Paloma caída (Élite plateada 2) Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

Todos tienen más o menos mi edad, excepto Evlynne, quien completa el grupo.

Tiene veinticinco años y, al parecer, muchos talentos, ya que es piloto de combate y francotiradora.

Además, es bastante intimidante, con su piel pálida, su pelo moreno a la altura de la barbilla y los ojos grises que desprenden astucia mientras me analiza como si fuera un espécimen en un laboratorio.

—He oído que te estás tirando a un teniente del Comando —dice de repente.

Tardo un segundo en darme cuenta de que ha dicho «teniente» y no «capitán». Xavier. Se refiere a Xavier. Durante un instante, pensé que sabía lo de Cross.

—Solo es un amigo —respondo antes de tomar un bocado de los huevos.

—No sabía que confraternizábamos con el enemigo —suelta, arrastrando las palabras.

Reprimo un suspiro.

—No sé si lo seguiría llamando enemigo. El teniente Ford no tenía por qué poner en riesgo su vida para ayudarme a escapar.

Tanto Evlynne como Neema me contemplan, incrédulas.

Por suerte, nos interrumpe la llegada de otro chico que se hunde en una silla junto a la de Neema, con una taza de café entre sus largos dedos.

Lleva el pelo oscuro muy corto y tiene unos profundos ojos verdes que me recuerdan al bosque durante el crepúsculo.

No sonríe. No habla. Pero algo en su presencia capta la atención sin que diga ni una palabra.

—Este es Saint —me dice Gray, señalando al atractivo recién llegado—. Saint, Wren.

Asiente a modo de saludo. Me recorre con la mirada, con una expresión ilegible.

—Bienvenida a la Daga —dice. Su voz es justo como me la había imaginado, grave y contenida.

—¿Te lo vas a acabar? —le pregunta Mako a Evlynne, y le arrebata la taza de café de las manos antes de que pueda responder.

—Capullo —musita.

Mako está a punto de darle un sorbo cuando se queda paralizado. Entorna los ojos.

—Vaya, mírala, comiéndose un dulce con su pelo rosa como una puta engreída.

Confusa, sigo su mirada, llena de indignación, hasta una mesa al otro lado de la sala, donde una mujer con cara de duende y el pelo rosa está sentada con otros dos Modos, charlando mientras corta un trozo del pan de plátano con el tenedor.

—No lo entiendo. —Me giro hacia Gray en busca de ayuda—. ¿Odiamos el pelo rosa o el dulce?

Mi amigo me dedica una mirada de advertencia.

—Olvídalo. Cuando empieza…

—Te pongo en situación, chica nueva —anuncia Mako, y varios gruñidos cruzan la mesa.

—Por favor, para —le suplica Henley.

—Es el cumpleaños de un hombre —comienza a decir, como si estuviera interpretando una lectura dramatizada—. Un hombre guapo y fornido que está a punto de celebrar sus veintidós años de existencia. Y este cumpleaños en particular es especial, Wrenny…

—Ni se te ocurra repetirlo —le aviso.

—… porque coincide con la llegada de un nuevo cargamento de esos cabezas de chorlito de Tierra Fe, que no poseen nada de valor excepto un solo producto: chocolate dorado.

—¿Chocolate dorado? —repito—. ¿Eso existe?

—Ah, claro que sí —confirma Mako.

—Es un grano de cacao poco común —me explica Luisa—. Solo crece una vez al año, en la provincia de Dey.

Tierra Fe está dividida en cuatro provincias y, por lo que recuerdo de mis clases de geografía, la provincia de Dey es la que se encuentra más al norte del continente.

—¿Y los granos son de verdad dorados? —pregunto.

Luisa asiente.

—Creo que los llaman algo así como «granos de sol». Los Terrarios aún usan algunas expresiones de su antiguo idioma.

—Vi un vídeo sobre cómo es el proceso de cultivo —inter­viene Karra. Ahora prácticamente está subida al regazo de Gray y tiene la barbilla apoyada en su hombro—. Cuando se abren las vainas por primera vez, los granos parecen pepitas de oro. Es muy guay.

