Paloma caída (Élite plateada 2) Capítulo 6
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Capítulo 6

U na oleada de rabia recorre el comedor. Las sillas chirrían sobre el suelo y se produce un revuelo de telas cuando los presentes se mueven para poder ver la pared más alejada, que de repente se enciende con la luz de una pantalla holográfica.

Se me tensan los hombros. No quiero saber siquiera lo que tiene que decir el hermano de Cross, recién nombrado general del Continente. Sea lo que sea, seguro que provoca ira, represalias o ambas.

Con un suave zumbido y un parpadeo verdoso y blanquecino, la imagen de Travis aparece en la pantalla holográfica.

Está de pie ante las escaleras del Capitol.

Me sobresalto durante un segundo porque su parecido con Cross es estremecedor.

Ambos comparten los mismos rasgos atractivos, la mandíbula cincelada y los insondables ojos azules.

Pero, mientras que Cross me acelera el pulso, Travis me produce tal inquietud que me da un vuelco el corazón.

La última vez que lo vi, iba vestido con prendas de civil. Los oficiales del servicio de inteligencia pocas veces llevan la indumentaria del Comando, aunque en teoría sirven en la sección Plata.

Hoy, el nuevo general Redden se ha enfundado el uniforme azul marino que solía vestir su padre, con la misma estrella colgada en la parte izquierda del pecho.

Con un semblante frío e inquebrantable, mira directamente a la cámara.

—Me gustaría empezar este comunicado con un mensaje lúgubre.

Supongo que ya os habréis enterado de la noticia: mi padre, el general Merrick Redden, un hombre con un honor e integridad firmes, el líder que ha guiado el timón del barco de este Continente durante los últimos veinticinco años, un cuarto de siglo durante el que nuestra sociedad ha prosperado…

Alguien suelta un resoplido.

—Sí, ¿no? —bromea Henley, y yo sonrío a pesar de la tensión que me recorre el cuerpo.

—… sufrió un trágico atentado la semana pasada por parte de miembros de la Revolución Aberrante.

Durante el ataque, el enemigo reveló un poder del que no éramos conscientes: la habilidad de corromper mentes, de destruirlas, como si nuestros cerebros no fueran más que una serie de cables de los que tirar o arrancar a su antojo.

Esa noche entendimos que nos enfrentábamos a un peligro como ningún otro.

Los Aberrantes destruyeron la mente de mi padre y ahora intentarán hacerlo con los demás.

Estas personas, estos seres antinaturales…

deben neutralizarse, rápidamente y con decisión.

Siento que el calor de la ira de todos los aquí reunidos flota por la sala en forma de ondas palpables.

No puedo evitar ponerme en los zapatos de un ciudadano Primario que esté viendo el anuncio, a quien le están hablando de la amenaza de que le frían el cerebro.

Cualquier terror que esté experimentando ahora mismo será justificable.

El hermano de Cross está intentando acrecentar la división entre Primarios y Modificados, y sospecho que funcionará.

Muchos Primarios ya nos temen, nos odian; este comunicado solo conseguirá aumentar aún más dicho odio.

Mientras tanto, el propio hermano de Travis es un Modo, uno de esos «seres antinaturales» que el nuevo general tanto desprecia. ¿Mataría a Cross si supiera la verdad?

El estómago se me revuelve al pensarlo. Joder, odio esta sensación desesperada e indefensa que se me clava en el pecho. Cross no deja de asegurarme de que no está en peligro, pero ¿cómo no va a estarlo? Su mundo entero está a un desliz de venirse abajo.

Pero, a la vez, tiene razón. ¿Estaría más seguro si se encontrara aquí, conmigo? Metieron a Xavier en una celda nada más verlo. No quiero siquiera pensar en lo que harían con Cross.

—Mi mensaje es para los Aberrantes —continúa Travis—, para los Sangre Plateada que ocultáis las venas bajo la ropa mientras planeáis esos pequeños ataques contra la Compañía y sus ciudadanos: vuestras acciones no quedarán impunes. Si queréis guerra, la tendréis.

—Adelante —dice Evlynne, burlándose de la pantalla.

—Y para todos los Primarios del Continente: no es momento de titubeos ni inacción.

La guerra no deja margen para las dudas.

En la guerra se deben tomar decisiones. Quiero que os preguntéis: ¿de qué lado queréis luchar, del lado correcto de la historia, o preferís mirar atrás el día de mañana y desear haber seguido el camino ético?

Los Aberrantes no solo son peligrosos, sino totalmente faltos de principios morales.

Son el enemigo. —Su expresión se torna aún más fría antes de continuar—.

Y no cometáis errores. Cualquier Primario al que se descubra ayudando al enemigo sufrirá las mismas consecuencias que dicho enemigo: se le llevará a un campo de trabajos forzados o se enfrentará al pelotón de fusilamiento.

Es inteligente, lo reconozco. Ese discurso desapasionado, esos frentes de batalla diferenciados. Sembrar el miedo para poder controlar a las masas. Hacer preguntas sobre si quieren estar en el bando correcto porque nadie quiere sentirse como el villano de su propia historia. Como mis padres.

