacer que todos se caguen encima por lo que le pasó a tu padre?
Ah, sí. Lo siento. Ahora mismo tengo la cabeza en otra parte.
¿Estabas en el Capitol con él?
No, en la base.
No me gusta que estés ahí sin ningún apoyo , digo, desesperada. Ojalá Xavier se hubiera quedado contigo. ¿Y si Travis se entera de que eres un Modo?
Llevo toda la vida ocultándoselo a mi familia , me recuerda. Si se me iluminaran las venas, ¿quién sabe?, lo mismo mi padre ya me habría pegado un tiro en la cabeza. Pero, por suerte, no es así. Nadie ha sospechado nunca de mí.
Ahí no estás a salvo , le insisto.
Lo estoy. Te lo prometo.
Se queda callado unos instantes. Luego, suelta una maldición que suena demasiado profunda y atormentada, muy diferente al Cross de siempre.
Ojalá estuvieras aquí. Pienso en ti cada segundo del día, joder . La nostalgia le impregna la voz. Ayúdame a que el tiempo pase .
Frunzo el ceño, aunque no puede verme.
Pensaba que tu hermano te mantenía ocupado .
Una nueva pausa.
Así es. Desearía que estuvieras aquí, eso es todo .
¿Y qué harías si estuviera ahí?
No pretendía sonar lujuriosa, pero, en cuanto la pregunta abandona mis labios, me doy cuenta de lo sugerente que parece. Un grave gruñido me inunda la mente, haciendo que me estremezca.
Te besaría hasta que se te amorataran los labios. Te follaría hasta que se te debilitaran las piernas .
Me muerdo el labio mientras una descarga de excitación me recorre las entrañas.
Parece peligroso .
Cross gruñe de nuevo y el sonido ahogado encierra el mismo deseo que me inunda la sangre.
Maldita sea, Margarita, nunca he deseado tanto a nadie como a ti.
Sé exactamente lo que siente.
A mí también me gustaría estar ahí , digo con suavidad.
No responde.
¿Lobo? , pregunto, luchando contra una punzada de pánico.
Tengo que irme. Acaba de llegar Roe.
Avísame cuando…
Pero ya se ha ido.
Cuando llega la noche, no logro quedarme dormida.
Mi cerebro no deja de dar vueltas, reproduciendo una y otra vez mis conversaciones con Adrienne, Cross, Gray y sus amigos.
Resisto la necesidad de contactar con Cross de nuevo porque es tarde y sé que apenas duerme.
Cuando éramos críos, dos extraños que hablaban en secreto en sus cabezas, me contó que tenía una pesadilla recurrente en la que se ahogaba en una cueva subterránea, un sueño que lo inundaba de un miedo paralizante cada vez que lo asaltaba.
Si ha logrado caer en un apacible duermevela esta noche, lo último que deseo es arrebatárselo.
Me remuevo bajo la manta, incapaz de encontrar una posición cómoda, y me encuentro pensando en mi madre, deseando tener recuerdos de ella. Buenos, malos…, lo que sea. Pero ni siquiera visualizo su cara. Cuando lo intento, solo percibo una forma difuminada, una imagen borrosa.
De repente, mientras sigo tumbada contemplando el techo, mi mente vuelve a las Tierras Oscuras, a una fría tarde de primavera cuando tenía seis años.
El tío Jim solía dejarme sola en nuestro claro mientras iba de caza o a por agua, pero ese día, cuando regresó del riachuelo, de inmediato me percaté de que tenía los ojos rojos y una actitud sombría.
—Estás raro —le acusé, con la franqueza con la que suelen comunicarse los niños—. Y tienes los ojos hinchados.
Se encogió de hombros y dijo que se había lavado la cara en el río. En ese momento, no entendí que era una respuesta estúpida. Con seis años, no me lo cuestioné. Sin embargo, años más tarde conecté los ojos rojos con que había estado llorando.
Unos días después, se sentó a mi lado en la hierba con expresión seria.
—Necesito contarte algo, pajarito —dijo con la voz ronca—. He recibido noticias de tu madre.
—¿Mamá? —Se me iluminó la cara—. Echo de menos a mamá. ¿Va a venir?
—Yo también la echo de menos. Pero no, no volveremos a verla.
—Pero quiero verla. ¿Por qué no puedo?
—Porque ha muerto.
Pestañeé, confundida. Entendía el concepto de la muerte porque mi padre había muerto el año anterior, pero la idea de que también mi madre se hubiera ido… no era capaz de asimilarla. Nadie a mi alrededor tenía dos padres muertos. Por alguna razón, era inconcebible para mi cerebro infantil.
—Tu madre ha muerto —repitió el tío Jim—. ¿Entiendes lo que quiero decir? No volverás a verla porque está muerta.
Recuerdo quedarme ahí sentada, en silencio, no sé durante cuánto tiempo. No lloré. Ni me puse histérica. Me quedé sentada sin hacer ruido hasta que, por fin, me puse de pie y fui a ayudar al tío Jim a avivar el fuego.
