Capítulo 6 #2
—¿Podemos hablar ya de cómo le corrompiste la mente o vamos a seguir dando vueltas alrededor del tema?
Se encoge de hombros, con lo que uno de los mechones pelirrojos se desliza sobre su pecho.
—¿Qué quieres saber?
—¿Que qué quiero saber? Por ejemplo, ¿cómo coño es posible?
—Lo es; confía en mí —responde con sequedad.
—¿Cuántos otros corruptores existen?
—Que yo sepa, solo yo.
—¿En todo el Continente? —pregunto, sorprendida.
—Por lo que sabemos, sí.
—¿Tienes una marca de sangre?
Sin un ápice de vergüenza, se sube el dobladillo de la camiseta y me enseña el círculo rojo sobre el ombligo. Es tan grande como el mío.
—Me apareció con once años —dice—, pero no descubrí que tenía el poder de corromper mentes hasta un año después.
Joder, no sabía cómo usar ninguno de mis poderes hasta que mi padre y yo nos unimos a la Revolución.
Él era un Primario que trabajaba en una mina de carbón en las instalaciones de Spearhead en D.
Cuando me apareció la marca de sangre, encontró la manera de contactar con la red y me entregó a sus miembros.
Frunzo el ceño.
—¿Te entregó?
—Es lo normal. Los padres Primarios con hijos Modos solo tienen tres opciones, Darlington: denunciarlos a la Compañía y dejar que los Primarios los usen como peones o esclavos, ocultar sus habilidades y arriesgarse a que los ejecuten por traición y encubrimiento si salen a la luz o pedirle protección a la Revolución.
Mi padre eligió esta última. Me quería y, si hubiera sabido cómo controlar mis poderes, creo que se habría quedado conmigo y le habría escondido mis habilidades a la Compañía.
Pero aquella situación se escapaba de su alcance.
Sabía que la red podría ayudarme más que él.
Es lo mismo que hizo mi madre. O, al menos, es lo que solía pensar. Antes de leer la carta de Jim, creía que me entregó a Julian Ash para protegerme, no solo de la Compañía, sino también de la Revolución. Temía que ambos bandos quisieran usarme en el futuro.
Pero ya no le encuentro sentido a ninguno de sus motivos.
Si estaba trabajando contra las personas que eran como ella, ¿por qué no me denunció a la Compañía y permitió que me usaran?
Quizá temía que la Compañía me considerara un peligro demasiado grande y me matara.
La incitación por lo general suele conllevar una sentencia de muerte, pero solo era una niña.
No sé si el general Redden habría sido tan cruel como para ejecutar a una cría.
—Empecé a formarme cuando llegué a la Daga. —La voz de Adrienne me devuelve al presente—. Hasta entonces, no sabía cómo usar la telepatía, mucho menos la corrupción. Y fue solo durante mi formación cuando comprendí que no todos veían los hilos de pensamiento.
—¿Hilos de pensamiento?
—Cuando lees una mente, ¿cómo absorbes los pensamientos de otra persona?
La confusión me empuja a arquear una ceja.
—¿A qué te refieres con absorber? Solo los… oigo. Sus pensamientos son como voces que oigo en mi cabeza.
—¿No los ves?
—No, ¿tú sí?
Asiente.
—Cuando estoy en la mente de alguien, sus pensamientos son hilos individuales. Cientos y miles de ellos, que dan vueltas como un caleidoscopio de oro. Puedo verlos y oírlos al mismo tiempo.
—La noche del Aniversario —digo con lentitud—, tras corromperle la mente al general, lo llamaste «rebobinar». ¿Esos hilos dorados son como una bobina?
—Exacto. La primera vez que lo hice, fue un accidente.
Supongo que me pasó igual que a ti con la incitación.
Tenía doce años. Khem y yo estábamos practicando la lectura de mentes.
Khem formaba parte de la Autoridad. Era un poderoso lector.
—El arrepentimiento le cruza la expresión—.
Lo perdimos hace unos años. Teriq lo reemplazó.
Me siento fascinada. No sabía que existía todo un sistema político de Modificados operando ante las narices de la Compañía.
—Estaba rodeada de todos esos hilos dorados en la cabeza de Khem y, de repente, me visualicé pasando los dedos por ellos.
No sé por qué, supongo que por instinto, pero, cuando lo hice, me di cuenta de que podía tocarlos, lo que me provocó todavía más curiosidad.
—Deja escapar un largo suspiro—. Tiré de uno de los hilos.
Inhalo con brusquedad.
—¿Y qué pasó?
