Capítulo 5
– L o has hecho bien —dice Gray de camino al comedor para desayunar. Sospecho que le han pedido que se pegue a mí como una lapa.
—¿En serio? Porque a mí me parece que me acaban de amenazar.
Sonríe.
—Vale, te seguiré el juego. ¿Cómo te han amenazado?
—Solo me dejan quedarme para mantenerme vigilada —farfullo—. Y básicamente han dicho que no dejarán que vaya a los distritos. ¿Eso en qué me convierte? ¿En una prisionera?
—No era una amenaza —me tranquiliza—. Y tienes suerte de estar aquí. En los distritos han activado la alerta roja, piden tu cabeza. Te han sentenciado a muerte. —Resopla—. Qué majo tu novio, que lo ha permitido.
—Cross no ha tenido nada que ver con eso. Travis es el que está ahora al mando.
—Ajá. Seguro que el capitán de la sección Plata no tiene ninguna influencia sobre su hermano mayor.
Al entrar en el comedor, me topo con largas filas de mesas de acero que brillan por la radiante luz sobre nuestras cabezas, flanqueadas por sillas de metal con los respaldos bajos.
Gray dijo que el desayuno se servía entre las siete y las nueve.
Casi son las nueve, por lo que la sala está prácticamente vacía, pero varias personas permanecen sentadas delante de sus bandejas, charlando.
Aunque algunas hablan en voz alta, a muchas le brillan las venas, revelando las conversaciones telepáticas que están manteniendo a mi alrededor.
—Quiero hacerte un tour por la Daga —dice Gray—. Pero quizá tengamos que esperar a mañana. Necesito entregar algunos suministros en el valle.
—¿Cómo os repartís las tareas? —pregunto, curiosa.
Nos acercamos a una larga encimera cargada de bandejas de metal tapadas y cubiertos con los que servir la comida. Mientras llenamos nuestros platos con lo que hay en cada una, Gray me hace un resumen de cómo funciona todo por aquí.
De las tareas domésticas, como la cocina, la colada o el mantenimiento, se encargan los civiles que vuelan hasta la Daga y regresan al valle al final de sus turnos.
Los agentes que viven en la base se encargan de los trabajos tácticos, ya sean de inteligencia, comunicación, tecnología o investigación.
Los agentes de campo, cuando no están en una misión en los distritos, deben entrenar o ayudar a entrenar a otros.
—Voy a intentar que te asignen el campo de tiro —dice Gray mientras se sirve un montón de huevos revueltos en el plato.
Observo la selección de ensaladas. Todas las verduras parecen muy frescas: los tomates, las zanahorias, los pepinos e incluso las espinacas. De hecho, todo lo que hay bajo las tapas de las bandejas tiene un aspecto increíble.
—Vivís rodeados de lujos —digo en tono acusatorio—. ¿No os avergüenza disfrutarlos mientras muchos Modos malviven en los distritos, escondiéndose?
—Hacemos lo que podemos por ellos. Y no tienen por qué quedarse en los distritos. Todos pueden elegir.
—Jim y yo no tuvimos elección.
—Claro que sí. Kallister le ofreció a su hermano un puesto aquí. Julian Ash decidió asentarse en Z. Dijo que quería que lo dejaran en paz.
Comprendo entonces que el tío Jim lo hizo para protegerme. Él sabía lo que ocurriría si me traía a la Daga, si la Autoridad se enteraba de que era una incitadora.
—Cualquier Modo puede hacer una petición de reubicación —continúa Gray—. Ya sea en la Daga o en la base de la Zarzamora en H.
—¿Hay una base de Modos en el distrito H? —pregunto, sorprendida.
—¿Cómo crees que entramos en Santuario sin que nos pillen? No podemos volar hasta allí y aterrizar sin más en una pista del Comando.
—Pensaba que teníais vuestros propios aeródromos, pero no sabía que había una base entera en un distrito. ¿Allí son todo agentes o también hay civiles?
—Es una mezcla. —Se encoge de hombros—. A veces me quedo allí cuando llevo a cabo una misión larga. Es más fácil.
—¿Cómo funcionan las operaciones? ¿Cómo consigues que te asignen una?
—Nadie te asigna una misión. Basta con que te presentes voluntaria.
—¿De verdad?
—Sí. Cuando debemos dirigir una operación, la Autoridad se la da a un líder de misión.
Este hace una reunión informativa y nos cuenta de qué tipo de operación se trata: reconocimiento, transporte, lo que sea.
El líder solo recluta a agentes específicos si se necesitan unas habilidades concretas, como un francotirador o un piloto que sepa volar uno de los bombarderos.
Pero no se fuerza a nadie a hacer nada que no quiera. No estás obligada a aceptar una misión.
—¿Alguien se ha negado a formar parte de una?
—No es habitual —admite—. Todos en la Daga quieren estar aquí y acabar con la Compañía.
—¿Eres un líder de misión?
Gray vuelve a esbozar una sonrisa engreída.
—Por supuesto.
—¿Cuántos hay?
—Ahora mismo, creo que quince. Los agentes pueden pedir que se considere su nombre, pero la Autoridad es quien tiene la última palabra.