La vergüenza me arde en la garganta al darme cuenta de que todas las personas de esta sala considerarían a mis padres como los malos.

Marina Serrano y Jake Hess se posicionaron del lado de las personas a las que los habitantes de la Daga aborrecen.

Trabajaron con la Compañía para asesinar a todo un pueblo de Modos.

Pero yo no soy como ellos. El recordatorio me tensa la mandíbula. Ahora que soy un miembro oficial de la Revolución, planeo hacer todo lo que esté en mi mano para derrotar a personas como Travis Redden. No trabajaré para ellas.

—Castigaremos a los Aberrantes por lo que le hicieron a mi padre, a nuestro líder.

Os prometo, como nuevo general del Continente, que estoy decidido a erradicar la epidemia de los Aberrantes en nuestra sociedad.

Prometo acabar con la Revolución Aberrante, miembro a miembro si hace falta.

Y es vuestro deber como Primarios y como ciudadanos ayudarme a conseguirlo.

El comunicado se interrumpe de repente. La pantalla holográfica parpadea antes de cerrarse y desaparecer de nuestra vista. El comedor permanece en un silencio sepulcral durante unos segundos.

—Cabronazo —musita al final Evlynne, y toda la estancia parece empezar a hablar a la vez.

Oigo unas carcajadas incrédulas en otra mesa. Algunos bufidos. La voz de un hombre diciendo:

—A alguien se le ha subido el poder a la cabeza.

La cabeza me da tantas vueltas que no presto mucha atención a ninguna de las reacciones.

Travis ha dado el comunicado solo. ¿Dónde está Cross?

¿O Roe? ¿Cuál es el papel de sus hermanos en todo esto?

¿Por qué no me avisó Cross de que su hermano estaba planeando anunciar una declaración de guerra esta mañana?

—¿Estás bien? —La voz de Gray se filtra en mis pensamientos.

—Ah, sí, muy bien —digo, fingiendo que el comunicado no me ha dejado conmocionada. Nadie parece demasiado preocupado por las fuertes amenazas de Travis.

—¿Estás segura, vaquera?

—¿Vaquera? —La expresión constreñida de Karra contradice su tono despreocupado.

No la culpo. Si Cross tuviera un apodo para otra mujer, le arrancaría la lengua. Dado que no soy una zorra, decido ayudar a Gray.

—Era mi apodo en la base del Comando —le digo a su novia—. Todos me llamaban «vaquera» porque crecí en un rancho en Z.

Ese mote solo lo usaba Grayson Blake, pero ella no tiene por qué saberlo. No paso por alto la llamarada rápida de gratitud que cruza los ojos de mi amigo.

—Lo siento, todos los apodos del Comando se me han quedado grabados en la cabeza. Supongo que debería quitarme la costumbre.

—Ah, no, creo que es muy mono —canturrea Karra, aunque su sonrisa tensa revela que «mono» no es la palabra exacta que le gustaría usar.

Por suerte, me están dando un respiro cuando noto que Adrienne intenta vincularse conmigo.

¿Sigues con Gray?, pregunta.

Sí, ¿por qué?

Pídele que te traiga a mi apartamento. Tenemos que hablar .

El apartamento de Adrienne es más grande que el de Gray, aunque no más lujoso. Dentro, encuentro pocos muebles y ningún adorno. Parece que nadie vive por encima de sus posibilidades en la base.

—El teniente amigo tuyo es un plasta insufrible —me dice Adrienne cuando entramos en el salón. No me ofrece una copa y va directa al grano. Me da la impresión de que esta mujer tiene siempre puesto el chip profesional.

Me muerdo el labio, divertida.

—A Xavier se le coge cariño con el tiempo.

Arquea una ceja.

—¿Seguro que quieres seguir defendiéndolo?

—Si así se salva de la ejecución, sí.

—Bueno, se niega a cooperar, por lo que la ejecución parece la opción más probable. Se lo devolveríamos a la Compañía, pero allí tampoco lo quieren. Han activado una alerta roja contra él. —Hace un gesto hacia el pequeño sofá—. Siéntate.

—¿Me van a dar mi propio apartamento?

—Te hemos asignado una habitación en la misma área que a Gray. Estamos reubicando al inquilino actual. Deben de estar limpiándola. Estará lista pronto.

—¿Habéis echado a alguien de su apartamento por mi culpa?

Desestima mi consternación con un gesto de la mano.

—Díselo a Gray. Fue él quien lo pidió.

No sé si sentirme conmovida o molesta porque Gray me quiera tan cerca. Supongo que depende de su motivación. Si es porque echa de menos mi maravillosa amistad, se lo dejaré pasar. Pero si cree que no puedo cuidarme solita, ya debería conocerme mejor.

Adrienne se sienta en un sillón y cruza las piernas antes de apoyar las manos en los muslos.

—Hablemos de tus objetivos, Wren.

—¿Qué quieres decir?

—Cuando trabajabas de incógnito en el Comando, me dijiste que deseabas hacer todo lo posible para acabar con el general.

—Sí, pero entonces llegaste tú y te encargaste por tu cuenta —digo con una pizca de sarcasmo en la voz.

—Acabé con el hombre, no con el sistema.

Cruzo los brazos sobre el pecho.