—Al principio, nada. Estaba tirando de un pensamiento sobre la esposa de Khem, Milla.
Lo retorcí un poco. Luego, me puse creativa y lo envolví alrededor de otro pensamiento sobre que necesitaba ir a ver a Fiona para un reconocimiento médico.
No ocurrió nada, la sesión terminó y… —Adrienne desvía la mirada—.
Más tarde, todos estaban en el comedor cenando.
Khem entró en la sala, le dio un beso en los labios a Fiona y se sentó a su lado, en lugar de en su mesa de siempre, con Milla.
—Hace una pausa y la culpa le inunda la mirada—. Pensaba que Fiona era su mujer.
—Vaya.
—La situación se complicó más. No lograba recordar que estaba casado con Milla.
Sabía quién era, que se habían conocido en la escuela superior, el distrito en el que vivían, que se habían unido juntos a la Revolución, pero nada sobre su matrimonio.
Un matrimonio entero, desaparecido. Por suerte, la confusión sobre Fiona no duró mucho.
Aún le quedaban suficientes recuerdos sobre ella para entender que no era su esposa, sino que estaba casado con otro miembro de la Autoridad.
Pero no recordaba que era Milla. —Adrienne se frota el rostro con ambas manos—. Borré a su mujer de su cabeza.
No puedo ni imaginarme lo que está diciendo. La contemplo, conmocionada, intentando asimilarlo.
—¿La corrupción borra los recuerdos de las personas?
—A veces. Otras, lo confunde todo. Khem sabía que tenía esposa, pero pensaba que dicha esposa era Fiona.
No puedo explicar exactamente cómo funciona la corrupción.
Por lo que intuimos, esos hilos de pensamiento son más que fragmentos de lo que alguien tiene en la cabeza en ese momento, están conectados a la memoria a corto y largo plazo.
Tirar y retorcer suficientes hilos lleva al caos total.
Al final, la bobina se deshilacha por completo. El cerebro deja de funcionar.
—¿Khem sabía lo que habías hecho?
—Sí, le confesé que tiré de los hilos. Me dijo que me perdonaba, pero nunca volvió a mirarme igual.
Y Milla no me dirigió la palabra de nuevo.
Abandonó la Daga y se fue a vivir a la base de laZarzamora.
Ahora es una civil. Se niega a participar en operaciones.
Creo que le molesta tener que recibir órdenes mías.
No puedo ocultar mi incredulidad.
—¿Y seguiste usando esa habilidad? ¿Volviste a corromper la mente de alguien después de eso? —Ni por todos los créditos de lujo del Continente usaría un poder como la corrupción.
—No lo hice durante algunos años. Pero, cuando cumplí catorce, quise volver a intentarlo.
Kallister acababa de unirse a la Autoridad.
Tenía diez años más que yo, era como un hermano mayor.
Un día estábamos hablando y se ofreció a ayudarme a practicar.
Ambos queríamos comprobar qué más podía hacer, si podía invertirse.
—Me sostiene la mirada—. Me trajo a un sujeto de estudio, un Primario de los distritos al que habían sentenciado a muerte.
Una sensación nauseabunda me inunda el estómago.
—¿Te obligó a corromperle la mente a alguien a propósito?
—No me obligó a nada. Yo quería hacerlo. Era una adolescente estúpida y me sentía genial al poseer tanto poder, especialmente sobre un Primario. Me pasé toda la infancia escuchando a los amigos de mi padre hablar de los Modos como si fuéramos escoria, aberraciones.
—¿Qué le hiciste a ese Primario?
No interrumpe el contacto visual.
—Entré en su mente y no solo tiré de un hilo. Tiré de todos. Los retorcí e hice una maraña con ellos. Luego los rompí.
—Hostia puta, Adrienne. —Desvío los ojos de los suyos, frotándome las sienes como si fuera mi mente la que hubiera dañado.
—Lo sé —musita—. Le destrocé el cerebro.
—¿Qué le pasó?
—Se sumió en un estado vegetativo y le dispararon más tarde ese mismo día.
—¿Cómo pudiste hacer algo así?
Me levanto del sofá, incapaz de quedarme quieta. Sus palabras son demasiado inquietantes para mí. Adrienne permanece sentada en el sillón, impasible ante lo que me está contando.
—Iban a ejecutarlo de todas formas. Kallister y yo tomamos la decisión de no desperdiciar a la rata de laboratorio perfecta.
—Lo torturaste.
—La corrupción no causa dolor físico, solo confusión.
—La angustia mental sigue siendo una puta tortura, Adrienne.