—¿Habéis terminado ya de robarme el protagonismo? —pregunta Mako con cortesía.

Gray trata de disuadirlo.

—¿Qué tal si dejamos tu historia para otro momento…?

—Imagínatelo, chica nueva —lo interrumpe Mako—. Una tarta de cumpleaños con granos de sol. Era lo más glorioso que hubiera visto nunca. Lu la había horneado para mí.

—Era una tarta normal y corriente —me susurra Luisa—. Nada del otro mundo.

—Era maravillosa —insiste Mako—. Y claro, la compartí con mis amigos…

—Dejó que entre los ocho nos comiéramos un trozo —dice Henley con un bufido.

—… porque soy así de generoso —continúa Mako, como si nadie excepto él estuviera hablando—. La cuestión es que esa noche solo quedaba un trozo de tarta. Uno perfecto, mi premio por haber sobrevivido otro año en este mundo oscuro y cruel.

Paseo la mirada por los demás.

—¿Siempre es tan dramático?

—Sí —me aseguran todos.

Mako los ignora.

—Metí ese último cacho en un táper y lo dejé en una de las neveras para poder tomármelo de postre al día siguiente.

¿Y sabes qué ocurrió al día siguiente? —pregunta con los ojos como platos—.

Abrí la nevera, el lugar en el que estaban guardados mis sueños…

—Saint suelta una suave carcajada—. ¡Y el puto trozo de tarta había desaparecido!

Alguien se lo había comido. ¿Qué clase de cabronazo enfermo hace algo así?

—A lo mejor no sabía que era tuyo —propongo.

—Claro que sí. Todo el mundo lo sabía. —Mako gesticula como un loco y, dado su tamaño, toda la mesa empieza a temblar, haciendo que tintineen las tazas—. Como es obvio, me apresuré a investigarlo de inmediato.

—¿Sabes? Si canalizaras la energía que pasas obsesionado con tonterías y la redirigieras a echar polvos, estarías mucho más relajado —dice Henley, solícito.

—Además, ¿no hay cámaras de seguridad en toda la base? —pregunto—. ¿No podrías haberlo resuelto en cinco segundos al ver las grabaciones?

Gray curva los labios, divertido.

—Ojalá.

—Las cámaras en la sala de Personal estaban apagadas por mantenimiento ese día —explica Mako, totalmente fuera de sí—. Qué casualidad, ¿verdad, Wrenny?

—Por favor, no me llames así.

—Hacemos una comprobación del sistema al mes y, de todos los días posibles, la fijaron el día en el que me traicionaron. Además, esas comprobaciones duran dos minutos. Dos minutos, y mi vida se fue a la mierda.

Gray suspira.

—Por eso, tras terminar con los interrogatorios…

No puedo evitar echarme a reír, aunque a decir verdad la historia me tiene cautivada.

—¿De verdad le preguntaste a la gente por la tarta?

—¿Qué más iba a hacer si no? ¿Quedarme de brazos cruzados mientras una mente criminal deambulaba por la Daga?

—¿Y crees que esa mujer de ahí es la culpable?

Me dedica un asentimiento desdeñoso.

—Reduje los sospechosos a uno. Una persona a quien habían visto en la cocina justo antes del mantenimiento del sistema. ¿Cómo se llamaba? Raven Persimmons.

Me giro para examinar de nuevo a Pelo Rosa. Sigue comiéndose el dulce, ajena al relato de traición y caos que se está desarrollando en nuestra mesa.

—Lo negó, por supuesto —dice Mako, poniendo los ojos en blanco de forma exagerada—. Pero soy un detector de mentiras humano. Y hasta que no pague la deuda que me debe, no habrá paz.

—¿Para ti o para ella?

—Para nosotros —musita Evlynne.

Esta ridícula conversación llega a su fin de forma abrupta cuando los altavoces del techo emiten un estrepitoso ruido blanco. Un segundo después, la megafonía cobra vida.

—Atención a todo el personal de la base.

A continuación, se produce un silencio tenso mientras todos esperan el anuncio.

—Por favor, preparaos para un comunicado del general Travis Redden.