Ahora me maldigo por no haberle hecho más preguntas ese día. Años más tarde, Jim me reveló que a mi madre la había ejecutado el Comando, aunque omitió que hubiera sido leal a la Compañía, en lugar de a la Revolución.
«Tu madre era Marina Serrano».
Sí, gracias, Jim. ¿No podía haberme dado más detalles?
¿Un ápice de contexto? ¿Quién era esa tal Marina Serrano, la mujer que pensaba que estaba en el bando de los buenos?
¿Y quién coño son los buenos? Porque hoy he estado con Adrienne, escuchando cómo ha estado tirando y cortando los hilos de la mente de otras personas hasta provocarles la muerte cerebral.
¿Se supone que eso debe garantizarme que estoy luchando en el bando correcto?
¿Quién cojones decide qué está bien y qué está mal?
Gruñendo contra la almohada, doy una vuelta en la cama por centésima vez. Ojalá pudiera hablar con alguien de esto, alguien que me ayudara a darle sentido al caos de mi cabeza. Por lo general, esa persona solía ser Lobo. O Tana.
El dolor se me extiende por el pecho al pensar en mi mejor amiga. Tana y yo solíamos hablar todos los días. Ahora pueden pasar días o incluso semanas sin que contactemos. Sospecho que, si yo no hiciera el esfuerzo de comunicarme, ella se contentaría con que no volviéramos a hablar nunca más.
Tana me culpa por lo que les pasó a Griff y a ella.
Sé que es así. Pero no me arrepiento de haber llegado a un acuerdo con Cross, de haberlo convencido para que los mandara a un campo de trabajos forzados en lugar de colocarlos antes el pelotón de fusilamiento.
Puede odiarme todo lo que quiera, pero no iba a dejar que mi mejor amiga muriera.
Aun así, su silencio continuado ha dejado un vacío en mi vida. Hemos sido amigas desde los ocho años. Siento su ausencia como si fuera una bola de demolición visceral contra mi alma que hace que desee llorar cada vez que la recuerdo.
Antes de poder detenerme, abro una vía y ejerzo presión en su mente. Con ella suele ser prueba y error, pero esta noche me sorprende vinculándose.
Hola. Sé que es tarde, pero quería saber cómo te encontrabas . Oigo la incomodidad en mi voz. Seguro que ella también. ¿Cómo estás?
Bien , responde, escueta.
«Bien». Estoy tan cansada de esa palabra.
Cada vez que hablamos, la repite, pero ambas sabemos que es una gilipollez.
Por lo general, le sigo el rollo, tan deseosa de conectar con ella que estoy dispuesta a fingir que no se está muriendo por dentro, pero ahora mismo estoy demasiado agotada como para disimular.
Tana , digo, y me estremezco por la chispa de desesperación en mi voz, la súplica silenciosa para que recuperemos nuestra relación de siempre. ¿Cómo puedo arreglarlo?
No responde.
Me trago el pánico que noto en la garganta.
Sé que estás enfadada conmigo por dejar que os mandaran a un campo de trabajos forzados .
Sigue sin responder. La culpa y el arrepentimiento batallan en mi interior, pero ambos acaban por disolverse y son reemplazados por un vacío profundo en el pecho.
No tenía otra opción, Tan .
Por fin, recibo una contestación.
Sí, la tenías. Podrías haber dejado que me ejecutaran .
Rechino los dientes, crispando los dedos sobre el borde de la manta.
No, no podía.
¿Qué preferirías, Wren? , dice con tono apagado. ¿Estar muerta o esto?
Un fogonazo de dolor me atraviesa tras los párpados cerrados cuando proyecta una imagen en mi mente sin previo aviso. Veo piel morena. Una banda negra. Y otra roja. Tardo un segundo en entender que son sus muñecas. La bilis me burbujea en la garganta, quemándome la tráquea. La han marcado.
Después del golpe de Estado del general Redden contra el presidente Severn, Redden empezó a tatuar bandas negras en las muñecas de todos los Modos conocidos en el Continente. A los que se resistían y no le juraban lealtad los marcaba con una segunda, roja, para indicar su estatus como prisionero.
Siento náuseas, el estómago se me retuerce y se me contorsiona. Aunque la proyección desaparece, no puedo borrar de mi mente la imagen de esos tatuajes, y de repente me traspasa un fogonazo de claridad que deshace cualquier duda que haya podido estar teniendo sobre formar parte de esta guerra.
¿Cómo sé que estoy luchando en el bando correcto? Por esto. Por Tana, atrapada en ese campo de trabajos forzados. Lo que nos hace la Compañía está mal. Es una puta barbarie, y no voy a lavarme las manos y dejar que las personas a las que quiero vivan como esclavos.
Voy a sacarte de ahí , digo con firmeza. Te lo prometo .
No hagas promesas de mierda que no puedes cumplir, Wren .
Siento la abrupta respuesta como un puñetazo en el estómago.
Tana…
Interrumpe la conexión bruscamente, dejándome a solas en la oscuridad de mi nuevo y desconocido dormitorio, reprimiendo las lágrimas.