Noto una llamarada de enfado ruborizándome las mejillas. O quizá sea asco. No me puedo creer lo indiferente que se muestra ante lo que hizo. El arrepentimiento por lo que le hizo a Khem era real. Entonces, ¿por qué piensa que el Primario solo era una rata de laboratorio?
—¿Les corrompiste la mente a todas esas personas del distritoC? —La pregunta se me escapa de entre los labios antes de que pueda detenerla—. ¿Los que están en el hospital?
—No, en eso no te mentí. Los incidentes que te estoy contando ocurrieron hace dos décadas. La corrupción no es algo que me tome a la ligera ahora mismo, sobre todo cuando se trata de civiles inocentes, y no se puede hacer a gran escala.
Parece sincera. Aun así, pertenece a la Revolución; estas personas están formadas para participar en operaciones encubiertas, para engañar. Quizá Adrienne solo me esté contando lo que quiero oír.
O es una actriz maravillosa o la voz se le quiebra de verdad cuando añade:
—Cada mente que corrompo me arrebata un pedacito del alma. Créeme cuando te digo que, si hubiera dependido de mí, no es la habilidad que hubiera escogido.
—¿Le corrompiste la mente a la mujer del general?
Aunque la pregunta la sorprende, su expresión no cambia.
—La vi. A Vinessa Redden —le aclaro—. Cuando fui a la mansión del general con el capitán Redden.
Intentó convencerme de que era esquizofrénica, pero es evidente que había algo más.
Al principio, creí que era una Modo fragmentada, pero tampoco encajaba.
—Levanto la barbilla, desafiante—. ¿Fuiste tú?
—Sí. —Ni siquiera intenta negarlo.
Siento náuseas. Cross no me acompañó para asegurarse de que su madre recibía los cuidados necesarios, ¿y ahora descubro que la culpable de la incapacitación de Vinessa es Adrienne?
—No me mires así. —Suelta una áspera carcajada—. Estamos en guerra, Darlington. Sacrificar una o dos mentes es un coste necesario.
—Acabas de decir que no estás de acuerdo con corromper a civiles inocentes.
Mi reproche la mantiene impasible.
—Se atacó a la mujer del general justo por eso: era la mujer del general. Nuestro objetivo es desestabilizar a todo el régimen. Para conseguirlo, debemos tomar decisiones difíciles. Elegir blancos estratégicos.
—Sin embargo, tuvieron que pasar muchos años antes de que se le corrompiera la mente por completo —digo, recelosa—. El capitán Redden me contó que empezó con síntomas similares a la esquizofrenia y que estos duraron años.
—Cuando lo hice, solo tenía dieciocho años; aún no había perfeccionado el proceso. —Al ver mi expresión, Adrienne pone los ojos en blanco—. Incitaste a una mujer para que se suicidara, Wren. ¿Por qué eso es mejor que lo que le hice a la mujer del general?
Se me cierra la garganta.
—Cuando incitaste a Valence, hiciste lo necesario para sobrevivir —continúa—. Así es como actuamos. Nuestro objetivo es la supervivencia. Por eso, podemos sentarnos a juzgarnos entre nosotros por nuestras acciones o podemos luchar una guerra contra las personas que quieren destruirnos.
—No todas quieren destruirnos —protesto, pero mis palabras apenas tienen fuerza.
—La mayoría, sí —insiste—. Era la intención de Merrick Redden, deshumanizarnos a ojos de los Primarios. Todos esos soldados, pilotos y tropas que arrasaron con la cordillera Valterra no consideraban personas a esos Modos.
Sé que tiene razón. Las tácticas del general siempre me han resultado transparentes: deshumanizar para erradicar. Ya que, si no ves a tu enemigo como un ser humano, ¿por qué iba a importarte que muera? Pero no todos estaban de acuerdo con el padre de Cross.
—Muchos sí que nos ven —le contradigo—. Personas como Griff, el padre de mi amiga Tana, u otros aliados Primarios de la red. No quieren que muramos.
—Y si podemos protegerlos, lo haremos. Reducir el número de víctimas y los daños colaterales es una prioridad, pero también entiendo que es imposible salvarlos a todos.
Así funciona el mundo y no tenemos el lujo de poder debatir qué está bien y qué está mal cuando nuestra supervivencia pende de un hilo.
Si vas a quedarte, necesitas plantearte qué estás dispuesta a hacer o hasta dónde quieres llegar.
—Arquea una ceja, desafiante—. Dime, Darlington, ¿estás preparada para luchar en esta guerra conmigo?