Llegamos a la zona de bebidas, desde donde me llega un rico aroma a café que se me cuela por la nariz. Joder, huele a gloria.
—Kallister dijo que teníais granos de café de verdad —digo, esperanzada.
—Vaya que sí.
Al lado de las máquinas de café hay una enorme bandeja con dulces horneados como pastas, magdalenas y lo que parece pan de plátano. Elijo uno de los hojaldres. Estoy a punto de preguntar por el acuerdo de comercio que la Daga mantiene con Tierra Fe cuando una voz femenina nos interrumpe.
—Aquí estás, amor.
Se une a nosotros una chica preciosa con el pelo largo, negro azabache, y unos ojos oscuros rodeados por unas pestañas muy gruesas. Lleva unos vaqueros y un top blanco, y las curvas que le faltan las compensa con la sensualidad que irradia de ella.
Se pone de puntillas y le da a Gray un beso en los labios que se alarga demasiado. Es intencionado y muy innecesario.
—Llevabais en la sala de guerra una eternidad —observa cuando separa la boca de la de su novio.
Me dedica una mirada llena de curiosidad. Gray no tarda en presentarnos.
—Wren Darlington, Karra Colfer.
—He oído hablar mucho de ti —dice Karra, que no deja de analizarme.
No tengo ropa propia todavía, así que sigo llevando las mallas de Luisa y su camiseta, demasiado ajustadas, así como las botas de combate. La novia de Gray no parece muy impresionada cuando por fin cesa su escrutinio.
—Solo cosas buenas, espero. —Me paso la bandeja a la mano izquierda para coger una taza de estaño vacía.
—Gray dice que eres francotiradora.
—En realidad, no. A ver, tengo buena puntería, pero la mayoría de las veces la he utilizado para matar coyotes blancos en mi rancho.
Gray baja la cabeza para darle un beso rápido a Karra.
—¿Por qué no vas cogiendo sitio, KC? No tardaremos. ¿Quieres café?
—No, gracias, amor.
Karra se aleja de nosotros. Ahora que ha marcado su territorio, supongo que se siente cómoda dejándonos a solas. Debo esforzarme para no poner los ojos en blanco.
—Es preciosa —digo mientras Gray sirve el café.
—Cierto —concuerda.
Con las bandejas en la mano, nos dirigimos a una mesa cerca de la pared del fondo, donde está sentado un pequeño grupo que se queda callado al percatarse de nuestra presencia. No puedo evitar sentirme cohibida cuando centran su atención en mí.
—Chicos, esta es Wren —dice Gray, ocupando la silla al lado de Karra.
Vaya tela, parece que he vuelto al primer día de clase.
Titubeo un segundo antes de sentarme al lado de un joven con el pelo negro y los brazos cubiertos de tatuajes.
Tiene la constitución de una montaña, con un amplio pecho musculoso, los hombros anchos y la envergadura de un cóndor salvaje.
Sus piernas son tan largas que debe medir más de metro ochenta.
Le dedico una sonrisa dubitativa y me responde con otra, mostrando todos los dientes, lo que atenúa parte de mi nerviosismo. Nunca me ha importado encajar o ganarme la aprobación de los demás, pero me sorprende el deseo apremiante que siento por gustarles a estas personas.
No tenía un gran círculo social en Hamlett, mi pueblo en el distrito Z. Tana era mi única amiga, pero sé que la culpable era yo. Nunca hice un esfuerzo genuino por desarrollar otras amistades y alimentarlas.
Uf, ¿por qué me cuesta tanto? ¿No podría ser un poco más… abierta?
Supongo que se me pegó de Julian Ash. Quizá no compartiéramos ninguna relación de consanguineidad, pero sin duda heredé su frialdad exterior.
Fue mi único modelo a seguir cuando era pequeña y la calidez no era su fuerte.
El tío Jim seguía una filosofía estricta: nunca muestres afecto, emociones ni vulnerabilidad.
Punto. Enterraba sus sentimientos en las profundidades de su ser y era casi imposible sacarlas a la superficie.
No se me da tan mal como a él, pero soy consciente de que también tiendo a ponerme una coraza. Y no me gusta; quiero cambiar, ablandarme, dejar que otra gente me conozca, más allá de Lobo y Tana.
Mientras Gray me presenta a los demás, me esfuerzo por quedarme con toda la información. Descubro que Luisa es una piloto de transporte, es decir, que solo conduce helicópteros, aerodeslizadores y aviones de carga.
Karra se encarga de las comunicaciones cuando está en la base y de misiones de reconocimiento en los distritos.
Neema, una chica pequeña con la piel unos tonos más oscura y bronceada que la mía, trabaja en seguridad; no se molesta en ocultar su desconfianza mientras me estudia con la mirada.
Henley, de pelo dorado y ojos azules, es otro piloto. Es guapo y lo sabe, de ahí que me dedique una sonrisa radiante que me deja sin aliento, aunque ni siquiera me atrae.
La montaña a mi lado se llama Mako, cuya expresión se ilumina cuando dice:
—¡Otra francotiradora! Deberíamos ir juntos al campo de tiro. Te encantará el que tenemos fuera, Wrenny. ¿Puedo llamarte Wrenny?
—Por supuesto que no —contesto, y Gray suelta una risita.